Bajo el velo de la serpiente

Sinopsis

Obanai es un omega que,desde joven su familia lo envió como consorte al palacio para deshacerse de él pensaron que le daría asco al emperador Sanemi Shinazugawa.porque cuando era un niño,le cortaron las mejillas (igual que en el anime.) de forma que se asemejaba a una serpiente pero en realidad,obanai era un omega precioso estatura mediana con la piel de tono crema, de cabello negro y con heterocromia: su ojo izquierdo es de color turquesa y su ojo derecho es de color amarillo. parecia raro pero su mascota era una serpiente llamada Kaburamaru. Obanaí usaba bonitos atuendos pero siempre un velo en su rostro cubriendo la mitad de su rostro de la nariz para abajo. Pero,sanemi...lo quería muchísimo,lo abrazaba y quería pero como obanaí no estaba acostumbrado desconfiaba y pensaba que no era verdad pero,sanemi lo quería desconfiaba

Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

✧ Capítulo 1 - El Velo del Sacrificio ✧

El interior del carruaje olía a madera pulida, a seda antigua y a un perfume que no era suyo. Obanai estaba sentado con la espalda recta, las manos sobre el regazo y Kaburamaru enroscado tranquilamente sobre su muñeca izquierda. Afuera, el sonido de los cascos contra la piedra se mezclaba con el susurro del viento. Su destino estaba cerca.


Vestía el atuendo que su familia había enviado especialmente para esa presentación: un elaborado kimono de tonos azul cielo y blanco perlado, tejido en capas de organza fina y bordado con flores pálidas que parecían flotar como niebla entre los pliegues. Las mangas caían con elegancia fantasmal, y pequeñas mariposas de hilo plateado adornaban el pecho, atrapadas como si fueran parte de un sueño.


Sobre los hombros llevaba una capa translúcida que danzaba con cada mínimo movimiento del carruaje. Su presencia parecía etérea, casi demasiado delicada para un mundo como este. Pero más aún llamaba la atención su velo: una tela azul claro, bordada con mariposas blancas y pequeñas serpientes plateadas entrelazadas entre lirios de agua. Caía desde la nariz hasta el cuello, cubriendo la cicatriz de su rostro, ese recordatorio cruel que su familia siempre había querido esconder.


"Oculta lo que eres, al menos por decencia", le habían dicho.

"No sabemos por qué te eligieron, pero no arruines nuestro nombre."


Obanai cerró los ojos, dejando que el vaivén del carruaje lo meciera, como si pudiera apartarlo de la humillación de esas palabras. Sus dedos acariciaron instintivamente la cabeza de Kaburamaru.


Fue entonces cuando, sin querer, su mente lo arrastró a otro momento.



Años antes.

La sala estaba a oscuras. Había llorado tanto que ya no quedaban lágrimas. Las voces de los adultos a su alrededor eran cuchillos más afilados que cualquier herida.


—Una criatura así no puede quedarse en casa —decía su tío—. Mira esa cara. ¿Qué príncipe querría eso?


—Tal vez si lo vestimos bien... —respondía otra voz, con el tono despectivo que fingía preocupación—, aunque dudo que llegue a gustar a alguien. Ni siquiera un alfa desesperado.


En ese entonces, no entendía lo que significaba ser un omega. Solo sabía que lo habían marcado como "desechable" desde antes de poder hablar.


Justo antes de que el carruaje se detuviera por completo, Obanai se inclinó hacia la esquina del asiento. Desató con cuidado el pequeño broche de seda que mantenía la tapa cerrada de una caja ornamentada, tallada y ensamblada con un cuidado casi obsesivo.


Era una jaula de pájaro antigua, pero no como las comunes. Tenía un diseño complejo de madera negra barnizada, con incrustaciones de nácar y marfil que formaban patrones geométricos y florales. Las rejas finas estaban bien distribuidas, y la parte superior se alzaba como el techo de un templo. El portón se abría como una pequeña puerta de arco, delicada pero funcional. Esa no era una jaula cualquiera. Era una obra de arte, algo que pertenecía más a una colección que al equipaje de un consorte.


Dentro, colocó con cuidado la caja donde descansaba Kaburamaru, bien oculta. Después, cerró la puertecilla de la jaula, la envolvió con un paño de lino suave y la deslizó dentro de su maleta de viaje lacada, del tipo que sólo usaban los omegas de familias cercanas a la línea imperial. Se aseguró de ocultarla entre varias capas de tela y objetos personales, dejando que los perfumes y papeles de arroz disimularan cualquier rastro.


Poco después, un golpeteo leve en la puerta del carruaje lo llamó a bajar. Obanai descendió sin levantar la vista. Todo estaba en silencio, pero la tensión flotaba.


Los sirvientes del palacio comenzaron a clasificar a los omegas uno por uno. Había alrededor de una docena, pero sólo siete fueron escoltados a los pabellones de dos pisos, cada uno rodeado por pequeños jardines privados, con escaleras interiores, muebles de madera oscura, y ventanas cubiertas por biombos pintados.


Obanai caminaba en silencio, su maleta con Kaburamaru siempre cerca. Varios asistentes le hablaban con cortesía:


—¿Su excelencia ha viajado bien?

—¿Le gustaría algo para tomar?

—Ese kimono... nunca había visto uno tan hermoso. Y sus ojos... qué raros. Pero hermosos.


Obanai no respondía. Solo asentía con la cabeza, o negaba levemente. Estaba acostumbrado a las palabras que no decían nada. A la curiosidad disfrazada de amabilidad. A las miradas que intentaban clasificarlo como si fuera algo exótico.


Una vez dentro del pabellón asignado, los sirvientes comenzaron a desempacar su equipaje, colocando cuidadosamente cada prenda, cada frasco, cada pergamino en los lugares adecuados. Hasta que uno de ellos tocó la maleta más importante. Y obanai miro la mirada y se dio la vuelta apresuradamente.


—Disculpe, ¿quiere que revisemos también esta?


Obanai habló por primera vez desde que llegó.


—¡n-no!- se detuvo cuando se dio cuenta que gritó.- S-son,cosas personales... -dijo con un sonrojo que no se notaba por sus velo.


Los sirvientes al principio no entendieron,asta que uno que también era omega tuvo,una idea...


El silencio duró un buen rato, firme y sin lugar a discusión. No suplicó. No explicó. Y eso fue suficiente.


El sirviente se inclinó, comprendiendo la posición de quien tenía frente a sí. Nadie cuestionaba las exigencias de un omega de alto rango. Al menos no directamente.


Pasaron unos minutos más antes de que todos se retiraran. Finalmente, la habitación quedó en silencio.


Obanai se sentó en el borde de la cama. Se quitó el velo con suavidad, dejando que el aire acariciara por fin la piel escondida. Sacó la jaula de la maleta, desenvolviéndola como si despertara algo dormido, y abrió la pequeña puerta.


Kaburamaru salió deslizándose con elegancia, enroscándose alrededor de su muñeca y luego explorando la superficie de la mesita de madera junto a la cama.


—Estás a salvo —susurró Obanai con suspiro de alivio, más para sí que para la serpiente—. Que alivio.


El velo azul estaba hecho un ovillo a un lado de la cama, olvidado como la cortesía que había usado todo el día. Obanai se dejó caer de espaldas, hundido entre las mantas suaves y los cojines bordados. Por un momento, dejó de controlar su respiración. Cerró los ojos. Quiso fingir que todo era un sueño... uno del que podía despertar, en casa, antes de que lo vendieran.


Kaburamaru se deslizó lentamente hasta su mejilla y la frotó con la cabeza, como si intentara consolarlo. Obanai lo acarició con dedos suaves, agradecido por ese único lazo sincero que aún tenía en el mundo.


—Gracias, Kaburamaru —murmuró, con voz apenas audible.


Se incorporó con lentitud. Fue hacia una pequeña mesita junto a la ventana. Sacó su libreta de dibujo, una de las pocas cosas que siempre lo habían calmado, incluso cuando no podía dormir. Tomó un pincel de tinta clara, sumergido apenas en agua, y empezó a trazar pétalos de flor sobre el papel.


Miró por la ventana abierta. La noche apenas comenzaba, y los pabellones cercanos parecían palacios flotantes bajo la luz de las farolas. Todo estaba en orden, todo bello. Todo... frío.


Se detuvo un momento. Apoyó el pincel.

Y habló.


—Ay, Kaburamaru... ¿qué voy a hacer ahora? —dijo en voz baja—. No quiero estar aquí... pero tampoco tengo opción.


El silencio respondió. Sólo el sonido leve de la serpiente moviéndose en la mesa acompañaba sus pensamientos. Entonces, los recuerdos volvieron como cuchillos:



Flashback.

Una noche en su antigua casa. La habitación iluminada por farolillos de papel. Voces como cuchillas, rostros como estatuas.


—Si de todos los niños te eligieron a ti, debe ser por error.

—No olvides que tu deber es mantener nuestro apellido limpio.

—No llores, Obanai. Te mandamos allí para no avergonzarnos. Así que sonríe. O al menos, no hables.


Una mano lo empujó por el hombro. Le pusieron el velo como una mordaza con encaje.

Le llamaron "privilegiado" mientras lo trataban como si no valiera nada.



Volvió al presente con un estremecimiento leve. Llevó una mano temblorosa a su abdomen, aún plano, aún inocente de cualquier vida. Su rostro no mostraba miedo, pero sus ojos sí.


—¿Dar a luz... un niño?


Agachó la cabeza.

La tinta en el pincel goteó sin control sobre el papel.


—Yo no soy ese tipo de omega —susurró.


Los pasos se escucharon suaves, amortiguados por las alfombras del pasillo. Obanai reaccionó al instante. Con la precisión de alguien que ha hecho esto mil veces, tomó a Kaburamaru, que aún reposaba cerca de sus pinceles, y la colocó dentro de la caja de madera. La deslizó con cuidado entre las almohadas de su cama, ocultándola entre los pliegues de los cojines de seda.


Se colocó el velo otra vez, ajustándolo rápido sobre la mitad de su rostro. El corazón aún le latía con fuerza.


Tocaron la puerta, una vez. Luego, otra más suave. Él no dijo nada, pero se giró hacia el sonido, y eso fue suficiente.


La puerta se deslizó hacia un lado. No era el emperador. Tampoco un soldado ni un supervisor.


Era un muchacho.


Un omega de unos quince años, con ojos grandes de color oscuro, expresión tranquila, y movimientos serenos como el agua. Llevaba una bandeja de madera con un cuenco humeante, arroz, encurtidos y té caliente.


—Buenas noches —dijo con voz suave—. Soy Tanjiro. Vine a traerle la cena. ¿Está todo bien?


Obanai se quedó en silencio. Sus ojos se posaron un instante en la bandeja y luego en Tanjiro. Su mente dudó. ¿Él... no tenía que preparar la comida? ¿No debía presentarse, ponerse al servicio, lavar su ropa y limpiar su propia habitación como siempre lo había hecho en su casa?


Tanjiro lo notó. Era alguien que notaba cosas.


—¿Se siente mal? —preguntó con una amabilidad que no sonaba vacía, sino genuina.


Obanai negó con la cabeza lentamente, con ese gesto pequeño que ya había usado antes como escudo.


Entonces, para sorpresa suya, Tanjiro hizo algo inesperado. Empezó a hablarle en señas.


Obanai parpadeó. Confundido. Sorprendido. Y... algo dolido, aunque no lo mostró. A veces, incluso la compasión mal dirigida podía doler.


Negó de nuevo, y con calma se acercó al escritorio. Tomó un trozo de papel de arroz fino, una brocha pequeña, y con tinta precisa escribió:


"No soy mudo. Solo... no estoy acostumbrado a hablar."


Tanjiro leyó el papel con atención. Sonrió.


—Gracias por decírmelo —respondió, y se inclinó con respeto—. Si alguna vez quiere decir algo, estaré escuchando. Y si no... también. A veces el silencio dice más.


Dejó la bandeja sobre la mesa y no hizo más preguntas. Solo una reverencia más, y se retiró cerrando la puerta sin hacer ruido.


Obanai miró el plato de comida como si fuera algo extraño. Algo que no tenía que preparar. Algo que alguien más hizo para él sin esperar nada a cambio.


Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué sentir.


Acarició el borde del cuenco con los dedos, luego se acercó a la cama y sacó lentamente la caja oculta. Abrió la tapa. Kaburamaru asomó su cabeza como si preguntara: ¿Todo bien?


—Todavía no —susurró Obanai, quitándose el velo una vez más—. Pero tal vez... algún día.


No lloró. No podía. Ya no sabía cómo.