Chapter 1
En un lugar muy lejano, donde la era de los hombres no se contaba con el tiempo.
Capítulo 1
El principio de un fin.
¡El Reino de Porcelana ha muerto!
Las palabras resonaban entre los escombros de un reino olvidado por la mano de Dios.
Los estandartes carmesíes se alzaban entre las llamas, mientras los gritos, llantos y lamentos componían una macabra sinfonía.
El corazón de María latía con violencia. Su padre la arrastraba sin descanso, como si fuera un novillo a punto de ser sacrificado.
Sus pequeñas piernas no podían seguir el ritmo de aquellos pasos apremiantes, que la guiaban a través de interminables pilas de ladrillos derrumbados, restos de lo que alguna vez fue la torre de un castillo.
A su alrededor, el fuego consumía los cimientos de su hogar, reduciéndolos a cenizas.
Los coros enemigos se acercaban, sus voces un eco funesto que llenaba el aire de presagios. Guillermo apretó la mandíbula, sintiendo cómo su rostro se empapaba de sudor.
Intentó cargar a su hija en brazos, pero su cuerpo flaco y agotado lo traicionó.
Tropezó, y ambos se precipitaron en una avalancha de escombros.
Guillermo cayó de espaldas contra la piedra.
Escuchó un crujido en su brazo y un dolor punzante le recorrió el cuerpo.
María respiraba agitada; había escuchado el impacto.
Sabía con certeza lo que eso significaba.
—No...—pensó. Intentó ignorarlo, pero la realidad la golpeó en el estómago.
Guillermo murmuraba incoherencias, con la mirada vacía clavada en el cielo.
La mente del hombre había jugado en su contra.
Su voluntad, rota. Su cuerpo, vencido.
Harto de su desdicha, se permitió contemplar lo que debería haber sido un cielo nocturno.
Pero no quedaba cielo.
Solo el resplandor del fuego consumiéndolo todo.
Cerró los ojos y dejó escapar lo que podrían ser sus últimas lágrimas.
Guillermo conocía bien lo que cargaba en su espalda.
Tal vez ese era su destino.
De nada había servido luchar si todo lo que alguna vez amó había sido destruido, arrancado de su vida por esos miserables demonios carmesí.
“¿De qué servía escapar si aquellos monstruos seguían en pie? ¿Qué final les aguardaba?
¿Qué sería de ellos? Quizá lo mejor sería que los matasen a ambos.”. Pensó.
Anhelaba reunirse con los suyos.
Su alma y su espíritu clamaban por el cálido alivio que solo la muerte podía brindar.
María sollozó entrecortadamente.
El calor de las llamas le evaporaba el sudor de la piel y secaba sus lágrimas antes de que cayeran.
Pero ella no podía rendirse.
Sacudió a su padre con desesperación.
—¡Papi, levántate! ¡Levántate, por favor!
Guillermo no respondió.
—¡Papito, te lo suplico! —insistió la niña, sus manos temblorosas aferrándose a su ropa—. ¡No me dejes sola! ¡No quiero estar solita! ¡Quédate conmigo!.
El hombre suspiró.
Su voz sonó distante, vacía, como si ya no estuviera allí.
—Vete, hija… aún puedes salvarte.
María negó con la cabeza, temblando.
—No sin ti.
El silencio los envolvió.
Solo el rugido del fuego y los gritos de los condenados llenaban la noche.
Entonces, Guillermo levantó una mano temblorosa y acarició el rostro de su hija.
La piel de María era cálida contra sus fríos dedos.
La niña cerró los ojos y, como un minino en busca de consuelo, se acunó en su palma.
Se quedaron así, inmóviles.
María se acurrucó contra su pecho y, por un momento, todo el horror desapareció.
Guillermo sintió un vuelco en el corazón.
La realidad volvió a él de golpe.
No podía rendirse.
Se obligó a ponerse de pie, su cuerpo temblando de agotamiento, y extendió la mano hacia su hija.
—Vamos, María —susurró—. Debemos seguir.



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