Capítulo 1
La luz del atardecer iluminaba la espaciosa sala del apartamento de Jung Hoseok, creando reflejos dorados sobre los muebles minimalistas y los objetos decorativos que alguna vez su madre había elegido con cuidado. Entre ellos destacaba el viejo jarrón azul, colocado en una mesita de madera oscura.
Era un jarrón peculiar: alto, de curvas elegantes y cubierto de un intrincado estampado de flores de loto entrelazadas con símbolos antiguos que Hoseok nunca se había molestado en descifrar. Su padre, en vida, solía pasar horas mirándolo, como si estuviera hipnotizado.
—Es fascinante, Hobi —le decía con una sonrisa.—Sí, claro, papá —respondía Hoseok, rodando los ojos—. Lo que tú digas.
Pero ahora su padre ya no estaba. Y la empresa familiar de cosméticos, su legado, descansaba pesadamente sobre sus hombros. Sin embargo, ese trabajo no era lo que él realmente deseaba. Había soñado con dedicarse a la danza, pero la responsabilidad y las expectativas familiares lo habían encerrado.
Esa tarde, recostado en el sofá y con la mirada perdida en el techo, algo húmedo y pesado cayó de pronto sobre su rostro. Se incorporó de golpe, sobresaltado.
—¡¿Qué demonios?! —gritó, llevándose la mano al rostro.
En el suelo, a sus pies, había una venda ensangrentada. La recogió con cuidado, mirándola con repulsión y desconcierto.
—¿De dónde salió esto?
Su mirada se posó en el jarrón, levantándose con lentitud se aproximó. El objeto permanecía en su sitio, inmutable, pero algo en su interior parecía emitir una extraña vibración, como si el aire a su alrededor estuviera cargado de electricidad. Hoseok lo observó con intensidad, mientras las palabras de su padre volvían a su mente.
"No es un objeto común… no lo entenderías."
—Claro, ahora escucho tu voz, papá. Me estoy volviendo loco —murmuró, apartando la vista.
Sin embargo, la curiosidad pudo más que su incredulidad. Tomó el jarrón y lo llevó a la cocina. Colocándolo bajo el grifo, abrió el agua, dejando que el líquido fluyera sin detenerse.
—A ver si de verdad eres tan especial —dijo con sarcasmo.
Esa noche, fue a dormir sin darle más vueltas al asunto. A la mañana siguiente, un estridente sonido lo despertó.
—¿Hola? —contestó con voz ronca. —¡Señor Jung! Aquí está el administrador del edificio. Su consumo de agua ha sido exorbitante esta noche. ¡¿Acaso está llenando una piscina?!
Hoseok colgó sin responder, alarmado. Se levantó de la cama y corrió a la cocina. El grifo seguía abierto, y el jarrón... estaba completamente vacío.
—No puede ser...
Tomó el jarrón y lo llevó de vuelta a la sala. Lo colocó en la mesa y se sentó frente a él, mirándolo fijamente.
—¿Qué sucedió? Esto no podía estar pasando, porque aún seguía vacío.
De repente, un leve humo comenzó a emanar del jarrón. Hoseok retrocedió instintivamente. El humo se condensó formando una pequeña hoja de papel, que flotó hacia él antes de caer sobre la mesa. Atemorizado pero curioso, Hoseok tomó la hoja con manos temblorosas.
En el papel había un mensaje escrito en una caligrafía apresurada pero elegante:
"A quien reciba esto, necesitamos ayuda. El agua llegó a nuestro pueblo como un milagro, pero seguimos enfrentando hambre. Por favor, dioses, no nos abandonen.”
Hoseok parpadeó, incrédulo. El mensaje estaba firmado: General Min Yoongi, Comandante de las Fuerzas del Sol Naciente.
—¡Espera un momento! —dijo en voz alta, casi gritando—. ¡Esto no puede ser real! ¿Min Yoongi? ¿El famoso general de la antigua dinastía Min de Corea?
La historia que había aprendido en el instituto regresó a su mente. Según los libros, Min Yoongi era una figura importante, conocido por su valentía y su dedicación a proteger a su pueblo durante una de las épocas más turbulentas de la historia de Corea.
—Esto es una broma, ¿verdad? —murmuró, volviendo a mirar el jarrón. Pero en el fondo, sabía que no lo era.
Lleno de dudas, decidió experimentar. Fue a la cocina, tomó un paquete de sobras de pollo del refrigerador y lo arrojó dentro del jarrón. Al instante, la comida desapareció. Hoseok abrió los ojos como platos.
Del otro lado del tiempo, en la antigua Corea, un grupo de soldados se congregaba alrededor del General Min.
—¡General! —gritó uno de ellos— ¡Un regalo de los dioses!
¡Han enviado comida!
Min Yoongi se acercó al pequeño montón de carne cocida que había aparecido misteriosamente en el centro del campamento. Lo miró con asombro antes de cerrar los ojos y murmurar una oración de agradecimiento.
—Los dioses nos están escuchando... —susurró.
Pero lo que ambos hombres no sabían era que este milagro sería el inicio de una conexión que cambiaría sus vidas para siempre.
Hoseok no podía dejar de mirar el jarrón. La lógica le pedía que lo ignorara, que lo tirara o que se convenciera de que estaba soñando, pero su instinto lo mantenía atado a él. Pero ¿y si esto era real?
En un arranque de decisión, volvió a la cocina buscando algo más para “enviar”. Esta vez tomó un paquete de ramen instantáneo, lo abrió y arrojó los fideos dentro del jarrón, seguido de una botella de agua.
—Si esto funciona... —murmuró para sí mismo, dejando la frase inconclusa mientras regresaba a la sala.
Del otro lado del tiempo, en medio del caos de un campamento improvisado, los soldados de Yoongi miraban con asombro cómo del cielo —o al menos eso parecía— caía un extraño manjar.
—¡General! ¡Otra ofrenda! —gritó uno de los soldados.
Yoongi, que apenas había probado un bocado en días, observó los fideos y el agua con una mezcla de gratitud y desconcierto.
—Esto... —dijo, levantando los fideos con cuidado— no parece alimento de los dioses. Es extraño, pero huele... delicioso.
—¿Deberíamos probarlo, general?
Yoongi asintió, decidido. Si los dioses lo habían enviado, no había razón para dudar.
Mientras tanto, un joven, en el presente, había decidido escribir una nota. Usó un trozo de papel y un bolígrafo, dejando un mensaje simple:
"Mi nombre es Jung Hoseok. Vivo en Corea del Sur, Seúl en el año 2028. Tú dime ¿Quién eres realmente? ¿Qué está pasando? Responde si puedes.”
Dobló el papel y lo dejó caer en el jarrón, desapareciendo en un destello de luz.
En el pasado, la nota apareció justo frente a ellos, flotando en el aire. Los soldados retrocedieron asustados, pero Yoongi, con el temple que lo caracterizaba, tomó el papel y lo leyó en silencio. Sus cejas se fracturaron.
—Esto no puede ser... —murmuró.
—¿Qué dice, general? —preguntó uno de sus hombres.
—No es un mensaje de los dioses —respondió Yoongi lentamente—. Es alguien más. Es una persona, un chico.
Esa noche, Yoongi escribió una respuesta con mano firme. Explicó quién era, habló brevemente de su situación en el pasado y pidió saber más sobre “el otro lado”.
De vuelta en la actualidad, Hoseok recibió la carta al día siguiente. La letra era pulcra, seria, y la lectura lo dejó sin palabras.
“Soy Min Yoongi, comandante del ejército del Sol Naciente. Si lo que dices es cierto, este jarrón es una conexión entre nuestros tiempos. Te escribo desde el año 1630, en medio de una guerra que amenaza con acabar con mi pueblo. Quiero saber quién eres.”
Hoseok dejó caer la carta, incrédulo.
—Esperen un momento... ¿1630?. Esto tiene que ser una broma.
Sin embargo, algo en su interior se negaba a aceptarlo como una ilusión. Las palabras de Yoongi aún resonaban, cargadas de una desesperación teñida de esperanza. No podía ser otra cosa: era real.
Durante los días siguientes, ambos se la pasaban intercambiando mensajes. Hoseok le contó sobre su mundo tratando de no revelar demasiado para no alterar la línea temporal, mientras que Yoongi le hablaba de su lucha por proteger a su gente de la guerra.
Un día, Hoseok decidió enviar algo más personal. Metió un pequeño botecito de bálsamo labial, uno de los productos estrella de su empresa.
“Esto es algo que hacemos en mi época para proteger la piel del frío. Espero que te sirva.”
Cuando Yoongi recibió el bálsamo, lo observó con curiosidad antes de destaparlo y probarlo en sus labios.
—Es... —susurró, sintiendo el efecto hidratante al instante— sorprendente.
—¿Qué es eso, general? —preguntó uno de sus soldados, acercándose.
Por primera vez en mucho tiempo, Yoongi sonrió.
—Un regalo ..