Capítulo 1: La novia
—Mia—
—Palermo, Sicilia—

Miro fijamente el espejo del tocador en mi suite del hotel. Termino de ponerme el labial rosa pálido, me reclino en la silla y suelto un suspiro.
Se supone que una novia debe estar feliz el día de su boda. Sin embargo, este es un matrimonio que yo no deseo.
Ni todo el dinero del mundo, ni el encaje más lujoso, ni los vestidos de diseñador podrían hacerme cambiar de opinión.
Estoy a punto de casarme con un hombre que me lleva cincuenta años. No tiene nada de ese aire seductor a lo George Clooney.
Se parece más a George Washington.
Y eso es ser generosa con mi novio y un insulto para el prócer.
Cierro los ojos y respiro hondo. Intento calmar las náuseas que siento en el estómago al pensar en lo que me espera.
Solo lo he visto una vez y ya intentó manosearme. El tipo parecía un pulpo y, para ser un viejo, se mueve bastante rápido...
—Deja de fruncir el ceño, Mia.
La voz de mi madrastra interrumpe mis lamentos sobre este matrimonio arreglado. Levanto la vista y veo que me mira con desprecio a través del espejo mientras termina de peinarme.
Su cabello es negro, igual que el mío, pero el de ella es teñido. Se nota que se pasó de color; ahora lo tiene áspero y quebradizo, igual que su carácter.
—Te van a salir arrugas —dice con una mueca de asco.
¡¿Arrugas?! ¡¿En serio cree que eso es lo que me preocupa ahora?! ¡Tengo a un mafioso siciliano esperándome en el altar con su bastón y su dentadura postiza!
—¡Ay, por Dios, Mia! Límpiate esa lágrima antes de que te la quite de un bofetón.
Me susurra con un siseo de serpiente mientras me mete un pañuelo en la mano. El guardia de mi futuro esposo está en la puerta y levanta una ceja.
—¿Pasa algo? —gruñe él con un marcado acento siciliano.
—No, nada. Son lágrimas de alegría —insiste ella con una sonrisa falsa—. Está muy emocionada por la boda, ¿verdad, querida?
Dice esa última palabra entre dientes. Yo trago saliva con fuerza e intento disimular el miedo que me carcome.
La sombra de un matrimonio forzado con la mafia me ha perseguido toda la vida. Ha atormentado mis sueños y mi alma, pero eso no hace que la realidad de hoy sea más fácil de digerir.
Soy la única hija de Vittorio Caruso, un sicario de la mafia siciliana que quiere ascender de puesto. Por eso, se espera que yo cumpla con mi deber familiar y me case con quien me ordenen.
Sé perfectamente que las consecuencias de negarme serían... fatales.
Me llevo la mano al costado, pero no llego a tocarlo. Me estremezco solo de recordar la hoja del puñal que mi propio padre me clavó hace poco.
Pero no es solo mi vida la que está en juego. Eso creo que podría soportarlo. Lo que no aguantaría es que le pasara algo a mi hermano pequeño por mi culpa.
Tengo veintiún años, pero mi padre ya me lo dejó claro cuando intenté escapar: si desaparezco esta vez, mi novio nos matará a todos.
—¡Ay! —exclamo por el dolor. Mi madrastra me ha dado un pellizco fuerte cerca de la axila.
—¿Verdad, querida?
La miro a los ojos a través del espejo. Me doy cuenta de que me había quedado perdida en mis pensamientos. Parpadeo rápido para no llorar, pues sé que ella no tiene corazón, y obligo a mis labios a sonreír.
—Claro que sí, signora —le respondo. Mi acento de Filadelfia se nota a pesar de hablar bajo. Trato de ser la hija perfecta—. El signore Ezra es un caballero de gran renombre. Es un honor casarme con un fiambre tan respetado...
El guardia abre los ojos sorprendido y luego se enfurece. Mi madrastra se queda mirándome con puro horror.
—Capo... quiero decir... ¡quise decir Capo! —me apresuro a corregir el error, pero... —¡Ay!
Me clava una horquilla en el cuero cabelludo y bajo la cabeza de inmediato. El guardia niega con la cabeza y me mira con odio. Me regaño a mí misma por dejar que los nervios me hagan decir estupideces.
Solo a mí se me ocurre meter la pata así.
"Fiambre". Qué idiota soy.
Sé que no debo hablar así.
"Capo" es la forma corta de "caporegime", parte del círculo cercano de un Don. Son los que siguen en el mando después del Don y su familia. Por desgracia, mi padre está a punto de convertirse en uno de los Capos de Ricardo Grimaldi, el Don de Sicilia.
Digo "Don de Sicilia", pero por lo que sé, el poder de los Grimaldi está bajo amenaza. La otra familia de la isla, los Falcone, les está dando guerra. Por eso mi padre me trajo de Filadelfia ahora mismo. Casarme con uno de los futuros Capos refuerza las alianzas porque se avecina otra guerra.
No entiendo bien qué pasa, pero oí algo sobre un hijo que se está rebelando. La verdad es que no pude prestar atención mientras el viejo verde de Ezra me manoseaba.
—Levanta la cabeza —me ordena mi madrastra. Respiro hondo y obedezco para que pueda echarme laca. Me miro al espejo. Siempre que necesito sobrevivir en esta familia, levanto la barbilla e intento pensar en algo positivo.
Al menos, la guerra entre los Grimaldi y los Falcone hizo que mi padre nos enviara a mi hermano y a mí a Estados Unidos con unos primos cuando éramos niños.
Mi padre me ha dicho mil veces que solo lo hizo para que le fuéramos útiles después. No tuvo nada que ver con el amor. Pero, al menos, Tomaso y yo tuvimos una vida "normal" antes de esto.
—¿Ya está lista? —ladra el guardia.
Mi madrastra deja la laca y asiente con respeto. —Sì, signore.
El guardia no me quita la vista de encima. Habla por el auricular casi sin mover los labios para dar el aviso.
Espera un momento.
Luego ignora mis ojos llorosos cuando recibe órdenes. —Tienen cinco minutos.
Ella vuelve a asentir antes de que él salga de la habitación. Suelto un largo suspiro para intentar calmarme. Pero, al levantarme, me doblo de dolor y me agarro el costado. La herida de la puñalada aún está sanando.
—¡Ay, ponte derecha, niña! ¡No te encorves! —se queja mi madrastra.
—Lo intento, pero...—
Me agarra las mejillas con fuerza antes de que termine y me obliga a mirarla a la cara. —Pues esfuérzate más, que tuviste suerte.
Mira hacia mi costado, donde ella misma me curó la herida hace una hora. Sus labios se curvan en una expresión de asco. —Si por mí fuera, tu padre te habría hecho más que un simple corte cuando intentaste huir. Vittorio y yo trabajamos demasiado y arriesgamos mucho como para que lo eches todo a perder. Cumple con tu deber y deja de quejarte, pedazo de estúpida. Si no lo haces, te juro por Dios, Mia, que te mato yo misma.
Me aprieta más fuerte las mejillas y luego me empuja con tal rabia que me tambaleo. Me agarro al tocador para no caerme, haciendo que todos los perfumes y cremas tintineen. Ni todo el Chanel del mundo podría ocultar lo podrido de este día.
De todo este arreglo.
De toda esta... familia.
Con toda la dignidad que puedo reunir, me trago la bilis que me sube por la garganta y levanto la barbilla.
Oigo los golpes en la puerta. Eso significa que mi tiempo se ha acabado. Mi madrastra gruñe y agarra el ramo de lirios blancos, mis flores menos favoritas, y me las estampa contra el pecho. —Vámonos.