La Perdición Del Candidato. por Ale M. en Inkitt
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La perdición del candidato.

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Sinopsis

Jonathan Varese quiere ser político. Ha descubierto que esa es la carrera de su vida. Sin embargo, para un hombre que pretende entrar a ese mundo es necesario cumplir con ciertos requisitos... él está dispuesto a cumplir con lo que sea necesario, y salir con una señorita de la alta sociedad italiana no será molestia, mucho menos cuando tal señorita es tan hermosa como un Lirio en primavera. Jonathan se propone ir tras esa flor y encantarla con el rocío de su dulzura hasta enamorarla, sin perder su propio corazón en el proceso, claro... Pero cuando ese Lirio resulta ser una belladona que le envenena los sentidos y el alma, comprende que quizá su corazón ya esté perdido sin remedio; y tras adentrarse en la intrincada, sucia y corrupta política italiana, comprende que tal vez su carrera deseada es el infierno en la tierra, uno que podría arrancarle a su adorada flor. ¿Qué decidirá nuestro candidato? ¿Amor o poder?.

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
Ale M.
Estado:
En proceso
Capítulos:
19
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Requisitos.

—¿Crees que esto me complace? ¿Crees que es lo suficiente para impresionarme? —su padre le miraba furioso. Estaba más furioso de lo usual ese día.

—Ella es...

—¡Cállate! —todo el edificio debía estar escuchando, como siempre. Jonathan decidió callar.

—Es una jodida modelo de poca monta, ni siquiera de alta costura o esas mierdas, una modelo mediocre del montón — lanzó sus lentes al escritorio y se frotó el puente de la nariz, frustrado. Ese hijo suyo sabía ponerle en un lamentable estado emocional—. Solo te pedimos una cosa —prosiguió en tono estricto—. Te pedí una cosa: Encuentra una mujer perfecta para la familia, para andar de tu brazo en las jodidas campañas, una mujer elegante, lista; eso es lo que la gente quiere. Votan por eso. ¿Te suenan Jackie? ¿Lady Di?. Una tarea sencilla. ¡¿Y qué me traes tú?! Una modelo sin nombre, ni reconocimiento que trabaja para una tienda de baratijas.

—Zara, es una tienda exitosa, si tu la conocieras...

—¡No me interesa —calló y respiró hondo al notar que su voz se elevaba de nuevo— ...conocerla. No es adecuada, ¡olvídate de ella!. Solo la conoces de un par de semanas, la superarás —se sentó para prender un cigarrillo, le urgía una calada con gusto refrescante. Se relajó, al fin, pensó Jonathan—. Tendré que solucionarlo yo mismo, facilitarte la vida de nuevo.

Sacó un sobre de la gabeta de su escritorio y lo deslizó a su hijo.

—Ellas son adecuadas, cualquiera de ellas. Señoritas de familias respetables. Ellas son alta sociedad, como tú, aunque se te olvide. La primera es mi favorita, mírala.

Eran tres hojas. Tres opciones. Abrió el sobre, una cabellera castaña brillante y un par de ojos verdes se presentaron ante él, causando que olvidara su propio idioma y también cómo diablos se hablaba. No quiso pasar página. Ella era perfecta.

—Hermosa ¿verdad? —inquirió su padre con una sonrisa cómplice—. El color es natural, pensé que era algún químico, pero no. Un castaño muy bonito...

Era innegablemente hermosa, la mujer más hermosa que Jonathan había visto en su vida. No cayó en cuenta de que se encontraba absorto en la fotografía hasta que su padre carraspeó.

—Dada tu reacción no creo que sea difícil que te interese genuinamente, ¿Quién sabe? Tal vez te enamores realmente y nos riamos de esta anécdota cuando ya seas un político bien establecido. Tal vez hasta me agradezcas.

Él lo miró serio. Su padre con frecuencia era muy soberbio para su tolerancia, tal actitud le irritaba, le hacía querer probarle que estaba equivocado, lo que a su vez chocaba con el deseo imposible de complacerle. Tal contradicción mental le provocaba jaqueca todos los malditos días.

—No mires así al que te salva el culo siempre —lo retó apuntándole con el índice amenazador.

Se mordió la lengua, conteniendo una cascada de reproches; era mejor no contestar a sus agudezas, él terminaba siendo el villlano si la discusión crecía. Le debía mucho a su padre, y este no lo pensaba dos veces antes de enlistarle cada una de esas cosas que había hecho por él

Su padre se levantó y procedió a pasearse por la oficina satisfecho consigo mismo. Odiaba cuando hacía esa mierda, pero no podía reclamar. El viejo ganaba, siempre llevaba la delantera. Algún día, tal vez...

—Pero lee más sobre ella, anda. Es inteligente. Políglota, toca el piano y el violín, práctica ballet, estudia administración en una buena universidad. Una joya. Demasiado para ti incluso... —masculló supuestamente para él mismo, pero quería que su hijo lo captara. No le daba importancia al impacto de sus palabras en Jonathan.

—Entonces ¿Por qué no se la presentas a alguien más digno? —cuestionó Jonathan, orgulloso.

—Pensaba hacerlo, pensaba recomendarsela a tu hermano. La esposa de un CEO —dijo con voz teatral—. Sí, le queda bien. Pero tu hermano tiene la vida resuelta, y está la cuestión de la diferencia de edad... No, no era útil. Eres tú quien necesita mi ayuda. Puedo parecerlo, pero no soy un desalmado. Por eso te la muestro a ti. Es hija de un buen socio de la familia. Pondré a tu cargo los negocios con él. Te adentrarás a su círculo y conocerás a la niña. ¿Entiendes?

—Sí, padre.

Jonathan se levantó de la silla de los acusados listo para largarse de una vez.

—Jonathan —volteó a verlo— No la cagues.

Tras asentir, salió de la oficina.

Otra reunión convencional con su padre: Fallaba, lo regañaba y le decía que hacer para resolver la situación. Deprimente.

Sonaba como un inútil, pero Jonathan juraba por el cielo que lo intentaba. Su padre simplemente tenía una fijación con sus errores, o lo que según él eran errores. Desempeñaba sus obligaciones en la empresa perfectamente. Sería el Hijo dorado... Si no tuviera un hermano mayor que ya hizo todo antes y mejor que él.

Era una guerra perdida desde su nacimiento, sin exageración.

Alonso, el primogénito varón, heredero indudable; esperado y celebrado por el CEO de la exitosa multinacional y sus socios más cercanos. Era un objetivo completado para Leandro Varese, su imperio tenía un sucesor. Luego llegó Jonathan, el segundo que no estaba planeado y al menos esperaban que fuera una niña, no lo quiso el destino... su primer falla ante su padre fue ser un varón.

Cuando empezaba a entrar en la pubertad, Alonso ya era un adolescente con un récord de calificaciones excelente, atleta galardonado y había empezado sentarse al lado de su padre en su oficina. Le interesaba el negocio, sabía que iba a tomar las riendas cuando llegara el momento.

Jonathan estaba condenado.

Sus padres, al ver que el primer retoño fue un éxito, aplicaron el mismo método con el segundo y para él empezó una cadena de fallos y decepciones.

No tenía la misma aptitud para los números que su hermano. Las clases personales de matemáticas, además de las regulares, fueron su día a día hasta que salió de la escuela básica. Su padre no se atrevió a ponerlo a estudiar contabilidad, lo cual agradeció en silencio.

Quiso que fuera abogado, la segunda carrera de Alonso, pero sus logros estaban un poco debajo de los de él y eso significaba, para su padre, que no era su lugar, aunque fuera el primero de la clase. Continuó a pesar de la conocida e intensa oposición de su padre, y se graduó con honores, sin importar lo que él pudiera pensar de su promedio menor al de Alonso por milésimas.

El fantasma de Alonso lo perseguía a todos los rincones porque su padre se afanaba en que recorriera su mismo camino.

Tenía que encontrar el suyo, así que de vez en cuando se desviaba del surco marcado y exploraba sus propias capacidades. En esas pausas conoció a Billy Campwell, último hijo de un empresario inglés. Un "espíritu libre" según él. Su padre tenía conexiones políticas. Billy jugaba a los carritos mientras su padre hablaba con los ministros de turno en el comedor de su casa. Conocía a esos tipos, como actuaban, como se veían, como hablaban; todo.

El derecho está relacionado a la política, al estado. Jonathan había leido los códigos y procedimientos noches enteras. Conocían el tema desde distintos ángulos. Pasaban horas hablando de lo mismo, todo era un simple tema de conversación, hasta que Billy sugirió la mayor locura que escuchó: "Tienes madera de político. Postúlate. Las mujeres votarían por ti solo por guapo como pasó con Kennedy". Se rieron de la idea aquel día, y el siguiente y el siguiente. Hasta que la broma se solidificó y finalmente se volvió un objetivo. Su objetivo.

Jonathan descubrió lo que quería hacer con su vida.

Esperaba que su padre lo mandara al diablo cuando le compartió sus intenciones. No sucedió. Después de meditarlo viendo al vacío por los 2 minutos más largos de su vida asintió varias veces y dijo:

—Política. Un hijo político... sí, si, claro... le hace falta a la familia —lo observó por encima de los lentes, sus ojos azules iguales a los suyos cargados de severidad—. Apostaré todo por esto, por ti, mírame y dime. No. Júrame que te comprometes a hacerlo funcionar, que no me arrepentiré.

—Lo juro, esto es lo que quiero hacer, padre —su voz estaba infundida de determinación.

—Ya veo. Contrataré un equipo, los mejores asesores, nos reuniremos inmediatamente —se levantó de su silla y gritó—. ¡Ann! Cancela las citas de hoy, dime Annita, ¿conoces un asesor de imagen? ¿Un analista político?...

Su camino propio había comenzado. La sombra de Alonso no asomaba por esos rumbos, era un cambio radical. No comparaciones. No competidores extras. Suyo nada más. Cada escalón lo subió con maestría. Su padre le veía con orgullo por primera vez.

Tenía que tropezar en una estupidez.

Juzgó mal la idea de su padre, pensó que una mujer guapa y agradable sería suficiente. Error. Era una pieza clave, lo entendía ahora.

—Hermano, ¿qué te trae por acá? ¿Pasó algo?

Maldición, pensó.

La persona con la que menos deseaba cruzarse estaba frente a él, a pocos pasos del ascensor.

—Alonso, hola. Un pequeño debate sobre una decisión estratégica. Lo usual —le brindó la mejor sonrisa falsa a su hermano mayor. Funcionaba bien para las fotos en los periódicos. Alonso le sonrió en respuesta.

Poniendo de lado la edad eran bastante parecidos; mismo cabello castaño oscuro, mismos ojos azulados y misma altura, pero Alonso portaba esa aura amigable y confiable que le era útil al hablar en público, aunque no tanto en los negocios, algunos pensaban que su carisma era señal de debilidad... algo que Alonso usaba a su favor para obtener ventaja.

—Genial, ¿Y como va todo? ¿Te lanzas el próximo año?. Tengo un par de entrevistas esta semana, puedo hallar un modo de mencionarte, si...

—No creo que sea bueno para tu imagen que divulgues tu postura política —la réplica agradó a su hermano, pues este le sonrió todavía más.

—Cierto, cierto —lo tomó por el hombro emocionado—. Ya piensas como todo un político.

—Gracias. Tengo que irme, una reunión surgió y...

—Oh, claro, claro, no te quito más el tiempo. Adiós, hermanito —de dos zancadas llegó hasta él y lo atrapó con su abrazo cálido. Su hermano, ese enemigo silencioso que su padre dispuso sobre el tablero, en realidad nunca le había hecho daño. Nunca.

Correspondió su muestra de afecto con incomodidad, dando unas palmaditas a su espalda.

—Adiós —entró al ascensor lo más rápido que pudo. La presencia de Alonso era sofocante, necesitaba volver a su lugar.

—Hey, hay que almorzar juntos un día ¿Qué dices? —le preguntó desde afuera.

—Claro, sí, yo te aviso.

—Bien, adiós, hermano —agitó su mano, despidiéndose antes que el ascensor cerrara las puertas.

No odiaba a su hermano. A veces deseaba poder hacerlo, que le diera un motivo. Imposible. Era el mejor hasta siendo un hermano.

Alonso lo defendió de los matones de la escuela antes y de su padre desde siempre. Lo consolaba cuando era un pequeño. Jonathan era consciente de que intercedía a su favor hasta ese mismo día, y que muchas veces la mano de su padre lo rescataba por pedido de él.

No lo odiaba, pero su sombra le complicaba amarlo completamente. Era él mismo quien no se permitía quererlo, un abismo de resentimiento nutrido por otra persona se lo impedía.

Tal vez cuando sus logros no estuvieran sujetos a los de él nunca más, podría devolverle los abrazos y dejar las sonrisas falsas

Todo eso iba a pasar, en cuestión de tiempo, meses.

Miró el sobre en sus manos y lo abrió de nuevo. La cara hermosa de una señorita apareció. En la soledad del ascensor analizó a mayor detalle la fotografía. Sus facciones eran sutiles, su nariz como un botón adorable y sus ojos congelados tenían toques de amarillo miel. En la boca se le formó una sonrisa sin que lo notara.

Lirio Fazzari.... Lirio Varese.

Había hecho sacrificios, cortado amistades y relaciones desafortunadas. Dejó su reducida vida nocturna, no tenía tiempo para eso. Dormía las jodidas ocho horas y entrenaba a diario. Había limpiado su reputación. Era intachable.

Lirio sería un paso más, un escalón más hasta la cima. No se quejaba, debía ser el sacrificio más hermoso y placentero que un hombre podría proponerse.

Su padre se la entregó a él, Alonso no tenía idea de ella. La tendría él. Sería suya. Su esposa.


◇◇◇.

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