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𝙁𝙪𝙚𝙜𝙤 𝙎𝙞𝙡𝙚𝙣𝙘𝙞𝙤𝙨𝙤 [𝙎𝙊𝙊𝙉𝙃𝙊𝙊𝙉/𝙃𝙊𝙕𝙄]

Sinopsis

En un mundo donde la biología define roles tan claramente como el talento define carreras, SEVENTEEN sigue brillando en la cima del K-pop. Pero entre coreografías, shows y giras, hay secretos que nunca llegaron al escenario. Jihoon es un omega que aprendió a sobrevivir en la industria con disciplina, talento y control absoluto. Soonyoung, su compañero de grupo y alfa por naturaleza, es caos disfrazado de luz: risueño, impulsivo, y siempre al frente. Lo que nadie sabe -ni siquiera él mismo- es que una noche, el instinto tomó el mando. Que en un momento de debilidad y deseo, sus cuerpos se reconocieron más allá del deber. Desde entonces, Jihoon finge que nada cambió, que aún puede verlo reír, tocarlo en escena, escucharlo bromear con los otros miembros... sin temblar por dentro. Pero su cuerpo lo recuerda. El calor. La marca. El vínculo. Y mientras Soonyoung parece haberlo olvidado, Jihoon no puede hacer lo mismo. Porque ya lo tuvo. Porque todavía lo quiere. Y porque si Soonyoung no lo recuerda... Jihoon hará que lo recuerde. Historia de no más de 10 capítulos... incluso menos.

Genero:
Romance
Autor/a:
bibimbap
Estado:
Completado
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Me gusta cuando se me eriza la piel al escuchar su risa. No importa la hora ni el lugar; apenas suelta una carcajada y mi cuerpo reacciona antes que mi mente, como si estuviera hecho para eso, como si su voz estuviera grabada en mis huesos. Siempre fue así, incluso antes de que lo admitiera. Soonyoung tiene ese tipo de presencia que no se puede ignorar. Incluso en una habitación llena de gente, es su energía la que se impone. Tiene una voz que atraviesa cualquier distracción, una forma de moverse que exige atención. Tal vez no lo nota, tal vez cree que pasa desapercibido cuando sonríe de lado o se rasca la nuca después de decir algo sin pensar. Pero yo lo observo todo. Cada mínimo gesto. Cada detalle. Y a veces, solo a veces, me gusta pensar que él también lo sabe.

Hoy lo vi salir del baño del dormitorio con el cabello todavía húmedo, gotas resbalando por su nuca hasta perderse debajo del cuello de la camiseta. Llevaba la chaqueta del ensayo colgando de un brazo y una sonrisa perezosa en los labios.

—¿Otra vez despierto tan temprano, Jihoon-ah? —preguntó, al verme ya vestido y con las zapatillas puestas.

—No pude dormir —le respondí, sonriendo como si fuera casual.

Se frotó la cabeza con la toalla, despeinándose aún más.

—¿Otra vez soñaste raro?

Raro. Él le llama así. Claro que fue raro. Soñé con la primera vez que lo olí en celo. Con su calor tan abrumador que me quemaba incluso a través de las paredes. Soñé que me tomaba de la cintura como esa noche. Que me llamaba suyo. Que me buscaba con los ojos cargados de deseo y confusión, y que yo no me detenía. Pero no lo mencioné. Solo asentí. Soonyoung me revolvió el cabello como si no pasara nada.

—Deberías descansar más —murmuró mientras se ponía la chaqueta—. Últimamente estás en todo.

En todo. Porque no quiero que esté solo. Porque los demás lo olvidan, pero yo no. Sé cómo se encarga de los otros, cómo se queda callado para no preocupar, cómo practica hasta tarde cuando ya todos duermen. Sé cuántas veces ha ocultado su agotamiento detrás de una sonrisa.

Por eso es mi deber.

Salimos del cuarto juntos. Me adelanté por el pasillo. No quería que caminara solo, ni siquiera por unos segundos. Soonyoung no dijo nada, pero bajó la mirada por un momento. Observó nuestros pies. Siempre lo hace, sin darse cuenta. Se detuvo un segundo al ver las zapatillas blancas que llevábamos puestos los dos. Se las compré yo, aunque fingí que eran un regalo del staff. Él ni sospecha.

—¿Tú también estás usando las blancas hoy? —preguntó, con una sonrisa fácil, de esas que le salen sin pensar.

Asentí, y sus ojos bajaron una vez más. La tela blanca, el diseño clásico, los cordones sueltos que él deja colgando y que yo me obligo a imitar cada mañana. Porque cuando caminamos así, sincronizados, siento que el mundo cobra sentido.

—Qué coincidencia —rió.

Pero no lo es. Él tiene muchos pares. Podría haber elegido cualquier otro, pero justo hoy, entre todos, escogió esas. Igual que yo. Aunque no lo sepa, estamos conectados.

Bajamos por la escalera, él un par de peldaños más adelante.

—¿No vas a desayunar? —preguntó sin mirar atrás.

—No tengo hambre —le respondí.

Tengo suficiente con verte.

Soonyoung se detuvo y me miró sobre el hombro. No fue una mirada cualquiera. Fue de esas que duran un segundo más de lo necesario.

—Estás raro hoy.

—¿Sí?

—Sí, pero está bien. Me gusta cuando estás más callado.

No es que esté callado. Es que si abro la boca de verdad, le diré todo. Que lo recuerdo. Que lo tengo marcado. Que no puede huir. A veces pienso que se le olvidó. Que estaba tan cansado, tan perdido esa noche, que su cuerpo actuó por él. Pero yo no. Yo estaba despierto. Lo escuché decir mi nombre. Me abrazó. Me tomó. Me eligió. Y si ahora no lo recuerda, no importa. Yo sí. Y por eso... se lo recordaré. Poco a poco. Sin prisa. Con cada gesto, con cada paso sincronizado, con cada palabra no dicha.

Hasta que vuelva a mirarme como esa noche.

Hasta que lo diga otra vez:

—Eres mío, Jihoon.

Lo sigo al comedor del dormitorio. No tengo hambre, pero quiero estar cerca. Soonyoung se sirve cereal como siempre, sin leche, y yo me siento frente a él, fingiendo que reviso el celular. No necesito mirarlo directamente para saber que está ahí. Su aroma lo llena todo, aunque suprime su olor con esos malditos inhibidores. Todavía lo hace, incluso después de esa noche. Como si quisiera borrar todo rastro de lo que pasó.

Pero yo no puedo. No quiero.

Sé que está ahí, debajo de todo. En su piel, en su lengua, en sus dedos. Su cuerpo me reconoció antes que su mente. Esa noche no fue un error. Fue natural. Como respirar. Como rendirse.

Y sin embargo, aquí estamos. Él comiendo cereal. Yo fingiendo que me importa el clima de Seúl. Pero mi pecho late con fuerza. Me arde la garganta. Me pican los dedos. Quiero tocarlo, marcarlo de nuevo. No como la última vez, cuando se aferró a mí en silencio, sin palabras, sin promesas. Esta vez quiero que me mire. Que lo diga. Que me diga que me necesita, que lo recuerda. Que no puede estar con nadie más porque su cuerpo ya eligió.

Su rodilla roza la mía por accidente. O eso quiere que piense. Porque no la aleja.

—¿Seguro que no quieres nada? —pregunta, masticando con la boca medio llena—. Hoy ensayamos doble.

—Estoy bien —respondo, y me obligo a sonreír.

No voy a dejarlo solo. Voy a estar ahí cada vez que se voltee. Cada vez que sienta el vacío. Porque cuando ese vacío vuelva, como inevitablemente lo hará, quiero que sea mi nombre el que lo llene.

Y mientras él sigue hablando de la rutina nueva, de cómo tiene una idea para el puente de la canción, yo solo lo miro. La forma en que sostiene la cuchara. Cómo se pasa la lengua por el labio inferior sin darse cuenta. La marca del sueño todavía en la comisura de su ojo. El cuello de la camiseta un poco torcido. La curva de su clavícula, visible solo si uno observa de cerca. Y yo siempre observo de cerca.

Le pregunté una vez, con cuidado, si recordaba algo de aquella noche.

Me miró como si le hablara en otro idioma.

—¿Qué noche?

La sonrisa que puse entonces fue tan forzada que casi me dolió. Me encogí de hombros, fingiendo desinterés.

—Nada. Debe haber sido otro sueño raro.

Mentí. Pero solo por ahora.

Porque tarde o temprano, su cuerpo lo va a recordar. El calor volverá. Y cuando no pueda más, cuando su celo regrese y lo obligue a buscar, va a venir por mí. No por otro. No por un beta cualquiera. Por mí.

Porque yo lo calmé. Porque él me eligió.

Y cuando eso pase, ya no voy a dejarlo ir.

En la sala de ensayo, el sudor empieza a llenar el aire antes de que termine la primera canción. Él está al frente, guiando como siempre, entregando hasta lo que no tiene, con la camiseta pegada al cuerpo y el cabello mojado cayéndole sobre la frente. Se mueve como si le persiguiera algo, como si tuviera que demostrarle al mundo que es digno de cada mirada. Nadie lo nota. Nadie, excepto yo.

Siempre soy el primero en verlo: el modo en que su respiración se desajusta cuando el cuerpo le empieza a pesar, la forma sutil en que se sacude las muñecas entre formaciones, el leve temblor en su pierna derecha cuando ha dormido mal. Hoy lo ha hecho. Y aunque lo oculta con sonrisas y bromas, yo sé exactamente cuánto le duele.

Quisiera detenerlo. Sujetarlo por los hombros, empujarlo contra la pared con una firmeza que no deje espacio para dudas, decirle que basta, que no necesita exigirse así. Que ya lo vi. Que no tiene que probar nada si yo ya le pertenezco. Si ya es mi alfa.

Pero no lo hago.

Sigo repitiendo los pasos, clavando los talones en el ritmo, fingiendo que estoy igual de concentrado que todos. Pero no lo estoy. Solo espero. Siempre espero.

Y entonces ocurre.

Seungcheol se le acerca. Le posa una mano en el hombro, se inclina para susurrarle algo al oído. Soonyoung ríe. Esa risa ronca, baja, que a mí me perfora el pecho como si la hubiera guardado solo para mí. No es raro que hablen, claro que no. Son amigos. Pero algo en mí se retuerce con violencia.

Aprieto los puños. No es celos, no del todo. Es otra cosa. Es una punzada aguda que me sube desde el estómago, algo que se parece más al instinto que a los sentimientos. Una necesidad urgente, primaria, de hacerme presente. De levantarme y dejar claro que ya fue mío. Que no puede ser tocado así. Que si otro lo reclama, tendría que arrancarme primero lo que queda de alma.

Porque ya me eligió. Aunque no lo recuerde. Aunque finja que fue solo un error en su ciclo. Aunque duerma tranquilo mientras yo aún tengo su olor tatuado en la garganta.

Él me buscó.

En medio de su calor, en plena madrugada, con los ojos llenos de miedo y necesidad, me llamó. Me tomó. Me aceptó como su omega. Me hizo suyo y yo le entregué todo.

Y ahora se ríe con Seungcheol.

Una parte de mí, la que aún se aferra a la cordura, me dice que no reaccione. Que él tiene derecho a hablar con quien quiera, a sonreírle a todos, a ser amable, libre. Pero la otra parte, la que se despertó esa noche bajo su cuerpo, la que aún tiembla al recordarlo susurrándome “no te vayas”, esa parte quiere gritar. Romperle el cuello al otro. Aullarle que ya fue reclamado. Que ya no hay vuelta atrás.

La música se detiene. Él gira justo entonces y me mira. Me sonríe. El pecho sube y baja con esfuerzo por el ejercicio, el sudor le resbala por la mandíbula. Todo parece normal.

—Jihoon-ah, estás muy concentrado hoy.

—Tengo que estarlo —respondo, sin desviar la mirada—. No puedo permitir que te pase algo.

Él parpadea, un poco confundido. Pero luego se ríe, ese tono que intenta desarmarme.

—¿Por qué me pasaría algo?

Porque estás débil. Porque hay otros alfas en la sala. Porque no sabes cuánto me cuesta callar. Porque no sabes lo que provocas. Porque te olvidas de lo que hicimos. Porque no quiero que nadie más te toque.

—Solo digo que te cuides —digo, bajo control.

Soonyoung se deja caer en el suelo, tomando una botella de agua. Me lanza la suya sin pensarlo demasiado. Ya lo ha hecho antes, como si fuera costumbre. Como si yo estuviera siempre ahí para él.

Y lo estoy.

Cada vez que me da algo suyo —una toalla, una botella, una sonrisa— es como si renovara ese pacto silencioso. Como si su cuerpo sí recordara, aunque su mente se niegue.

Y eso basta. Por ahora.

Más tarde... más tarde me va a mirar como lo hizo aquella noche. Más tarde lo haré recordar por qué me eligió. Por qué su cuerpo no quiso a nadie más.

Por la noche, cuando todos se han ido a sus habitaciones, yo sigo despierto.

Lo escucho desde la sala común. Sus pasos. Su bostezo. El golpecito leve que hace siempre con la puerta al cerrarla. Duerme en la habitación del fondo esta semana, porque Seungkwan ronca demasiado cuando están juntos.

No debería saber eso. Pero lo sé. Lo sé todo de él. Cuándo tiene hambre. Cuándo le duele la espalda. Cuándo su olor cambia apenas un poco después de una coreografía especialmente intensa. Cuándo está en fase de supresión y cuándo no.

Y esta noche, no lo está.

Su aroma se filtra, suave, casi imperceptible para un humano normal. Pero para mí... es devastador. Es su olor natural, sin barreras. Su olor como alfa. Fuerte, tibio, envolvente. Podría masturbarme solo con eso si no lo hubiera hecho ya, con su camiseta entre las manos, mil veces antes.

Me acerco a su puerta, con los pies descalzos. Podría entrar. La cerradura no es difícil. Sé que está profundamente dormido; lo he hecho antes. Solo para mirarlo. Solo para asegurarme de que respira bien, de que no se revuelca por pesadillas.

Esta noche, lo encuentro de costado, envuelto en la sábana hasta la cintura, el brazo estirado fuera de la cama. Su camiseta se le ha subido hasta el abdomen, dejando al descubierto la piel suave, tibia, que aún recuerdo con la lengua.

El cuarto huele a él. Su esencia. Su alfa. La primera que me marcó.

Porque esa noche, aunque diga que no la recuerda, sí pasó. Su instinto buscó el mío. Me atrapó con sus feromonas, me empujó contra el colchón, y yo me rendí. Lo acepté. Lo lamí. Lo sentí dentro.

Y ahora... ahora vive como si nada. Como si no tuviera un omega esperándolo, mirándolo cada mañana, lamiéndose los labios con hambre contenida.

Me siento en la esquina de su cama, sin hacer ruido. Su pecho sube y baja con suavidad. Me quedo ahí, solo respirando con él. Pensando en todo lo que falta para que me vuelva a reclamar. Porque va a hacerlo. Su cuerpo lo recordará antes que su mente. Y cuando llegue su próximo celo...

Cuando llegue su próximo celo, no habrá forma de evitarlo.

—Eres mío —susurro en la oscuridad, sin atreverme a tocarlo aún—. Ya lo sabes, ¿verdad?

Pero él no responde. Solo se mueve un poco, murmurando algo en sueños. Mi nombre, creo. Lo dice a veces. No sabe que lo escucho.

Me levanto. Me voy.

Por ahora.


He vuelto con otra historia omegaverse, pero esta es corta꒰ᐢ. .ᐢ꒱

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