LAS LÁGRIMAS DE SAN ISIDRO**
El primer grito llegó con la lluvia.
Renata encontró a su hermana **Lucía** en el jardín, los ojos abiertos hacia el cielo, un colibrí negro como el azabache incrustado en su esternón. No sangraba. No había huellas. Solo el pájaro, tan frío que quemaba al tocarlo.
En la iglesia, el padre Alonso le mostró lo que nadie quería admitir: **era el cuarto asesinato idéntico en cincuenta años**.
—*"Los colibríes son mensajeros de algo que no tiene nombre"*— susurró el sacerdote, señalando el fresco detrás del altar: un santo con **alas de pájaro y manos de tijeras**.