The birth of the end

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Sinopsis

Elegida por los dioses y nacida en una era donde los más débiles necesitan algo en lo que creer, pues los dioses ya no son una opción. En su camino, encuentra su propio rayo de luz entre la oscuridad que la rodea

Genero:
Fantasy/Adventure
Autor/a:
Dmency
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El inicio del fin

En una noche oscura y lluviosa, se escuchaban los truenos caer con fuerza, y a lo lejos, en lo alto de una colina, se alzaba la mansión de un noble. Se oían llantos y gritos procedentes de la ventana de una de las habitaciones, un lamento que retumbaba en cada pasillo.


Se podía ver cómo todo el personal de la casa se movía con premura, trayendo trapos y cántaros de agua hacia la alcoba de la joven y aún noble pareja, dueños y señores de estas tierras.


Puedo recordar aquel día en que nací, aunque apenas distinguía formas. Vi a un hombre y a una mujer de cabellos dorados, ambos pálidos de sorpresa cuando sentí la luz al nacer.


—¡No… no puede ser… ¿por qué ella? —balbuceó el señor de la mansión, la voz rota por el miedo.


Mi madre me miraba sin júbilo, con los ojos anegados en lágrimas. Cuando al fin la enfermera apartó la tela, mi madre enmudeció y, con manos temblorosas, retiró la sábana que cubría mi rostro y rompió a llorar.


Un trueno sacudió la noche y, al parpadear, noté mi reflejo en el espejo del armario: mis iris eran dorados, pero mis pupilas tenían un rojo brillante, como brasas encendidas.


El médico en jefe, con sus medallas tintineando, se acercó a mí y me tomó en brazos. Sonrió con un gesto casi inhumano:


—Por fin… ¿quién diría que te encontraríamos aquí?


Se oían golpes en la puerta principal de la mansión; alguien exigía entrar. Mi padre miró rápidamente por un hueco en las cortinas y, al parecer, vio al médico discutir acaloradamente con él. En un parpadeo, mi padre me tomó en brazos, propinó una patada al doctor y lo lanzó por la ventana, llevándome acto seguido con mi madre.


Ella me envolvió en la manta roja de bordes dorados y llamó a una sirvienta de cabellos rojos, muy joven y asustada. Mi padre le ordenó que me ocultara con ella. A punta de empujones y jalones, nos metieron en un pequeño armario con un agujero. Desde mi refugio, sentí cómo el miedo se apoderaba de cada sirviente.


Mi padre, mientras estábamos ocultas, le decía a la sirvienta que me acompañaba:


PADRE

—Rachel, sé que eres muy joven y tal vez no entiendes por qué está pasando todo esto. Puedo comprender si me odias toda tu vida —dijo con voz alta y temblorosa—. Pero quiero que cuides de ella y no salgas de ahí, pase lo que pase. ¿Me entiendes? —gritó con desesperación.


Los demás sirvientes tomaron a mi padre del hombro y le sonrieron con seguridad mientras miraban hacia nosotros. Mi padre pareció reconfortarse con su apoyo: respiró hondo y se calmó un poco.


SIRVIENTES

—No pensamos abandonarlos, mi señor y mi señora. Hemos servido a esta gran familia durante generaciones y no faltaremos esta noche —dijeron, orgullosos y nerviosos—.

—Rachel, cuida a la señorita con tu vida. Te han encomendado el mayor privilegio: cuidarla personalmente. ¡Siéntete orgullosa!


Sentí las lágrimas de Rachel caer por mi rostro y la vi temblar mientras se tapaba la boca para contener el llanto. Sus ojos brillaban con valor y tristeza.


Fuera de la mansión, se escuchaban los golpes en las puertas, y de repente, un golpe seco y estruendoso llenó la mansión.

Podía escuchar voces y gritos debajo de nosotros, y cientos de pisadas fuertes, como si marcharan hacia aquí.

A medida que las pisadas se acercaban más y más, los gritos y el sonido de las espadas resonaban cada vez más cerca.

Y, de repente, un silencio absoluto llenó la mansión. Las pisadas, ahora haciendo eco en el suelo, se acercaban lentamente. Podía oír cómo subían con elegancia y delicadeza las escaleras, una por una.


De repente, un sirviente irrumpió por la puerta, volando hacia el cuarto y destruyendo parte de ella.


SIRVIENTE

—Son ellos, mi señor. No pudimos detenerlos —dijo, ensangrentado y con heridas, antes de desmayarse.


PADRE

—¿¡Se puede saber qué están haciendo aquí!? —gritó, nervioso y lleno de enojo, mientras se acercaba a la cortina de humo que salía de la puerta destruida.


A lo lejos, entre el humo de los escombros, vi una sombra. Era una figura grande, con una sonrisa siniestra. Rachel comenzó a temblar, su rostro se tornó pálido y sus ojos reflejaban el terror ante la presencia de esa figura.


Rápidamente, delante de la figura se formaron dos filas de caballeros del imperio, con armaduras blancas y relucientes, que les dieron la bienvenida, despejando todo lo que les estorbaba, incluyendo a los sirvientes que defendían a mi padre. Estos comenzaron a ser arrojados y apuñalados con espadas, sin mostrar la más mínima reacción.

Los cuerpos caídos y la sangre derramada rápidamente eran limpiados del camino, mientras la figura se aproximaba a la habitación.


Mientras la figura se acercaba, escuchaba los dientes de Rachel chocar al temblar, y cómo de su labio brotaba sangre al morderse por accidente.


Los soldados comenzaron a marchar en formación, empuñando sus espadas alzadas, como si dieran la bienvenida.

De repente, dejaron de marchar y guardaron todas sus espadas.


Mi padre, congelado por el terror, no podía moverse. Podía ver en su rostro la expresión de un hombre que teme lo que está por entrar.


De entre las sombras y el polvo, se asoma…