Miel amargo

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Sinopsis

Él es el despiadado presidente del MC Venturi. Ella es una superviviente que huye de un pasado que la dejó hecha pedazos. Ninguno de los dos esperaba encontrar la salvación en el otro. Tras escapar de una vida llena de dolor, Honey llega a Berdoo, California, sin nada más que una bolsa de viaje, un perro rescatado lleno de cicatrices y un talento para el arte que nunca imaginó que podría salvarla. Cuando consigue un puesto como aprendiz en un estudio de tatuajes, no tiene ni idea de que pertenece al MC Venturi, el club de motociclistas más temido de la costa oeste. Y definitivamente, no espera llamar la atención de su presidente: Diesel. Diesel es un hombre al que todos temen; frío, implacable y peligrosamente inestable. Diagnosticado médicamente como incapaz de sentir emociones, nunca le ha importado nadie ni nada. Hasta que ella apareció. Desde el momento en que posa sus ojos en esa frágil rubia con fuego en la mirada, algo cambia. Ella le tiene miedo al mundo, pero no a él, y por primera vez en su vida, Diesel siente algo. No solo quiere protegerla. Quiere poseerla. Pero Honey no es solo una cara bonita a la que reclamar. Está huyendo de un pasado más peligroso que cualquier guerra entre clubes a la que Diesel se haya enfrentado jamás. Y cuando ese pasado le dé alcance, Diesel quemará el mundo hasta los cimientos para mantenerla a salvo.

Genero:
Romance
Autor/a:
LacieSavannah
Estado:
Completado
Capítulos:
28
Rating
4.8 46 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Espejos Rotos

Miro fijamente el espejo agrietado. Apenas reconozco a la chica que me devuelve la mirada. Las sombras hunden mis mejillas, tengo la piel llena de moretones y mis ojos verdes están vacíos. Antes brillaban, tenían algo que valía la pena salvar, pero ya no. No sé cuándo se quedaron sin vida. Quizás siempre lo estuvieron.

Las fracturas en el vidrio parecen una telaraña y me recuerdan a mi propio cuerpo. Destrozado. Irreparable.

Pero esta noche nada de eso importa.

Esta noche me largo de aquí.

Me tiemblan los dedos al apoyarlos sobre mi reflejo. Espero sentir algo, alguna conexión con esa chica que me mira. Pero lo único que siento es el frío del cristal.

Bajo la mano.

El sótano está en silencio, salvo por el tictac del viejo reloj en la pared. Conozco ese sonido mejor que los latidos de mi propio corazón. Marca las horas, los minutos y los segundos que faltan para que él regrese. La rutina siempre es la misma: bebe, llega a casa, abre la puerta, me muele a golpes, me viola y me deja aquí pudriéndome.

Esta noche no.

Me pongo a gatas aunque mi cuerpo grita de dolor. No me importa. Bajo el catre de la esquina, escondida en la oscuridad, está mi salvación.

Tres años.

Tres años raspando, arañando, cavando.

Tres años fingiendo que estaba acabada mientras me abría paso hacia la libertad con nada más que una cuchara oxidada.

La agarro ahora y mis dedos envuelven esa forma tan familiar. El corazón me golpea las costillas mientras la clavo en la tierra y raspo. Una y otra vez, con las pocas fuerzas que me quedan.

El suelo está más blando de lo que recordaba. El túnel está casi terminado. Solo un poco más.

Cavo más rápido.

Se me parten las uñas. La sangre se mezcla con la tierra, pero no me detengo.

No paro porque puedo sentirlo. El cambio en el aire. El aliento frío del mundo exterior besando las yemas de mis dedos.

Aguanto un sollozo.

Todavía no.

Llorar es de niñas pequeñas. Yo dejé de serlo hace mucho tiempo.

Fuerzo el brazo por la abertura. Todo mi cuerpo tiembla mientras araño la última capa de tierra que me mantiene atrapada en este infierno. En el momento en que mis dedos atraviesan el suelo, una ráfaga de aire nocturno me envuelve por completo.

Fresco. Puro. Libre.

Las ganas de llorar vuelven, pero me las trago como hago con todo lo demás.

No sé qué me espera fuera de este sótano.

No sé si sobreviviré allá afuera.

Pero de una cosa estoy segura.

Aunque muera, será mejor que esto. Al menos así estaré con mi verdadero Padre en el cielo.

Echo a correr.

Cada centímetro de mi cuerpo se rebela, pero no me detengo. No puedo.

El aire frío me atraviesa y me hiela el sudor, pero apenas lo noto. Siento las piernas como de plomo. Cada paso es una agonía para unos músculos que casi no se han movido. Mis heridas gritan y tengo los pies en carne viva. La tela fina de la ropa robada —tan pequeña que es de niño, y eso es lo más triste— se me pega a la sangre y a la mugre.

Pero nada de eso importa.

Porque por primera vez en mi vida, siento el viento en la piel.

El aire fresco entra en mis pulmones y me arde por la fuerza con la que llega. Se me aprieta el pecho, pero no es por miedo. Es algo distinto, algo tan extraño que tardo un momento en entenderlo.

Estoy llorando.

No es por el dolor, ni porque mi cuerpo ya no pueda más.

Lloro porque es la primera vez que siento el aire de la noche.

La primera vez que respiro sin paredes que me enjaulen.

La primera vez que soy libre.

Un sollozo se me escapa de la garganta y me esfuerzo más, corro más rápido.

No sé a dónde voy y no me importa. Solo necesito alejarme. Necesito poner distancia entre aquel lugar donde morí hace mucho tiempo y yo. Aquel sitio donde enterraron a una niña asustada bajo moretones y silencios.

Las estrellas se nublan sobre mí. No sé si es por las lágrimas, el cansancio o el hecho de que nunca las había visto.

Pero las siento.

Y la siento a ella.

Mamá.

Está aquí. Lo sé.

No recuerdo su voz ni su olor, pero sé que me acompaña. La siento en el viento que me empuja y en un calor en el pecho que no debería existir después de todo lo que he pasado.

Ella está celebrando conmigo.

Suelto una risa rota entre sollozos y dejo que ese sentimiento me lleve más lejos. Otra cadena se rompe. El peso de mi alma se aligera.

Sigo corriendo.

Hasta que ya no puedo más.

Las piernas finalmente me fallan y tropiezo. Caigo al suelo detrás de un árbol grueso. La corteza es áspera contra mi espalda, pero no me importa.

Lo logré.

No sé dónde estoy ni cuánto he recorrido. Pero logré salir.

Jadeo con fuerza y mis pulmones me suplican un respiro, pero lo único que siento es gloria.

Esta noche, mi vida cambia.

Esta noche, vivo.

Pero primero... quizás duerma un poco.

Algo me toca el brazo.

Suelto un quejido. Estoy entumecida y cada músculo me protesta. Abro los ojos y la luz del sol me ciega. Mis ojos nunca habían visto la luz del día. Por un momento olvido dónde estoy, pero luego todo vuelve: la huida, el dolor, el sabor de la libertad en la boca.

Y ahora... una viejita me mira con una sonrisa cómplice.

—Vamos, nena. Te estaba esperando —dice con una voz cálida y ronca, como un disco que se ha escuchado demasiadas veces.

Doy un respingo antes de darme cuenta y me pego contra la corteza del árbol. El miedo me invade como una ola gigante.

No.

No escapé, no luché ni sangré para que esta mujer me lleve de vuelta con él. El corazón me late a mil mientras obligo a mi cuerpo dolorido a moverse, tratando de escabullirme.

Ella se da cuenta de mi pánico y de cómo estoy encogida como un animal atrapado. En lugar de intentar agarrarme, suspira y se sienta lentamente en el suelo con un gruñido.

—Vas a tener que ayudarme a levantarme dentro de un rato —murmura estirando las piernas—. Pero primero, deja que te cuente una historia.

No me muevo. No hablo. Solo la observo con todos mis nervios en tensión.

A ella no parece importarle.

—Te he visto en mis sueños, Honey.

Oír mi nombre en sus labios me deja helada.

—No la conozco —susurro con la voz ronca por el cansancio.

—Lo sé. —Ladea la cabeza y me estudia como si ya lo supiera todo sobre mí—. Pero Dios sí te conoce.

Suelto un bufido y niego con la cabeza. Está loca.

—No estoy loca, niña. Sé lo que vi —continúa, como si me leyera el pensamiento—. Dios me dijo que vendrías. Me lo dijo hace diez años. Dijo que cuando llegara el momento, tendrías miedo de confiar.

Parpadeo y siento un nudo en el estómago.

Ella suelta una risita y niega con la cabeza mientras mira hacia el bosque, como si viera algo que yo no puedo ver. —He caminado por estos bosques todos los días, a esta misma hora, durante diez años esperándote. Porque Él me dijo que estarías aquí: herida, sola y necesitando a alguien que te ayudara a levantarte de nuevo.

El nudo en mi garganta se vuelve insoportable.

Siempre me ha costado tener fe, sobre todo porque nunca me enseñaron a tenerla. Pero entre tanto tormento, decidí creer que hay un lugar a donde van nuestros seres queridos, un refugio seguro con un padre amoroso de verdad. Pero la forma en que ella me mira, como si me conociera de toda la vida, hace que algo me duela en lo más profundo del pecho.

—Me ibas a necesitar —dice simplemente, como si fuera una verdad absoluta.

Estira el brazo y me toma de las manos antes de que yo pueda reaccionar. El movimiento es rápido y me sobresalto, quedándome rígida.

Ella lo nota.

Pero no me suelta. Tampoco aprieta demasiado.

—Veo tu dolor —dice con voz más suave—. No sé por lo que has pasado. No me corresponde saberlo. Pero sé que tu libertad depende de mí.

Niego con la cabeza. No quiero creerle.

Pero el peso de sus manos sobre las mías es dulce, no me está forzando. No intenta llevarme a ningún lado a la fuerza.

Solo está... aquí.

—Tienes dos opciones, nena —continúa—. Puedes quedarte aquí sentada sin un plan, sin comida y sin forma de curarte esas heridas, esperando a que tu pasado te alcance...

Me aprieta las manos un poquito más.

—O puedes venir conmigo. Te lavaré, te vendaré las heridas y me aseguraré de que tengas todo lo necesario para irte muy, muy lejos de aquí.

El viento sopla entre los árboles agitando las hojas. Por primera vez desde que escapé, me permito respirar.

Quizás esté loca.

O quizás... solo quizás, esta sea la siguiente cadena que se rompe.

Trago saliva y miro esos ojos sabios y pacientes.

Y por primera vez en mi vida...

Elijo confiar.