🕯️ They Follow
El sonido empezó una noche cualquiera.
Un crujido. Una respiración. Un lamento que no venía de fuera, sino desde dentro.
Desde niño, Elías soñaba siempre lo mismo: un edificio altísimo, la ciudad distorsionada bajo sus pies, y alguien —o algo— susurrando en su oído. Nunca veía su rostro. Solo sentía el frío subiéndole por la espalda y una presión creciente en el pecho. Luego despertaba. Siempre empapado en sudor. Siempre al borde del grito.
A los veintiocho, esos sueños se habían convertido en costumbre. Una rutina del insomnio. Hasta que dejaron de ser solo sueños.
Primero fueron las sombras en el metro. Luego, los reflejos que no coincidían. Después, las voces. Sus jefes creían que se estaba quemando por el trabajo. Sus amigos empezaron a alejarse. “Estás paranoico, Elías”, le decían, “duerme más”. Pero él ya no podía dormir. Porque cuando cerraba los ojos, la figura del sueño empezaba a tomar forma. Se acercaba más. Le hablaba más alto.
Un día, se quedó dormido en la oficina. Fue solo un segundo. Un parpadeo. Pero al abrir los ojos, la pesadilla seguía allí. Ya no se desvanecía. Estaba al otro lado del cristal. Gritando. Pero nadie más lo oía.
—¿Quién eres? —le preguntó, temblando. Y una voz rota respondió: —Soy lo que finges olvidar. Elías corrió, bajó las escaleras, huyó por las calles. Pero ella lo seguía. Siempre lo seguía. Cada vez más cerca.
Pasaron semanas. Su cara ya no era suya. En el espejo, su rostro empezaba a deformarse. Sus ojos lloraban sin querer. Su boca se abría sola, como intentando liberar algo atrapado. La figura ahora salía de él. Como humo, como un espectro. Como un grito que llevaba años guardando.
Ya no era Elías. Era ambos. Era el hombre y el fantasma. El recuerdo y el olvido.
Esa noche, subió al edificio de sus pesadillas. No sabía cómo había llegado allí. Solo sabía que tenía que hacerlo. El cielo estaba gris, como ahogado. La ciudad, muda. Sentía que alguien lo miraba desde dentro. Desde su propia mente.
Se asomó al vacío.
Y entonces entendió.
Él no había soñado la caída. La había vivido. Una vez, hace años, se había parado en ese mismo borde, deseando desaparecer. Pero no lo hizo. Algo lo salvó. O eso creyó.
La figura lo abrazó desde dentro. Y gritó. Un grito tan fuerte que no salió de su garganta, sino de su alma. Un grito que llevaba toda una vida encerrado.
Y por fin, fue libre.
O eso creyó.
Porque a la mañana siguiente, alguien más despertó con el mismo sueño. Y el ciclo empezó de nuevo.








