Capítulo 1
El viento sopla suavemente, acariciando las copas de los árboles. El crujir de la madera de los troncos secos resuena en el aire, creando una melodía sombría. Diviso una estrella fugaz que atraviesa el vasto cielo oscuro de la noche. Cierro los ojos y, por un instante, todo queda en silencio. Me aferro a un último deseo: que todo termine pronto.
—Mateo, ¿y ahora qué fue lo que pediste?—
Giro mi rostro hacia la derecha y observo a Mateo, con su mirada fija en el firmamento.
—Si te lo digo, ya no se hará realidad.—
Él gira su rostro hacia su izquierda, hasta quedar frente a mí. Al verlo, me doy cuenta de que ha llorado en silencio; el rastro de sus lágrimas se dibuja sobre su piel, cubierta del polvo de la leña. Nos quedamos fijos, observándonos en silencio por unos segundos.
—Mateo, todo esto pronto pasará.—
Como si hubiera adivinado mi deseo, le sonrío ligeramente, un gesto que expresa mi confianza en que así será.
Regreso mi mirada al cielo.
—¿Crees que existen más planetas, habitados por otros seres vivos? ¿Un mundo donde todo sea paz?—
—La idea de ser los únicos en un vasto universo puede ser aterradora, evocando la soledad de una existencia aislada. Sin embargo, la posibilidad de no ser los únicos despierta un miedo aún más profundo, al contemplar la inmensidad de lo desconocido y la incertidumbre de lo que podría acecharnos en la oscuridad del cosmos.—
—¿Te imaginas un mundo nuevo?—
—¿Un mundo nuevo, Marcos? Ya tenemos uno. ¿Por qué quieres otro?—
Giro nuevamente mi rostro hacia la derecha.
—Este está muriendo. Lo hemos matado.—
—¿Y sabiendo eso, aún así deseas uno nuevo? Sucedería lo mismo. Si no cambiamos, si la humanidad no cambia, esto se convertiría en un ciclo sin fin. Sería egoísta pedir un nuevo inicio sin intentar remediar lo que hemos causado.—
—¿Crees que aún tenemos esperanza?— Mateo se queda en silencio. —¿Hasta dónde hemos llegado? Un planeta dividido en dos, una gran guerra que se aproxima. Cada vez son menos las raciones de agua y ni hablar de la comida.— Mateo se reincorpora lentamente, levantando su torso hasta quedar sentado al borde del techo de la cabaña. Luego de unos segundos, lo sigo hasta que ambos quedamos al borde, con nuestros pies colgando.
—Recuerdas cómo era esto hace cinco años, lleno de vida. Plantas en todo el lugar, los árboles con hojas de varias tonalidades, el sonido de las aves, los insectos. En este mismo techo crecían helechos en las canaletas y las ardillas estaban por todas partes.—
Miro alrededor y todo ha desaparecido. Lo único que queda son los troncos de lo que algún día fueron grandes cipreses, y el suelo, que alguna vez estuvo cubierto de flores silvestres, ahora es solo tierra seca.
—Un mundo agonizante es lo que nos queda. Gente muriendo por falta de comida...—
—¡Coo!—
Nos giramos al instante. Sobre mi vieja mochila de color verde se encuentra Cayetano, como si fuera una pequeña pelota de plumas azuladas, acurrucado. Alcancé a ver su pequeña cabeza encogida sobre sus alas. Mateo lo mira y luego regresa su mirada hacia mí. Sé lo que está por decir y mi respuesta es:
—No.—
—En esta ocasión no te iba a decir que sería un delicioso estofado.— Sonríe. —¡Marcos! Mañana es mi cumpleaños.—
Sonrío.
—Lo sé, y es por eso que hemos venido aquí.— Levanto a Cayetano en mis manos para sacar de mi mochila un pequeño recipiente. Vuelvo a colocar a Cayetano sobre mi mochila, que en esta ocasión se ha levantado, pero, como cuestión de inercia, vuelve a conciliar el sueño. Le extiendo el recipiente a Mateo.
—¿Qué es?—
—Ábrelo, es tu regalo.—
Mateo me observa y me regala una pequeña sonrisa. Abre el recipiente con algo de prisa y, al descubrir su contenido, su cara se ilumina de sorpresa, como si hubiera encontrado un tesoro.
—¿Esto es...?—
Asiento con la cabeza en señal de confirmación.
—Los encontré hace unos días y los preparé para esta ocasión.—
Mateo no deja de sonreír y olfatea.
—¿De dónde conseguiste hongos seta?—
— en el cerro Pico de Loro.—
—Marcos, ¿volviste a subir? Ya te he dicho que no existe hielo en ese lugar. Hace tres años que comenzó el verano.—
—Lo sé, pero encontré un pequeño humedal entre las grietas y, junto a un tronco, encontré esas dos preciosidades. Me robé un poco de cebolla y unas hierbas de la cocina comunitaria, y en casa tenía un bote casi vacío de semillas de girasol. Junté todo y ¡voilà! Setas rellenas.—
Mateo toma una de las setas y me la entrega.
—No hace falta, son tuyas.— Agito mis manos.
—Insisto, puedo compartir.— Dice Mateo.
Tomo la seta más pequeña y Mateo se queda con la que queda. Antes de llevarla a su boca, la olfatea una vez más, da el primer mordisco, cierra los ojos y emite un pequeño suspiro.
—Sin duda, esto es lo más delicioso que he probado en estos años, ya estoy cansado de comer lo mismo todos los días.
Al unísono—quinoa y lentejas—nos observamos, ponemos los ojos en blanco y acompañamos de un ¡eew!
Escucho un ligero y breve aleteo sobre mi oído derecho. Giro mi rostro y me encuentro con un Cayetano bastante curioso, posado sobre mi hombro, muerto de curiosidad por saber lo que tengo en la mano. Cayetano es un palomo bastante inteligente, que seguramente se levantó al percibir los hongos asados. Tomo con mis dedos una de las semillas de girasol y se la doy en su pico. Llevo el hongo a mi boca y, al tocarlo con mis papilas gustativas, detona en mi boca un mar de sabores. Lo crujiente de las semillas, mezclado con las hierbas y la cebolla, es algo que no había probado en mucho tiempo. El hongo está bastante asado y de él brota un líquido que se mezcla con los sabores de las hierbas; una delicia digna para el cumpleañero en estas épocas tan complejas, donde conseguir algo así es una probabilidad de uno en un millón, y he corrido con suerte al ser ese uno. Mateo hace sonar sus dedos sobre su boca al chupar el último rastro de líquido de su hongo. Me mira y sonríe mientras se abalanza a abrazarme.
—Gracias.— Se aparta del abrazo y mira a Cayetano mientras lo acaricia. —No me olvidé de ti.— Lo dice mientras le entrega una semilla que había apartado previamente antes de comer todo su hongo.
—Marcos, quiero decirte algo, pero no lo tomes a mal.—
Lo miro, no sé qué es lo que va a decir y asiento con la cabeza en señal de que prosiga.
—Creo que si le entregas al gobierno a Cayetano, podrías recibir más raciones de agua y posiblemente un extra de proteína por todo un año. Estaría súper bien cuidado. Seguramente es una de las pocas palomas que quedan en el mundo.—
—Corrección: palomo. Y no, no les entregaría para que practiquen con él quién sabe qué cosas. Además, no les serviría de nada un palomo sin una pata. Sabes muy bien que no puede volar a grandes alturas; terminaría siendo la cena de alguno de ellos.—
—¡Perdón! Solo se me ocurrió como una idea. Además, así evitarías por trigésima vez que alguien del pueblo se lo quiera comer.—
—¡Coo!—
—Ves lo que provoca tu comentario. Cayetano ha entendido lo que has dicho y se ha asustado—se ha encogido. Lo sujeto con mis dos manos y lo coloco sobre mi regazo, tapándolo con mis brazos. Con una mirada cortante le dejo en claro a Mateo que no quiero oírlo hablar más sobre el tema de entregar a Cayetano; por ninguna razón eso va a suceder.
—Está bien. Perdona, Cayetano.— Baja su mirada. —Pero hay otra cosa.—
Sé lo que va a decir y, por más que no quisiera escucharlo, intento estar tranquilo y guardar silencio.
—Seguramente mañana o en los próximos días vendrán por mí.—
—¡Lo sé!— Es lo único que contesto. Desde hace cuatro años que comenzó el conflicto que derivó en esta guerra por el agua. Pangea era una gran nación próspera y abundante. Vivir aquí era glorioso; naturaleza y humanos compartíamos en armonía. No estábamos preparados para lo que vendría: un conflicto que nacería de la avaricia de quienes debían tener el poder absoluto para gobernar el planeta, algo que sin duda derivó en que Pangea se dividiera en dos: norte y sur. Este último territorio controlaba gran parte de los recursos, principalmente el más importante: el agua, ya que en la zona sur de Pangea se encuentra el gran lago que abastece a todo el planeta. Antes de declararse una guerra entre norte y sur, el sur decidió privarnos del agua, levantando una gran muralla casi imposible de penetrar que divide el sur del norte, haciendo que el gran lago quedara tras la muralla, perteneciendo solamente al sur. Al poco tiempo, los conductos que transportaban el agua hacia el norte fueron tapados, creando así conflictos por la escasez de agua y de alimentos. Los veranos en nuestro planeta duran varios años; el verano en el norte empezó hace tres años y seguramente durará varios años más. La población ha disminuido en estos años. Al inicio fue un caos absoluto: robos y peleas entre la población. La adaptación a esta nueva clase de vida atrajo grandes consecuencias, como la escasez de productos alimenticios y el suministro de raciones de agua que han ido, cada vez, en declive, sin dejar de lado la muerte de cientos de animales. Los pocos que quedaban con vida fueron cazados para el consumo de la población. Desde entonces, el norte se ha dedicado a crear un gran ejército para la guerra.
Al cumplir los 21 años, tanto hombres como mujeres son reclutados por el gobierno y llevados a la base de Valle Blanco, que queda a varios kilómetros de distancia. Un lugar rodeado de grandes nevadas al pie de estos da vida a un valle; de ahí proviene ese nombre. A pesar de que hoy en día vivimos un verano largo y extenso y los nevados ya no existen, se han derretido, de vez en cuando llueve. Gracias a la tecnología que en algún momento tuvimos, pudimos crear un sistema que recoge toda el agua del suelo y pasa por un proceso para convertirla nuevamente en líquido. A causa de esto, la naturaleza ha ido muriendo paulatinamente. Sin duda, somos la plaga de este mundo.
Mateo toma mi mano y no aparta su mirada de la mía.
—Cuando llegue el momento, cuida de mi abuela. Aún te falta un año para ser reclutado y, seguramente, la guerra ya habrá terminado para cuando llegues a los 21.—
—No hace falta pedírmelo, sabes que lo haré, así como ella ha cuidado de mí. Pero no sé si la guerra habrá terminado; llevamos años anhelando que esto termine y aún la guerra ni ha comenzado.—
De repente, el sonido del lugar es interrumpido por las alarmas que suenan provenientes del pueblo.
—El toque de queda.— dice Mateo
Nos quedamos observando el cielo estrellado mientras las alarmas cesan. Seguramente esta será la última vez que Mateo pueda ver las estrellas; pasará mucho tiempo antes de que vuelva a hacerlo. Antes de dejar el lugar, guardo el recipiente en mi mochila y escondo a Cayetano dentro de ella. Ya está acostumbrado, sabe que lo hago para evitar que alguien lo vea y quiera preparar un estofado con él.
Mientras recorremos cuesta abajo el camino de regreso al pueblo por el bosque, Mateo me pide que, cuando él ya no esté, intente quedarme con un poco de quinoa y de mijo para conservarlos para cuando llegue la gran guerra, ya que seguramente los suministros cesarán. Al salir del bosque ingresamos por una de las pequeñas calles; en el pueblo no hay más de unos 800 habitantes, la mayoría adultos, y algunos son niños. Las calles son empedradas y las casas de piedra volcánica. Hace años atrás, era un pueblito muy pintoresco y transitado por turistas de otros lugares; ahora solo encuentras calles desoladas y varios autos descompuestos en las vías por falta de combustible, del cual el 95% está hecho de agua y el otro 5% de un mineral llamado Iris. Llegamos a la plaza central del pueblo. Nos percatamos de una pequeña multitud de personas que se concentra en el lugar; entre ellas se encuentra Nana, la abuela de Mateo. Una mujer de estatura baja, aproximadamente 1.60 m, piel trigueña y cabello tan claro como la nieve. No tiene menos de 70 años de edad; viste con su falda floreada, bastante desgastada por el uso excesivo. No la culpo; todos llevamos ropas viejas y decoloradas.
Mateo se aproxima hacia ella y la sujeta del brazo izquierdo.
—Nana, ¿qué pasa?—
Nana, con una mirada angustiante y algo tensa por la preocupación del momento, nos observa intranquila.
—¿Dónde estaban?—
En ese momento, una de las viejas amigas de Nana se nos acerca, una mujer que ronda la misma edad que ella, de apariencia descuidada, ya que no se ha peinado desde hace mucho tiempo. Sin duda, tampoco tiene muchas prendas que pueda usar para vestir, ya que siempre que la he visto lleva lo mismo que trae puesta esta noche, a diferencia de que cubre su torso con lo que parece ser un viejo poncho. Y, a pesar de que estamos viviendo un largo verano, las noches son algo frías.
—Susurrando— Hay rumores de que parece...— Es interrumpida por la llegada de dos camiones, de los cuales bajan varios militares que no tienen más de 25 años. Algunos son chicos del pueblo que fueron reclutados hace unos años atrás. De la parte del copiloto de uno de los camiones sale un militar de unos 35 años. Se queda parado, agarrándose únicamente de la puerta del camión. A diferencia de los demás, este viste un uniforme enterizo de color negro con pequeñas franjas de color plomo, mientras los demás utilizan un mismo uniforme, con la diferencia de que su color es azul marino con franjas plomas. Es notorio que al menos viven un poco mejor que nosotros, ya que sus uniformes no se ven sucios; saco la conclusión de que al menos los pueden lavar seguidamente. Cada uno de ellos porta consigo rifles láser. El militar saca una especie de diadema que enciende, de la cual emana un sonido que aturde a todos. Aplasta algún botón y deja de sonar.
Nana, su amiga y algunas personas mayores del pueblo no quitan las manos de los oídos; los militares les hacen señas para que despeguen sus manos.
—Buenas noches a todos. Disculpen por los inconvenientes. Me presento: soy el teniente Méndez y estoy a cargo del pelotón. Les tengo nuevas noticias: nos quedaremos esta noche en este lugar y por la mañana partiremos. Hemos traído suministros para los siguientes dos meses, al igual que hemos traído agua. Lamentablemente, tengo algo que informarles: como es bien sabido, por semana tienen 50 litros de agua; lamentablemente, bajará a 45.—
Las personas empiezan a quejarse entre sí. Nana, Mateo y yo no podemos evitar mirarnos con incertidumbre por lo que acaba de mencionar el teniente. El bullicio de la multitud crece. A diferencia de los demás, intento comprender la baja de las raciones y es que, ¿qué más podemos esperar si estamos atravesando un conflicto que parece no tener final?
—Silencio, por favor— pide el teniente. —Si bien sé que esto causa inconveniente para todos ustedes, no podemos hacer más. La guerra está próxima... También tengo que mencionar que de los 20 minutos diarios que tienen de agua para su aseo y demás cosas, mermará a 16 minutos.—
Nuevamente, el bullicio se hace presente. Por más que intentan controlar a la multitud, esta no para de quejarse. Los militares jamás han sido toscos con nosotros, pero cuando las cosas empiezan a salirse de control, es necesario poner algo de orden; además, ellos no son el enemigo y hacen lo que más pueden.
Nana nos toma del brazo a Mateo y a mí y nos aparta unos pasos de la multitud.
—Cada instante que pasa, esto empeora. Estamos condenados a agonizar lentamente.—
—Tranquila, Nana, todo va a pasar.—
Nana ha empezado a llorar y, con una voz entrecortada, dice:
—Voy a pedir la eutanasia.—
La eutanasia se aprobó hace dos años, a raíz de que algunas personas empezaron a suicidarse en los acantilados. Sin duda, era una muerte dolorosa para algunos, rápida para otros, una agonía lenta, ya que no todos corrían con suerte; si se puede llamar suerte a quitarse la vida de esa manera, ya que algunos sobrevivían a la caída, pero con graves secuelas en su cuerpo. Algunos se rompían la columna o las piernas. Es por eso que se aprobó la eutanasia: una forma más digna de morir, dado que la situación que atravesamos es muy dura para algunos.
Mateo abraza a Nana con fuerza y no la suelta.
—Que ni se te ocurra.— Toma el rostro de Nana con sus dos manos. —Que no se te ocurra. Estoy por ser reclutado y el agua y la comida en tu caso no serán un problema porque yo ya no estaré. Además, le he pedido a Marcos que vea por ti. Estarán bien.—
Nana asiente con la cabeza en señal de aprobación. El bullicio cesa lentamente.
—Muy bien, todos a la fila: hombres a la derecha, mujeres a la izquierda. Tarjetas a la mano y, por favor, orden al tomar las carretas para transportar los víveres.—
Empieza la entrega de las raciones. Abro un poco el cierre de mi mochila y meto la mano. Al buscar la tarjeta, toco a Cayetano, quien no ha podido evitar soltar un pequeño "¡Coo!". Gracias al universo, este no ha sido lo suficientemente fuerte como para ser escuchado. Logro encontrar la tarjeta y la saco. Estas tarjetas son un dispositivo que se nos fue entregado cuando comenzaron los racionamientos de comida. En ellas se encuentra la información de cada uno de los habitantes del pueblo y la cantidad de personas con las que vive. En la gran mayoría no hay más de dos en cada familia, incluyendo algunas que tienen uno o dos miembros más; suelen ser niños o ancianos. Si la familia está conformada por tres, se divide la cantidad que le corresponde a la familia que tiene dos miembros y se le ajusta esta diferencia, pero si una familia que era conformada por dos a uno de ellos lo llegaban a reclutar o le pasaba algo al único miembro de la familia, únicamente se le merma el 20% de la ración que se les era entregado cuando eran dos. Es por esto que si Mateo es reclutado, Nana no padecería con las raciones. Aparte, a través de la tarjeta, los tenientes tienen la información de cada uno de los miembros, incluyendo si alguno de ellos tiene alguna enfermedad; a estos se les aporta una ración de medicamentos.
Mateo se encuentra un puesto adelante de mí en la fila. Cuando uno de los militares le pide la tarjeta y la escanea, le hace un gesto al teniente para que se acerque. El teniente lo observa fijamente.
—Disfruta tu última noche, soldado.— Le regresa la tarjeta a Mateo. Se dirige al militar. —Entrégale 2 litros de agua extra y 250 g de lentejas.—
Mateo toma los víveres y, antes de pasar por mi costado, se detiene por unos breves segundos. Puedo ver en su rostro la tristeza y angustia que siente. En mi barriga, siento cómo se forma un agujero que, cada vez que doy un paso en la fila, se agranda; un vacío y un frío que recorre todo mi cuerpo. Finalmente, entrego mi tarjeta al militar, que me da las raciones y me entrega un frasco de pastillas marcadas con un número 30.
—¿Sólo 30?—
—Una cada dos días. No puedo hacer más.—
Tomo aire. —Entiendo.—
Me aparto de la fila con la carreta en la cual coloco los víveres y alzo mi cabeza buscando a Mateo y a Nana, que se encuentran al borde de la plaza esperándome. Caminamos por las calles desiertas en dirección a nuestras casas; la de Nana y Mateo está frente a la mía.
—¿Qué pasa?— pregunta Mateo al verme callado y con la vista al suelo.
Me reincorporo.
—Los medicamentos para mi madre, me han entregado solo la mitad. No sé cómo vaya a reaccionar con este cambio en su medicación.—
Mateo me detiene y me mira. —Tendrá que poner de su parte.—
Llegamos a nuestras casas. Me despido de Mateo y de Nana antes de ingresar a mi hogar. Abro la puerta y atravieso la pequeña sala hasta llegar al mesón de la cocina. Saco la quinoa y la coloco en frascos. Hago lo mismo con las lentejas y con el mijo. Guardo los tomates y berenjenas en la refrigeradora y, al cerrar la puerta, se me viene una pregunta: ¿qué pasaría si no tuviéramos energía solar? Agradezco que al menos eso tenemos: energía solar, la cual usamos en nuestras casas. Luego de organizar todo, voy hacia el cuarto de mi madre. Abro suavemente la puerta y la observo dormida entre las sábanas de su cama. Cierro la puerta y entro a mi habitación. Saco de mi mochila a Cayetano y lo coloco sobre la repisa que se encuentra en el marco superior de mi ventana. He fabricado, con la ayuda de Mateo, hace unos años atrás, una pequeña casita de madera para Cayetano, pero nunca se acopló a dormir en ella. Hasta que una noche llegué a mi habitación y no lo encontré por ninguna parte. Pensé que se habría marchado o escapado, y que seguramente alguien lo atrapó. Recuerdo que, cuando empecé a llorar, escuché un pequeño "¡Coo!" que provenía de la repisa, y es ahí donde lo encontré, tan cómodo junto al señor Mupi un conejito de peluche. Desde entonces, esa repisa se ha convertido en la camita de Cayetano.
Me recuesto sobre mi cama y no puedo evitar pensar en que Mateo será reclutado en pocas horas. No sé si lo volveré a ver. Se va a una guerra y quién sabe si regresará de ella. Para disipar mis pensamientos, me levanto y voy hacia mi escritorio, que está en una de las esquinas de la habitación. Abro el primer cajón y saco un tubo de plene. El plene es un material de plástico moldeable y muy liviano, que fue inventado antes del conflicto. He intentado construir con él una prótesis para la pata que le falta a Cayetano, pero por más que lo he intentado, no ha pasado de ser solo eso: intentos. En dos ocasiones lo conseguí, pero al ser este un material moldeable, necesito de una máquina de frío para compactar. Y por más que lo he intentado, al meterlo al refrigerador, no dura más de unas cuantas horas y nuevamente se vuelve flexible. Aunque sé que puede funcionar, necesitaría todo un equipamiento para mezclar resina con el plene, y tal vez así encontrar los resultados que deseo. Pero al ser esto tan complejo como imposible, creo que es una idea que terminaré descartando. Me dirijo hacia la ventana y solo me quedo contemplando el paisaje que, poco a poco, va cambiando de color a un azul suave, que se desliza etéreo y ligero, como un suspiro de esperanza en el alba. Sé que estoy a pocos minutos de que el sol salga por completo.
Tomo las herramientas que están bajo mi cama, las guardo en la mochila, me despido de Cayetano, que aún duerme, y abro la puerta de mi habitación con cuidado, sin hacer ruido; no quiero que mi madre se levante tan temprano. Paso por la cocina y tomo de un cajón un termo vacío. Salgo de la casa en dirección al bosque. Al llegar, empiezo a cortar un poco de madera para llevar a la cocina comunitaria. Esto es una rutina que llevo haciendo con Mateo desde que dejó de funcionar la cocina que funcionaba a base de energía solar. Lamentablemente, no contábamos con los repuestos para arreglarla, y es que, claro, ¿quién podría pensar en arreglar una cocina en una época de guerra? Así que a las señoras que hacen la comida para todo el pueblo se les ocurrió montar una cocina de leña. Al final, árboles secos son lo que más abunda en esta tierra, así que eso no sería un problema.
Ya con algunos troncos cortados, me dirijo nuevamente hacia mi casa cuando los primeros rayos de luz empiezan a cubrir todo alrededor. Dejo las herramientas y cruzo la calle para encontrarme con Mateo. Sé que Nana a estas horas todavía duerme, por ello evito tocar la puerta y recorro parte de la casa hasta llegar a la ventana trasera, donde está la habitación de Mateo. Doy unos pequeños golpes y no recibo contestación. Pongo mis manos sobre la ventana y me acerco a ella para intentar divisar por el cristal si Mateo aún se encuentra dormido, y me encuentro con una cama destendida, los cajones abiertos y una mochila de montaña al pie de la cama; no lo encuentro. Salgo del lugar y me dirijo a la cocina comunitaria. Algunas personas empiezan a salir de sus casas con dirección a la cocina; varias de ellas llevan leña, unos cuantos botellones de agua y uno que otro grano o cereal.
La cocina comunitaria funciona de la siguiente manera: algunas de las mujeres del pueblo se han dedicado a cocinar durante estos años para todos. Las familias aportan con leña, agua y parte de las raciones que se nos entrega; esto con la finalidad de que a todos nos alcancen los alimentos para comer. Al inicio, obteníamos casi cuatro veces la cantidad que se nos entrega hoy en día, pero cuando fue disminuyendo, a muchos en el pueblo se les dificultó hacer alcanzar los productos hasta que llegaran nuevamente a dejarlos. Y de esa necesidad nació la fantástica idea de hacer la cocina comunitaria; al menos así todos comemos algo.
Saludo a don Alfonso, uno de los ancianos con más edad en el pueblo; debe estar próximo a cumplir 90 años. Pasa junto a la puerta de la bodega, sentado en un pequeño taburete, vigilando a quienes entran y salen de la bodega. Me imagino que, por su edad, es lo único que puede hacer. Y es que siento que todos quieren contribuir de una u otra manera, y esa es la suya: al menos sentirse útil para algo. Al dejar la leña, salgo y don Alfonso me pide la tarjeta para escanearla. Es así como se percatan de que al menos todos contribuyen en algo para la comida.
—En dos días traeré un botellón de agua.— Me mira y me da una pequeña palmada mientras me entrega la tarjeta. Cada semana, cada familia tiene la obligación de entregar un botellón de agua y una ración de granos o cereales. Esto, más la leña, nos asegura que podemos comer.
Voy al gran comedor que funciona al interior del viejo coliseo. Ya casi nadie practica deporte, y es que, ¿quién lo haría si actualmente la ingesta de calorías y proteína es baja? Y no se diga la de agua. A pesar de la situación, el pueblo intenta seguir una rutina de vida normal, si así se le puede llamar. La gran mayoría tiene cuerpos promedio o algo tonificados por el esfuerzo de los jóvenes y hombres que se dedican a buscar plantas y raíces comestibles en las montañas cercanas, y algunos a cortar troncos para la leña. Puedo decir que nadie del pueblo tiene sobrepeso; todos están marcados por el trabajo duro o algo bajos en peso.
Ingreso al lugar y ya algunas personas hacen fila para recibir sus alimentos, y unas cuantas están sentadas desayunando. Al llegar mi turno, me encuentro con doña Raquel, una señora que ronda por los 50 años su piel es clara y tiene los ojos azules como el cielo, viste siempre con una bata y por encima de esta una delantal todo ella está cubierta en su mayoría por la ceniza de la leña al igual que huele a esta, es la presidenta de la cocina, como todos la llamamos.
—Buen día, doña Raquel. ¿Con qué nos deleitará el día de hoy?—
Doña Raquel levanta su mirada y me observa con una gran sonrisa que se le dibuja.
—Mi cielo, hoy tenemos agüita de canela y pan de quinoa.— Saco de la mochila el termo que había guardado. Una de las ayudantes se me acerca.
—Tarjeta.—
Se la entrego y la pasa por un detector.
—Dos aguas de canela y dos rebanadas de pan de quinoa. — Me devuelve la tarjeta y extiendo el termo a doña Raquel para que coloque el agua de canela. Me devuelve este junto con un plato de metal en el que se encuentran dos rebanadas de pan de quinoa. Al entregarme doña Raquel, me hace un guiño. Me percato en el plato y puedo divisar que bajo una de las rebanadas se encuentra un pedazo más de pan extra. Le agradezco el gesto con una gran sonrisa; que doña Raquel me regale un extra de comida no es algo que pasa todos los días. Lo hace una o dos veces al mes. Absorbo un poco del agua de canela del termo; el sabor es muy ligero y pasajero, casi no se siente la canela, y estoy seguro de que en poco tiempo se les acabará, ya que nos llevan sirviendo durante mucho tiempo la misma agua.
Le doy un par de mordiscos al pan de quinoa, que casi no tiene sabor, pero es lo que hay, y creo que a estas alturas todos nos hemos acostumbrado a beber estas aguas desabridas y a las comidas sin condimento. Me siento por un instante en una de las mesas mientras absorbo un par de bocados más de agua de canela. Guardo el resto junto con una rebanada y media del pan para dárselo a mamá. Miro por todas partes intentando buscar a Mateo, pero no lo encuentro. Dejo el plato de metal sobre una carreta en la cual ya hay varios platos. Salgo del lugar y fijo mi mirada al cielo; el sol está radiante y no se divisa ninguna nube. Odio los días en los que no hay nubes, ya que, por lo general, son los días más calurosos y, por ende, demandan tomar más agua de lo habitual. Camino por las calles en dirección a la casa y, en el transcurso, observo a los niños entrar a la escuela. Y es que no hay mucho que hacer en el pueblo; los niños hasta los 15 años van a la escuela y, luego de ello, hacen lo que la mayoría suele hacer: buscar raíces y plantas comestibles e ir al bosque por leña, esperando a que llegue el día en el que cumplan 21 años para ser reclutados, una niña ya se al costado de la vereda de la escuela, me acerco a ella, al agacharme para estar a la misma altura puedo observar lo delgado que son sus brazos y sus piernas, la miró tiene los labios resecos y partidos por la deshidratación sus ojos no dejan de cerrarse y abrirse, denota que no tiene fuerza para nada, la cargo entre mis brazos mientras camino por las calles para llegar al pequeño hospital la niña se desmaya mientras la cargo, llego de inmediato y uno de los militares de la noche anterior se acerca para ayudarme, ingresamos al hospital - ayuda por favor- es lo único que digo, detrás de una cortina de tela aparece una mujer con ropa de enfermara no tiene más de 50 años - ¿que es lo que le pasa? Pregunta con una voz impaciente, Otra de las enfermeras trae una camilla mientras la coloco, el militar que me ayuda le toma el pulso a la niña, puedo ver en su expresión que algo no anda bien, cuando la enfermera la empieza a tocar y a mover esperando que reaccione, el militar le toma del brazo en señal de que no continúe
- ya no está- son las palabras que dice el militar, respiro profundamente y un nudo en mi garganta empieza a formarce - ¿no hay nada que se puede hacer?, la enfermera mueve su cabeza en un gesto de negación, mientras cubre a la niña con una sábana vieja
Si bien a diario no mueren personas de esta manera tampoco son una excepción, sólo era una pequeña niña que no llegaba a los seis años de edad, lo único que puedo intentar pensar es que ya no sufrirá, salgo del hospital y camino por las calles
Al llegar a casa, me encuentro con Mateo en la entrada de la puerta.
—Te fui a buscar, pero...— Soy interrumpido por sus brazos que me rodean en un abrazo.
—Salí temprano.— Lo miro y le devuelvo el abrazo. En un susurro, le digo al oído: —Feliz cumpleaños.—
Nos apartamos del abrazo y nos miramos fijamente, sonriéndonos.
—Te tengo un regalo.— Extiende su mano. Lo miro algo incrédulo por lo que acaba de decir.
—Se supone que yo debería darte un regalo.—
—Sí, pero este es más un regalo de amistad.— Me entrega un frasco.
—¿Estas son...?—
—Las medicinas para tu madre.— Menciona Mateo.
Incrédulo y sorprendido. —¿Cómo las conseguiste?—
—Cambié mis herramientas con uno de los militares. Por eso no me encontraste.—
—Pero si te descubrían...— lo miro con gesto de intranquilidad. —¿Por qué lo hiciste?—
—Ya no las necesito, Marcos. En cambio, tu mamá necesita de ellas.—
Siento cómo las lágrimas recorren mis mejillas. Lo abrazo nuevamente.
—Gracias. ¿Ya comiste?—
Hace un gesto con su rostro en señal de afirmación.
—Pan de quinoa y agua de canela.— Sonríe y estira con su mano la manga de su buzo que se encuentra arremangada, limpiando una de mis lágrimas.
—Vas a estar bien.—
—Chicos—grita Nana desde la entrada de su casa. Nos hace un gesto con la mano para que vayamos. Cruzamos la calle y nos espera con sus brazos abiertos.
—Ustedes son todo mi universo.—
—Y ustedes el mío, Nana.— Lo digo mientras nos abrazamos.
Entramos tras de Nana, quien saca del horno de la cocina un pequeño pastel con una ligera cubierta de merengue. Mateo y yo intercambiamos miradas.
—Nana, ¿de dónde sacaste...?—
—Yo también tengo mis secretos. Lo decoré hace una hora, así que ya está listo.— Lo coloca sobre la mesa y de su delantal saca un pequeño pedazo de lo que fue en algún momento una vela. Aplastando con sus dedos, logra mantener la mecha desgastada en pie. Intenta prenderla con un encendedor bastante antiguo, del cual solo salen pequeños destellos. Agarro la vela y la inclino un poco, hasta que uno de los destellos prende la mecha.
—Ahora sí, pronto pide un deseo antes de que se apague.— Dice Nana mientras se ríe. Mateo se inclina hacia la vela para soplar y, antes de hacerlo, se queda unos segundos en silencio, cerrando los ojos y, finalmente, la sopla.
Tocan a la puerta. Mateo y yo sabemos lo que eso significa, y es que nadie a esta hora iría a tocar la puerta. Además, no se acostumbra a recibir visitas. Nos miramos y no puedo evitar bajar la mirada hacia el piso. Nana abre la puerta y, tras ella, se encuentra el teniente Méndez.
—Buen día.— Nana lo deja entrar; él observa todo a su alrededor, hasta que finalmente su mirada se posa en el pastel.
—Buen día.— Contesto, y me observa de pies a cabeza, luego desvía su mirada hacia Mateo.
—¿Me da unos minutos para despedirme?— Pregunta Mateo. El teniente asiente con la cabeza, se da la vuelta y sale del lugar. Se cierra la puerta.
Mateo me toma del brazo.
—Marcos, escúchame bien lo que te voy a decir. Si las cosas se complican, ven por Nana y llévala con tu madre a la cabaña. Ahí no les encontrarán. Conserva algo de víveres; que esto nadie más lo sepa. He estado almacenando comida durante este tiempo: pequeñas raciones, pero las suficientes para los tres. Están bajo el piso del dormitorio de la cabaña.—
Asiento con la cabeza.
Golpean la puerta nuevamente.
—Soldado, su tiempo se ha terminado.— Dice desde afuera el teniente.
—Nana, cuídate mucho. Te amo; vas a estar bien.— Se despide con un beso en la frente de Nana y luego me abraza.
—Cuídala; haré lo posible para enviarte medicina para tu madre.— Corre hacia su habitación y sale con la mochila de montaña sobre su espalda. Abre la puerta; uno de los camiones lo está esperando. En él, algunos chicos y chicas del pueblo que también son reclutados. Se sube y el camión empieza a alejarse. Abrazo a Nana, que ha empezado a llorar, mientras nos despedimos alzando nuestras manos.
—No ha podido ni probar bocado de su pastel.— son las últimas palabras de Nana