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For Your Love: El Sentido de Amar

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Sinopsis

Elraj, el paraíso del futuro, el sueño de cada ilegítimo se había convertido en el mismísimo infierno de Angelina. Nacida en la pobreza a manos de los efías, creyó que llegaría a su final en esas tierras hasta que la vida le presentó una segunda oportunidad de vivir, ¿el costo? La libertad. Llevada al paraíso para ser rodeada de privilegios al lado de un hombre que no la amaba, sometida a la vida del Palacio Nacional, creyó que podía resistirlo hasta entender la red de mentiras en la que estaba sometida.

Genero:
Romance/Scifi
Autor/a:
Nikki An
Estado:
En proceso
Capítulos:
14
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

დ Bazur

No puedes cambiar tu destino, mucho menos tu suerte, desde que naces, tu futuro parece estar escrito en piedra, como si se tratara de una maldición de la cual no tienes escapatoria. Aceptar esa realidad era más sencillo que intentar cambiar lo inevitable de la vida. No, no es que fuera pesimista, pero cuando te ves atrapada en un matrimonio carente de amor te das cuenta de que no hay un más allá. No fui yo quien escogió esto para mí, tampoco lo hizo mi familia, fue el imperio quien así lo decidió, caí en manos de uno de los hombres más poderosos de la nación y ahora estaba atrapada ahí bajo el silencio que me protegía.

Mi destino estaba manchado en sangre, bajo la sombra de un hombre que ni volteaba a verme. No tenía la voluntad ni la fuerza para levantarme de la posición en la que me había dejado, estaba debilitada en poder y él estaba sediento por este, no había nada que yo pudiera ofrecerle.

Entonces, sería solo una cara bonita que acompañaría al vicegobernador de la nación de Elraj; Gavrel Stuart.

Traje dorado, en un vestido revelador porque mi posición no era la de una santa, dejaba mucho a la imaginación para aquellos que se atrevían a voltear a ver a la mujer de un hombre como esos, pero si él lo deseaba los mandaría a matar, así que nadie se atrevería a profanarme, y ese sería el mayor de los engaños, porque ese hombre estaba tan ocupado viendo a otras mujeres que no se percataría nunca de que otros estaban deseando a su mujer.

No era posesivo, no con lo que no le importaba y él tenía claro que yo a su lado solo era un adorno, frío y de porcelana, pero ahora era su dinero el que me estaba cubriendo de joyas costosas que mi familia jamás habría podido pagar por su cuenta y para finalizar, una tiara de diamantes sobre mi cabeza, se camuflaba fácilmente con el rubio de mi cabello, para nada destacaba, mas estaba ahí recordándome la fortuna a la que era capaz de acceder.

Aunque no quisiera malentendidos. Stuart no pagó por mí, no era el tipo de transacción marital a la que habíamos llegado. La realidad era mucho más cruda.

(…)

Robar para sobrevivir.

Venderte para comer.

Era simple, lo entendí cuando recién tenía diez años, así era la vida que tenías en Bazur, el basurero humano. Algunos estaban ahí cumpliendo su condena de exilio, otros tantos no eran dignos de entrar en las puertas del paraíso y, por último, estábamos aquellos que nacimos con la desafortunada suerte de ser hijos de ilegítimos. Creces en la miseria, bajo la idea de que en un futuro deberás convertirte en ladrón o prostituta para poder llevar algo de comida al estómago.

Pero yo era una niña para ese entonces, apenas si había aprendido a robar a los más débiles, aquellos que estaban ya en su lecho de muerte o eran más pequeños que yo. A diferencia de otros niños, no era lo bastante astuta, consideraba que algunos merecían más aquel pedazo de pan que estaba lleno de moho, nada de lo que había era fresco, sino que debíamos de revolver en la basura que Elraj dejaba para nosotros. No sabía lo que era un banquete, a excepción de esas veces en que mi padre llegaba con una bolsa del basurero que podía estar llena de sorpresas, a veces encontrabas insectos que bastaban con matarlos para hacerlos desaparecer y luego olvidar que estaban sobre la comida que estabas a punto de llevar a tu boca.

Era una completa desgracia.

—Ponte tu velo —ordenó mi padre.

Yo no cuestioné, pero ese día en particular no lo encontré, mis ojos se llenaron de arena del desierto, dejándolos enrojecidos y con un ligero ardor que no se fue fácilmente. No podía lavarlos con agua porque esta era un lujo que no se podía desperdiciar, así que no tenía otra opción más que resistir.

Estaba en medio de una enorme fila de personas, más específicamente, de niños. La gran mayoría eran huérfanos que buscaban una mejor oportunidad de vida.

—¿Por qué estamos aquí? —cuestioné.

—Te dije que vendríamos cuando tuvieras edad.

Pero yo no era como esos niños, yo tenía una familia. Yo ya tenía mi marca puesta en mi muñeca, el mundo entero sabía que no era como el resto y por ello mi padre me tuvo oculta.

La gentuza no era agradable, incluso sentía como me ahogaba entre la multitud de personas, el calor del desierto era agonizante ese día y estaba desesperada por encontrar algo con lo que pudiera cubrir mis ojos ya hinchados, al menos hasta que mi padre me prestó un trozo de tela que él mismo utilizaba.

El velo no era nada en especial, mucho menos un símbolo cultural, pero todos lo llevábamos para evitar que la tierra o arena cayera en nuestros ojos o boca al hablar. Bastante molesto a decir verdad, porque representaba una carga más que llevar, para nada era ligero.

Mi padre me tomó de la muñeca con fuerza, cubría con su mano mi marca, supongo que evitaba que otros más fueran testigos de esa verdad y yo entendía la razón. El mundo era cruel para quienes éramos como yo, eran llevados al paraíso a morir, haciéndome cuestionar si ese sería mi fatal final.

—¿Nombre? —cuestionó uno de los efenos, un militar que se encargaba del procedimiento inicial para recolectar los datos de los habitantes a los que se les tomarían la muestra.

Antes de poder responder a su pregunta, mi padre habló.

—La ara oficial, ¿está muerta? —pronunció con dificultad, tenía problemas para el habla.

El hombre efeno miró a su compañero, no estaba solo. Para después tan solo asentir con su cabeza con sutileza, como si se tratara de un secreto de Estado. Ni yo sabía esa información, ¿cómo mi padre sí?

—Llévensela.

Me empujó hacía el oficial, haciéndome caer sobre su pecho, con suerte no le causé ningún tipo de daño, pero pude notar su expresión de desagrado en su rostro. Yo era una ilegítima, vivía en Bazur, mientras que ese hombre tendría una vida acomodada en ese paraíso.

Un disparo fue lo próximo que escuché.

—Debiste morir hace mucho —agregó el militar, mirándome directo a los ojos.

¿Entonces por qué había asesinado a mi padre?

Me tomaron con fuerza de los brazos, escuché decir a uno de ellos que yo era una ara luego de fijarse en la marca de mi muñeca. Cubrieron mi rostro, específicamente mi boca, antes de que pudiera gritar al ver el cuerpo de mi padre agonizar en el suelo por un disparo en la cabeza, tenía una sonrisa en su rostro, tal vez solo porque había abandonado este infierno, pero yo no podía hacer nada para salvarlo, y cada vez estaba más lejos de su persona, pues me arrastraban sin ningún problema hasta la nave.

Mis ojos se llenaban de lágrimas que se deslizaban por mis mejillas, entonces supe de qué estuvieron protegiéndome todos estos años, porque no sería la muerte la que por fin conocería cuando me dieran la entrada a las puertas del paraíso, sino que Elraj tendría preparado para mí un peor infierno que la hambruna y la pobreza.

Con un saco en la cabeza me llevaron hasta el paraíso, las tierras que tantos ilegítimos estaban ansiando tocar. Todavía no lo entendía del todo, la respiración me hacía falta y el miedo aumentaba con cada paso que daba por el pasillo, siendo arrastrada nuevamente por los militares que ahora me tomaban de los brazos.

—¿Qué es esto?

Nos detuvimos quién sabe dónde. Una voz masculina habló, podía ver solo sus pies, eran enormes

—Rescatamos a una ara, fue custodiada por un hombre.

Sus pies se acercaron a mí con la intención de sacar la bolsa de mi cabeza, por fin podía respirar de forma correcta, para después toparme con la espeluznante imagen de ese hombre.

Sus manos se posaron sobre mi rostro, seguramente con rastros de suciedad que no había podido limpiar antes. Me miraba con una sonrisa llena de crueldad, jamás había visto algo parecido, mas siempre creí que la maldad era algo exclusivo de Bazur.

—Preséntate —habló.

Obedecí.

—Mi nombre es Angelina.

Él asintió.

—Continúa —pidió.

—Tengo veinte años, nací en Bazur.

Sonreía, quería que dejara de hacerlo porque no mostraba felicidad alguna, no era una sonrisa genuina.

—¿Qué haces si te digo que no me interesas?

Siempre viví en Bazur, crecí y creí que moriría en esas tierras, la diplomacia de Elraj no era de mi interés, el paraíso era corrupto según decían, sustentado por las cinco familias más poderosas, era todo el conocimiento que tenía al respecto, nunca supe cómo funcionaba el mundo de las aras y, al parecer, debió de haberme interesado hacía mucho.

Me encogí de hombros, sin ser maleducada con el hombre frente a mí, sino más bien como una costumbre que ya estaba arraigada a mi persona.

Pareció que no le agradó el gesto. Él hizo una mueca.

—Eres corriente, una ilegítima en el palacio.

Tenía razón, era lo que era. No me atrevía a dirigirle la mirada, llena de vergüenza por sus comentarios, siendo una emoción que seguramente solo personas como yo tendríamos, pues ni los mismos efías lograban sentir algo parecido, mucho menos los enatos como él.

—Lo siento, no era mi intención.

Supongo que lo siguiente en su lista sería cortarme la cabeza frente a un público cruel, pero aceptaba aquello solo porque mi padre ya me estaría esperando en el Cielo, el único paraíso que de verdad existía para nosotros los que no teníamos alternativa. Fuimos condenados en tierra, pero nuestras almas, en cambio, serían salvadas por un Dios.

Agaché entonces mi cabeza, entregándome a ese hombre y, por lo tanto, mi destino también, yo no era pecadora, así que mi consciencia estaría libre si me mataba en ese instante con el mismo desprecio con el que acabaron con la vida de mi padre.

Me preguntaba si mi madre nos estaba esperando en casa, ansiosa por escuchar historias de nuestras aventuras. Ahora estaba sola, la había abandonado, esa idea destrozó mi corazón, pero estaba a miles de kilómetros que me separaban de ella. No hice más que encomendarla a los santos, estaría en las manos correctas en un mundo que ya nos había dado la espalda, ojalá pudiera rehacer su vida.

—Sumisa y calmada, que lástima que no seas una ara pura.

No sabía lo que eso significaba.

—Te contaminaron allá afuera, tal vez Gavrel quiera a esta mujer.

A sus ojos era un objeto, supongo que para el mundo es lo que eres cuando naces en el cuerpo equivocado, no era muy distinto a lo que vivía allá en Bazur, en donde buscaban pagar por mi cuerpo, ofertas que todo el tiempo rechacé, sin embargo, ahora estaba en manos de una autoridad a la que no podía negarme. Mi padre, además, fue quien me envió a este lugar, supongo que había un propósito detrás de esto.

—Iré a donde se me ordene, señor.

Siquiera conocía su nombre.

—Es una ara —indicó el militar a mi lado, supuse entonces que la expresión de ese hombre era dudosa respecto a mi destino.

Él suspiró.

Hizo una señal y de inmediato aplicaron más fuerza en mis brazos, lo que era innecesario porque no tenía la más mínima intención de soltarme en ese momento, me llevaron a las afueras de esa oficina, hasta una sala de espera en donde por fin pude descansar mis pies, en este momento, descalzos y llenos de arena que había traído desde el desierto. A diferencia de mí, ellos llevaban un calzado apropiado. Algunos en Bazur tenían la suerte de conseguir de esos en el basurero, mas no era algo recurrente.

Esperamos durante varias horas, hasta que por fin se hizo presente el dichoso Gavrel Stuart. Un hombre un par de años más joven que el que antes se presentó a mí. Ordenó que me soltaran, porque hasta entonces no habían dejado de sostener mis brazos. Sentí gran alivio en ese momento.

—Eres hermosa —dijo de repente, sacándome de mis pensamientos.

Mis mejillas seguro se tornaron de rojo, papá siempre dijo que era sensible ante los halagos y mi pálida piel pronto reaccionaba a esas palabras. No dejaba de sentirme avergonzada, esta vez la razón era distinta.

—Vas a ser mi esposa.

Pero entendía que aquello solo era un acto político con el que debía cumplir, claro que el brillo en sus ojos me decía otra cosa. Yo sonreí.

Él extendió su mano y se presentó, esperando a que yo la tomara y cuando así lo hice, besó la mía, sin importarle que aun estuviera algo sucia por la situación de mis tierras. Él parecía amable, cuan equivocada estaba. Supongo que era parte del encanto, nadie cae en los brazos de un asesino en serie porque sabes que te va a matar, los monstruos usan máscaras y, por eso, todos aquí llevan puesto bonitos uniformes.

Pero supongo que es la forma de mentirte, es la única forma en que este lugar siempre se haya considerado un paraíso.

Limpiaron mi piel con los jabones más costosos, arreglaron mi descuidado cabello, cortándolo hasta los hombros porque ya se veía lo suficiente maltratado. Maquillaron mis cicatrices de la guerra y me vistieron con sedas. Me miré al espejo una última vez, era irreconocible.

—Te lo dije, ¿no? Eres hermosa —habló Gavrel detrás de mí.

Se acercó un par de pasos y me tomó de la cintura, aquella acción me hizo sobresaltar, mas logró tranquilizarme hundiendo su cabeza en mi cuello, sentía sus respiración, pero sobre todo, sus labios marcar mi piel.

Ellos me habían convertido en la esposa del vicegobernador, era entonces uno de ellos, también una mentira que no me dejaba dormir por las noches, incluso con la comodidad que ofrecía una cama nueva y no el frío del suelo al que estaba acostumbrada, de cualquier modo, ahora había abandonado mis raíces; Bazur.

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