Prólogo: Lillith
Corro rápido al baño a hacer pis, usando el elegante bidé que parece haber en todos los inodoros. Cuando me acerco al lavabo para lavarme las manos, por fin levanto la vista al espejo y suelto un gruñido de fastidio.
—Abel, ¿en serio?
Me seco las manos a toda prisa y, con suavidad, toco los chupetones que tengo por todo el cuerpo.
No había ni un solo rincón que Abel no hubiera marcado con su obsesión. El cuello lo tenía lleno de manchas moradas oscuras que bajaban hasta los pechos y el vientre. Ni siquiera mis muslos internos se habían salvado.
Echo un vistazo a Abel cuando entra en el baño, como si no le importara lo que había hecho.
—La próxima vez te marcaré con mi corrida —dice mientras se coloca detrás de mí, deslizando las manos por mis muslos hasta la cintura, acariciándome las caderas.
No puedo evitar estremecerme al escucharlo.
—¿Te gusta, ma voleuse envoûtante? ¿Te excita la idea de que mi leche cubra esas tetas perfectas? ¿O tu coño precioso otra vez? ¿Que te manche el estómago y la espalda? Hasta te la frotaré para que quede grabada en tu piel —me gruñe al oído.
Debería darme asco, pero su promesa susurrada me moja más de lo que me gustaría admitir.
[ligeramente editado]