COMIENZO
HASSAN
Conducir siempre me había encantado, era una especie de metáfora en la que me podía adentrar, una en la que estaba huyendo de cada uno de los putos problemas que ocurrían, pero, correr de una manera tan precavida en una lata de sardinas como está, era horrible.
Entre en el lugar con total cautela, y allí estaba los especímenes más idiotas que podría llegar a conocer mirándome con una sonrisa divertida mientras yo me quedé completamente estático sin apagar el motor del auto.
Ambos llevaban guantes de tela oscuros y lentes de protección, uno con su overol lleno de grasa oscura y el otro con una camisa estilo hawaiana, bermudas de mezclilla y Vans, algo muy poco práctico para la ocasión, les di la señas y Wally tomó una especie de sierra pequeña, Yahir la conectó a la luz y la máquina cobro vida, provocando que mi corazón se acelerara por la anticipación.
Wally tiró la puerta del auto sin esfuerzo y sin tanta precaución como me hubiera gustado, por lo que claro un hombre de 28 años como yo, soltó un grita ahogado por la sorpresa, y ellos rieron con una fuerte carcajadas que me perforaba el nerviosismo.
Yahir tomó un detector de frecuencia electromagnética, un dispositivo con una base metálica y un sensor en la parte inferior que introdujo en el auto. El aparato escaneaba en busca de anomalías en los campos eléctricos y magnéticos, señalando cualquier dispositivo electrónico oculto.
El zumbido del detector me mareaba. Cada oscilación del sonido se sincronizaba con mis pensamientos, con las dudas que se formaban y el nerviosismo que se filtraba en mis huesos. El pitido aumentaba de intensidad a medida que se acercaba al objetivo, hasta que, de pronto, el tono se elevó abruptamente en un chirrido agudo. Una luz verde parpadeó antes de cambiar a un rojo intenso.
Mi corazón dio un vuelco.
La sensación de vértigo golpeó mi estómago, y el impulso de vomitar llegó con fuerza, como si mi cuerpo intentara rechazar la realidad.
Está aquí.
Wally se arrodilló justo en el punto que el detector había señalado. Tal como sospechábamos, el artefacto estaba oculto debajo del asiento del conductor. Justo donde estaba sentado.
Sacó un par de pinzas de punta fina y comenzó a inspeccionar con precisión. En su otra mano sostenía su teléfono, donde revisaba lo que parecían ser esquemas de circuitos o planos electrónicos de modelos similares. No tenía idea de dónde los había conseguido, pero confiaba en que sabía lo que estaba haciendo.
Yo, en cambio, desvié mi atención hacia las piezas mecánicas alrededor del auto, tratando de centrar mi mente en algo menos peligroso.
Wally hizo una seña a Yahir y cambió de posición con él.
Sobre una de las mesas de metal en la habitación descansaban unos planos detallados, dibujados sobre cartulinas blancas con anotaciones técnicas y medidas exactas. Wally los escudriñaba con detenimiento, comparando cada línea con la estructura del asiento.
Yahir, aún en cuclillas, se puso de pie lentamente y se colocó junto a él, con el ceño fruncido mientras analizaba la información.
Tras unos segundos de evaluación, caminó hasta otra mesa, donde guardaba varias cajas de herramientas organizadas por tamaño y función. Extrajo un par de tijeras de precisión para corte de cables, una herramienta con hojas aisladas y mango de goma dieléctrica, diseñada para trabajar con circuitos de alto riesgo sin riesgo de electrocución o cortocircuitos accidentales.
El ambiente estaba cargado de tensión.
Ahora venía la parte más difícil.
Yahir estaba decidido a cortar uno de los cables cuando la voz de Wally me sobresaltó.
—¡No!
Antes de que pudiera reaccionar, Wally lanzó una llave inglesa con precisión letal. La herramienta golpeó el costado de la puerta con un estruendo metálico, justo en el lugar donde Yahir había estado un segundo antes. Se había agachado justo a tiempo para evitar el impacto.
—¿Qué diablos, Walter? —exclamó Yahir, fulminándolo con la mirada.
—Vas a matarnos a todos, imbécil.
Wally se acercó de inmediato, su expresión era más seria de lo habitual. Alumbró con la linterna de su celular el punto exacto donde Yahir estaba a punto de cortar. Su mandíbula estaba tensa, su mirada afilada como bisturí.
Yahir se puso de pie de golpe, pasando una mano por su cuero cabelludo con frustración mientras comenzaba a caminar en círculos frente al auto. No era común verlo tan nervioso.
—¿Qué pasa? ¿Voy a morir aquí? —pregunté, sintiendo que la tensión se acumulaba en mi pecho como un peso insoportable.
Wally me miró desde abajo, todavía en cuclillas, y liberó un suspiro antes de darme la información que tanto le preocupaba. Su tono ronco y seco no me dio ninguna tranquilidad.
—Mezclaron los cables. Están combinados unos con otros —. El aire se volvió aún más denso —. Deberíamos cortar el cable rojo, pero de alguna forma está enredado con los cables verde y amarillo. Si cortamos el rojo, hay una posibilidad de que active el detonador en lugar de desactivarlo.
Me quedé en silencio.
—Voy a tardar más de lo planeado —añadió, pasándose la lengua por los labios con un tic nervioso.
No había margen para errores.