El Alfa repudiado por el Rey (MxM)

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Sinopsis

Ron Thornhart nació para ser un Alfa, pero cuando su manada lo abandonó a manos del enemigo, se convirtió en algo distinto: un prisionero. Capturado por el despiadado y enigmático Rey Vampiro, Isac Vortalis, Ron espera torturas, la muerte o algo peor. Lo que no espera es el vínculo. La antigua e innegable atracción entre ambos debería ser imposible. Los hombres lobo y los vampiros llevan siglos en guerra; no se aparean. Sin embargo, cada instinto en el cuerpo de Ron lo traiciona, deseando a la misma criatura que destruyó a su gente. Él se niega a rendirse ante ello. Prefiere sufrir antes que ceder. Pero Isac es, ante todo, paciente. No necesita cadenas para mantener a Ron atado, solo susurros en la oscuridad, una presencia cuidadosamente impuesta y el lento y despiadado desmoronamiento de la voluntad de Ron. Cuanto más se resiste Ron, más se aferra el vínculo a su interior, convirtiendo su desafío en agonía y su odio en algo mucho más peligroso. Enemigos. Fated mates. Una guerra que sigue asolando el mundo más allá de los muros del castillo. Si Ron se somete, arriesga perderse a sí mismo ante el vampiro que debería haber sido su verdugo. Pero si no lo hace... podría no sobrevivir en absoluto.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Emmian
Estado:
Completado
Capítulos:
38
Rating
5.0 19 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1


Las paredes de piedra estaban húmedas y el aire, cargado con el olor a sangre y podredumbre, se le pegaba a la garganta como una niebla asfixiante. La humedad hacía que el ambiente se sintiera pesado, presionando su piel como un peso invisible. Ese hedor a rancio se había filtrado hacía mucho tiempo en las mismas rocas de su prisión. En algún lugar lejano, el agua goteaba con un ritmo constante; era un recordatorio cruel del paso del tiempo. Ron se dejó caer contra la pared con las rodillas levantadas y la espalda raspándose contra la piedra fría. Los grilletes de plata le mordían las muñecas. El metal aún siseaba levemente sobre su piel, dejando ronchas inflamadas que latían con un dolor sordo. No se inmutó. Ya no. El fuego se había convertido en cenizas hacía rato. Había dejado de luchar hacía horas. Le dolía todo el cuerpo y el cansancio se le pegaba como una segunda piel, pero se negaba a derrumbarse. No aquí. No frente a ellos.

Los recuerdos de la batalla le arañaban la mente y no se callaban. El aire había estado denso por el olor acre de la madera y el hierro quemados. El humo subía en espirales al cielo mientras el fuego consumía lo que quedaba de sus defensas. El suelo estaba resbaladizo bajo sus botas, empapado de barro y sangre, con cuerpos esparcidos en el caos de la guerra. Los gritos y gruñidos se mezclaban con el choque metálico del acero contra el acero. Se oía el crujido asqueroso de los huesos rompiéndose bajo una fuerza monstruosa. Aún podía sentir el picor del aire frío de la noche contra su piel empapada de sudor. Podía oír los últimos jadeos de sus compañeros de manada, cuyas voces se apagaban una a una al caer. Y él había caído con ellos. El estruendo del combate y el olor a sangre aún llenaban sus sentidos. Todavía escuchaba sus aullidos de dolor tragados por el caos mientras él luchaba por seguir vivo. Eran demasiados enemigos para ellos.

Recordaba la mordida afilada de los colmillos de un vampiro hundiéndose en su hombro. Sintió un dolor agonizante mientras su cuerpo luchaba contra el veneno paralizante. Trató de pelear, esforzándose hasta que sus piernas ya no pudieron sostenerlo. Entonces, unas manos frías lo agarraron y lo arrastraron por el campo de batalla mientras la oscuridad lo reclamaba.

El efecto del veneno lo había abandonado hacía apenas unos instantes. Casi deseaba que no fuera así. El veneno le adormecía el dolor y los pensamientos.

Su lobo se estremeció en su interior cuando, de repente, unos pasos resonaron por el pasillo, lentos y deliberados. Era el andar de alguien que no tenía motivos para tener prisa. Alguien que sabía que era el dueño de este lugar y que controlaba el destino de quien estuviera dentro. Ron apretó la mandíbula y mantuvo la respiración firme a pesar del frío que le calaba los huesos. Se negaba a mostrar debilidad, incluso ahora. Su lobo estaba enjaulado, reprimido por la plata, pero su espíritu seguía ardiendo por dentro.

Mantuvo la mirada baja, fija en el suelo de piedra húmeda, negándose a reconocer a la figura que entraba. Sabía quién era. No necesitaba mirar.

—Alpha Thornhart —lo saludó una voz suave y pausada. Sonaba divertida, casi perezosa—. Esperaba a alguien... diferente.

Ron soltó el aire con fuerza por la nariz, pero no respondió. Su cuerpo estaba inmóvil y mantenía los hombros firmes, pero por dentro se preparaba para lo que viniera. Se negaba a acobardarse.

Hubo una pausa. El silencio se alargó entre ellos y luego se escuchó un paso hacia adelante. Llegó el olor a hierro frío y afilado, y algo más rico y oscuro. Era un depredador que sabía que tenía la ventaja.

—¿Ya no te quedan ganas de pelear? —Isaac ladeó la cabeza, observándolo de cerca. Tenía la mirada afilada, como si notara que algo cambiaba.

Ron cerró los puños con fuerza, clavando los ojos en el suelo manchado de sangre. —Si me quisieras muerto, ya lo habrías hecho —soltó Ron a la fuerza. Su voz sonaba ronca y entrecortada, a pesar de que intentaba parecer firme—. Así que, ¿qué es lo que quieres?

Una sonrisa lenta apareció en los labios de Isaac. —Información.

Ron tragó saliva con dificultad. Se esperaba esto, por supuesto, pero no de esta manera. Se había preparado para la crueldad y el dolor, para cualquier cosa menos para la forma calmada y casi ociosa con la que Isaac lo miraba. Esa diversión fría lo inquietaba más de lo que la violencia podría hacerlo jamás. Significaba que el Rey Vampiro no tenía prisa y que tenía todo el tiempo del mundo para doblegarlo. Ron no estaba seguro de estar listo para eso. Tortura, interrogatorio... lo que fuera necesario para sacarle el conocimiento que Isaac creía que tenía. El corazón le golpeaba las costillas. Mantuvo los ojos fijos en las piedras, pues era lo único que lo mantenía cuerdo y evitaba que entrara en pánico. —Entonces estás perdiendo el tiempo.

La sonrisa de Isaac no flaqueó mientras se ponía de cuclillas frente a él, con una rodilla tocando el suelo húmedo. —Eso ya lo veremos.

Alargó la mano. Ron se puso rígido, obligándose a no moverse ni reaccionar. Pero cuando la mano de Isaac quedó suspendida sobre su garganta, pasó algo extraño. Se detuvo. Luego, tras un momento de duda, lo intentó de nuevo.

El aire entre ellos se volvió denso, cargado de algo que Ron no sabía explicar. Los ojos de Isaac brillaron con algo indescifrable mientras encogía los dedos, retirando la mano en lugar de tocarlo. Un músculo de su mandíbula se tensó. Por primera vez desde que entró en la mazmorra, dudó.

Ron levantó la barbilla y por fin alzó la vista, clavándola en el hombre que tenía delante. Vio el traje negro, el cabello largo y oscuro, y esos ojos rojos que brillaban a la luz tenue de las antorchas. Un escalofrío lo recorrió, pero no era de miedo.

Todo su cuerpo se bloqueó y el aliento se le detuvo en la garganta. Su lobo se agitó bajo su piel como una fuerza primitiva y desesperada que luchaba por liberarse. Tensó los hombros y hundió los dedos en la piedra fría, como si aferrarse al suelo pudiera hacer que aquello desapareciera. Pero el vínculo no permitía negaciones. Lo golpeó de lleno, de forma abrumadora y absoluta, exigiendo ser reconocido.

Mate.

La palabra estalló en su mente como un trueno, retumbando hasta en sus huesos. Se le cortó la respiración y su cuerpo se convulsionó por la impresión. Cada nervio estaba encendido con algo puro e incontrolable. Sus dedos se agitaron contra la piedra fría y sus músculos se tensaron en señal de rebeldía. Su pulso, que antes era firme por el desafío, ahora corría como un animal atrapado, desesperado y en pánico. Sentía la garganta cerrada y el estómago revuelto. Por un momento horrible, pensó que iba a vomitar.

Quería mirar hacia otro lado y ocultar esa verdad imposible, pero el vínculo no se lo permitía. Su cuerpo entero se paralizó y sus pulmones se apretaron mientras su lobo aullaba bajo su piel, con un dolor vivo y desgarrador. Su corazón tartamudeó y luego se aceleró en un ritmo frenético e incontrolable que le retumbaba en los oídos. No. No. No.

Esto era un error. Una mentira. Tenía que serlo.

Su respiración se volvió superficial. Tensó los músculos para reprimir esa verdad instintiva e innegable que lo arañaba por dentro, y supo que aquello era real. Quería retroceder y rechazarlo de plano, pero el vínculo de mate no permitía eso. Estaba allí, susurrando, quemando, atando.

Ron apenas podía respirar y tenía el cuerpo rígido. El segundo intento de contacto destrozó el poco control que le quedaba. Su pulso se disparó y el pecho se le oprimió; de repente, el aire era demasiado espeso para inhalarlo. Un sudor frío le cubrió la piel mientras el peso de la realidad lo aplastaba, asfixiándolo. Quizás esto era lo que se merecía. Un vampiro. Un monstruo.

Su manada se habría reído, habrían escupido ante la idea de que su Alfa estuviera ligado a la misma cosa contra la que habían luchado. Ya lo consideraban débil, un fracaso. ¿Y esto? Esto era solo la prueba final. La humillación definitiva, y no tenía forma de escapar. Era su castigo por ser un fracasado, por ser un Alfa inútil que no merecía a su manada. El vínculo de mate no era un regalo; era un giro cruel del destino burlándose de él. Porque el vínculo de mate era inevitable.

Isaac no parecía entender lo que acababa de pasar, pero Ron no era tan tonto como para creer que era misericordia. Era el vínculo protegiéndolo. La pregunta era: ¿lo sabía el Rey?

Isaac se miró su propia mano como si lo hubiera traicionado. Frunció el ceño con un ligero rastro de confusión antes de probar de nuevo, intentando agarrar por el cuello a su prisionero una vez más. Otra vez, su cuerpo se resistió.

Sus dedos se movieron con un tic y su expresión se oscureció, pero no por ira, sino por intriga. Flexionó los dedos como si estuviera probando una fuerza invisible antes de dejar caer la mano a su costado. Lentamente, con toda la intención, se irguió cuán largo era sin quitarle sus ojos carmesí a Ron. La diversión se había esfumado, reemplazada por algo más afilado, casi pensativo. —Interesante —murmuró, aunque su voz tenía un matiz de algo más que Ron no supo identificar.

A Ron se le revolvió el estómago. No le gustó cómo Isaac dijo esa palabra, como si acabara de descubrir un secreto que valía la pena investigar. Y cuando esos ojos rojos volvieron a él, cargados de algo mucho más peligroso que antes, Ron se dio cuenta de que tal vez ni siquiera entendía la verdadera profundidad del peligro en el que estaba.

Porque el Rey Vampiro acababa de encontrar algo que no esperaba. Y no lo iba a dejar escapar.

La mirada de Isaac brilló con algo agudo mientras soltaba el aire y ladeaba un poco la cabeza. —¿Qué clase de magia es esta? —reflexionó en voz alta, más para sí mismo que para Ron. Volvió a flexionar los dedos a su costado, como si probara la resistencia que acababa de encontrar—. ¿Un hechizo? ¿Una maldición?

Ron no podía responder. Ni siquiera podía respirar. Esa sensación tan familiar de perder el control empezaba a apoderarse de él. El pánico le trepaba por la garganta, ahogándolo en oleadas de terror asfixiante. Su visión se volvió borrosa por los bordes y el pecho se le apretaba con cada intento desesperado de tomar aire. Se había preparado para el dolor, para el interrogatorio, para la crueldad fría de Isaac, pero no para esto. No para él.

Su cuerpo temblaba y sus dedos se agitaban inútilmente contra el suelo de piedra mientras su respiración se volvía corta y errática. Se suponía que el vínculo de mate traía fuerza, que era algo sagrado... ¿pero esto? Esto era una pesadilla. Una vez más le había fallado a su manada. A sus padres y al destino que habían elegido para él.

Isaac dio un paso más y el cuerpo de Ron dio un respingo como si quisiera retroceder, aunque no tenía a dónde ir. Esa reacción hizo que el rey se quedara quieto y frunciera el ceño. Su intriga inicial flaqueó un poco y algo indescriptible cruzó sus facciones. Una duda. Un instinto que no terminaba de comprender.

Isaac apretó la mandíbula, como si le irritara su propia reacción, y su expresión se volvió más controlada. Pero la tensión en su postura lo delataba. —Respira, Alfa —ordenó con voz más baja—. No vas a morir hoy.

El cuerpo de Ron se negaba a escuchar; sus instintos podían más que la razón. El peso en su pecho solo aumentaba. Sentía los latidos de su propio corazón golpeándole el cráneo y su visión se estrechaba mientras sentía que iba a colapsar sobre sí mismo.

La mirada de Isaac brilló con intensidad mientras exhalaba. —¿Qué clase de magia es esta? —Sus palabras fueron suaves, pensativas, como si hablara consigo mismo. Movió los dedos otra vez, sintiendo todavía esa fuerza invisible que le impidió tocar al hombre lobo. No era como nada que hubiera visto antes. No era un hechizo ni una protección, sino algo más intrínseco que lo inquietaba.

Volvió a mirar a Ron, viendo cómo el hombre lobo luchaba por respirar con el cuerpo tieso por el pánico. Isaac había visto el miedo antes, lo había provocado en innumerables criaturas, pero esto era distinto. No quedaba desafío ni lucha, solo un terror puro y sin filtros. Por razones que no sabía explicar, aquello no le sentaba bien.

Suspiró, irritado por esa chispa inesperada de preocupación que sintió en el pecho. Era algo ridículo y pasajero, pero estaba ahí. Isaac frunció el ceño y apartó ese pensamiento. Las cosas no debían salir así. El lobo no debía ser más que una herramienta, un peón, otra víctima de la guerra. Y sin embargo, allí estaba él, dudando. Lo odiaba.

Su mirada se dirigió a la plata que apresaba las muñecas de Ron, el metal quemándole la piel. Era algo cruel e innecesario ahora que el lobo estaba debilitado. Isaac se encontró alargando la mano hacia las cadenas antes de poder arrepentirse. El metal estaba caliente bajo sus dedos mientras abría los cierres, dejando que los grilletes cayeran pesadamente al suelo de piedra con un ruido metálico.

Ron apenas reaccionó. Seguía atrapado en medio de su ataque de pánico, con la respiración entrecortada. Isaac chasqueó la lengua, molesto tanto con Ron como consigo mismo. Tenía cosas mejores que hacer que encargarse de este desastre.

Se enderezó, giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta. —Contrólate, Alfa —masculló—. No me sirve de nada algo que está roto.

Dicho esto, salió y cerró de un golpe la pesada puerta de hierro. El cerrojo encajó en su sitio, dejando a Ron encerrado otra vez. Isaac se quedó allí un momento con los puños apretados. El olor al miedo todavía flotaba en el aire, denso y asfixiante.

Molesto.

Sin mirar atrás, se perdió en la oscuridad del pasillo, dejando atrás al lobo.