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Tú, nada más • romance universitario

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Sinopsis

Marcel; indiferencia. Anel; fragilidad. Sin saberlo viven escondidos en sus propias sombras, en sus mundos sin luz, en la soledad. Pero de pronto algo cambiará y después de defender a esa chiquilla flacucha en aquel salón de la universidad, se encuentra atraído por su tranquilidad, tentado por su ingenuidad, y es por eso que la arrastra a un juego en el que desear es la parte medular, en el que sin notarlo, todo se transformará. ¿Será sencillo continuar esa gélida realidad a pesar de que como estrellas en la noche iluminan su oscuridad? ¿El deseo que su mera cercanía despierta, no exigirá más? ¿La posesividad es parte de la necesidad? ¿Por qué a su lado, todo parece mejorar?

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Ana Coello
Estado:
Completado
Capítulos:
35
Rating
5.0 25 reseñas
Clasificación por edades:
16+

1. Sin remordimientos

“En lo desconocido está el misterio, en el misterio la intriga de seguir, y en ello, un mecanismo de protección que se verá afectado por esas ganas de continuar, por la necesidad de volver a sentir que la vida aún tiene algo que dar”


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—¡Puf! Creí que este jodido semestre jamás llegaría –exclamó Rodrigo con hastío observando, mientras se frotaba las manos, a los estudiantes que iban rumbo a sus aulas.

Marcel le dio una calada a su cigarro con una sonrisa torcida. Sí, todos parecían asquerosamente felices por comenzar el último puto semestre y para él solo era el recordatorio de que ya estaba a un paso de ir derechito a la tumba donde se sepultaría el resto de sus días.

¡Mierda!

Joel, el más alto de los tres, tomó un sorbo de su café, negando.

—No sé qué puñeteras disfrutas. Estamos jodidos, Rodrigo. Ahora sí se acabó el pretexto de la inmadurez –el aludido se encogió de hombros. Era ecuánime, sosegado, y aunque disfrutaba de los desmanes y fiestas, sabía lo que quería, hacia dónde iba.

—No necesariamente, Joel. Eres un puto amargado igual que éste –y le dio un empujón a Marcel riendo—. No todo es ir de cama en cama, de antro en antro y terminar ahogado hasta el amanecer.

—¿Ah, no? Tú has de pasar la vida en el celibato y encerrado en tu casa –se burló Marcel con sarcasmo.

—¡Vete a la mierda! –rio Rodrigo—. Algún día verás que saber lo que uno quiere, no es tan malo –su amigo rodó los ojos dándole otra calada. Y un carajo, eso ya qué más daba.

Varios chicos más se unieron conforme trascurrían los minutos. Era simplemente imposible que todos ellos pasaran desapercibidos. Ni por su físico, ni por su seguridad, ni porque se hacían notar de alguna manera.

Aún no salía el sol, el frío a las casi siete de la mañana calaba los huesos por mucho que vivieran en Guadalajara y por mucho que ahí no se conociera la nieve. Pero a ese grupo de jóvenes, parecía darles lo mismo estar ahí, afuera de sus aulas, la segunda semana de enero. Gritaban, bromeaban y sonreían sin importarles nada.

Tres chicas, como otras tantas, caminaron frente a ellos por el pasillo. Parecían nerviosas pues dejaban salir risitas y sus movimientos eran rápidos, algo extraviados. Evidentemente eran de nuevo ingreso y por su pinta, no serían de las que en un par de semanas sabrían sus nombres.

De inmediato comenzaron los codazos burlones, ya que apresuraron el paso en cuanto pasaron frente a todos, y es que a cualquiera le hubiese intimidado al ver esa cantidad de chicos parloteando y aventándose, diciendo groserías, mientras fumaban y hablaban tontería y media. Por no decir que era muy evidente se trataba de veteranos, cuestión por la cual nada les importaba mucho.

Una de ellas, un poco más delgada que las otras dos, tropezó justo frente a esos fanfarrones. Por lo mismo, las cosas que traía entre las manos cayeron y era seguro que su rodilla resultó lastimada, pensó más de uno. No obstante, fuera de ayudarla, dejaron salir sonoras carcajadas de burla que hubiesen herido el ego de cualquiera, en el caso de esa joven, arrancaron una lágrima que se apresuró a esconder. Se incorporó patosa, de inmediato una de las chicas se acercó, la ayudó a levantarse y sin verlos, desaparecieron por el corredor.

Rodrigo chasqueó la lengua negando mientras los demás se aventaban unos a otros en plena carcajada.

—¿Vieron eso? –soltó uno burlándose.

—Pobre, seguro es nueva –respondió otro riendo aún. Marcel volcó los ojos. Rodrigo era el típico chico de sentimientos nobles, sin embargo, tenía cierta vena endiablada pues seguía juntándose con ellos.

—Y sus lentes no sirven para nada, eso sí que es estar jodido –reviró Marcel llenando de nuevo sus pulmones de humo como si fuera lo más obvio del mundo. Así era él; cínico, sarcástico, insufrible, con un físico favorecedor que sabía usar para su conveniencia cuando se le pegaba la gana, y por si fuera poco, inteligente y sin problemas financieros. No era que los demás carecieran de esas aptitudes, pero como Marcel, ninguno de ellos, ni en lo bueno, ni en lo malo.

—Algún día estuvimos en su lugar, imbécil –el aludido rio abiertamente.

—En tus putos sueños, yo cuando entré no lucía así... —las bromas siguieron hasta que el maestro llegó y todos ingresaron al aula sin chistar.

La mañana pasó aburrida, monótona y llena de invitaciones para la noche. Así era siempre. Por lo mismo muchas horas más tarde Marcel terminó ebrio, llegando de puro milagro a su apartamento casi en la madrugada. Nadie le diría nada, no existía quién lo vigilara, mucho menos, lo retara.

—Creo que para variar tienes club de fans –expresó uno de sus amigos en la cafetería central del campus. Marcel torció la boca en una sonrisa seductora que jamás fallaba. Siguió la mirada de Lalo. En la esquina, unas chicas que debían ser de primero, lo veían soñadoras, pero no sólo a él, sino a varios de los que ahí estaban.

Soltó la carcajada cínicamente, les guiñó un ojo y les aventó un beso con sorna.

Una joven, que hasta ese momento notó, levantó el rostro. Era la misma que resbaló frente a ellos hacía unos días. Sus mejillas se tiñeron de rojo y acomodó sus gafas pestañeando. No era fea, al contrario, aunque no una mujer que lo atrajera en lo absoluto, no debía pasar de los dieciocho, aunque si le decía que tenía diecisiete, le creería. Cabello castaño recogido en una trenza desordenada, tez blanca, boca de corazón y naricita respingada. El color de ojos, ni idea... sin embargo, lucía demasiado infantil, inmadura y... aburrida, muy aburrida.

Elevó una comisura de la boca con pedantería, lo suyo no eran las niñitas con pinta de no matar una puta mosca, si no las de su edad, en adelante. Eso de las rabietas y cosas de ese estilo, lo hastiaban de inmediato. Por otro lado, la experiencia y sensualidad, se aprendía con el pasar de los años y a él; eso le fascinaba, nada como una chica atrevida, osada, que se aventurara con fiereza.

Las miradas continuaron algunos recesos más durante la semana. Respondían todos de la misma manera y parecía que eso les agradaba, pues aunque tenían del tipo “intelectual” reían bobaliconamente. Bueno, no todas, por ejemplo, la que se sonrojó aquel día, se le vivía con la nariz clavada en un libro que no tenía idea de qué iba, pero que parecía mantenerla bastante intrigada porque ni pestañeaba debido a su interés en las letras.

El lunes llegó, otra vez. Odiaba ese puto día, pero no tenía de otra salvo pasarlo y rogar que el maldito viernes apareciera.

Efrén, hermano de su padre, ya le había marcado para felicitarlo por estar tan próximo a ser lo que todos esperaban. No le agradaba en lo absoluto recordarlo, hacía años que se desentendió de eso y creyó que nunca llegaría el negro día en que tuviera frente a él su gris y opaco futuro. Se equivocó.

Iba maldiciendo entre los pasillos rumbo al estacionamiento cuando escuchó un quejido lastimoso proveniente de uno de los salones. En seguida voces masculinas que reían, gritaban y se burlaban. Con las manos dentro de las bolsas deljeanse detuvo enarcando una ceja.

—No te hagas, Cuatro ojos, con esa boquita seguro te sale estupendo, hasta te va a gustar... — ¡Guou!, ¿hablaban de lo que creía? Esperó, no era partidario de meterse en problemas, regularmente los ignoraba, pero tampoco se iba ir de largo así nada más sin asegurarse de que no era lo que estaba pensando.

—Dame mis lentes... ¡Déjenme! Ya, por favor –rogó la vocecilla más tierna que hubiese escuchado.

—No, no, no. No has entendido; o nos haces los trabajos o sabrás lo que es dar placer a cuatro y al mismo tiempo –Marcel abrió los ojos bufando de enojo. ¡¿Era en serio?! ¡¿Algo así de humillante estaba ocurriendo en ese puto plantel?! Prendió el celular, activó la cámara, acto seguido entró y grabó a los bastardos hijos de puta que acosaban a alguna chica, mientras ésta permanecía pegada a la pared, supuso, porque no podía verle el rostro, aunque sí sus manos alzarse para intentar agarrar sus gafas.

—Bravo –y aplaudió cuando estuvo seguro tenía pruebas contra ese grupo de animales. Los acosadores giraron de inmediato furiosos. Tendrían diecinueve a lo mucho y una cara de depravados haraganes que no podían esconder.

—¿Tú qué, imbécil? –dijo uno, mientras otro ocultaba por completo a la joven.

—¿Yo, qué? ¿Esa es buena pregunta? –Dos dieron un paso hacia él. Los miró inescrutable, hacía mucho que el miedo despareció de su vida pues cuando no se tiene nada que perder, nadie a quien amar, nada te puede lastimar—. No se muevan, idiotas. Resulta que el rector es mi tío y bueno, ahora mismo le está llegando el video... —alzó el móvil riendo con cinismo fingiendo mandar algo. Enseguida palidecieron.

—No es verdad, ¡y no te metas! –rugió un niñato al que su cabello oscuro le tapaba casi todo los ojos.

—Bueno, si no me creen, lo harán en unos minutos que venga hacia acá para expulsarlos... —se cruzó de brazos arqueando una ceja, indolente. Entre ellos se miraron dudosos. De pronto, quien tapaba a la chica, se quitó. Era la que le vivía tras el libro en la cafetería, notó algo desconcertado, un poco intrigado.

Las lágrimas salían, más no era llanto, se limpiaba las mejillas pestañeando obviamente nerviosa. Marcel mantuvo su expresión impávida.

Al pasar aquellos abusadores a su lado tomó uno por la camisa, el que estuvo bravuconeando. Lo levantó levemente dejándolo lívido y lo pegó a su rostro.

—Conozco gente que les encantaría mantener a tu asquerosa boquita bien ocupada, así que más vale no te vuelva a ver... Hijo de gran puta –el chico asintió nervioso, sudoroso. Lo soltó y de inmediato salió corriendo.

En cuanto estuvo seguro de que se alejaron, guardó el móvil y giró. La joven ya se ponía los anteojos y recogía sus cosas. La observó desde su posición. Era demasiado delgada, aunque tenía lindo cabello, muy natural y una piel como porcelana.

— ¿Tienes auto? –Se escuchó decir con tono amargo, sentía ácido en la garganta. Ella negó encarándolo. Su naricilla estaba enrojecida, y seguía limpiándose las mejillas con la manga de su suéter violeta—. Vamos, te llevo –con un ademán le indicó que lo siguiera.

—No... yo... —sí, demasiado tierna esa voz. Sacudió la cabeza, aún irritado.

—Dije que te llevo o preferirás que eso chicos te estén esperando por ahí –no era de mucha paciencia, tampoco un alma samaritana, así que no le rogaría. Avanzó siendo consciente de que la flacucha, como apodó en su cabeza, iba detrás. Llegó a su pick up doble cabina gris plata y subió. La chica abrió cautelosa.

—Yo... —Marcel prendió el motor haciéndolo rugir sin mirarla.

—O subes o cierras, tengo un hambre de perros –bramó prendiendo la radio. Supo en el momento en que entró pues un leve olor a cítricos le llegó a la nariz. Era agradable.

Salió del campus sin dirigirle la palabra.

—No sabes dónde vivo –murmuró la joven con ese tono dulce. Apenas si la escuchó puesKasabiana todo volumen no ayudaba. Se encogió de hombros virando la camioneta.

— ¿Para qué? –cuestionó dándole pequeños golpes al volante al ritmo de la música. Supo el momento justo que ella elevó el rostro y lo miró. Le importó una mierda.

—Y-yo debo llegar a casa... —su voz se quebraba.

—Te dije que ladro de hambre, después... Ahora quiero comer –de reojo notó como se acomodaba un mechón de su trenza castaña ya un tanto deshecha debido a lo ocurrido.

—P-por favor –rogó. Apagó el sonido de un manotazo y justo en un alto la perforó con sus verdes ojos.

—Escucha, creo que un “gracias” sería educado. Sin embargo, me importa un carajo tu agradecimiento. Me debes una y vamos a mi casa, no más discusión... aunque siempre puedes bajarte en este puto momento y mañana averiguar si esos hijos de perra no retomaran lo de hoy –por supuesto no lo harían. Era mentira lo de su relación con el rector, pero por la tarde le marcaría a uno de sus asesores que sabía tenía estrecha relación con él y le mandaría el video. ¡A la mierda si imbéciles así continuaban ahí! Aun así, definitivamente no se desviaría para llevar a la flacucha a su casa.

Cuando la vio así, de cerca, notó que de verdad no era nada fea, al contrario. Una idea morbosa se formó en su cabeza al ver su dulce semblante. El rubor de las mejillas de la joven le hizo saber que estaba avergonzada, además de llorosa. Sin más la joven se giró y perdió la vista por la ventana. Para su asombro no dijo nada más el resto del trayecto.

Llegaron al apartamento donde vivía treinta minutos después ya que era la hora de más tránsito en la ciudad y todo se volvía un caos. Estacionó la camioneta en la cochera subterránea.

—Gracias... —susurró ella yendo hacia la salida. Marcel rodó los ojos. No, esa flacucha no se iría así, sin más.

—Come algo y te vas... —se detuvo vacilante—. Tenías facha de ser educada... —la pinchó chasqueando la boca y caminando rumbo al elevador. La escuchó resoplar por detrás. Sonrió. Entraron al aparato metálico en silencio. Un minuto después las puertas se abrían en el piso diecisiete. Ingresó la llave en el número treinta y cuatro, oyó cuando ella cerró despacio—. Hay pizza... de ayer... Siéntate –ordenó tumbando la mochila en el descanso del pulcro piso blanco y metiéndose enseguida a lo que era la cocina que se encontraba tras la ancha barra que fungía de comedor, aunque había uno que sí lo era. Obedeció taciturna, en silencio—. Toma – le dejó un plato sobre la mesa con un trozo recién salido del microondas y una gaseosa de sabor cola. El aparato volvió a sonar, sacó dos trozos y se ubicó frente a ella recargando su brazo con desgarbo sobre la superficie de granito.

— ¿Cómo te llamas? –La cuestionó al ver que veía su comida con un poco de desagrado. La joven alzó los ojos, eran miel revolcados con azul marino, jamás vio algo así; llamativos, redondos, como dos lagunas turbias y cristalinas a la vez. Lo cierto era que en conjunto era muy bonita, sin embargo, los pómulos se le marcaban bastante, y las leves ojeras no le ayudaban mucho.

—Anel –alzó las cejas devorando su segundo trozo.

— ¿No piensas comer, Anel?, o ¿estás a dieta como todas las mujeres? –La chica agarró el pedazo y le dio una mordida diminuta. Casi suelta la carcajada—. ¡No inventes!, estás tan flaca que pareces de doce... —notó que se tensó ahí, frente a él, y dio una mordida más grande masticando a conciencia.

— ¿En serio conoces al rector? –preguntó una vez que pasó con esfuerzo el bocado. Su vocecilla lo sosegaba de una manera extraña, además, parecía que no conocía tonos más altos. Metió otro par de trozos a calentar negando sin verla.

—Pero los expulsaran, sé qué hacer...

—Gracias... —murmuró desde su posición.

—No me las des. No hago nada gratis –soltó sin más encarándola fijamente. Ella perdió la mirada en su alrededor descolocada—. Tranquila, no pretendo hacerte ninguna salvajada ¿Si te dije que pareces de doce, verdad?

—Sí... —apenas la escuchó.

— ¿Qué estudias?

—Derecho –dio otra mordida ridícula a su comida.

—No tienes la pinta... —Anel rodó los ojos, continuó sin verlo. De pronto, minutos después, le quitó el plato y lo aventó al lavaplatos—. Ven –le dijo al tiempo que se sentaba en un sillón negro de enormes proporciones con cojines oscuros en el respaldo. Se dejó caer y prendió el televisor sin darle importancia. La chica se acomodó a su lado con una distancia prudente estudiando su el lugar—. Mierda, ¿siempre luces tan tensa? –Anel volteó aturdida. Marcel ya se había incorporado, estaba a unos centímetros de su rostro—. Esperas lo peor de mí... así que no tengo mucho que perder... ¿Qué harías si te beso? –La desafió divertido.

Instintivamente se hizo hacia atrás. Él rio abiertamente, sin pensarlo, acortó la distancia pues ella ya había chocado con los cojines y posó sus labios sobre los suyos con suavidad. No tenía puta idea de qué mierdas hacía, eso no estaba planeado ni siquiera lo deseaba, pero verla con esa fría ternura, le provocó unas ganas asombrosas de corromperla, de probarla, de que se diera cuenta que no era color rosa después de todo.

No se apartó, no chistó, ni siquiera intentó quitárselo de encima.

Sabía a fresco, su aliento era agradablemente limpio, y sus labios... Dios, sus labios eran enfermizamente suaves, como dos bombones expuestos al sol de pleno verano. No se movían, sin embargo, se mostraban dispuestos. Estaba casi sobre ella sin tocarla, con sus brazos a los lados de ese delgado dorso. Su respiración se sentía agitada. No dudó y atrapó uno de esas carnosas nubes y la humedeció son la lengua de manera sensual. La escuchó emitir un gemido de sorpresa, luego hizo lo mismo con el otro.

Abrió levemente los ojos sintiendo los parpados muy pesados. Anel no lo veía, sonrió para sí complacido. Cuando por fin la chica en cuestión se abandonó, sintió la necesidad absurda de dejarse ir, de...

Se apartó de inmediato molesto, enojado. ¡¿Qué carajos hacía?! No era un puto quinceañero.

—Tengo cosas qué hacer –zanjó dejándola perpleja, ahí, recostada aún con los labios entreabiertos sobre el sillón—. Toma –y sacó un billete de su cartera–. El portero te pedirá un taxi –Anel se enderezó con las mejillas, o mejor dicho pómulos, encendidos. Iba a perderse de su vista cuando se detuvo. Ella ya se levantaba notoriamente nerviosa, perdida por la misma situación—. Esto no pasó y tú y yo fuera de aquí no nos conocemos... Evítame si es posible... —la joven asintió temblorosa.

Marcel entró a su habitación aventando la playera de manga larga oscura que llevaba a un sillón gris. Era un imbécil, se regañó. En primera ¿para qué mierdas la llevó a su casa? Y luego... ¡¿Eso?! Sacudió la cabeza de pronto riendo. ¡Bah!, no hizo nada malo tampoco, la chiquilla no se resistió y por si fuera poco sabía delicioso.

Dejó los remordimientos de lado sin dificultad. Sacó su móvil del bolso sonriendo torcidamente mientras se adentraba al baño, una ducha le vendría bien, pero antes que nada debía ocuparse de esos degenerados, gente así no debía siquiera estar pisando las calles.


*VERSIÓN BORRADOR. A LA VENTA COMPLETA POR AMAZON.

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Bien escrito

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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