El Dia Que Dejamos De Ser Cuerdos por holijaz en Inkitt
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El Dia Que Dejamos De Ser Cuerdos

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Sinopsis

Reese siempre creyó que dominar la mente era sinónimo de poder... hasta que el aroma a jazmín de Aldi y sus secretos fracturaron su realidad. Lo que encontró en su interior no era un misterio: era una bomba de tiempo. En una prisión de alta seguridad donde las mentes son las celdas más fuertes, Reese, el mejor lector de mentes, se obsesiona con Aldi, la prisionera que nadie puede descifrar. Cuando por fin accede a sus pensamientos, descubre una verdad tan peligrosa que desafía todo lo que la sociedad de protectores ha construido.

Genero:
Mystery/Romance
Autor/a:
holijaz
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1.

El dia que dejamos de ser cuerdos. Y sin embargo... Volvería a elegirte.

Parte 1: Una mente Inquebrantable

1. Jaula

El tacto de Eros era realmente confortante, le sintió subir y bajar con la yema de sus dedos sobre su espalda mientras se encontraban en la camioneta a la orilla de la carretera con todo un bosque a su alrededor como ocultandoles de algo.

Fue cuando el beso se profundizó más y sintió la fuerza anormal de Eros sobre su piel. Jadeo inconscientemente y entonces él la aparto con fuerza. Aldi lo miro confundida.

—¿Está todo bien? —preguntó Aldi, intentando comprender lo que acababa de pasar...


El cuerpo de Aldi cedió por completo, desplomándose sobre la fría mesa de metal como un peso muerto. El sudor frío aún perlaba su frente cuando al alzar la vista, encontró a Reese incorporándose con la languidez de un felino satisfecho, ajustándose los puños de su camisa bajo la bata gris perla impecable salvo por una casi imperceptible mancha de carmesí cerca del dobladillo, como un guiño macabro. Su piel, pálida como el mármol de una estatua veneciana, hacía que las ojeras bajo sus ojos no parecieran un defecto, sino una elección estética.

—Eso fue... ilustrativo —murmuró él, mientras se acomodaba frente a su escritorio, con una elegancia aristocratica sus dedos largos y enguantados hojearon el expediente de Aldi como si fuera una novela trivial. La pluma raspó el papel con crueldad deliberada al anotar algo. —Cuarenta y siete días. Por fin tus barreras mentales ceden. ¿Qué cambió? ¿El cansancio rompió tu disciplina... o es que ya no te importa proteger al "gran amor de tu vida"?

Aldi apretó los puños contra la mesa, temblando no solo por el frío del metal, sino por la rabia que le quemaba las entrañas. Se pasó la lengua por los labios agrietados, sabía a sangre y sal debido a horas de pruebas inhumanas. Alzó la mirada hacia Reese. El resentimiento en sus ojos era tan tangible que casi podía cortarse con un bisturí.

—Estoy... destrozada —logró escupir, pero no era solo su cuerpo lo que fallaba: era su mente, su voluntad y ese muro que había construido piedra por piedra para proteger sus secretos...

Reese inclinó la cabeza en un gesto de falsa compasión, la luz reflejándose en su anillo de obsidiana mientras escribía: 

—Prisionero 006: el amor, al final, solo fue otra jaula. Un progreso notable, aunque me temo que los detalles románticos son… prescindibles —comentó con su voz tan suave como el roce de un pañuelo de seda, pero con una frialdad subterránea—. Dime directamente ¿dónde se esconde Eros?

Aldi logró incorporarse a medias sobre la mesa, las palmas sudorosas resbalando sobre el metal frío. La habitación giró con violencia a su alrededor, los objetos desdoblándose en siluetas fantasmales. Una oscuridad densa comenzó a filtrarse por los bordes de su visión, sabía que solo le quedaban segundos antes de que el desmayo la arrastrara de vuelta al abismo.

—Cuando me encontraron... Eros y yo... llevábamos semanas sin hablar... —su voz era apenas un suspiro rasgado, como papel desgarrándose.

Reese inclinó ligeramente la cabeza, la luz reflejándose en los cristales de sus gafas de carey mientras las ajustaba con un dedo enguantado.

—Qué curioso —murmuró, la voz tan pulida como el hielo negro—. Justo cuando tu protección psíquica muestra... interesantes fluctuaciones.

Un escalofrío recorrió la columna de Aldi, notando cómo el sudor frío dibujaba un mapa de angustia en su frente. El corazón le martilleaba contra las costillas, cada latido un recordatorio de que el desmayo se acercaba como una marea negra.

Lo último que distinguió fue la silueta de Reese levantándose con esa gracia sobrenatural que siempre la inquietó, tan fluida que parecía deslizarse más que moverse, las solapas de su traje flotando como alas de murciélago en la penumbra


Un pitido monótono de electrocardiograma atravesó la niebla de su conciencia. Aldi parpadeó contra la luz cruda que le golpeaba la retina, lo primero que vio fue una aguja clavada en su vena izquierda, conectada a un suero que goteaba con cruel regularidad. Y en su mano derecha se encontraba la mordaza metálica de una esposa mordiendo su muñeca derecha, anclándola a la camilla de acero.

En la habitación solo se encontraba una chica tal vez de su edad que la vigilaba sentada en una esquina con los brazos cruzados.

La protectora se incorporó con la gracia felina de su casta, los brazos desenlazándose en un movimiento estudiado. Aldi notó cómo su mirada se desviaba hacia el botón de llamada blanco al lado de la camilla.

—No lo llames —la voz de Aldi emergió rasposa, como papel de lija en carne viva. Intentó elevar la mano esposada en un gesto inútil que solo produjo un crujido metálico.

Ana sonrió, mostrando esos dientes perfectos que todas las protectoras de élite parecían heredar.

— Las órdenes son privilegio de rango, ratoncillo. Y tú... —sus uñas pintadas de negro tamborilearon sobre el acero— hueles a humano decadente.

Aldi inspiró profundamente, sintiendo cómo el movimiento expandía las costillas magulladas bajo la bata de prisión. Cuando habló, cada palabra fue un cuchillo clavado.

—Soy... protectora de primera línea —el monitor cardíaco aceleró su ritmo, traicionando su esfuerzo.

Aldi percibio la microexpresión que cruzó el rostro de Ana, un destello de duda rápida como el aleteo de un colibrí, pero suficiente. La mano de la guardiana quedó suspendida en el aire, los dedos suspendidos a centímetros del botón de emergencia. Su boca entreabierta por la sorpresa.

No lo saben, comprendió Aldi con una claridad que le cortó la respiración. Ana no tiene idea de lo que realmente hacen con los prisioneros aquí.

—No es cierto... —murmuró Ana, pero su voz no tenía la firmeza habitual de una protectora entrenada

—Lo soy —afirmó, con una intensidad que hizo que el monitor cardíaco se acelerara bruscamente. No era solo una declaración, sino un desafío, un recordatorio para ella del porque había sido elegida para esa misión.

Ana estuvo apunto de exclamar algo más sino hubiera sido porque la puerta se abrió de golpe con un crujido siniestro y Reese apareció en el marco como una aparición, su silueta recortándose contra la luz del pasillo como un espectro venido a reclamar su pertenencia.

—Parece que despertamos a la durmiente —comentó, sus palabras goteando ironía como veneno, pero sus ojos fríos y calculadores no se apartaron de Ana, estudiando su expresión con la atención de un depredador que olfatea debilidad.— Retirate. —le ordenó de mala gana mientras se acercaba a Aldi para analizarla detenidamente.

Aldi siguió con la mirada a Ana, observando cómo la guardia retrocedía hacia la puerta con pasos medidos. Justo antes de desaparecer, Ana le lanzó una mirada cargada de algo que Aldi no esperaba: puro terror instintivo.

El chasquido metálico de la puerta al cerrarse sonó como el golpe de un martillo contra un ataúd.

—Sería educado avisar cuando estés a punto de morir —comentó Reese mientras revisaba el monitor con dedos expertos—. Es francamente tedioso hacerme interrumpir mi descanso después de setenta y dos horas de guardia solo para comprobar que sigues desperdiciando oxígeno.

Aldi ni siquiera se molestó en mirarlo, solo se limitó a dejar que la estudiara, se asegurará que se encontraba en buenas condiciones y si tenía un poco de suerte, la devolviera a la celda que tanto aborrecía. Pero prefería eso a otra sesión de lectura con el tipo frente a ella.

—Yo no sacrificaría ni un segundo por un lestrigon. Ni siquiera sacrificaría nada.

Aldi cerró los ojos con un cansancio que iba más allá de lo físico. Ese argumento, como un disco rayado, había rebotado en las paredes de su mente hasta dejar surcos en su memoria. Miles de veces escuchado, miles de veces analizado. Y siempre, sus sus pensamientos volvían al mismo punto: una deuda impaga con Eros que pesaba más que sus propias cadenas.

—No me sorprende —murmuró, dejando que las palabras cayeran como hojas muertas entre ellos—. Si eres capaz de esto, está claro que nunca hiciste nada honorable con tu vida.

Los pasos de Reese se alejaron en dirección al escritorio, ese altar de observación desde donde todo lo controlaba. Aldi abrió los ojos solo para ver su espalda, esa silueta perfectamente erguida que nunca revelaba grietas.

—Un lestrigón no merece lealtad —declaró Reese, mientras sus dedos danzaban sobre el papel con precisión de relojero.

—¡El fue alguien como tú! —replicó Aldi apretando las manos hasta sentir las uñas clavándose en las palmas.

—Tal vez —concedió, su voz tan fría como el acero de las esposas que la sujetaban—. Pero ya no más y eso es suficiente para no tener consideración.

Aldi comprendió la inutilidad de discutir. Reese no era un hombre, sino un dogma con patas, leal sólo al misterioso poder que lo manipulaba. Para él, ni Eros ni ella eran personas; eran piezas en un tablero, meras variables en su ecuación de crueldad calculada.

—¿Sabes? —Reese se inclinó hacia adelante, sus gafas reflejando la luz fría de la habitación como dos lunas muertas—. Rara vez ofrezco consejos a los condenados al aislamiento... pero considerando que Manuel es tu padre, y que ni siquiera sabías lo que eras, haré una excepción. —sus dedos golpearon rítmicamente el escritorio, cada toque un latido de reloj en una bomba de tiempo— Aprende a cooperar. Tu sufrimiento no vale los recuerdos que guardas de Eros. Y ni siquiera podrías salvarlo si lo intentaras. Quizá fantasees con que el vendra por ti... pero los héroes sólo existen en las mentes de los tontos. Tu otra opción sería morir... pero esto, despreciable sangre traidora, podría durar años. Años de esto.

Aldi lo miró horrorizada. El tiempo en esa celda ya había sido una neblina de dolor, pero la idea de que se extendiera eternamente le heló la sangre como si le hubieran inyectado hielo en las venas.

—Y habla ahora —continuó Reese, levantándose para rodearla como un tiburón —mientras lo que escondes aún tenga valor. Porque si capturan a Eros primero... dejarás de ser útil. Y si crees que esto es tortura... —se inclino sobre ella, su aliento frío rozándole la nariz— lo que viene después es como desangrarse gota a gota, sin jamás alcanzar el final. Y eso, pequeña rata de laboratorio...— su voz se redujo a un susurro venenoso —Es un infierno que ni tu amado lestrigón podría imaginarse.

Un escalofrío reptó por la columna vertebral de Aldi como un gusano de hielo. Su imaginación, traicionera, intentó concebir algo peor que aquel infierno cotidiano, pero sólo encontró un vacío negro y pulsante, como el interior de una herida infectada. Por un instante, la tentación de hablar le abrasó la garganta... pero ¿qué decir si ni siquiera entendía qué buscaban en las cicatrices de su mente?

Reese resopló, y el sonido tan humano y tan ordinario resultó obsceno en aquel lugar. Sus dedos enguantados retiraron el suero y las esposas para mirar a Aldi con el hastío de quien mira basura a un contenedor

—Qué desperdicio.

No hubo advertencia cuando Los Guardias del Silencio irrumpieron en el lugar como espectros bien entrenados. La bolsa negra que le arrojaron sobre la cabeza apestaba a sudor ajeno y miedo viejo. Aldi sintió manos impersonales agarrándola por los brazos, arrastrándola por pasillos que nunca vería, sus pies descalzos rozando el suelo frío como lenguas de cemento.

Cuando la arrojaron, el impacto contra el suelo le arrancó un gemido ahogado. La bolsa fue removida bruscamente, revelando su celda: un cubo de concreto donde hasta el aire parecía envejecer. Un retrete oxidado en un rincón, una cama metálica que más parecía un ataúd abierto. Pero lo que le heló la sangre no fue la familiaridad de ese horror, sino cómo la oscuridad había crecido, densa como alquitrán, como si las paredes estuvieran sudando sombras.

Aldi se incorporó temblorosa. La celda respiraba más hondo esta noche, y por primera vez, dudó si estaba realmente sola.

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