Capítulo 1

—¿Quién diablos eres tú? —escupo con furia, la voz rota por la confusión y el dolor.
El hombre frente a mí, ese que dice ser mi hermano, me sujeta con firmeza por los brazos, evitando que le clave la daga. Es más fuerte que yo, eso es evidente… pero no antes de que le haya hecho un pequeño corte en la mejilla. Un corte que sangra como cualquier humano.
—Soy tu hermano, Brennan —dice con esa voz familiar que me golpea como un puñetazo en el pecho.
—Mientes. —Lo escupo como un veneno.
Los ojos que me miran son los suyos. Pero no puede ser. No puede ser. Mi hermano está muerto.
—Vela... —la voz de Violet me alcanza, suave, casi suplicante.
Pero no la oigo de verdad.
Los demás, Xaden y Bodhi se tensan, listos para intervenir. Pero el de pelo pelirrojo oscuro les ordena con un gesto que se mantengan al margen.
—¿Qué clase de magia has usado? ¿Eh? ¿Un sello de cambiaformas? ¿Una ilusión? ¿QUÉ ERES? —le espeto con furia.
—Soy real, Velita —me asegura tranquilo.
—¡NO ME LLAMES ASÍ! —rugí, la rabia abriéndose paso a través del nudo en mi garganta.
—De pequeña —empieza con la voz casi temblando— siempre te encantaron las velas. Nuestra madre estaba harta de quitártelas de la habitación por miedo a que acabaras incendiándola.
Mi corazón se detiene por un segundo. Me niego a creerlo. Me niego. Pero de pronto, estoy llorando. Las lágrimas me corren por las mejillas sin que me dé cuenta.
—¿Cómo un cambiaformas sabría que tú y yo siempre nos escapábamos para entrenar?—alza una ceja— Aunque madre no quisiera… Y que un día tropezaste y acabaste con un corte en la parte baja del muslo… que aún te dejó cicatriz.
Mi mano afloja. La daga resbala de mis dedos. Cae al suelo con un sonido seco, sordo, definitivo.
Las lágrimas no se detienen. Incontenibles.
Y entonces él me abraza. Con fuerza. Como si no quisiera soltarme jamás. Como si tuviera miedo de que, si me dejaba ir, desaparecería otra vez.
Mis puños, débiles, rotos, golpean su pecho una y otra vez mientras lloro contra él.
—¿Cómo has podido?! ¿¡Sabes el daño que me has hecho?! —le grito.
—Lo sé... Lo sé, Velita. —Su voz se rompe con la mía—. Y lo siento más de lo que puedas imaginar.

Llevo tres días encerrada en esta habitación.
No he querido ver a nadie. No he querido comer. Lo único que he hecho es pensar en Liam, día y noche. Estoy prácticamente hundida. Si su dragón no se hubiera interpuesto entre Celin, ahora… ahora estaría a mi lado. Y no lo está.
La revolución... ni siquiera quiero pensar en ello. Y ahora, encima, mi hermano. Mi propio hermano. Fingiendo su muerte como si no significara nada, dejándome sola. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo pudo abandonarme así? Estoy furiosa. Y no se lo voy a perdonar. Nunca.
Los Venin… esos seres oscuros que siempre creí que solo existían en los cuentos de hadas… son reales. Brennan está vivo. No es una ilusión. Brennan está vivo. Aretia, esa ciudad que calcinaron hace seis años durante la Rebelión Tyrrish, sigue en pie. No sé cómo, pero resiste.Tengo una nueva cicatriz. Ocho centímetros de quemadura en el abdomen. Pero no estoy muerta. No todavía. Y Brennan está vivo. Insisto, como si repetirlo pudiera hacerlo más real. Brennan está vivo.
—Tienes que salir de esa habitación —la voz de Celin retumbó en mi mente,mapunto de perder la paciencia.
No respondí. Ellas ya estaban en mi cabeza, pero hacía días que no las sentía tan presentes. Habían respetado mi silencio. Hasta ahora.
—Y necesitas comer —añadió Vaelin con una dulzura que contrastaba con la dureza de su madre—. Es tu cumpleaños, Velaris. —Mi cumpleaños… lo había olvidado por completo.
Mi pequeña, la misma que me salvó de una muerte segura… según lo que me contó Xaden, ya alcanzó su edad adolescente. Me dicen que es enorme. Que ha cambiado tanto. Quiero verla. Dioses, cuánto quiero verla. Pero no tengo fuerzas ni para salir de esta cama.
Hoy debería celebrar algo, pero no tengo nada que celebrar.
Debo de tener un aspecto horrible. Mi piel no ha visto la luz del sol en días. Y mi rostro… debe estar hinchado de tanto llorar.
—No me hace falta —digo en voz baja.
No sabía si me refería a la comida, a salir, o al cumpleaños. Tal vez a todo.
—Creo que estar encerrada te ha nublado los pensamientos —Celin rugió dentro de mí—. Como no salgas de esa maldita habitación, voy a por ti, rompo la puerta y te saco de allí a patadas.
—Haz lo que quieras —murmuré sin emoción. No era una amenaza. Era una rendición.
—Lo que mamá quiere decir —intervino la pequeña, como siempre mediadora— Es que tienes que seguir adelante. Lo que está hecho, está. Y Liam... Liam seguro que no te habría querido así.
No respondí. Solo me tapé la cabeza con la manta y gruñí. Cerré mi canal mental con ellas. Y entonces la habitación mental tembló. Sí, tembló. La furia de mi dragona atravesó la distancia, colándose por las grietas de mi corazón. Y por un segundo, uno diminuto e insignificante, creí que tal vez aún quedaba algo allá afuera. Que no todo estaba perdido.
Me levanto de la cama con movimientos torpes, como si mis músculos se hubieran oxidado tras días sin usarse. Camino hasta el baño y me meto en la ducha, dejando que el agua arrastre la suciedad, el sudor y el dolor que se me ha pegado a la piel como una segunda capa. Me froto con fuerza, como si pudiera borrar también lo que siento por dentro.
Cuando salgo, ya más despejada, me visto con mi armadura, me ato las botas con fuerza y me coloco una capa negra encima. Me subo la capucha para que oculte mi rostro. No porque quiera esconderme, sino porque aún no estoy lista para que el mundo me vea tal como soy ahora. O tal como me siento.
Salgo de los dormitorios y, mientras avanzo por los pasillos, extiendo la mano y dejo que mis dedos rocen las paredes frías de piedra. Siento el poder que emana de ellas, antiguo, vibrante, como si respirara entre las grietas. Esta ciudad debería estar en ruinas. Debería ser solo cenizas. Pero esta fortaleza sigue en pie. Y está viva.
No había abierto el interruptor morado de mi habitación mental desde la pelea con la Venin. No había sentido esa parte de mí que surgió entonces. Pero ahora, al tocar estas paredes, al sentir el latido sutil de Aretia en mis manos, esa fuerza que aún persiste, aparece ese recuerdo. Esa sombra que vi en mí misma. Mi yo oscuro. La criatura en la que pude haberme convertido. Cierro el grifo del poder de golpe, como si me quemara. Tal vez… tal vez me da miedo ser eso.
Camino en silencio, mis botas resonando con un eco apagado, hasta que llego a la escalera doble, imponente, de mármol pulido, con pasamanos ornamentados que se elevan tres, no… cuatro plantas por encima. Bajo por ella sin apuro, con la capa ondeando a mis espaldas, rozando los escalones a cada paso. No sé exactamente adónde voy, pero mis pies sí lo saben. Ellos me llevan.
Abro una puerta al final del corredor, y en cuanto entro, sé que he llegado a la asamblea de la que Violet me habló. La sala es amplia, solemne, con una larga mesa de piedra oscura. Aunque hay sitio para unas treinta personas, solo hay cinco sentadas a un lado. Todos vestidos de negro, jinetes colocados cerca de la puerta, en un ángulo que les impide vernos bien. No se giran. No aún.
Brennan camina lentamente a lo largo de la mesa, las manos a la espalda, con ese aire preocupado que ya he visto antes. Está colocado de forma que tampoco puede vernos entrar. A mis lados reconozco a Bodhi, a Imogen… y a Violet. Están expectantes.
Mi hermana me ve primero. Sus ojos se abren de golpe al verme. Se incorpora ligeramente, sorprendida. Me quito la capucha de la cabeza dejando ver mi rostro y le dedico una leve sonrisa, apenas un gesto, pero suficiente. Siento el calor de su alivio cruzar la distancia que nos separa. Me giro, entonces, hacia Xaden.
Está hablando. Y mi cuerpo… reacciona. Siempre lo hace. Odio eso. Odio lo que despierta en mí.
—¿Y qué es eso tan obvio que tienes que decir, mayor Ferris? —dice Xaden, con ese tono seco que tan bien maneja.
Sigo su mirada y veo al hombre con el que habla. Nariz aguileña, rostro tenso, voz cargada de miedo disfrazado de sensatez.
—La única opción es regresar —responde Ferris, sin titubear—. De lo contrario, ponemos en riesgo todo lo que hemos construido aquí. Enviarán rastreadores y no contamos con suficientes jinetes para…
—Es un poco difícil reclutar a alguien cuando estás intentando pasar inadvertido —interrumpe una mujer de cabello negro con un tono afilado.
—No nos desviemos del tema, Trissa —dice Brennan con un suspiro, pasándose una mano por el puente de la nariz.
Ese gesto.
Mi estómago se revuelve.
—¡No tiene ningún sentido aumentar nuestros efectivos sin una forja operativa para armarlos! —revienta el de la nariz aguileña, su voz aguda y desesperada—. No sé si os habéis dado cuenta, pero seguimos faltos de luminaria.
—¿Y cómo van las negociaciones con el vizconde Tecarus para que nos proporcione la suya? —pregunta otro, el de barba plateada, con una calma fingida que no engaña a nadie.
¿Vizconde Tecarus? Me cuesta no alzar una ceja. No hay ningún vizconde en los registros navarrenses, y lo sé porque he leído todas y cada una de las políticas internas que mi madre almacenaba en sus archivos. Esa era su forma de intentar mantenerme ocupada. Y sí, lo conseguía.
—Seguimos intentando llegar a una solución diplomática —responde Brennan, sin mucho convencimiento.
—No hay solución alguna —interviene una mujer anciana con aspecto de guerrera, la mirada dura como piedra—. Tecarus no ha superado que lo insultaras el último verano.
—Ya os dije que el vizconde jamás accedería a proporcionárnosla —resopla Xaden, cruzado de brazos—. El tipo se dedica a acaparar cosas, no a comerciar con ellas.
—Bueno —dice la anciana con una sonrisa afilada—Es evidente que ahora sí se negará a comerciar con nosotros. Sobre todo después de que te negaras siquiera a contemplar su última propuesta.
—Por mí —gruñe Xaden, sin molestarse en disimular su desprecio—puede meterse la propuesta por el puto culo.
Y ese. Ese es el Xaden del que me enamoré. Sarcasmo, veneno y rabia contenidos en un cuerpo que no debería ser tan guapo. Letal. Implacable. Y, maldita sea, todavía capaz de hacerme sentir cosas que no quiero sentir.
Siguen hablando de política. Y yo me pierdo por unos minutos, desconectando del discurso que ya he escuchado mil veces con distintas palabras.
—¡Pues entonces estamos de acuerdo! —brama el de la nariz aguileña—. Hasta que podamos suministrar a los grupos, los cadetes deben regresar.
Vuelvo a centrarme al escuchar esa palabra. Cadetes. Nosotros. Por eso nos mantenemos al margen de la mesa. Porque no quieren que escuchemos esto, porque no quieren que estemos cerca de su campo de visión cuando deciden qué hacer con nosotros.
—No es propio de ti que estés tan callada, Suri —dice Brennan, volviendo la vista hacia una mujer morena, de rostro inexpresivo.
—Yo digo que nos quedemos con dos —responde sin rodeos—. Seis cadetes pueden mentir tan bien como nueve.
Ocho.Xaden. Garrick. Bodhi. Imogen. Violet.Tres más con los que apenas crucé una palabra antes de que nos arrojaran a la batalla,y yo.
Me entran náuseas. El recuerdo se me clava bajo las costillas como una lanza. Los Juegos de Guerra. Se suponía que deberíamos haber terminado el año con la última competición entre alas en Basgiath. Se suponía que eso era lo peor. Pero en lugar de eso… nos lanzaron de cabeza a una guerra real, contra un enemigo que, hasta hace una semana, yo solo creía parte de viejos cuentos para asustar niños.
Y ahora estamos aquí.En Aretia. Una ciudad que no debería existir.Pero existe.Igual que los Venin. Igual que mi hermano. Igual que esta guerra.
—Ninguna de esas ocho personas son prescindibles, Suri —dice el de la barba plateada, con voz grave, pausada, pero cargada de intención.
Suri se gira hacia él con una ceja arqueada, como si hubiera escuchado la estupidez más grande del día.
—¿Qué propones, Felix? ¿Que montemos nuestro propio colegio de guerra con el tiempo que nos sobra? —ladea la cabeza con burla—. La mayoría ni siquiera ha terminado su educación. Aún no nos sirven.
—Habláis como si alguno de vosotros tuviera el poder de decidir si regresamos —responde Xaden, su tono tan cortante como una hoja recién forjada—. Aceptamos el consejo de la Asamblea, pero no nos lo tomaremos como más que eso: un consejo.
—No podemos arriesgarnos a perderte —espeta la morena.
—Mi vida vale lo mismo que las suyas —dice el marcado.
Y entonces, con un gesto breve pero cargado de poder, nos señala.
—No todas las vidas —replica Suri, cruzando los brazos—. ¿Cómo te has quedado de brazos cruzados y has permitido que oigan la conversación de la Asamblea?
Y eso iba directo a nosotras. A mi hermana y a mí. Le lanzo una mirada envenenada, como si pudiera borrar su existencia con ella.
—Si no queríais que os oyéramos, haber cerrado la puerta —le escupo con frialdad.
—¡No es de fiar! —grita, y ahí ya no me contengo.
Me impulso hacia adelante como una chispa lista para incendiar la sala, pero el brazo de Bodhi se interpone, firme como el acero. Me sujeta con fuerza.
—¡Suéltame! —gruño, la furia brotando por mis poros.
—No servía de nada —murmura desde mi costado—. Solo lo empeorarás.
Me zafó de su agarre con un movimiento seco, pero luego… respiro. Hondo. Largo. Y me mantengo donde estoy. De momento.
—Xaden ya ha asumido toda responsabilidad por ellas —dice Imogen, cruzada de brazos, sin mover un músculo—. Por muy cruel que sea esa costumbre.
Alzo una ceja. ¿Qué rayos quiere decir con eso?
—Sigo sin entender esa decisión en concreto —añade Ferris.
Estoy al borde de saltar. Lo noto. Las palabras me hierven en la lengua, listas para ser lanzadas como cuchillas. Pero aún no. Todavía no.
—Pues es bien simple —dice Xaden, con una calma peligrosa—. Velaris es diez veces más capaz que yo. Y no hablo de su sello. —Hace una pausa. Mira a todos uno por uno. —Además, le habría contado de todos modos lo que se ha dicho en esta sala, de modo que lo de la puerta abierta habría sido una simple formalidad.
Algo dentro de mí se remueve. No sé si es rabia o gratitud. Quizás ambas cosas. Quizás él ya no quiere mentirme más. Quizás.
—Son las hijas de la general Sorrengail —espeta la anciana como si eso fuera una condena, no un hecho.
—No necesito la aprobación de nadie para hacer lo que quiera —digo con la voz firme, sin apartar la mirada de esa mujer—. Y menos en esta asamblea ridícula.
El silencio que sigue es brutal. Todos me fulminan con la mirada. Pero no me inmuto. No me muevo.
—¡Velaris! —la voz de Brennan corta el aire como un látigo. Me lanza una mirada de advertencia, tensa, molesta.—Y yo soy su hijo —añade, como si eso lo excusara de todo.
—¡Y llevas seis años demostrando más que de sobra tu lealtad! —grita la anciana, golpeando la mesa—. ¡Ellas no pueden decir lo mismo!
Y ya basta.
—¿Recuerdas que ayudamos en Reeson o es que por tu edad ya empiezas a olvidar las cosas? —digo sin remordimiento.
—¡Velaris! —brama Brennan de nuevo, como si pudiera detenerme.
Pero no puede. Nadie puede.
—Debería estar encerrada —escupe Suri, el veneno goteando de cada palabra—. Con lo que sabe, podría traernos la ruina a todos.
—¿Sabes? —digo, alzando la barbilla con una sonrisa afilada— No iba a decir nada, pero ahora me lo estoy replanteando.
—Velaris… —advierte Xaden, con la voz tensa, casi suplicante—. No lo dice en serio.
—Oh, créeme que sí —le devuelvo sin quitarle los ojos de encima a la morena—. De pronto me parece una idea fantástica.
—Es demasiado peligrosa como para no estar prisionera —interviene Ferris.
—Creo que sería lo mejor —respondo, alzando ambas cejas.
Y entonces lo noto, ese hormigueo familiar en mis venas y la presión en mi pecho. Mis ojos... seguro que se han vuelto morados. Porque ahora me miran con miedo. Con ese miedo que sólo los imbéciles sienten cuando no pueden controlar algo.
Y justo en ese momento, cuando el aire se vuelve denso, cuando la tensión se puede cortar con una daga…
—Hemos terminado —dice Xaden, su voz tan firme como una sentencia de muerte.
Y de pronto ya no estoy en el centro de la tormenta, porque me ha cogido, literalmente. Xaden me levanta sin esfuerzo, un brazo firme alrededor de mi cintura, y me arrastra fuera de la asamblea antes de que pueda responder.
—¿¡Qué demonios haces!? —le gruño, golpeando su hombro, aunque no me suelta.
—Evitar que los mates a todos —murmura, sin mirarme.
Su paso es rápido, tenso, casi tan furioso como yo.
—¿O que ellos me maten a mí? —escupo.
—Ambas —dice sin pensarlo.
Cuando por fin me deja en el suelo, estamos solos en un pasillo lateral de piedra rugosa.El eco de la asamblea se ha quedado atrás, pero aún arde dentro de mí.
—No puedes provocarlos así —dice, su voz más baja, más agotada—. No ahora.
—¿Y qué quieres que haga, Xaden? ¿Que me calle mientras me llaman traidora? ¿Que les sonría mientras deciden si me meten en una celda?
—Quiero que sobrevivas —responde, y por un segundo, su voz tiembla—. Maldita sea, Velaris. Solo quiero que sobrevivas.
Nos miramos en silencio. Su rostro es una mezcla de furia y miedo. El mío… el mío está roto. Y aún así, no apartamos la mirada.
—No vuelvas a tocarme sin permiso —le digo al fin, con la voz más baja.
—De acuerdo —responde, y da un paso atrás. Pero no deja de mirarme—. Solo... no dejes que ellos ganen. No les des más razones.
Y eso... eso es lo que más me duele, pero también sé que estoy a una sola palabra de estallar. Y no sé si alguien va a poder detenerme la próxima vez.






![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)


cuando actualizas ??
actualizaaa 😭😭😭