Capítulo sin título 1
CAPITULO 1.
Diciembre 2016
Mi abuela y mi padre habían decidido que este año montaríamos un puesto de vino caliente en el mercado navideño de nuestro pequeño pueblo, Northbridge. Cada invierno, las calles se transformaban en un caos encantador de luces titilantes, villancicos desafinados y puestos abarrotados de gente. El aire olía a canela, castañas asadas y pino, envolviéndonos en una calidez que parecía desafiar el frío que calaba hasta los huesos.
Me encantaba esa sensación. Pasar la tarde comiendo papas fritas con Salma, riéndonos mientras el vapor de nuestro aliento flotaba en el aire helado. Subirnos a los juegos mecánicos del centro, donde las luces parpadeaban como estrellas atrapadas en la tierra. En diciembre, era fácil olvidar las preocupaciones, como si el invierno nos diera permiso para ser simplemente adolescentes disfrutando de la magia.
La nieve crujía bajo nuestras botas mientras caminábamos entre los puestos iluminados con guirnaldas doradas. El frío me picaba la punta de la nariz, pero no importaba: todo parecía más sencillo, más acogedor, como si el tiempo se hubiese detenido para darnos un respiro.
—¡Mira, es el mismo Santa del año pasado! —exclamó Salma, señalando con una papa frita al hombre vestido de rojo que posaba con los niños.
—Espero que este año haya perfeccionado su “ho, ho, ho” —bromeé, recordando lo desafinado que había estado la Navidad pasada.
Salma soltó una carcajada y me tomó del brazo, guiándome hacia un puesto de galletas de jengibre. El aroma dulce se mezclaba con el del vino caliente que mi familia vendía unas calles más adelante, y por un momento me sentí dentro de una postal perfecta.
Fue entonces cuando Claire y Anne llegaron corriendo, con las mejillas enrojecidas por el frío.
—¡La pista de patinaje está oficialmente inaugurada! —anunció Claire, mientras su aliento se dibujaba en el aire como una nube efímera.
—¡Genial! —dijo Salma, contagiándose de su entusiasmo.
Nos fuimos las cuatro hacia la pista, entre risas y empujones. Esa noche, todo parecía encajar. Había sido un buen año, y no había mejor forma de despedirlo que así: deslizándonos sobre hielo, dejando que la música y las luces nos llevaran.
Más tarde, Salma y yo nos dejamos arrastrar por la pista de baile improvisada cerca de la plaza principal. Waiting for Love de Avicii retumbaba en los altavoces, y las luces parpadeaban al ritmo de la música, creando una atmósfera casi irreal. Nos movimos entre la multitud, riendo, bailando como si no existiera el mañana. El tiempo dejó de existir; sólo éramos música, luces y juventud.
Después de un rato, el cansancio empezó a pesarme. El sudor me corría por la frente y las piernas me protestaban. Salma se metió en la fila para el baño, así que me quedé sola, buscando algo para calmar la sed y el hambre que me apretaban el estómago.
Caminé entre la multitud hasta el puesto de mi padre y mi abuela. Tomé una copa de vino caliente y una crepa de Nutella que apenas logré rescatar antes de que alguien más se la llevara. Con mi pequeño botín, me dirigí hacia una banca un poco apartada, bajo una guirnalda de luces cálidas.
Desde ahí, podía ver la pista de patinaje, los vapores flotando sobre los puestos, y las luces parpadeantes de los juegos. Me envolvió una sensación de calma, de pertenencia. Sujetaba la copa con una mano, el vapor calentándome los dedos, mientras con la otra sostenía mi crepa a medio comer. Solo quería unos minutos de paz.
Entonces lo noté.
Un chico se sentó a mi lado sin pedir permiso, como si el espacio también le perteneciera. No me miró enseguida; solo exhaló con tranquilidad, como si acabara de encontrar su lugar en el mundo.
—Hola —dijo, girando apenas el rostro hacia mí—. Soy Max.
Su voz era grave, cálida, como si nos conociéramos de antes. Lo miré de reojo, sin querer parecer demasiado interesada. Era alto, delgado, de cabello castaño oscuro un poco revuelto, y unos ojos marrones que atrapaban el parpadeo de las luces navideñas. No había arrogancia en su forma de sentarse, sólo una extraña familiaridad.
—Savannah —dije, sin moverme demasiado.
Sonrió, una sonrisa pequeña y divertida, como si mi indiferencia le resultara entretenida.
—¿Siempre es así de navideño este pueblo? —preguntó, contemplando el mercado.
—Cuando no hay mucho más que hacer, uno se toma en serio los villancicos —respondí, encogiéndome de hombros.
Su risa fue suave y breve, como un eco de la mía.
—Tiene su encanto —admitió—. Aunque debo decir que la señora del puesto de galletas me miró raro cuando pedí una sin canela.
—Lo fuiste —dije con gravedad fingida—. Aquí la canela es sagrada.
Reímos, compartiendo por un instante algo que no necesitaba ser nombrado.
Se acomodó en la banca, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si llevara toda la vida sentado allí.
—Estoy de paso —explicó tras una pausa—. Vine a visitar a mi familia. Vivo en Chicago. Esto es... diferente.
—Lo creo —murmuré, sorbiendo el vino caliente.
—¿Y tú? ¿Siempre has vivido aquí?
—Desde siempre —contesté—. Northbridge es como esa canción navideña que se repite todos los años.
—¿Y te gusta?
La pregunta flotó en el aire, acompañada por una ráfaga que hizo bailar las luces sobre nosotros.
Me tomé un momento antes de responder.
—A veces. Hay algo seguro en lo predecible. Pero también puede ser... asfixiante. —Bajé la mirada a mi crepa antes de añadir—. Quiero mudarme a Europa algún día. Escuchar villancicos en otro idioma, al menos.
Él sonrió, como si no esperara esa respuesta.
—Vaya —dijo, divertido—. Europa. Eso sí que no lo vi venir.
—Exactamente —respondí, dándole otro sorbo a mi copa.
Max asintió lentamente, como si entendiera mejor de lo que decía. El silencio que cayó entre nosotros no fue incómodo, sino tranquilo, fácil.
Se levantó, sacudiéndose la nieve de la bufanda.
—Bueno, Savannah —dijo—. Fue un placer invadir tu momento de paz.
Sonreí apenas, pensando que ya había terminado, pero entonces se detuvo, mirándome una vez más.
—Ah, por cierto... bailas bien.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—En la pista de baile. Se notaba que estabas en tu propio mundo. No todos bailan así —añadió con una sonrisa ladeada—. Nos veremos por ahí.
Y sin más, se alejó entre la multitud.
Me quedé mirando su figura desaparecer entre la gente, incapaz de moverme. ¿Desde cuándo me había estado observando? ¿Por qué?
Sentí el calor subirme por el cuello, mezclado con el vapor de mi copa, el aturdimiento del vino caliente y algo más... algo que me hizo sonreír sin querer.
Quizá el invierno todavía guardaba algunas sorpresas.








