El Valle Bajo La Niebla por chimmykai en Inkitt
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El valle bajo la niebla

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Sinopsis

Noel deja atrás la ciudad y su vida precaria para empezar de nuevo en Sotboira, una aldea perdida en el corazón del Valle Neblinoso. Sin experiencia ni una idea clara de lo que espera, su llegada estará marcada por sus desaventuras que le pondrán a prueba. Por suerte, los habitantes del pueblo lo reciben con los brazos abiertos, dispuestos a ayudarlo a reconstruir su vida y convertir su humilde granja en un verdadero hogar. Pero el camino no será fácil: deberá aprender a cultivar su propio huerto, enfrentarse a bestias que parecen salidas del infierno y lidiar con un granjero rival que no le pondrá las cosas sencillas. Luchara por plantar su huerto, se enfrentará a animales sacados del averno y su rival granjero... Una historia sobre segundas oportunidades, raíces que se hunden en la tierra y el inesperado significado del hogar.

Genero:
Other/Romance
Autor/a:
chimmykai
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prunus dulcis

Prunus dulcis: su floración representa el primer estallido de color en pleno invierno, ofreciendo un rayo de esperanza en esos días fríos y oscuros.




Noel no podía apartar la mirada del reloj; aunque apenas era un pueblo la burocracia se demoraba tanto como en la ciudad. Sotboira no era lo suficientemente poblado para considerarse un pueblo propiamente dicho; quizá una aldea, pero decir que era una montaña con cuatro casas lo definía mucho mejor. Aún así, era donde se concentraba la mayoría de habitantes del Valle Neblinoso.

Nunca se había planteado vivir en ese lugar, pero se vió obligado por su casera que quería hacerse millonaria pese a tener un pie dentro de la tumba. Así, su modesto hogar entre aceras y coches, se convirtió en apartamentos para turistas que buscaban sentirse lugareños de la ciudad mientras desplazaban a quienes vivían allí.

Puede que fuera su indignación por la sociedad capitalista, o quizá fue porque apenas había dormido tres horas y estaba a pocos días de volver a vivir con sus padres. Estos no se habrían enfadado, ambos amaban a Noel y se sentían orgullosos de él, pero se sentía como una derrota personal. En medio de su desesperación, se acordó de aquella casa de su tío-abuelo, aquel terreno que solo había traído peleas familiares, a pesar de que nadie lo visitaba desde hacía 20 años. Su madre había terminado siendo la heredera, un hecho que obligaba a su tía a fruncir el ceño cada vez que hablaba con ellos. Era una locura, pero Noel no es que fuera precisamente conocido por sus decisiones bien meditadas y calculadas.

No iba completamente a ciegas. Su ansiedad no se lo permitía. Había intentado prepararse tanto como le era posible. En su tiempo libre, había asistido a un par de clases de jardinería, aunque estas se enfocaban más en cuidar las plantas de un balcón. No obstante, había comprado unos cuantos libros sobre permacultura y, cuando debería haber estado durmiendo, se dedicaba a ver vídeos sobre el cuidado de huertos. Su falta de experiencia iba a ser un impedimento para este giro en su vida, pero haría lo posible por remediarlo.

Tras realizar unas llamadas, empaquetar algunas de sus pertenencias y despedirse de sus padres, comenzó el camino a lo que sería su nueva vida. Si conseguía empadronarse en la maldita aldea.

Llevaba una hora y media esperando en el ayuntamiento. No había entrado ni salido nadie, pero se escuchaban voces procedentes del interior. La sala era pequeña, apenas tenía unos metros de largo. De las paredes colgaban fotografías en blanco y negro del valle durante las últimas décadas. Capturaban la esencia de un tiempo atrás, historias que todos los habitantes debían conocer pero para él aún eran desconocidas. En uno de los laterales, una escalera daba acceso a una planta superior. En medio de la estancia se encontraba una mesa con un ordenador, y frente a ella, estaba sentado el secretario. Aunque Noel creía que llamarle secretario quizás era exagerado. El muchacho era unos años más joven que él, con el cabello rizado y castaño claro. Estaba leyendo una revista de moda y tenía los pies cruzados, apoyados encima de la mesa, de forma poco profesional.

El alarido de Bartholomew, su gato, retumbó en la pequeña sala. Noel golpeó el transportín con los dedos, esperando que se le pasara el enfado, y sonrió al chico que lo miraba arqueando una ceja.

—¿Falta mucho aún? — preguntó Noel.

—Falta menos que cuando llegaste — respondió el chico volviendo a centrar su vista en la revista. Pasó una página, indiferente. — Pero para futuras gestiones, será mejor que pidas cita previa.

—No es que te vea muy estresado… — masculló Noel, enfadado.

En ese momento, una de las puertas del fondo se abrió y de dentro salieron dos mujeres. La primera era una mujer de mediana edad, morena y con el pelo rizado, que sonreía y apoyaba las manos en su abultado vientre. La segunda era una chica más joven que, pese a su parecido con la anterior mujer, recordaba más bien a una oveja. Su cabello era rubio pálido, rizado y llevaba una chaqueta de lana blanca. Tras fundirse en un abrazo, la mujer se giró y posó su mirada en Noel. Empujó suavemente a la chica y, negando con la cabeza, hizo un gesto al secretario.

—Ni trabajando consigo que me dejéis en paz. Anda, subid para casa. Algunos sí tenemos cosas que hacer.

El chico descruzó los pies de encima de la mesa, se colocó la revista bajo el brazo y comenzó a subir por la escalera. Se detuvo frente a Noel y, guiñándole un ojo soltó:

—Para próximas ocasiones, en el valle no necesitas cita previa. Y no tenemos secretario; mi madre ya te dará el número de teléfono y la avisas para cualquier cosa.

En aquel instante, Noel agradeció al destino que le diera paciencia, porque si le hubiera dado fuerza, habría ahogado ahí mismo al hijo de la alcaldesa.



Estando de pie frente a su nueva casa, fue cuando Noel se dió cuenta que no lo había pensado del todo bien. O más bien, no lo había pensado en absoluto. Llamar a aquello “casa” era una exageración; tenía techo, pero la mitad de tejas estaban en el suelo y estaba a nada de ceder, y casi tenía cuatro paredes, aunque también tenía hiedra escalando por toda la fachada ¿Era lo que asomaba por la ventana un ratón? En esos momentos, Noel solo deseaba coger su mochila y volver corriendo a la estación para tomar el próximo tren que le llevaría directo al sofá de sus padres.

Bartholomew soltó otro alarido, y Noel quiso unirse a su desesperación. Había tomado la decisión impulsivamente, sin sopesar la realidad de lo que implicaba mudarse a un lugar como este. Pero ahora, frente a las ruinas, una parte de él comenzaba a preguntarse si realmente estaba preparado. Beatrice, la alcaldesa, lo miraba de reojo esperando alguna reacción, pero al ver que el silencio se alargaba, soltó:

—Por tu cara, no sabías dónde estabas viniendo, ¿no?

El trayecto había sido una tortura. Habían tardado más de dos horas por una cuesta que, con cada paso, se empinaba más. El camino estaba plagado de malas hierbas y plantas que les arañaban y se les pegaban a la ropa, mientras él cargaba con su maleta y el transportín de su gato. Beatrice le había ofrecido ayuda, pero la había rechazado. Ya se sentía mal por haber arrastrado a la alcaldesa. Ella se encontraba embarazada y, aunque no se había quejado, no tenía ninguna duda de que también estaría cansada. Él había llegado prácticamente hiperventilando

Beatrice observó su expresión y, al notar su indecisión, se acercó, poniendo una mano sobre su hombro, de forma tranquilizadora. Él no dijo nada, pero sus ojos, fijos en la casa, mostraban lo que pensaba sin palabras: frustración, desilusión y miedo.

—Llevo años viendo cómo mi familia se peleaba por este solar, y resulta que este sitio apenas se aguanta en pie y no tiene ni un techo que me proteja de la lluvia… — dijo, resignado.

Ambos se quedaron en silencio, sumidos en sus pensamientos. Finalmente, y con un suspiro, Beatrice no pudo callarse más.

—Ay, querido mío. Arriba esos ánimos y cabeza bien alta, no dejes que un pequeño contratiempo te tire por los suelos.

El viento soplaba suavemente. Las palabras de Beatrice le llegaron a su interior, no solo por lo que decían, sino por la forma en que lo decía. Había una especie de verdad en su voz, una verdad que le daba un poco de paz. Ofrecían el confort que una madre daba a su hijo, y en aquel instante, él echaba de menos a la suya.

Beatrice miró hacia la casa y luego alzó la vista hacia el cielo, que empezaba a oscurecerse, cubierto por nubes que anunciaban lluvia. Se acercaron más a la estructura y, entre los dos, intentaron abrir la puerta de roble. Pero esta era inamovible.

—Los cimientos de esta casa son fuertes, por eso ha aguantado todos estos años. Lo único que necesita es alguien que le dé un poco de mimo — continuó Beatrice, apretando los hombros de Noel. — El valle ha cambiado mucho desde que yo nací; pero es la entereza de la gente que ha hecho de él un hogar lo que hace que mantenga su esencia.

Noel sintió una mezcla de gratitud y confusión, pero también una chispa de determinación que había estado apagada en su interior. Si no podía contar con nada más, al menos podía contar con esa pequeña chispa. Su familia dejó el valle sin mirar atrás. Pero esta casa había resistido en pie frente a viento y tormenta esperando su ruina o que alguien se acordara de ella y le diera una nueva oportunidad.

Tomó un profundo respiro y Noel sintió que, por primera vez en todo el día, algo se aligeraba en su pecho. Su corazón había tomado una decisión.

—Supongo que no tengo mucho que perder, ¿verdad? — murmuró.

—Eso es lo que quería escuchar. Hazme caso, Noel. A veces lo que más necesita un lugar es que alguien crea en él. - Beatrice le dio una palmada en el hombro — Y ahora, como alcaldesa, me veo en la obligación de explicarte la primera norma del valle: nadie se queda atrás.

La miró, sorprendido, y vio cómo le guiñaba un ojo. Noel pudo ver el parecido con su hijo

—Coge esa maleta y a esa cosa que llamas gato. Te vienes conmigo. No dejaré que duermas en esa casa hasta que sepa que no morirás en el intento. Nadie se queda atrás, ni tú, ni tú gato.



Noel despertó, pero se negó a abrir los ojos. Mientras los mantuviera cerrados, podía fingir que seguía en el sofá de sus padres y que, en cualquier momento, entraría su madre para llamarle holgazán. Todo habría sido una pesadilla.

Para su desgracia, Bartholomew tenía otros planes. Decidió que ya había dormido suficiente y saltó sobre Noel desde la estantería más cercana.

—¡Pero serás…! — gruñó Noel, apartando a ese saco de pelos que se acurrucaba a su lado como si no fuera el culpable.

Todavía medio dormido se levantó y empezó a sacar la ropa de su maleta. Beatrice le había ofrecido quedarse en su casa hasta que pudieran arreglar la cabaña. La habitación era pequeña pero tenía lo necesario. Bajo la ventana estaba la cama donde había dormido, y junto a ella, una mesa de escritorio de madera. Una alfombra roja cubría la mayor parte del suelo, y sus zapatos del día anterior yacían tirados sin orden. La estantería, el improvisado trampolín de Bartholomew, estaba repleta de libros sobre la historia del pastoreo.

Suspirando, se puso un suéter y salió al pasillo. Las fotografías en las paredes llamaron su atención. En la mayoría aparecían los hijos de la alcaldesa: Ona y Adam, más pequeños, con rostros llenos de picardía, como si estuvieran pensando una nueva travesura.

La cocina era amplia, de un estilo rústico. Las vigas de madera oscura contrastaba con las paredes de baldosas blancas. Los muebles eran de madera y la parte inferior de estas estaban tapadas con cortinas de telas desparejadas. En el centro se encontraba una gran mesa de madera y los dos habitantes más jóvenes de la casa se encontraban sentados a su alrededor.

Adam perdía su batalla contra el sueño: aún tenía los ojos legañosos, el cabello revuelto como un nido de pájaros y el rostro cubierto de mermelada. Intentaba comer una tostada, pero no terminaba de atinar. Ona, en cambio, parecía más despierta y cortaba una cuña de queso acostumbrada ya al mal despertar de su hermano.

—Buenos días —dijo Noel.

Los hermanos le devolvieron el saludo, aunque con distintos niveles de entusiasmo.

—Mamá ha salido un momento —informó Ona—. Cree que Noah y Nathan pueden arreglar tu casa, así que ha ido a hablar con ellos. No son albañiles, pero por aquí es lo mejor que encontrarás.

Mientras desayunaban, Ona le puso al tanto de la situación. Noah era el artesano del pueblo, responsable de la mayoría de los muebles y esculturas del valle. Nathan, su hermano gemelo, era pescador, pero en temporada baja ayudaba en el aserradero. Su casa se encontraba anexa a este, y quedaba entre el río y las vías. Noel había pasado por delante de su casa cuando llegó en el tren. Beatrice los había medio adoptado cuando sus padres murieron en un accidente, por lo que siempre estaban dispuestos a echar una mano.

De pronto, se escuchó la puerta, seguida de pasos. La alcaldesa entró en la cocina envuelta en su abrigo, abrazando una hogaza de pan contra el pecho para aprovechar su calor.

—Cariño, Ansel me ha dicho que esta mañana una oveja ha entrado a robarle un croissant. ¿Sospechas de algún culpable? —preguntó, mirando a su hija con una ceja en alto.

Ona suspiró, resignada.

—Otra vez no… Aún no he pagado las napolitanas de la semana pasada.

Beatrice dejó el pan sobre la mesa, pasó junto a Noel y le apretó los hombros con un gesto cariñoso antes de sentarse. De algún modo, sentía que lo habían adoptado sin siquiera consultarle.

—No te preocupes —le dijo—. He hablado con gente del pueblo y van a ayudarte con tu casa. En poco tiempo estará como nueva.

Pero la preocupación golpeó de pronto a Noel.

—No tengo cómo pagarles. Tengo algunos ahorros, pero no los suficientes para arreglar una casa.

Beatrice sonrió, con expresión tranquila.

—Voy un paso por delante, cariño. Desde el ayuntamiento tenemos subvenciones para jóvenes emprendedores y para la mejora del valle. Un par de firmas, y me sé de una alcaldesa que lo aprobará.

Le guiñó un ojo.

Noel no pudo evitar pensar que aquello sonaba peligrosamente a tráfico de influencias, pero se mantuvo cerrado ya que no era el momento de tentar a la suerte.

—Quiero que me mires, Noel —dijo Beatrice, su tono más serio—. Recuerda esto: una flor nunca florece sin ayuda.

Él parpadeó, desconcertado.

—Que no lo veas no significa que la planta no tenga apoyo. En la misma tierra donde crece, hay millones de organismos que la acompañan desde que es una semilla hasta que florece. Y tú, en este caso, eres nuestra flor.

«Genial», pensó Noel. «Ahora soy un capullo». Pero dudaba que Beatrice apreciara el comentario.

—Ahora, dame una hora para descansar —concluyó la alcaldesa, pasándose una mano por la espalda—. Este bebé me está destrozando los riñones. Luego te haré un tour por el pueblo.




La plaza del pueblo era el corazón de Sotboira, a su alrededor se habían levantado todos los edificios. Era una zona amplia, y acogía todos los miércoles el mercado que, pese a su lejanía, atraía a numerosos habitantes deseosos de comprar productos del valle. En uno de los laterales había una fuente hecha de piedra con una estructura que recordaba a un campanar, coronada por una extraña escultura de madera: un conejo con cuernos. El suelo estaba hecho con grandes piedras que provenían del río y, este, transcurría justo al lado. Frente a él, tres jacarandas, que en los meses más calurosos ofrecían sombra a los bancos situados justo debajo.

—Las planté yo misma, cuando aún no sabía ni leer —comentó Beatrice con una sonrisa.

Prácticamente en el centro, se encontraba la casa de Beatrice. Una construcción de piedra de tres plantas. Cada piso contaba con pequeños balcones de forja. Una bouganvilla trepaba por toda la fachada. En las plantas superiores vivía con sus hijos, mientras que la planta baja servía como ayuntamiento.

A mano izquierda, un sendero llevaba hasta la escuela y el viejo observatorio, ambos más alejados. Más cerca, en uno de los extremos de la plaza, se encontraba el consultorio, un edificio de dos plantas construido también en piedra pero con un aire más moderno. Allí se alojaba la doctora cuando le tocaba hacer guardia en el pueblo.

—Lunes y viernes —explicó Beatrice—. Fue mi primera propuesta como alcaldesa.

Al ver como se le empañaron los ojos Noel supo que había una historia más profunda.

A la derecha del camino, conectado con la casa de la alcaldesa por un arco de piedra, se encontraba la librería ““La guarida del Jackalope”. Un edificio de dos pisos, en cuyos balcones se exhibían esculturas de animales talladas en madera. Pese a la poca gente que habitaba el pueblo, era uno de los lugares con más afluencia. Su joven propietario, Ivar, había hecho de ella un punto de reunión con eventos diarios: lectura de cuentos para los niños, talleres, tardes de juegos de mesa… Además, gracias a un acuerdo con la panadería vecina, había montado una pequeña cafetería.

Por si fuera poco, el año pasado su mujer, Asha, había comprado una furgoneta y fundado una biblioteca móvil que llevaba libros a todos los pueblos pequeños de la región. Noel suspiró estresado solo de pensarlo.

El último edificio era la panadería, y buena parte de este se extendía hasta la orilla del río, donde se veía la rueda de un molino girando lentamente. La edificación, de dos plantas, era la más antigua del pueblo. Pese a estar en la calle, a Noel se le hacía la boca agua por el olor a pan recién hecho y las irresistibles pastas que podían verse en el escaparate.

En ese instante, la puerta de la panadería se abrió y de ella asomó una mujer de rostro amable. Era bajita, con el pelo lleno de canas y desordenado, y llevaba un delantal cubierto de harina.

—¿Vais a quedaros ahí parados o por fin nos vas a presentar al recién llegado? — comentó, sosteniendo la puerta e invitándolos a entrar.

El interior le sorprendió. Las paredes eran de grandes piedras, mientras que las vigas de madera expuesta le daban algo de calidez. El mostrador, también de madera, tenía un estilo rústico y estaba lleno de cestas con barras de pan recién horneado. A un lado, el expositor de cristal protegía las pequeñas pastas de repostería; merengues, borrachos, tocinitos del cielo y un sinfín de dulces que hacían salivar a Noel. Al fondo, las estanterías estaban repletas de hogazas de pan y dulces. El horno del obrador, visible desde donde se encontraba de pie, ofrecía un calor agradable que le calentaba por dentro.

Un hombre de avanzada edad se encontraba cerca del mostrador, describiendo los distintos dulces a su mujer mientras le acariciaba la cara con sus arrugadas manos. Ella, sentada en un andador, lo miraba con ojos cansados. Al oír como la puerta se cerraba, ambos se giraron hacia la entrada.

— ¡Bienvenido al Dulce Molino! - exclamó la panadera con voz alegre. — Somos la mejor panadería del valle, y no es porque seamos la única.

Beatrice la presentó como Amelia, tercera generación que trabajaba en ese horno. Esta lo miraba de forma curiosa mientras la alcaldesa lo presentaba como el nuevo vecino del valle y nuevo dueño de la granja encima del monte. Amelia la escuchaba, pero no perdía el tiempo. Se fue detrás del mostrador y empezó a buscar con ansias entre las estanterías.

—¡Aja! - exclamó de repente — Hace tiempo que no llegaba un paladar nuevo al pueblo, así que me tocará descubrir lo qué te apasiona.

Con unas pinzas, cogió uno de los dulces del mostrador. Lo metió en una bolsa de papel y se lo dió a Noel.

—Este es un bollo de ricotta y arándanos silvestres, recogidos directamente del bosque que sube al monte donde se encuentra la antigua casa —dijo con una sonrisa —. Un regalo de la casa.

Noel no se pudo contener y le dió un bocado. El gemido de satisfacción que se le escapó hizo que todos se echaran a reír. No es que fuera un gran adepto a los dulces, pero la combinación del queso suave junto al punto ácido de los arándanos lo trasladó directamente al bosque. Con una sonrisa, levantó el pulgar en señal de aprobación, y el rostro de Amelia se llenó de arrugas al sonreír satisfecha.

Amelia se inclinó hacia adelante, como si estuviera a punto de contarle un secreto.

— Este local es el alma del pueblo — dijo convencida — Todos los vecinos pasan por aquí una vez al día. Esto hace que cada bocado lleve un pedazo de nosotros.

Noel se rió por dentro al pensar que eso sería la fantasía de un caníbal, pero mientras volvió a notar una calidez que lo inundaba por dentro. Continuó comiendo su bollo mientras las conversaciones a su alrededor seguían su curso.




Sujetaba la puerta del Dulce Molino, para que Eleanor y Leonardo salieran por ella. Sin prisa, sin apuros. Le habían contado que, en su juventud, habían sido los veterinarios del valle. Lo habían visto en todo su esplendor y cuidado a todos sus habitantes con pezuñas. plumas o escamas.

Habían nacido allí, crecido entre esos montes, se habían enamorado el uno del otro y formado su familia. Y allí, en el único lugar que conocían, era donde iban a vivir hasta que su historia tomara caminos separados.

Su hijo también se había negado a abandonar el valle. Seguía con el oficio de sus padres. Era veterinario itinerante, recorriendo la región para cuidar de los animales que lo necesitaran.

Fue Leonardo quien se lo explicó. Su esposa, con una sonrisa feliz, solo asentía de vez en cuando. Más tarde, Beatrice le contaría que Eleanor pasaba más tiempo en su propia realidad que en la de los demás. Reconocía a su marido en ocasiones, a su hijo solo algunas veces, pero nunca olvidaba los nombres de las mascotas del valle. Se despidieron y los dejaron sentados bajo un árbol. Leonardo, con el amor de quien ha repetido el gesto miles de veces, le quitó con cuidado la bufanda a su señora para que no le cayeran migas mientras comía su dulce.

Continuaron su camino más allá del molino y cruzaron el viejo puente. Era la única forma para que los vecinos pasaran al otro lado del río. Bueno, en realidad no era la única. Había otros dos puentes: uno junto al aserradero, cuatro kilómetros río arriba, y el otro casi al llegar al mar, cinco kilómetros río abajo. Pero los habitantes estaban felices usando el puente del pueblo.

Construido en piedra, con un solo arco y una calzada empedrada. Resistía el paso del tiempo y sus habitantes, incluido el rebaño de Ona que pastaba en la ladera de la colina opuesta. Había una pequeña plazoleta que contenía un antiguo lavadero. Como ya nadie lo usaba, lo habían remodelado, convirtiéndolo en una zona para refrescarse en verano y un lugar de juegos para los niños en invierno.

Más allá, los campos de pastoreo se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Si tomaban el camino de la derecha, comenzarían el camino que llevaba a su nueva casa. Pero Noel no se sentía con ánimos para seguir.

Así que tomaron el camino a mano izquierda.

El primer edificio que Noel vió era también el más grande del pueblo. De tres plantas y completamente de piedra, con numerosas ventanas y la hiedra que trepaba por la fachada. Anexa a él, una estructura más pequeña y esbelta, de dos pisos con un balcón de madera que ocupaba toda la parte superior. Un bajo muro delimitaba un pequeño patio, donde un par de coches se encontraban aparcados.

Era la Cooperativa. Cuando la economía del valle comenzó a tambalearse, los vecinos decidieron unirse y aportar su granito de arena. Juntos, restauraron un antiguo edificio abandonado y fundaron la Cooperativa de Sotboira. En la planta baja, los habitantes podían comprar, hacer encargos o vender sus propios productos.

Noel frunció el ceño, confundido ante el concepto, así que Beatrice se detuvo a explicárselo con más detalle.

—Por ejemplo, aquí es donde el hijo de Amelia recoge el trigo que le envían desde otro campo del valle para molerlo en su molino. O donde Ona entrega su lana, que luego se envía a otra aldea donde la hilan, para después recogerla de vuelta y que Adam pueda confeccionar ropa con ella.

Además, los martes y sábados, un camión salía del valle cargado con pedido para compradores que no podían desplazarse hasta allí. Si cada uno lo hiciera por su cuenta, les sería imposible competir con las grandes superficies. Pero gracias a la cooperativa, contaban con una página web donde la gente podía comprar productos del valle con mucha facilidad.

Era eso lo que les estaba dando una segunda vida.

Noel seguía perdido en sus pensamientos cuando una camioneta pickup negra aparcó a su lado. Un chico bajó de ella, pero no se fijó en su aspecto ya que su atención se centró en otro detalle: sangre, excrementos y otros líquidos de dudosa procedencia que cubrían su ropa.

Sintió un vuelco en el estómago. El bollo que había comido estaba decidido a escapar, y su cabeza comenzó a dar vueltas.

—Ay, no… —fue lo último que escuchó antes de desmayarse. Se despertó cuando notó unas manos firmes sujetándolo y, con cuidado, depositándolo sobre el muro cercano. Acto seguido, un fuerte olor a alcohol medicinal llegó hasta su nariz. Parpadeó varias veces, aún desorientado, hasta que su visión se enfocó en el chico que tenía delante.

Sostenía un pañuelo empapado debajo de su nariz, con expresión divertida pero aún así paciente. Era alto, considerablemente más que Noel, lo que no era decir mucho, y su cabello oscuro con un degradado en los lados que dejaba paso a una mata de rizos en la parte superior.

—Bienvenido de nuevo al mundo de los vivos —dijo con una sonrisa divertida.

Beatrice, que lo abanicaba con la mano, intervino antes de que Noel pudiera contestar.

—Si no te hubieras desmayado, habrías llegado a la parte donde te decía que en la segunda planta está la clínica veterinaria.— señalo al chico — Noel, este es Jalen, el hijo de Eleanor y Leonardo.

Noel parpadeó, sintiendo que quizá se había golpeado la cabeza. Algo no le cuadraba. Intentó hacer cálculos, pero no lograba imaginar a Eleanor embarazada bien entrada su cincuentena. Ni la edad ni el color de piel del chico le cuadraban.

Jalen debió notar su confusión, porque soltó una carcajada antes de aclararlo.

—Mamá y papá me acogieron cuando era pequeño, y todavía no se han librado de mí.

Entre los dos, lo ayudaron a levantarse y lo guiaron hacia el interior del edificio.

—¿Algún animal del que deba saber? —preguntó Jalen mientras avanzaban.

—Mi gato, Bartholomew —respondió Noel. Vio cómo el veterinario contenía una risa.

—¿Vacunas al día? ¿Chip? ¿Castrado? ¿Raza?

—Sí, sí, no… Em… ¿es negro?

Jalen entrecerró los ojos.

—¿Afirmas o preguntas?

—¡AFIRMO!

—Bien. Entonces tengo una cita con Bartholomew dentro de dos semanas para desparasitarlo. El tercer martes del mes es el día del gato en la librería, así que puedes dejarlo allí todo el día para que haga amigos. Arlet y Soren te lo agradecerán —dijo con tono desenfadado, pero luego su expresión se volvió más seria—. Y, por lo que más quieras, si lo dejas salir fuera de casa, tenlo controlado. Si caza algún animal, él no tendrá la culpa… pero tú sí.

Noel tragó saliva e hizo una nota mental: comprar un arnés y una correa lo antes posible.

—Y ahora, si me disculpáis, os dejo. No he pegado ojo en toda la noche ayudando a una vaca a parir —dijo Jalen, antes de subir las escaleras de dos en dos y desaparecer en el piso superior.

Noel aprovechó para mirar a su alrededor. La sala estaba repleta de herramientas de todo tipo. Una de las paredes estaba cubierta de sobres con semillas de hortalizas y frutas, y a su alrededor se apilaban sacos de abono, fertilizantes, tratamientos para cultivos, pienso y un sinfín de productos más. Todo lo que los habitantes de Sotboira pudieran necesitar.

En el lateral por donde había desaparecido Jalen, dos escaleras llamaron su atención. Una subía, con un cartel indicando que en la segunda planta se encontraba la clínica veterinaria y en la tercera, un aula y un taller. La otra bajaba directamente a una bodega.

—Las casas son pequeñas, pero este edificio es espacioso —comentó un hombre mayor desde el mostrador, observándolo con curiosidad—. En el taller tenemos encimeras amplias, una lumbre y todo tipo de herramientas que cualquiera puede tomar prestadas. Y si alguien necesita una máquina más cara, lo discutimos y la compramos con el dinero de la cuota.

—Buenos días, Samir —saludó Beatrice con una sonrisa.

—¿Este es el nuevo?

—El mismo. Estamos haciendo un recorrido exprés por el pueblo. Ya ha conocido a tu mujer.

Samir sonrió con orgullo.

—¿Y el veredicto?

—Creo que el sonido que ha hecho ha dejado claro cuánto lo ha disfrutado.

El hombre rió con un gesto de cariño.

—Nadie se resiste a un dulce de mi Amelia.

—Como te decía, el aula es una sala multiusos. Ahí hacemos juntas y reuniones del pueblo. Una vez al mes nos reunimos todos y organizamos talleres. La persona a cargo del taller se elige al azar, así que ves preparándote. Es nuestra forma de hacer comunidad, somos pocos y es bueno conocernos bien.

—¿Y la bodega? —preguntó Noel, intentando seguirle el ritmo. Pensó que al ser un pueblo tan pequeño sería imposible perderse, pero vaya si se equivocaba.

—No tiene mucho misterio. Ahí Ona cura sus quesos y Theo guarda sus mermeladas. Si alguna vez decides hacer conservas para vender, verás que tu casa se te queda pequeña en seguida. Aquí puedes almacenarlas y tenerlas bien vigiladas.

En el otro extremo de la sala, Noel notó una puerta entreabierta.

—Ah, sí. La tienda del pueblo —dijo Samir, siguiéndole la mirada—. La llevo yo también, así que si no me ves, pega un grito y vendré a ayudarte. Aunque muchas cosas pueden comprarse en el mercado, hay productos que no. Champús, desodorantes, higiene íntima… —Samir le lanzó una mirada traviesa—. ¿O acaso te gustaría pasearte por la plaza del pueblo con un paquete de condones en la mano?

Noel sintió que el calor le subía hasta las orejas.

Samir soltó una carcajada al ver su reacción.

—No hay de qué avergonzarse, ¿eh? Todos hemos sido jóvenes. ¿Verdad, Beatrice?

—Habla por ti —respondió ella, acariciándose la barriga con aire divertido—. Yo aún estoy en la flor de la juventud.

Luego miró a Noel con una sonrisa cómplice.

—No te preocupes. Si conoces a alguien y, bueno, queréis sentiros un poco más… cercanos…

«Tierra, trágame», pensó Noel, deseando desaparecer.

Samir le dio una palmada en el hombro, aún riendo.

—Bueno, antes de que mueras de vergüenza, te diré que al lado de la clínica hay una máquina expendedora que vende de todo. Así que tranquilo.

Noel soltó el aire que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo.

—Bueno, creo que es hora de seguir con la visita. Aún nos queda mucho por ver.

Noel, que aún sentía la cara caliente, asintió rápidamente, agradeciendo la excusa para cambiar de ambiente.

Salieron al exterior, donde todo seguía en calma. El matrimonio de ancianos seguía sentado en el mismo sitio, aunque ahora conversaban con un hombre anciano que, al salir Noel, se volteó para verlo. Noel sintió que su rostro le resultaba familiar, aunque sabía que era imposible.

—Y ahora, vayamos al Refugio. — dijo Beatrice.

Apenas caminaron unos pasos antes de llegar al edificio. De tres plantas, con una fachada de piedra y madera que le daba un aire acogedor. Largos balcones adornados con flores rojas. Un amplio porche con mesas a un lateral, con una pérgola cubierta de vides que colgaban. A su lado, un pequeño solar con césped, gran cantidad de árboles y una piscina. Se oía de fondo el sonido del río cercano.

—En verano se convierte en la estrella del pueblo —comentó Beatrice, siguiendo su mirada—. Tienen un horno de pizzas y se juntan todos los jóvenes para hacer fiestas.

Una voz femenina interrumpió desde una ventana:

—Me temo que si os metéis hoy en la piscina, os acabaré sirviendo como postre del día. Y hoy toca helado casero.

Beatrice rió y saludó a la chica, mientras Noel observaba el lugar con curiosidad.

—¿Por qué se llama el Refugio?

—Porque no es solo un restaurante. Es un refugio para todo el pueblo —respondió ella con una sonrisa —. Y ahora ¿Os quedaréis para comer?

—Me temo, Elara, que tu suegra se te ha adelantado.

Elara chasqueó la lengua con resignación.

—Así que tú eres el nuevo vecino del que todo el mundo habla —dijo, mirando a Noel—. Viendo tu situación, te imaginaba más… no sé, desesperado.

—Dame un par de semanas y seguro que lo estaré —bromeó él.

Elara rió.

—Anda, pasad.

La recepción tenía muebles de madera y el fuego de la chimenea crepitaba suavemente, creando un ambiente cálido. Dos niños estaban acurrucados bajo una manta, absortos en un libro, sin apenas levantar la mirada. Un perro dormía junto al fuego, aunque abrió un ojo con curiosidad al ver a Noel.

—¡Hay que ver! Los gemelos están cada vez más enormes —exclamó Beatrice.

Desde el fondo, llegó una respuesta exasperada:

—¡Calla, calla! Solo tienen cuatro años y ya me llevan por el camino de la amargura. ¿Te contó mi suegra lo que hicieron?

A la derecha se abría una puerta que llevaba a una sala de restaurante, la decoración era prácticamente idéntica a la del resto del local. Elara ya había empezado a colocar la cubertería en las mesas, preparándose para el turno fuerte del día. El aroma de un estofado que aún se cocinaba flotaba en el aire.

—¡No tienes pruebas! —chilló una voz de niño.

—Cariño, la gallina era nuestra, y la metisteis en la mochila de mamá. Casi me dejáis viuda del susto que le disteis.

Los gemelos refunfuñaron, indignados por haber sido descubiertos. Su madre les hizo un gesto para que supieran que los estaba vigilando. Acompañó a Beatrice y a Noel hasta una mesa. Una vez sentados, continuaron su charla.

—¿Cómo van los números? —preguntó Beatrice.

—Van cuadrando, que para ser estas fechas ya es mucho —respondió Elara. Luego miró a Noel —. Somos un restaurante y un pequeño hostal. En verano recibimos más huéspedes, sobre todo senderistas que buscan desconectar de la rutina. No son muchos, cinco al día como mucho, pero ayudan a que las cuentas salgan. Algunos vienen a ver si el lugar les convence, pero pocos son tan temerarios como para mudarse aquí sin saber dónde se están metiendo —dijo con una sonrisa divertida.

—Me gustaría decir en mi defensa que…

—No hace falta que te defiendas. Aquí nos gusta meternos unos con otros —hizo un gesto con la mano—. Dame tu móvil.

Noel, algo desconcertado, sacó el teléfono del bolsillo, lo desbloqueó y se lo entregó. Elara tecleó con rapidez y se lo devolvió.

—Ya te he añadido al chat. Toda persona más joven que Beatrice está en él.

—¡Oye! —protestó la aludida.

—Teníamos que poner la barrera en algún sitio, y escogimos a la alcaldesa para que no se enterara de en qué líos nos metemos —dijo guiñándole un ojo.

Las dos siguieron charlando animadamente. Francamente, Noel se sentía abrumado. Había conocido a demasiada gente en muy poco tiempo y sabía que olvidaría la mitad de los nombres. Al menos, el pueblo no parecía tan grande como para perderse.

Beatrice lo miró y decidió que por hoy ya había sido suficiente. Se despidieron de Elara y regresaron a la casa.

Noel aprovechó para llamar a sus padres y ponerlos al día de sus desventuras.





«Las primeras impresiones nunca son buenas», pensó Noel al meterse en la cama. Una idea comenzó a tomar forma en su mente y, sin haber pegado ojo, se levantó antes de que amaneciera.

A las tres de la madrugada salió sigilosamente de la casa de la alcaldesa y emprendió el camino a lo que, en un futuro, sería nuevo hogar. Sin ir cargado con todas sus pertenencias y ya conociendo el trayecto, la caminata se sentía distinta.

El camino de adoquines terminaba justo a la salida del puente que unía las dos mitades del pueblo. Más allá se extendía un prado verde y silencioso, donde un rebaño de ovejas dormitaba. Algunas entreabrían los ojos,molestas por la luz de su linterna, pero pronto volvían a sumirse en el sueño, como si contarse unas a otras las ayudará a dormir más deprisa.

A medida que avanzaba, el camino se inclinaba con suavidad, pero Noel apenas lo notaba. Estaba completamente cautivado por la naturaleza que lo rodeaba.El senderos estrechaba y los árboles empezaban a acercarse, formando un bosque cada vez más denso.Cada pocos metros debía detenerse para apartar ramas que invadían el camino. La vegetación había tomado lo que antes debió ser un sendero muy transitado.

Las copas de los árboles se elevaban cada vez más, pero sin llegar a ocultar el cielo. Y ahí, en la inmensidad de la noche, a alguien parecía habérsele derramado un bote de pintura: la oscuridad entera salpicada de estrellas. Unas brillaban con más intensidad, otras parpadeaban en distintos colores. Cada uno era un mundo con su propia historia, una historia que Noel jamás conocería. Aquello le produjo una punzada de tristeza y fascinación.

El bosque no era silencioso. La brisa agitaba las hojas creando un murmullo constante. Además de sus pasos, podía escuchar los pequeños animales que le acompañaban en su aventura. De tanto en tanto, el ulular de un búho. Y si se detenía a escuchar, le parecía oír de lejos el rumor de una cascada.

Pese a solo tener el sendero iluminado por su linterna, supo que estaba cerca. A ambos lados del sendero, la piedra asomaba entre la maleza, restos de las terrazas donde su tíoabuelo debió haber cultivado. La vegetación abría paso a un claro y allí, en mitad de la ladera, se levantaba la casa.

Ahora que la veía con otros ojos, Noel pudo ver que más que una casa, era una cabaña. Sus muros, de piedras irregulares pero no grandes, sostenían un segundo piso. El tejado estaba cubierto de helechos y enredaderas, como si la maleta hubiera intentado reparar los agujeros con un manto verde. De entre la maleza, asomaba una chimenea. En el dintel parecía haber una inscripción, probablemente el año de construcción, pero el musgo lo había vuelto ilegible. A un costado, un viejo alcornoque se apoyaba, quizá cansado por el paso del tiempo.

Pero lo que más sorprendió a Noel fueron las ventanas. Desde donde estaba, podía contar al menos seis. No tuvo tiempo a preguntarse la razón, porque justo en ese momento los primeros rayos del sol le obligaron a darse la vuelta.

Y ahí, bañado bajo los primeros rayos del sol, tuvo su respuesta.

Decir que el valle era una montaña con cuatro casas era un insulto.

A sus pies, la neblina se disipaba lentamente, descubriendo las maravillas del paisaje. Podía ver en su extensión los campos donde las ovejas reposaban, creando un mosaico de verdes. El rio serpenteaba entre las montañas, descendiendo desde las cumbres aún cubiertas de nieve y cruzaba todo el valle hasta perderse en el resplandor dorado que reflejaba los rayos del sol. El mar.

Su hogar estaba en lo alto de una de las colinas que formaban el valle, y justo enfrente, en la cima de la otra colina teñida de verde, había otra casa. Podía ver cómo se elevaba una columna de humo, esa casa estaba habitada. Su terreno también dividido en terrazas, pero pudo distinguir una huerta bien cuidada y árboles frutales. Ese paisaje le hizo tener esperanza, su idea ya no le parecía tan alocada. Si otros lo estaban haciendo realidad ¿por qué no podría hacerlo él?

El valle entero estaba teñido de verde gracias a su vegetación. Salpicado aquí y allá por diminutos destellos blancos y rosados. Más tarde descubrió que era la primera floración del almendro.

Abrumado por la belleza del momento, Noel se apoyó en el viejo alcornoque y, poco a poco, se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. La corteza rugosa se le clavaba en la espalda. Recogió una bellota y la hizo girar entre sus dedos. Separó la cúpula del fruto y, al levantar la vista, se encontró con dos ojillos curiosos.

En una de las ventanas de la cabaña, un ratón lo observaba.

Noel esbozó una sonrisa. Levantó la cúpula de la bellota y la colocó frente al roedor, imaginándolo con un diminuto sombrero. No pudo evitar reír.

El ratón, ofendido, se escurrió entre las sombras, como si se negara a ser visto con una ridícula boina.

Noel cerró los ojos. Sintió cómo, poco a poco, la ansiedad de los últimos días le iba abandonando.

Si otros habían convertido aquella casa en su hogar, él también podría hacerlo.

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