Rey
Chanyeol era un tipo tirano, autoritario, que hacía lo que le parecía en el momento que quería. No existía en su reino una sola voz que se elevara por encima de la suya. Mandaba a cortar manos por descuido, exiliar por sospecha e incluso colgar por desacuerdo. Desde el trono hasta la cama, todo le pertenecía por naturaleza o al menos eso creía.
El reino de Voreia aislado entre grandes montañas de invierno perpetuo era suyo no por herencia, sino por el miedo. A los diecinueve había matado a su propio padre en un duelo de armas, a los veintidós disolvió el consejo real a causa de una disputa y ahora con treinta cumplidos, su poder era absoluto, gobernaba con la crueldad de quien corta la maleza con una espada de refinería, era descuidado e insolente, pero no le importaba porque no había leyes más allá de su voluntad, ni justicia fuera de su humor.
Había conquistado territorios enteros sin recurrir a tratados, mandó a la desgracia a familias nobles con un solo gesto y se decía que incluso el clero temía nombrarlo en sus oraciones por lo abusivo de su andar. Era alto, de espalda ancha y mandíbula firme, su mirada profunda bastaba para hacer helar a los más veteranos de la corte, tenía manos grandes hechas para empuñar espadas pero también para castigar cuando lo creía necesario.
Mucho se hablaba de él, que dormía poco, que sus perros robustos comían mejor que sus ambiguos soldados. Que las prostitutas que yacían en su lecho desaparecían entre la oscuridad del propio amanecer luego de una exhausta noche. E incluso que el mismísimo rey buscaba una esposa luego de su déspota vida de soltero, y eso último era una verdad.
El pregón se había gritado en todos los pueblos aledaños al castillo, desde las aldeas pesqueras hasta las calles polvorientas del mercado central, Chanyeol estaba dispuesto a tomar consorte. Se convocaba a todas las familias con hijas en edad fértil a postular a sus candidatas, la elegida viviría en un palacio. Había mandado a redactar un edicto en el que prometía una vida llena de lujos, privilegios y poder. Lo hizo viajar como pólvora por todo el reino, desde los castillos más lejanos hasta las aldeas más pequeñas a la espera de miles de postulaciones.
Pero al final del día, nadie se presentó.
Ni las criadas más sucias se habían hecho notar, y no fue por desinterés ante las recompensas furtivas, tampoco la falta de belleza de aquel rey tirano de buen porte. El pueblo estaba consumido en pánico, las madres escondieron a sus hijas bajo las camas, los padres quemaron los más finos vestidos de su familia. En lugar de competir por el favor del rey, aquel pueblo vecino de Lira donde se dio la última proclamación, bajó las cortinas y cerró sus puertas. Ningun aldeano, ni siquiera los más avaros quisieron ofrecer a sus retoños. Preferían a rienda suelta la pobreza a entregar su sangre para alimentar un monstruo.
Los rumores eran fuertes, decían que quienes entraban en aquel lugar no volvían a sonreír. Que el castillo estaba lleno de fantasmas sin voz que no lograban ver la luz, que el rey dormía con los ojos abiertos a raíz de la desconfianza en sus propios sueños. Nadie, ni por un trono de oro quería compartir telas con un hombre al que el amor le parecía una debilidad y el deseo una orden.
Chanyeol estalló en ira, obligó al escribano a reescribir el edicto una y otra vez, cada vez más desesperado, más hiriente, más amenazante. Pero la respuesta silenciosa siempre fue la misma. Él no podía evitar interpretarlo como un insulto por lo que mando a azotar al heraldo por cada palabra no escuchada. Estaba enfurecido mientras la rabia le comía las entrañas, el desdén del pueblo que el había levantado de lo más abajo le hería la piel con descuido.
Por lo que una noche nublada, tras una cena en la que arrojó los cubiertos al suelo del mismo enojo, se levantó con una desición pintando el surco de sus cejas. Si nadie venía a él, él se veía en la penosa obligación de ir por alguien.
El pueblo de Baedun no aparecía en los mapas. Era más un conjunto de casas desgastadas que una aldea oficial o reformada. Sus caminos eran de tierra dura y ceniza volcánica, su gente tenían los rostros hundidos por el hambre y el trabajo, no había más que telares, huertos secos y niños descalzos.
Pero allí vivían docenas de familias de clase humilde, entre ellos los Byun, un clan callado que había sobrevivido generación tras generación vendiendo hilo, arreglando ropa ajena y rezando para que las guerras no llegaran hasta sus puertas.
Baekhyun era el hijo menor, teniendo diecisiete años recién cumplidos. No conocía otro mundo que no fuera de los colores de los tejidos, el sonido de la aguja entrando en la fina tela y el olor agrio del estiércol que el viento traía de los establos cercanos. Su vida era sencilla, despertar antes del amanecer, ayudar a su madre a coser, llevar encargos al mercado y recoger leña.
Era un chico común pero de belleza amargamente atractiva. No era el encanto adornado o torpe de los nobles, sino una que surgía con naturalidad. Tenía la piel pálida, las mejillas finamente rosadas, los labios suaves como seda recién teñida. Sus ojos eran con ansia grandes y agrietados por la ternura de quien nunca ha vivido otra cosa que pobreza. Su voz era serena y sus manos, aunque marcadas por el trabajo también se movían con precisión.
Todo aquello lo había detallado el inepto tirano e incluso siendo un hombre, le había atraído.
Esa mañana el menor de la familia mientras cosía al borde de una túnica para un comerciante, escuchó el sonido de los cascos. Primero fue uno, luego muchos. Cuando levantó la cabeza el polvo de la calle se había teñido de rojo por la bandera real, los soldados desmontaron con rapidez desde la oleada en sus caballos, la armadura negra brillaba como si devorara la luz del sol. Y entre ellos, descendiendo de su corcel con la calma cruel de quien ya sabe que ha ganado, estaba el rey.
Chanyeol no se dirigió con su nombre, no lo necesitaba. Miró la casa, las paredes gastadas, los hilos colgando del techo. Sus ojos se detuvieron en la delgada sombra de Baekhyun, lo observó como se observa una pieza de arte, con la certeza de que lo tomaría sin necesidad de pedir algún permiso.
─ Quiero a tu hijo ─ dijo con tono grave, sin rodeos ─ Lo llevaré conmigo, será consorte real.
El soldado al mando sacó una pequeña bolsa de seda que portaba dentro de su amurallada prenda, ofreciendo diez monedas de oro. La madre soltó la aguja mientras que el padre, viejo y cansado, se irguió como pudo.
─ No podemos aceptar tal cosa, él es solo un niño.
─ ¿Acaso piensan que tienen elección? ─ interrumpió Chanyeol, dejando ver aquel atisbo de impaciencia que ya popular era entre la gente.
─ Ni por todo el dinero del reino
La señora de melena larga negra resopló con la voz quebrada, posiblemente la más firme en el sitio. Portaba arapos viejos desgastados que lucían con su rostro maltratado pero aquellas palabras malechoras que dijo fueron las últimas sin escupir sangre.
Chanyeol no respondió de inmediato, solo miró a uno de sus guardias y asintió. Lo siguiente ocurrió en segundos. El padre fue arrojado contra una mesa de madera que cedio de inmediato, la madre también recibió un golpe que la dejó sangrando a la altura de su nariz. Baekhyun gritó intentando correr hacía ellos pero un soldado lo sujetó por el cuello y lo arrastró fuera de la casa, descalzo con una tela cubriendole los ojos en un chasqueo de dedos.
Más soldados irrumpieron en la choza, golpearon al padre con la culata de un rifle gordo para luego propinar varios golpes en sus costillas. Chanyeol no se molestó en observar el caos que dejaba atrás. Subió al caballo mientras dejaba una última orden.
─ Que se mantengan vivos pero que aprendan a no decir que no.
El carruaje olía a cuero y perfume costoso. Baekhyun estaba amordazado, atado de manos, tirado en la esquina como un saco. Lloraba en silencio por el desgarre de sus padres, por su hogar que en segundos se había reducido en escombros, por la certeza de que nadie iría a buscarlo. Ni siquiera Dios, podría hacerle frente al rey tirano.
El trayecto duró todo el día, tanto que solo hasta el anochecer lograron cruzar las enormes puertas de piedra que forraban al castillo. Ahí le quitaron la mordaza. Fue arrastrado por pasillos fríos e interminables, el palacio no era lo que imaginaba, no había oro, solo piedra fría de estatuas sin rostro y corredores sin fin. Los sirvientes evitaban mirarlo y absolutamente nadie decía una palabra. Su corazón dolía sin saber con seguridad que era lo que más le afectaba, el terror, la impotencia o el silencio forzado de su garganta mientras lo alejaban de todo.
Fue encerrado en una habitación lujosa sin ventanas, le dejaron una muda de ropa, un tazón con agua y cerraron la puerta tras él con un golpe seco. Allí en la oscuridad, Baekhyun no lloró hasta quedarse dormido como se supuso que pasaría, pero si terminó con los nudillos sangrantes de tanto golpear por su libertad.
La primera semana pasó sin que el rey se apareciera, el joven fue vigilado, alimentado, vestido pero sin dirigirse ni una sola palabra. Lo mantenían aislado como si fuera un perro rabioso, lo obligaron a bañarse, a aprender las reglas de etiqueta que ahí se imponía, a recitar saludos y fórmulas absurdas frente a un espejo mientras una anciana con cara de luto le corregía el tono. Nunca tuvo notificaciones sobre sus padres en ese tiempo ni tampoco de Chanyeol.
Nadie vino a verlo, solo escuchaba los ecos distantes de pasos, a veces un portazo, otras veces el roce seco de alguna tela arrastrándose por el mármol. El tiempo parecía detenido en aquella habitación sumida en penumbra y el silencio mortifero que contrastaba con su vida de un mes atrás, le pesaba en el cuerpo. Algunas noches creía oír risas ahogadas, gritos sofocados o el galope de los corseles reales más allá de los muros, pero nadie confirmaba nada ni tampoco respondían a su llamado.
Sin embargo, fue en uno de esos días cuando la soledad comenzaba a deformarle los pensamientos, que la cerradura sonó con un crujido seco. Sus ojos a punto del llanto vieron cuando una mujer alta vestida con una túnica de lino color crema, adornada con hilos dorados entró sin avisar. Tras ella, dos jóvenes lo miraban de arriba a abajo con cuadernos en mano, alfileres y cintas métricas colgando de sus cinturones.
─ Ponte de pie ─ la modista le ordenó con tono seco ─ Hemos venido a tomar tus medidas, el rey ha solicitado la confección inmediata de tus ropas nupciales.
El pecho de Baekhyun se contrajo como si algo lo apretara desde dentro, todo aquello parecía un castigo y eso le había pegado más fuerte que cualquier puñetazo.
─ ¿Ropa? ─ dijo en un susurro casi silencioso ─ ¿Para?
─ Matrimonio ─ le respondió ella sin titubeo ─ Esta semana, deberías considerarte afortunado.
─ Pero yo no le amo ─ logró esbozar con apenas un arrullo en su voz.
─ A los reyes no se les ama, se les obedece.
Al instante el muchacho sintió su cuerpo desfallecer, dio un paso atrás para luego tropezar con la esquina del camastro y caer sentado. Las lágrimas que había contenido con tanta obstinación comenzaron a rodar sin permiso. Se limpiaba el rostro con la manga sucia de su blusa pero era inútil, lloraba en silencio porque sentía que perdía algo y es que así era, su familia, su hogar, su libertad y ahora también su futuro.
No dijo que no, no gritó ni tampoco puso resistencia. Pensó en su madre cubierta de sangre, en su padre arrojado al suelo como un trapo, en los soldados que todavía debían rondar su casa por si alguien se atrevía a abrir la boca. Pensó que desobedecer sería condenarlos, y él por mucho que doliera, no podía permitirse eso.
Se dejó tomar las medidas sin una palabra más. Los alfileres le pinchaban la piel, los dedos de los sirvientes lo giraban, empujaban, le alzaban los brazos. Le probaron telas frente al rostro para ver cómo contrastaban con su tono pálido. Hablaban de brocados, de bordados, de capas blancas y platinas.
Pero él solo lograba divisar el eco de su propio llanto apagado.
Cuando se marcharon lo dejaron a solas de nuevo en la habitación. Esta vez no se arrodilló, se quedó de pie tembloroso, mirando la pared frente a él con los ojos fijos sin nada más que hacer. Estaba cansado pese aún no haber lidiado con nada, no quería estar ahí si podía permitirse el siquiera soñar.
Esa misma noche la puerta volvió a abrirse, sin embargo el silencio era más pesado. Baekhyun giró su cabeza y ahí en el umbral de la puerta estaba el rey. Sin armaduras, sin corona, solo una camisa oscura y los pantalones sueltos, sus ojos aún más fríos que un pueblo al anochecer se detuvieron en él como quien evalúa un objeto de su propiedad.
Chanyeol lo llamaba pero él no podía ni moverse, tenía miedo, estaba asustado de todo lo que se le venía encima, no podía siquiera pensar en algún atisbo de felicidad que pudiera sacar de la situación. El lugar le aterraba, la gente de ahí lo espantaba. El rey era todo de lo que se le acusaba.
El chico cayó sobre él colchón con el cuerpo tenso y el corazón latiéndole como un tambor a punto de anunciar alguna guerra. Las telas pesadas colgaban alrededor de la cama como barrotes de una celda y el aire olía a madera encerada, a incienso e incluso a peligro. El crujido de las botas del rey sobre la madera se detuvo justo frente a él.
─ ¿Sabes cuántos morirían por ocupar este lugar? ─ murmuró el soberano sin levantar la voz pero inclusive así su tono fue más aterrador por lo controlado que sonaba.
Baekhyun lo miró desde la cama, con la mandíbula apretada y los ojos cargados. La tela de su camisa polvorienta le arropaba su delgado cuerpo tembloroso, pero no dijo ni una sola palabra. Lo único que se permitía ahora era resistir, al menos con la mirada.
Chanyeol dio un paso más y se inclinó sobre él. La sombra de su cuerpo cubriendolo por completo.
─ Te salvé de la miseria, compré tu futuro ─ los dedos del tipo agarraron la fina piel porcelana ─ Tu vida, tus manos inútiles de costurero, tu cuerpo. Todo me pertenece ahora.
El pecho del joven se quebraba. Bajó la mirada y apretó las manos a los costados de su cuerpo tratando de controlar la respiración, no quería que lo vieran temblar, mucho menos tal presencia como lo era el tirano, sin embargo su descuido lo aprovecho el rey para tomarlo del mentón con firmeza. Su mano era enorme, áspera, endurecida por el manejo de armas, pero su tacto no fue violento aún, solo lo justo de invasivo para probar los límites de la criatura que ahora le pertenecía.
El jefe lo miró de cerca, tenía los ojos oscuros, marcados por el poder y por la costumbre de no escuchar negativas. Baekhyun en cambio, mostraba la furia propia de quien no ha elegido nada. Su respiración era pesada, labios secos pero dignidad intacta.
─ Sí me tocas, te odiaré mucho más.
Pero el susodicho ni se inmutó. Soltó una risita pasajera y le tocó el pecho con la punta de uno de sus dedos, jugando con la cordura del muchacho, le gustaba encontrar el lado divertido del chico bajo de sí. Estaba pasando un buen rato a causa de los vibrantes movimientos del muchacho pero decidió soltarlo al minuto después, y se alejó un par de pasos. Sus hombros anchos se movieron lentamente hasta soltar una risa seca.
─ ¿Me odias mucho más ahora?
El silencio que siguió fue insoportable. El joven tragó saliva con dificultad y se incorporó en la cama, sin dejar de observar al rey frente suyo. La lluvia fuera del castillo golpeaban las paredes como si el mundo gritara desde afuera.
─ No me importa si hablas, gritas o lloras ─ mencionó Chanyeol sin darse la vuelta luego de que su andar se perfilara con la puerta ─ Pero lo que le prometí a tu familia lo cumpliré. Nadie tocará a tus padres siempre y cuando tú estés aquí.
Baekhyun frunció el ceño. Su voz débil pero no rota le respondió ─ ¿Y si me escapo?
El rey giró lentamente.
─ Entonces sabrás lo que se siente verlos pagar por tus desiciones.
Su garganta se truncó de inmediato. El rostro de su madre, los dedos heridos de su padre, la voz rota de ambos implorando. El miedo le apretó nuevamente el pecho como si aún los susurros le calaran por dentro.
El soberano se marchó del mismo modo en que llegó, con pesadez insensata pero decidido de lo que haría porque en ese mismo momento desplegó el anuncio.
Cómo un enjambre los mensajeros salieron del castillo atravesando plazas, gritando la noticia con voz entrenada. El rey se casaría y le complacía invitarlos a todos, la boda sería pública, al aire libre, bajó los cielos de un reino que se estremeció sin saber aún por qué.
La noticia se coló entre paredes, resbaló por los pasillos de los burdeles. Por los callejones empedrados donde el agua siempre huele a óxido. Nadie sabía que pasaba ni quién había sido capaz de castigar al pueblo de manera tan vulgar. No había rostro ni nombre tras la imagen de futura reina.
Contra todo pronóstico las aldeas se levantaron ante aquella nublada sensación. Un rey como él, tan severo, envuelto en rumores no podía amar, nadie podía casarse con él por elección. Tal vez miedo, hambre, por oro. No había muchas más razones. Una mujer joven dijeron algunos, unión por conveniencia mencionaron otros. Debía ser alguien estupida, demasiado sucia para entrar en ese palacio donde todo olía a herrumbre y poder.
Seguramente la futura reina era alguien igual de corrompida que el rey tirano. Una prostituta más que desaparecerá al amanecer.
Las suposiciones no eran palabras sino atmósferas, una especie de nube baja qué flotaba por doquier. La idea de aquella boda indignaba más de lo que inquietaba, no por el acto en sí sino por lo que dejaba entrever. Nadie quería pensar en los ojos de quien se arrodillaría frente a ese altar ni mucho menos imaginar la edad de sus manos.
Pero el día estaba llegando y todos ahí serían cómplices de un retención indebida.
No hubo flores ni tampoco campanas. Solo un tambor hueco resonando con la lentitud de un corazón viejo, las sillas frente al templo estaban ocupadas por nobles de cuellos duros, soldados sin expresión, mujeres que fingían rezar y por supuesto gente tan pobre como la propia familia Byun. El cielo se mantuvo nublado como si el sol hubiese decidido no participar, estaban a la espera de estallar un nuevo escándalo del rey.
Y entonces aparecieron, primero Chanyeol con su andar de lobo viejo, con la mirada siempre fija al frente. Detrás, un muchacho. La pequeña silueta envuelta en blanco con pasos contenidos y manos juntas. Un murmullo sordo recorrió a los presentes como vibración en la piel, como un temblor que todos podían palpar.
Había algo profundamente equivocado en esa grotesca imagen. Las rodillas del pueblo temblaron, algunos más desviaron la mirada, otros pocos cerraron los ojos como si no ver fuera suficiente para salvarse del pecado. El joven avanzó hacía el altar con los ojos bajos, nunca los alzó, nunca vio al pueblo a pesar de siempre haber querido salir de aquella habitación solitaria.
Pero él ya sabía a dónde iba.
La ceremonia fue breve, sin adornos espampanantes. El rey no besó su mano, no sonrió ni tampoco saludo a su reino. El vínculo fue sellado con la simpleza brutal de un acto inevitable. Como cerrar una herida con un clavo oxidado y cuando todo parecía haber terminado, cuando el silencio se preparaba para disolvense, llegó la última orden.
Los prisioneros fueron arrastrados frente al altar, tres hombres flacos, vencidos por la culpa o el hambre, o quizá por ninguna de las dos. Nadie comprendió por qué estaban ahí ni tampoco la condición de ellos en medio del evento. Sus ropas rasgadas dejaban ver la piel cenicienta y sus ojos lo turbio de la escena. El menor de los tres tenía las muñecas abiertas por las sogas, el mayor temblaba con un espasmo involuntario que le sacudía la mandíbula mientras que el tercero, inmóvil, se limitaba a mirar hacía arriba, aceptando con resignación su destino.
Entonces salieron los soldados. Otros tres hombres altos, cubiertos de armaduras negras bruñidas de acero, sin insignias, sin escudos. Sus espadas eran largas, pesadas y estaban recién afiladas. La hoja relucía con una limpieza casi innata, como si jamás hubieran cortado nada.
La multitud se tensó, un silencio se instaló sobre los bancos de madera, sobre los rostros de cada espectador, sobre la piel de todo aquel presente que se dignó esa mañana a acompañar al rey en sus nupcias. El sol aún escondido entre nubes pareció retroceder un poco más.
El rey no se movió de su lugar pero si alzó una mano con la autoridad automática de quien ya no necesitaba hablar.
Y entonces su regalo ceremonial no demoró en llegar.
El primer soldado se adelantó colocando la hoja de su arma sobre la nuca expuesta del prisionero que aún miraba al cielo, con un solo golpe firme hizo rodar la cabeza sobre el altar de piedra. El cuerpo cayó de rodillas antes de desplomarse.
El segundo hombre, el que temblaba, trató de gritar pero la espada le cortó la garganta antes de que el sonido alcanzara a nacer. La sangre salió como un chorro oscuro y caliente que manchó la base y los zapatos del joven.
El último, el de las muñecas abiertas, no opuso resistencia y simplemente murió con los ojos cerrados.
Las cabezas fueron recogidas con toscos mantos de lino al instante, nadie aplaudió, nadie gritó, nadie lloró. Solo gobernó el silencio, uno espeso con olor a hierro que se metía en la garganta y dudaba en irse.
Baekhyun estaba de pie solo un paso detrás del rey. Su rostro, cubierto parcialmente por un velo de encaje blanco permanecía intacto. No pestañeaba ni tampoco respiraba demasiado pero algo en su estómago se retorcía como si el alma hubiera querido escaparle por la boca en tan solo un segundo.
Había sangre por donde viera, en las piedras, frente a sus pies e incluso en el aire. El olor metálico casi dulce le subió por la nariz como una bofetada. Y sin embargo no se movió, no podía. Su cuerpo parecía atado por hilos invisibles, sostenido únicamente por la tensión brutal de haber sido capaz de presenciar tal vil acto.
Pero el pueblo si opinaba porque aquello lo sintieron en la piel, en los dientes, en el temblor de sus huesos. Eso no podía ser solo un simple casamiento. Ese niño no podía ser solo una víctima. Todo aquello era un presagio de muerte ante los dioses.
Nadie tan joven podía caminar tan erguido después de ver una ejecución, vestir de blanco sin que el color se manchara con algo tan tangible. Nadie podía mirar al rey y no descomponerse. Empezaron a creer que era un augurio, un símbolo oscuro, una especie de heraldo que llegaba a sellar el inicio de una era de castigo.
Hubo quienes bajaron la mirada presas del miedo. Otros hicieron cruces con los dedos temblorosos, algunos ancianos rezaron en silencio, no por las almas de los muertos, sino por sus propias casas, por sus hijos.
Cuando la ceremonia terminó, no hubo celebración, no hubo música. Solo el eco apagado de los cuerpos arrastrados fuera del altar, el olor a sangre entre las flores mustias y un muchacho que no parpadeaba, con los labios cerrados como una lápida.
Chanyeol giró sobre sus talones y caminó hacía el castillo. Baekhyun lo siguió, como un reflejo, sin decir palabra. Sin mirar atrás.
Detrás de ellos el pueblo contenía el aliento, la llegada del joven a sus vidas no había hecho más que confirmar que haber escondido a sus hijas, fue la mejor decisión tomada.