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Sinopsis

Max y Checo coinciden en una expo ganadera, a partir de ahí, todo encaja a la perfección.

Genero:
Romance
Autor/a:
Alejandra
Estado:
Completado
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1

El eco de las voces resonaba por todo el enorme pabellón de la Exposición Ganadera de Londres. Era un evento anual que reunía a los mejores exponentes del mundo de la ganadería, desde criadores de ganado hasta innovadores tecnológicos en el sector. Entre ellos, destacaba Sergio Pérez, un renombrado ganadero mexicano cuya fama lo precedía incluso en el otro lado del Atlántico. Su finca en Jalisco era conocida por producir ganado de la más alta calidad, lo que lo había convertido en una leyenda en el mundo rural.

Sergio estaba en su elemento, vestido con botas de cuero bien lustradas, un sombrero tejano impecable y un aire de confianza natural. En su estand, hablaba apasionadamente sobre sus métodos de cría sostenible y genética avanzada, atrayendo la atención de inversores y curiosos por igual.

Entre la multitud, Max Verstappen caminaba con un cuaderno en la mano y una cámara colgada al cuello. Era periodista para un periódico local, asignado a cubrir el evento como parte de una serie de artículos sobre las tradiciones y culturas rurales en el mundo. Para Max, era un tema completamente nuevo y, aunque al principio había pensado que sería aburrido, el ambiente y la pasión de los asistentes lo habían atrapado.

Mientras caminaba, un pequeño revuelo llamó su atención. Un grupo de personas estaba congregado frente a un estand decorado con imágenes de verdes campos y ganado robusto. En el centro de todo, un hombre hablaba con tal fervor que Max se sintió obligado a acercarse.

—¿Y cuál es el secreto para producir este tipo de ganado? —preguntó alguien del público.

—No es un secreto, es dedicación y respeto por la tierra y los animales —respondió Sergio, su voz grave y melodiosa destacando incluso en el bullicio del lugar. Sus ojos oscuros destellaron mientras continuaba—. La genética es importante, claro, pero el verdadero éxito está en el equilibrio: cuidar el suelo, el agua y asegurarte de que cada animal reciba el trato que merece.

Intrigado, Max decidió quedarse un rato más, tomando notas rápidas mientras observaba al hombre que parecía dominar tanto su entorno como su público. Finalmente, cuando la multitud empezó a dispersarse, Max se acercó.

—Hola, soy Max Verstappen, periodista delDaily Chronicle. Estoy cubriendo la exposición y me gustaría hacerle unas preguntas para mi artículo, si tiene tiempo.

Sergio lo miró con una sonrisa cordial, pero sus ojos evaluaron al joven frente a él. Rubio, ojos azules, alto, cara hermosa, todo un güerito, justo como le gustan. Peor algo en la actitud de Max, su postura relajada pero profesional, le llamó la atención.

—Claro, Max. Siempre hay tiempo para alguien interesado en aprender. ¿Por qué no tomamos un café mientras hablamos? Este lugar puede ser un poco ruidoso.

Unas horas después, en una cafetería tranquila a unos metros del pabellón, Sergio y Max se acomodaron en una mesa junto a una ventana. Afuera, la ciudad seguía su bullicio habitual, pero dentro del pequeño local el ambiente era cálido y acogedor. Max abrió su cuaderno mientras Sergio daba un sorbo a su café negro, observándolo con una mezcla de curiosidad y diversión.

—Entonces, ¿por dónde empezamos? —preguntó Sergio, apoyando un codo en la mesa y recostándose en la silla con una postura relajada.

—Bueno, quisiera saber más sobre tu trayectoria. Eres conocido internacionalmente, pero en tu experiencia, ¿qué es lo que hace diferente la ganadería en México? —preguntó Max, tomando su pluma para anotar.

Sergio respondió con facilidad, hablando sobre las tradiciones mexicanas, los retos del clima y cómo había combinado prácticas ancestrales con tecnología moderna para mejorar su producción. Sin embargo, mientras Max anotaba diligentemente, Sergio notó algo en él: una seriedad que parecía un poco fuera de lugar para alguien tan joven. Había una intensidad en la forma en que Max escuchaba, una dedicación que Sergio no podía evitar admirar.

Cuando Max terminó su pregunta, Sergio sonrió con suavidad y desvió ligeramente el rumbo.

—Eres bastante detallista, ¿verdad? —comentó, inclinándose hacia adelante—. Me sorprende ver a alguien de tu edad tan metido en este tema. ¿Siempre has sido así de curioso?

Max levantó la mirada, sorprendido por el cambio de tono.

—Supongo que sí. Creo que ser periodista implica eso, ¿no? Curiosidad constante.

—Tal vez, pero no parece que estés aquí solo por el trabajo. ¿Qué te trae a una exposición ganadera, específicamente? —preguntó Sergio, sosteniendo su mirada. Había algo en su tono, cálido pero inquisitivo, que hizo que Max se sintiera expuesto, aunque no incómodo.

—La verdad... no lo sé. Mi editor pensó que sería interesante que alguien joven cubriera algo tan tradicional. Quizá esperaba que diera un giro más fresco. —Max sonrió levemente, encogiéndose de hombros—. Pero estoy descubriendo que es más fascinante de lo que pensé.

—¿Y qué es lo que más te ha fascinado hasta ahora? —insistió Sergio, apoyando las manos en la mesa. Sus preguntas eran simples, pero Max empezó a darse cuenta de que estaba compartiendo más de lo que había planeado.

—La gente, creo. —Max bajó la mirada hacia su cuaderno y luego la levantó de nuevo, algo vacilante—. Todos tienen esta conexión con lo que hacen, como si fuera algo más que un trabajo. Es... personal. Nunca lo había visto así.

Sergio asintió lentamente, pero su sonrisa se ensanchó.

—Bueno, Max, la ganadería es personal. Es un estilo de vida. Pero dime, ¿y tú? ¿Qué es lo personal para ti?

Max parpadeó, desconcertado por la pregunta.

—¿Perdón?

—Sí, ¿qué hay de ti? Pasas mucho tiempo contando las historias de los demás, pero ¿qué pasa con la tuya? ¿Qué te mueve, además del trabajo? —preguntó Sergio, sus ojos brillando con un interés genuino.

Max sintió que el corazón le daba un vuelco. No estaba acostumbrado a ser el centro de atención, y mucho menos a responder preguntas que no estuvieran relacionadas con el trabajo.

—No sé... no pienso mucho en eso, supongo. Me gusta escribir. Y viajar. Es todo.

Sergio inclinó la cabeza, claramente no satisfecho con la respuesta.

—Todos tenemos algo más, Max. Tal vez aún no lo hayas encontrado. Pero si sigues buscando, estoy seguro de que lo descubrirás.

Max sintió un calor extraño en el pecho, como si las palabras de Sergio hubieran tocado algo que ni él sabía que estaba allí. Intentó desviar la conversación de vuelta al artículo, pero Sergio, con su sonrisa y su voz firme, lo mantuvo en un terreno más personal durante el resto del café. Hablaron sobre las raíces de Max en Holanda, sobre su familia y cómo había llegado al periodismo. Y aunque Max intentó recuperar el control, terminó compartiendo más de lo que había planeado.

Al salir de la cafetería, Sergio le estrechó la mano con calidez.

—Gracias por el café, Max. Fue un placer conocerte. Si necesitas más para tu artículo, aquí tienes mi contacto. —Le entregó una tarjeta con su número y una dirección de correo.

Max se la guardó en el bolsillo, sintiendo que algo había cambiado en esa conversación.

Mientras veía a Sergio alejarse hacia el pabellón, no pudo evitar pensar que este hombre mexicano no solo sabía de ganado, sino también cómo dejar una huella en las personas que conocía.

Max no pudo quitarse a Sergio de la cabeza después de la exposición. Había algo en la manera relajada pero persuasiva de Sergio que lo intrigaba. Pasaron días antes de que finalmente decidiera usar la tarjeta que Sergio le había dado. Había pasado tanto tiempo pensando en el mensaje perfecto que, al final, optó por algo simple:

“Hola, Sergio. Espero no interrumpir. Solo quería agradecerte nuevamente por el café y la conversación. Me gustaría saber más sobre tus proyectos, si no es molestia. —Max.”

El mensaje fue directo, pero dejó espacio para la interpretación, y eso era justo lo que Max quería. No esperaba que Sergio respondiera tan rápido, pero minutos después su teléfono vibró.

“Max, qué gusto saber de ti. Nunca interrumpes, y claro que podemos hablar más. Dime, ¿Cómo va el artículo?— Sergio”

Así empezó todo. Lo que comenzó como una conversación profesional pronto se convirtió en algo más personal. Compartían detalles de su día a día, desde anécdotas de la granja de Sergio hasta las aventuras de Max cubriendo otros eventos en Londres. Las videollamadas nocturnas se volvieron algo común, y aunque ninguno lo decía abiertamente, ambos esperaban con ansias cada nuevo mensaje o llamada.

Sergio tenía la costumbre de sorprender a Max con pequeños gestos. Una tarde, Max llegó a casa y encontró un paquete que contenía una botella de tequila artesanal de Jalisco y una nota escrita a mano:

“Un pedazo de México para ti. —Sergio.”

Max sonrió, sintiendo una calidez que no podía explicar.

Por su parte, Max tenía una forma más sutil de demostrar interés. Siempre encontraba una excusa para hablar con Sergio, ya fuera para pedir su opinión sobre algo relacionado con la ganadería o simplemente para compartir algo curioso de su día.

Finalmente, Sergio dio el siguiente paso. Una noche, durante una videollamada en la que Max le mostraba la vista desde su apartamento en Londres, Sergio lo miró con seriedad.

—¿Qué harías si te dijera que estoy pensando en ir a Londres? —preguntó Sergio, con una sonrisa traviesa.

—Diría que es una locura si no tienes nada que hacer acá—respondió Max, aunque no pudo evitar que su corazón se acelerara.

—Entonces será una locura, porque ya compré el boleto.

La primera visita de Sergio a Londres fue breve pero intensa. Max lo llevó a recorrer la ciudad, pero fue durante las noches, cuando las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia, que las conversaciones se tornaban más profundas. Sergio tenía una manera de hacer que Max se abriera, de hablar de cosas que usualmente guardaba para sí mismo.

Para la tercera vez que Sergio volo a Londres. Había intentado justificar el viaje como una mezcla de negocios y placer, sabía perfectamente que la verdadera razón era Max, talvez ese placer con Max. Había algo en ese joven periodista que lo atraía como un imán, y después de meses de mensajes, llamadas y videollamadas, Sergio decidió que era hora de dar el siguiente paso.

Una tarde lluviosa, mientras caminaban por los jardines de Hyde Park, Sergio sintió que el momento era el adecuado. Max, con las manos en los bolsillos de su abrigo y la mirada fija en el paisaje, parecía relajado. Sergio, por el contrario, estaba nervioso, algo poco común en él.

—Max, hay algo que he estado pensando desde hace un tiempo —dijo Sergio, deteniéndose bajo un árbol para refugiarse de la lluvia.

Max se giró hacia él, con una expresión curiosa.

—¿Sí? ¿Qué pasa?

Sergio respiró hondo, uniendo sus manos detrás de su espalda.

—Sé que hemos estado hablando mucho, y me encanta lo que hemos construido. Pero creo que es hora de que hagamos algo más... oficial. —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Quiero invitarte a una cita. Una de verdad.

Max parpadeó, sorprendido, antes de que una sonrisa se extendiera lentamente por su rostro.

—¿Una cita? ¿Tú y yo? —preguntó, con un toque de incredulidad en su voz.

Sergio asintió, su sonrisa cálida pero firme.

—Tú y yo. No como el periodista y el ganadero, sino como Max y Sergio.

Max miró hacia el suelo por un momento, como si estuviera procesando la propuesta. Finalmente, levantó la vista, y en sus ojos había un brillo que Sergio no había visto antes.

—Está bien. Acepto. Pero solo si me dejas elegir el lugar.

—Trato hecho —respondió Sergio, aliviado pero emocionado.

Esa noche, Max lo llevó a un pequeño restaurante escondido en un callejón de Soho. Era un lugar íntimo, con luces cálidas y una atmósfera acogedora. Compartieron una cena llena de risas y confesiones, donde las barreras que ambos habían construido comenzaron a desmoronarse.

El pequeño restaurante en el corazón de Soho era un lugar perfecto para una primera cita. El ambiente cálido, con luces tenues y música de jazz suave en el fondo, les ofrecía la intimidad que ambos deseaban sin ser demasiado obvio. Max había elegido el lugar con cuidado, sabiendo que el encanto del sitio no le robaría protagonismo a la conversación que estaba por tener con Sergio.

Sergio, vestido con un elegante blazer oscuro y una camisa blanca, llegó primero, algo poco común en él. Observó el lugar con interés, notando los detalles: las velas en cada mesa, las paredes adornadas con fotografías antiguas, y el aroma delicioso que salía de la cocina. Cuando Max llegó, con un abrigo gris y una bufanda que combinaba con sus ojos azules, Sergio se levantó de inmediato, como un reflejo de su educación y nerviosismo.

—Espero que este lugar esté a la altura de tus estándares, señor Pérez —bromeó Max mientras se quitaba el abrigo.

—Es perfecto, aunque no creo que el lugar importe tanto como la compañía —respondió Sergio, con una sonrisa que hizo que Max desviara la mirada, ligeramente sonrojado.

Mientras revisaban el menú, la conversación comenzó de manera ligera, con bromas sobre las diferencias culturales entre México y Reino Unido. Sergio habló de los sabores vibrantes de la comida mexicana, describiendo platillos como los tacos al pastor y el mole con una pasión que hizo reír a Max.

—Si alguna vez vienes a México, me aseguraré de que pruebes lo auténtico. Aunque después de eso, puede que nunca vuelvas a comer aquí —dijo Sergio, guiñándole un ojo.

Max contraatacó describiendo su amor por el té y los pasteles británicos, especialmente los scones con crema y mermelada, aunque admitió que nada de eso sonaba tan emocionante como la gastronomía que Sergio describía.

—Tendremos que hacer un intercambio culinario —sugirió Max.

—Me parece justo, pero tendrás que preparar los scones tú mismo —bromeó Sergio, ganándose otra sonrisa de Max.

Con el paso de los minutos, la conversación tomó un giro más personal. Hablaron de sus sueños y desafíos. Max confesó que siempre había sentido que el periodismo era su forma de conectar con las historias de la gente, aunque a veces se sentía como un observador más que un participante en la vida.

—Supongo que por eso me intrigaste tanto. Tienes esta manera de vivir con tanta intensidad... es algo que yo admiro, pero que no estoy seguro de saber cómo hacer —admitió Max, jugando con el borde de su copa de vino.

—Es curioso que digas eso —respondió Sergio—. Porque desde que te conocí, he sentido que tú me haces querer bajar el ritmo, disfrutar más las cosas pequeñas. Como esta cena.

El comentario dejó a Max sin palabras por un momento, pero sus ojos decían lo suficiente.

La noche terminó con un postre que compartieron, un pastel de chocolate que Max insistió en que Sergio probara. Al salir del restaurante, el frío de la noche los envolvió, y Sergio no dudó en ofrecer su abrigo cuando vio que Max temblaba ligeramente.

—No quiero que esta sea nuestra única cita —dijo Sergio de repente, rompiendo el silencio mientras caminaban por las calles iluminadas.

Max lo miró, sorprendido, pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Entonces será mejor que hagamos algo para que no sea la unica. —Y por primera vez en mucho tiempo, Max sintió que alguien veía más allá de su fachada y quería quedarse para descubrir lo que había detrás.

La primera cita marcó un antes y un después en la relación entre Sergio y Max. Aunque ambos tenían vidas y culturas completamente diferentes, esa noche en Soho sentó las bases de algo más profundo. Sergio, acostumbrado a la vida en el campo y al trato directo con la naturaleza, y Max, inmerso en el ajetreo y la sofisticación de Londres, encontraron en sus diferencias un punto de conexión inesperado.

Después de la cita, Sergio se volvió aún más constante en su comunicación. Cada mañana, Max encontraba un mensaje esperándolo:

“Buenos días, Max. Espero que tu día esté lleno de éxitos. Por cierto, ¿has pensado en cuándo será nuestra próxima cita? —Sergio.”

Al principio, Max respondía con respuestas ingeniosas o con bromas, pero poco a poco, comenzó a corresponder con la misma calidez. Sergio, fiel a su estilo, no tardó en subir la apuesta. Una semana después de la cita, Max recibió un paquete en su apartamento. Dentro había una caja de madera tallada a mano con pequeños frascos de miel orgánica de la granja de Sergio y una nota:

“Cada sabor tiene una historia, igual que nosotros. Espero que lo disfrutes. —Sergio.”

Max quedó encantado. Aunque era un hombre de palabras, se dio cuenta de que Sergio tenía una manera única de expresarse con acciones.

Sergio, decidido a mostrarle a Max su mundo, lo invitó a visitar su rancho en México. Max aceptó, aunque con algo de nervios. Era un salto grande, pero sentía que Sergio valía el riesgo.

Cuando llegó, el contraste con su vida en Londres no pudo ser más evidente. El aire era fresco, el paisaje estaba lleno de campos verdes, y el sonido de los animales era una constante en el fondo. Sergio lo recibió con un abrazo cálido y una sonrisa que disipó cualquier duda.

—Bienvenido al paraíso —dijo Sergio, guiándolo hacia la casa principal.

Max se dejó envolver por la hospitalidad y el encanto del lugar. Sergio lo llevó a recorrer la granja, le mostró cómo trabajaba con el ganado y lo invitó a participar en actividades sencillas, como alimentar a los animales o montar a caballo. Al principio, Max estaba fuera de su elemento, pero Sergio se aseguró de que cada experiencia fuera divertida y significativa.

Esa noche, bajo un cielo estrellado, Sergio preparó una cena al aire libre. Mientras compartían anécdotas y brindaban con tequila, Max se sintió más conectado con Sergio que nunca.

—Esto es diferente a cualquier cosa que haya vivido —admitió Max, mirando las estrellas.

—¿En el buen sentido o en el malo? —preguntó Sergio, inclinándose hacia él.

—En el mejor sentido posible —respondió Max, sin apartar la vista del cielo.

Después de ese viaje, la relación se volvió más seria. Aunque la distancia seguía siendo un desafío, ambos encontraron formas de mantenerse presentes en la vida del otro. Sergio volaba a Londres cada vez que tenía un hueco en su agenda, y Max, aunque con menos frecuencia, comenzaba a incluir visitas a México en sus planes.

Las llamadas nocturnas se convirtieron en un ritual. A menudo, Sergio le leía cuentos o le hablaba de los planes para expandir la granja, mientras Max compartía detalles de sus artículos y sueños profesionales.

—¿Te das cuenta de lo irreal que es esto? —preguntó Max una noche, mientras sostenía su teléfono en la cama.

—¿Qué cosa? —respondió Sergio.

—Tú y yo. Un periodista de Londres y un ganadero mexicano... parece sacado de un libro.

Sergio sonrió al otro lado de la línea.

—Tal vez, pero si es un libro, quiero que tenga un final feliz.

Aunque todo parecía ir bien una pequeña piedra se puso en sus caminos en un viaje corto de Max a Mexico. Era una tarde cálida y apacible en el rancho. Sergio y Max estaban sentados bajo el gran árbol de roble que daba sombra al lugar desde hacía generaciones. Frente a ellos, un par de caballos pastaban tranquilamente mientras el sonido lejano de las vacas llenaba el aire. Era una escena que, aunque contrastaba con la vida bulliciosa de Londres, Max había comenzado a disfrutar.

Sergio estaba más callado de lo usual. Max lo observó con curiosidad mientras daba un sorbo a su limonada.

—¿Estás bien? —preguntó, rompiendo el silencio.

Sergio asintió, pero el leve movimiento de su mandíbula delató que estaba procesando algo importante.

—Sí, solo estoy pensando —respondió, apartando la mirada hacia el horizonte.

Max entrecerró los ojos, divertido.

—¿Eso es raro en ti o debería preocuparme?

Sergio soltó una risa breve antes de volverse hacia él con una mirada cálida.

—Estaba pensando en nosotros, en todo esto.

Max arqueó una ceja, dejando su vaso a un lado.

—¿En qué sentido?

Sergio tomó aire y habló con la calma característica de alguien acostumbrado a tratar con problemas complejos pero decidido a ir al grano.

—En que quiero que vengas a vivir aquí, conmigo.

Las palabras lo tomaron por sorpresa. Max parpadeó varias veces, intentando asimilar lo que acababa de escuchar.

—¿Quieres que me mude aquí?

Sergio asintió, observándolo con cuidado.

—Sí. Sé que puede sonar abrupto, pero lo he estado pensando mucho. Max, la distancia no es fácil, y no quiero que lo nuestro sea algo que dependa solo de visitas esporádicas o llamadas. Quiero que estés aquí, conmigo, como parte de mi vida.

Max lo miró fijamente, buscando señales de broma en su expresión, pero no encontró nada más que sinceridad.

—Sergio, esto es... inesperado. Mi vida está en Londres. Mi trabajo, mis amigos, todo lo que he construido... —dijo, intentando no sonar brusco.

Sergio se inclinó hacia él, tomando su mano con firmeza.

—Lo sé, y no te estoy pidiendo que dejes de hacer lo que amas. Puedes seguir escribiendo desde aquí. Hoy en día, todo se hace en línea, ¿no? Además, puedes enseñar inglés a algunos de mis trabajadores. Sé que les encantaría aprender contigo.

Max rió suavemente, aunque todavía estaba incrédulo.

—¿Eso es lo único que esperas de mí? ¿Que les enseñe inglés y me “ponga bonito”?

Sergio sonrió, relajando la tensión en el ambiente.

—Por ahora, sí. Aunque no me molestaría verte en botas vaqueras más seguido.

Esa noche, Max no podía dormir. Estaba recostado encima de Sergio, escuchando al hombre roncar suavemente. La propuesta de Sergio seguía rondando en su mente. Por un lado, sabía que Sergio hablaba en serio. El hombre lo había tratado como nadie antes: con una mezcla de respeto, afecto y una devoción que Max no sabía si merecía.

Pero por otro lado, dejar Londres implicaba más que un cambio de ubicación. Londres era su hogar, el lugar donde había construido su carrera y su vida. Era su zona de confort. Mudarse a México significaba renunciar a todo eso, al menos en parte.

Por la mañana, durante el desayuno, Sergio notó que Max estaba más callado de lo usual.

—¿Dormiste bien? —preguntó Sergio, sirviéndole un poco de café.

Max levantó la mirada, indeciso.

—No mucho. Tu propuesta me tiene pensando.

Sergio tomó asiento frente a él, cruzando los brazos sobre la mesa.

—No esperaba que fuera una decisión fácil para ti, Max. Pero quiero que sepas que esto no es un capricho. He pensado en lo que significaría para ti, en lo que implicaría para nosotros. Quiero que lo consideres, pero sin sentirte presionado.

Max suspiró, revolviendo el café sin beberlo.

—No es que no quiera estar contigo, Sergio. Es solo que... tengo miedo de lo que estoy dejando atrás. ¿Y si esto no funciona? ¿Y si me arrepiento?

Sergio inclinó la cabeza, su mirada llena de comprensión.

—Tienes derecho a esas dudas. Pero quiero que sepas algo: yo haré todo lo que esté en mis manos para que no te arrepientas. Quiero darte una vida llena de amor, risas y nuevas aventuras.

Max lo observó, y aunque las dudas seguían ahí, algo en las palabras de Sergio comenzó a calar en su corazón.

Días después, ya de vuelta en Londres, Max seguía dándole vueltas al tema. Se dio cuenta de que, aunque adoraba su vida en la ciudad, algo se sentía incompleto sin Sergio. Extrañaba su voz, su risa, incluso las pequeñas bromas que solían compartir.

Una noche, mientras hablaban por videollamada, Max tomó aire y se decidió.

—Sergio, he estado pensando mucho en lo que dijiste.

—¿Sí? —respondió Sergio, atento.

—Me voy a mudar contigo a México.

La sonrisa de Sergio fue inmediata, iluminando toda la pantalla.

—¿De verdad?

—De verdad. Pero tengo una condición.

—¿Cuál?

Max sonrió con picardía.

—Tendrás que enseñarme a montar a caballo como un profesional.

Sergio soltó una carcajada, inclinándose hacia la cámara como si estuviera más cerca.

—Hecho. Y prometo que haré de cada día en el rancho una aventura que no olvidarás.

Max sonrió, sintiendo una mezcla de nervios y emoción. Sabía que el cambio no sería fácil, pero con Sergio a su lado, estaba listo para intentarlo.

Y volví con un two shot, basado en este pequeño escrito que subí hace tiempo al club de las Tilapias, espero les guste 💗👋🏻



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