El rey de la mafia y el chico de primer año

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Sinopsis

¿Puede el amor florecer entre la oscuridad del crimen y la inocencia de la juventud? A sus 18 años, Adrien apenas empieza su vida universitaria en París, con sueños simples y un corazón aún sin estrenar. Pero todo cambia la noche que, sin querer, tropieza con un mundo que no le pertenece… y con los ojos del hombre más peligroso de Francia. Lucien Moreau no está acostumbrado a que le digan que no. Frío, calculador y líder indiscutible del imperio criminal francés, jamás imaginó que un universitario torpe y brillante despertaría algo más que curiosidad en su alma endurecida. Un encuentro inesperado. Un deseo prohibido. Y un amor que podría costarles todo… incluso la vida.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Amaiya34
Estado:
Completado
Capítulos:
51
Rating
4.7 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

👑 Capítulo 1 — El Rey de la Mafia y el Chico de Primer Año

París tenía una forma extraña de envolver a quienes la habitaban. Bajo la luz tenue de los faroles y el eco distante de los pasos sobre el empedrado mojado, podía parecer romántica, incluso mágica. Pero para Adrien, París era un campo de batalla silencioso donde cada día era una lucha por seguir a flote.

Con apenas dieciocho años, Adrien sentía que el mundo ya pesaba demasiado sobre sus hombros. Había elegido cursar la universidad de manera online. No por comodidad, sino por necesidad. Asistir físicamente era un lujo que no podía permitirse: transporte, tiempo, ropa, presencia. Su vida no le ofrecía margen para esas cosas. Solo se presentaba en la universidad para los exámenes, con los apuntes tatuados en la memoria y las ojeras como testigos de sus noches sin dormir.

A pesar de su corta edad, su rutina estaba muy lejos de la de un estudiante promedio. La mayoría de sus compañeros hablaban de fiestas, viajes, relaciones pasajeras o angustias triviales por entregas atrasadas. Adrien, en cambio, pensaba en la renta. Pensaba en la cuenta del gas. Pensaba en si la propina de esa noche en el bar sería suficiente para comprar leche y pan al día siguiente.

Vivía en un pequeño estudio alquilado en el distrito 11, con paredes que parecían respirar humedad y una ventana que apenas dejaba entrar luz. Todo era frío allí, salvo su rincón favorito: un colchón tirado en el suelo, cubierto con una manta gruesa y libros desperdigados a su alrededor. Era allí donde estudiaba, comía, dormía y, a veces, lloraba.

Adrien tenía un rostro suave, casi angelical. Pómulos definidos, labios rosados que parecían siempre a punto de susurrar un secreto, y ojos grandes, color miel, con una dulzura melancólica que derretía incluso al más indiferente. Su cabello castaño caía con natural desorden, como si se negara a obedecer cualquier intento de control, igual que él cuando la vida trataba de endurecerlo.

Era una persona dócil, sí. Pero no débil. Había aprendido a resistir sin pelear, a observar sin juzgar, a dar sin esperar. En su silencio, había una fuerza que muchos no veían, pero que estaba allí. No se quejaba. No pedía ayuda. Sonreía, a veces con tristeza, pero sinceramente. Porque, pese a todo, aún tenía esperanza.

Por las noches, cuando el reloj marcaba las nueve, Adrien dejaba de ser el estudiante invisible y se transformaba en alguien completamente diferente. Se vestía con camisa negra ajustada, pantalones oscuros y botas limpias. Nunca usaba demasiada colonia, pero su aroma natural mezclado con el leve perfume que el jefe le proporcionaba —un sutil toque de almizcle— lo hacía irresistible.

Trabajaba en un bar nocturno llamado “L’Éclipse”, uno de esos lugares que parecían existir en una dimensión paralela, donde la música, las luces suaves y las miradas cargadas de deseo formaban un lenguaje propio. Allí, el tiempo se estiraba y las reglas del mundo exterior se desdibujaban.

Pero L’Éclipse no era un simple bar. Claro que había copas, música en vivo y risas. Pero también había un sistema tácito de niveles, de jerarquías no escritas. Había quienes venían solo a beber, y quienes venían buscando otra clase de compañía. Había quienes se marchaban solos, y quienes lo hacían con alguien del personal. A veces por una noche. A veces… por mucho más.

Adrien era el más solicitado.

No porque se mostrara provocativo o se lanzara a los brazos del primero que le ofreciera una copa cara. Al contrario. Su silencio, su dulzura, esa forma de bajar la mirada cuando lo alababan, lo hacían irresistible. No se ofrecía. No se dejaba tocar con facilidad. Pero sabía jugar. Sabía mirar. Sabía escuchar.

Y respetaba los límites. Los suyos.

Nunca había cruzado ciertas líneas, y aunque muchos lo deseaban desesperadamente, sabían que Adrien solo se dejaba rozar, metafóricamente, con el alma. Esa contención, ese misterio, lo convertían en una fantasía que nadie podía poseer por completo.

Esa noche, como todas, llegó caminando al bar con los auriculares puestos y la mirada fija en el suelo. París seguía oliendo a lluvia y tabaco, y sus pasos eran suaves, casi etéreos. Saludó al portero con una leve inclinación de cabeza y entró al vestuario a cambiarse. Mientras se abotonaba la camisa frente al espejo, no pudo evitar mirarse unos segundos más de lo habitual.

—Una noche más —murmuró para sí, como un mantra.

Lo que Adrien no sabía, es que esa noche no sería como las otras.

Y que entre las sombras del bar, oculto tras un reservado privado, alguien lo estaba observando por primera vez.

Un hombre cuya mirada estaba hecha de peligro y deseo.

Un hombre que no solía pedir dos veces.

Un hombre que cambiaría su vida para siempre.