Prólogo
La Promesa
“Wake up, Dead Boy
Enter adventureland “
Nightwish, Last Ride of the Day
Cincuenta años atrás, cuando sus ruegos por un Reparador fueron por fin contestados, Elizar recibió la visión de un muchacho de veinte años, solemne y erguido en su oscuro uniforme de cadete de algún ejército de un mundo que claramente no era el suyo. Junto con la visión, se le otorgó la Melodía que necesitaba para traerlo a este mundo. Pero, en aquel entonces, no entendía.
¿Por qué un joven tan común? La visión le mostró un muchacho ordinario, de cabello negro y mirada asombrada, uno más entre miles en el rígido orden militar. En ese momento, Elizar se sintió desconcertado, casi decepcionado. Había esperado a un héroe nacido del espíritu, a un alma vibrante que resonara con el eco de los grandes. Pero el muchacho era sólo eso, un muchacho.
Pero los años le permitieron observar el desarrollo de aquel muchacho. Vio cómo el joven se forjaba en la disciplina y el sacrificio, cómo las penurias lo endurecieron hasta transformarlo en un soldado frío y metódico. La mirada del jóven se fue acerando, perdiendo ese brillo de inocencia y expectación, para convertirse en fría y afilada.
En diversas visiones, vio como el joven realizaba sus funciones con eficiencia y frialdad, incluso a veces con cierto atisbo de crueldad. Aparentemente su misión era perseguir ciertos elementos indeseables de su sociedad, aunque Elizar nunca los vio cometer delito alguno. Ese muchacho comenzó a desagradarle, con su completa entrega a sus cacerías, aunque aún no entendía qué delito habían cometido sus presas.
Sus presas solían ser, aparentemente, grupos minoritarios, como acólitos de algunas religiones, gente con distintas inclinaciones sexuales, personas con alguna dificultad madurativa o física, ninguno de los cuales parecía particularmente peligroso. Todos sin excepción pertenecían a la clase baja de su sociedad.
Elizar comenzó a considerar al joven como una herramienta en una maquinaria cruel e inhumana, aunque a veces veía un atisbo de duda o dolor en su mirada. Incluso llegó a dudar de la elección de "La Promesa", como había empezado a llamarlo. Ese hombre parecía demasiado distante de lo que Elizar había imaginado como un Reparador.
Pero con el tiempo, las piezas comenzaron a encajar.
A sus cuarenta años, el muchacho conoció, en un viejo parque descuidado, a una pequeña y dulce mujer que paseaba su perro tarareando. Chispeante y alegre, la chica parecía un rayo de sol en una tarde tormentosa. Por supuesto, se enamoró perdidamente.
La boda fue sencilla pero pulcra, el muchacho con su inmaculado uniforme negro de Mayor y su placa de identificación dorada que leía Daniel Aurelius, y ella en un sencillo vestido de novia blanco, lánguido y evanescente. No había muchos invitados, y la mitad de ellos pertenecían a la fuerza del muchacho. Fue una boda elegante en su simpleza, y para la pareja, memorable.
Elizar en su momento llegó a pensar que ese hombre taciturno y serio no merecía una mujer tan resplandeciente en su Oda, tan vivaz en su simpleza, pero Daniel cambiaba completamente en presencia de ella. El hombre se volvía casi un adolescente, atento a cada mirada, a cada sonrisa, a cada caricia que ella le dispensaba. A Elizar le causaba gracia cómo esa cara adusta y dura se derretía en una sonrisa boba cada vez que ella le acariciaba el pelo o le daba la mano.
Ella tenía una riqueza espiritual que Daniel no tenía, y que nunca dejaba de asombrarlo. Daniel la idolatraba por eso, la consideraba la única luz en su adusta y violenta vida. Por contraste, ella trabajaba en un hospicio ayudando en la cocina y acompañando a sus ancianos residentes.
Dos años después, Elizar fue testigo, a través de sus visiones, de la tragedia que destrozó a ese hombre. Le fue comunicado a través de un superior que su mujer había sido encontrada muerta en una operación terrorista desarrollada en el hospicio. Al parecer, una secta de alguna religión había decidido atacar quirúrgicamente a los empleados del hospicio, dejando ilesos a los ancianos.
Daniel recibió la noticia con cara estoica y ojos brillantes, sus puños temblando de ira y dolor. Se le otorgó un estipendio por la muerte de su esposa, y se le otorgaron seis meses de vacaciones pagas, sujetas a visitas semanales a un psicólogo. Al mes, Daniel, hecho una brasa de dolor y furia dominada, solicitó su inmediato reingreso a la fuerza, aduciendo que el deber no podía esperar por él, por su recuperación.
A partir de ese momento, el Mayor se convirtió en un osado, casi demente, instrumento de persecución. Muchas de las misiones las realizó solo, con un nivel de crueldad pocas veces visto, y exponiendo su vida como si no valiera nada.
Esta situación duró en su triste vida dos décadas, donde fue ascendido a Teniente Coronel por la efectividad inmisericorde de sus métodos. El hombre se estaba convirtiendo en una cáscara seca, sin luz propia, y su rutina meticulosa lo demostraba claramente.
La pérdida de su esposa rompió algo profundo dentro de él. Tanto en su fuerza militar como en las calles, se lo comenzó a conocer como la Furia Negra. Su sólo nombre despertaba terror en algunos círculos sociales, y sus propios pares lo miraban con temor, evitándolo en lo posible. Eso le parecía ideal a Daniel, que prefería su vacía soledad a la incomodidad de socializar.
Sus propios superiores comenzaron a temer su fría y hueca mirada, su postura recia y adusta, y decidieron sacarlo de las misiones de campo, ascendiendo a Coronel. Ya estaba muy cerca de la edad de retiro, por lo que no extrañaría a nadie que se le diera un buen puesto en un bonito escritorio. No le dieron opción a elegir. Era eso o el retiro.
Daniel aceptó, porque tenía aún una última misión que quería llevar a cabo. Quería revisar los archivos de casos de terrorismo, quería averiguar qué grupo era responsable por su dolor. Se puso a ello con todo su ingenio y determinación, y aunque en dos años no encontró nada, no se desanimó ni su determinación disminuyó.
Encontró al fin su respuesta, en un lugar completamente inesperado. Daniel trabajaba claramente en algún establecimiento dedicado a la inteligencia, o contrainteligencia, ya que las carpetas y los archivos que revisaba hablaban de ese tipo de operaciones. Mientras curioseaba el archivo de “operaciones terroristas”, encontró un directorio llamado “falsa bandera”. Elizar no comprendía qué significaba eso, pero aparentemente Daniel sí.
El rostro de Daniel, al revisar esos archivos, comenzó a tornarse lívido y pétreo. Una exclamación de dolor escapó de sus labios cuando encontró un número de serie y junto a éste, la dirección del hospicio donde tantos años antes trabajó su mujer. Sus manos temblaban mientras leía lentamente el contenido de esa carpeta.
El ataque al hospicio había sido, aparentemente, un intento de captura de un grupo de creyentes, que incluía todo el personal, por parte de su agencia militar. Algo no había salido bien, y el resultado fue una masacre. Se lo presentó al público como un ataque terrorista despiadado, para evitar que rodaran cabezas dentro de la fuerza.
Daniel temblaba de furia y dolor, sosteniendo incrédulo los documentos que configuraban la mayor pérdida de su vida. Una pérdida provocada no por azar, sino por las mismas manos de la institución militar a la que había servido con lealtad inquebrantable.
Elizar, emocionado, lo vio descubrir la terrible verdad: su esposa había sido eliminada por ser creyente, y esa revelación lo quebró de formas que ninguna otra cosa podría haberlo hecho. Una lágrima plateada rodó por la mejilla de Elizar.
A partir de entonces, "La Promesa" cambió. Ya no era solo un soldado; era un hombre arrepentido, asqueado de sus acciones, dispuesto a enfrentarlo todo, con un sentido de propósito que ardía como un fuego inextinguible en el ocaso de su vida. Su alma, marcada por el dolor, comenzaba a resonar con una melodía de redención y sacrificio que Elizar no había sabido prever.
Ahora lo entendía. Ese hombre roto y endurecido había sido preparado no por azar, sino por diseño. Entendía, y eso significaba que el tiempo de la Reparación estaba próximo, a las puertas. Mañana, el Reparador enfrentará la muerte en su propio mundo, pero su Oda no se perderá. Le será provista a Elizar como respuesta a sus ruegos de antaño por Nox Terra.
La corriente de poder que envolvía su Panteón tornaba el cielo de un color zafiro con estrellas rojizas, que a Elizar le parecía simplemente encantador. Erguido en lo más alto de la Torre Norte de su residencia, las manos cruzadas tras la espalda, sintió como un ramalazo de excitación le recorría el cuerpo, mientras una suave brisa le acariciaba el largo cabello blanco. Su límpida mirada se perdió pensativa en ese voluptuoso firmamento, mientras su portentosa mente recorría en orden cronológico todas las visiones que lo habían acompañado durante 50 años de espera. ¡Tantos años sin entender!
Pero ahora sí que entendía.
Lentamente giró sobre sus talones, con las manos aún detrás de sus espaldas y la cabeza gacha, y caminó lentamente por entre los arbustos que bordeaban el camino de piedra laja de su jardín privado, en dirección a la iridiscente entrada de su palaciega residencia. Sobre su cabeza, asomada al alto balcón en arco, sintió la mirada de su esposa, y la extraña mezcla de nerviosismo y pena que emanaba de su ser.
—Mañana nacerá una nueva era. Mañana tendremos visitas por primera vez en milenios. Mañana, Hanna mi amor, comienza la Reparación. Hoy, después de todo este tiempo, podemos, al fin, descansar —dijo en un susurro cansado, sabiendo que su esposa lo podía oír perfectamente. Sus palabras viajaron perezosas hasta la Oda de su esposa, y Elizar vio la armonía renacer en el alma de su amada.