Capítulo 1🥀
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<<•La primera impresión •>>
No podía seguir allí ni un minuto más. El aire de mi habitación me asfixiaba, como si cada rincón me recordara que tenía que enfrentar otro día en el hotel. Suspiré profundamente antes de levantarme con desgano y arrastrarme hasta el baño.
El reflejo del espejo no mentía. Tenía ojeras marcadas y el cansancio en la piel. Apliqué con cuidado mis cremas hidratantes, masajeando el rostro con la esperanza de borrar el agotamiento. Hoy habría una celebración especial en el hotel, por eso me esforzaba más de lo habitual. Una mascarilla exprés fue el toque final antes de meterme a la ducha.
Justo cuando abrí la puerta del agua caliente, el teléfono sonó. Bufé, resignada.
-¿Diga?
-Aisha, ¿ya vienes en camino? -era Lina, mi compañera de trabajo y casi hermana por elección.
-¡Lina! Apenas me iba a duchar. ¿Qué pasó?
-El jefe nos quiere antes de lo habitual. Escuché rumores... Al parecer, hoy llega el dueño de la cadena Hotel Caruso .
Me quedé en silencio un segundo.
-¿Qué? ¿El dueño? ¿Alessandro Caruso?
-Sí. No me digas que el señor Romano no te avisó...
-¡Claro que no! Ese hombre me tiene entre ceja y ceja. Sabes que no me soporta.
Lina suspiró al otro lado. La imaginé llevándose la mano a la frente, frustrada.
-Aisha, apúrate. No quiero que te metan en problemas.
-Sí, sí. Ya salgo.
Colgué sin decir nada más. Si me quedaba hablando con ella, no lograría avanzar. Me apresuré a terminar mi rutina y salí con el cabello aún húmedo, corriendo hacia la parada de autobús. Mis padres estaban fuera de la ciudad visitando a mi abuela, y Noah, mi hermano, seguro ya estaría trabajando.
Cuando llegué al hotel, Lina ya me esperaba en la entrada, visiblemente irritada.
-Por fin, ¿no? Llevo media hora aquí -dijo, cruzándose de brazos.
-¡Lo siento! Sabes que no vivo cerca como tú -respondí con una pequeña risa nerviosa.
-Vamos, parece que somos las primeras -dijo, y comenzamos a caminar juntas hacia los vestuarios.
-¿Deberíamos cambiarnos ya, no?
Asintió, y entramos en los vestidores. Me puse el uniforme con rapidez, guardé mis cosas en el casillero y salí dispuesta a enfrentar lo que fuera.
(...)
-Grupo A, restaurante. Grupo B, habitaciones. Grupo C, cocina. Ya saben sus asignaciones -anunció el señor Romano con su habitual tono seco.
Lina y yo estábamos asignadas al grupo B. La próxima semana nos tocaría rotar. Caminé hacia ella mientras empujaba el carrito de limpieza.
-Tenemos que comenzar con las suites -dijo, revisando su teléfono-. Tú vas a encargarte de la principal. Yo tomaré las otras.
Ni siquiera me dio tiempo de contestar. Ya se había girado para marcharse.
Consulté el registro en la tablet que llevábamos y confirmé lo inevitable: me tocaba la suite presidencial.
(...)
El ascensor me llevó hasta el último piso, donde el silencio era más denso que el aire. Me detuve frente a la suite presidencial, tomé una bocanada de aire y abrí la puerta con la tarjeta magnética.
El lugar era inmenso, decorado con mármol y tonos cálidos. Un lujo que no me pertenecía. Me dirigí al baño para comenzar por allí, como siempre hacía. Mientras frotaba el lavabo con una esponja, escuché la puerta abrirse de golpe.
Me detuve un instante, pero no presté demasiada atención. Seguramente era algún supervisor. Continué limpiando, enfocándome en terminar rápido para irme a otra habitación.
Cuando salí del baño, sin embargo, sentí cómo el mundo se detenía por unos segundos.
Sobre la cama, recostado con desgano y el torso descubierto, había un hombre. Sus ojos estaban cerrados, pero su presencia lo llenaba todo. No podía ver su rostro con claridad, solo noté su complexión fuerte, el tatuaje que asomaba por el cuello y el aire arrogante incluso en su descanso.
Intenté retroceder en silencio, rogando que no me escuchara. Pero fue inútil.
-¿Qué miras? -preguntó, con una voz tan fría como un golpe en pleno pecho.
Me quedé paralizada.
-P-perdón, señor. Yo... solo limpiaba...
Se incorporó con rapidez, su mirada clavada en mí como si fuera una intrusa.
-Fuera. Ahora.
Asentí y salí de la suite tan rápido como me lo permitieron las piernas. El corazón me latía con fuerza, y la vergüenza me ardía en la cara. "¿Por qué no vi quién entraba?", me repetía una y otra vez mientras descendía por el ascensor.
(...)
Busqué a Lina entre los pasillos, llamándola en voz baja. Cuando al fin la vi salir de una habitación, corrí hacia ella.
-¿Qué te pasa? Estás pálida -dijo al tocarme la frente con preocupación.
-Lina... había alguien en la suite presidencial.
-¿Alguien? ¿Quién?
-No lo sé, estaba semidesnudo. Me gritó y me echó como si fuera una ladrona. ¡Qué vergüenza!
Iba a decir algo más, pero el sonido de su teléfono la interrumpió.
-Es el señor Romano. Quiere que vayamos al auditorio. Dice que es urgente.
Nos dirigimos juntas al lugar. Cuando el jefe nos reunía a todos era porque algo serio se avecinaba.
(...)
El auditorio estaba lleno. Personal de todas las áreas del hotel se encontraba allí, murmurando y especulando.
El señor Romano tomó la palabra desde el estrado.
-Les pedí que vinieran porque hoy nos honra con su presencia el dueño de esta cadena hotelera, el señor Alessandro Caruso. Recibámoslo con respeto.
El silencio cayó de golpe. Todos nos giramos hacia el pasillo central, donde un hombre de porte imponente ingresó. Vestía un traje negro perfectamente entallado, su expresión era fría, casi indiferente. Pero cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, mi estómago dio un vuelco.
Era él. El hombre de la suite.
-Buenas tardes -dijo con voz grave, cargada de autoridad-. Señor Romano, ¿los grupos ya están organizados?
-Sí, señor -respondió con una reverencia-. El grupo A está en el restaurante junto con el grupo C. El grupo B, aquí presente, se encarga de la limpieza de las habitaciones. Y el grupo D supervisa la administración.
Alessandro Caruso recorrió la sala con la mirada, deteniéndose brevemente en mi rostro. Yo bajé la vista, deseando desaparecer.
-Perfecto. Pueden volver a sus labores.
Todos comenzaron a salir en orden. Lina y yo fuimos las últimas, pero antes de cruzar la puerta, el señor Romano nos detuvo.
-Señorita Lina Park, necesito hablar con usted. Hemos recibido quejas sobre su grupo -dijo, mirándome de forma directa, como si supiera exactamente lo que había pasado.
-¿Tú crees que se enteró? -le susurré a Lina.
-No lo sé, pero hablaré con él. Si menciona tu nombre, trataré de desviarlo.
-Ve, rápido. Y no lo provoques -le dije, y ambas reímos por un segundo.
Pero en mi interior, el miedo ya me había hecho un nudo en el pecho.
(...)
El turno había terminado, pero mi mente seguía atrapada en esa suite.
Intenté mantenerme ocupada durante el resto de la jornada, limpiando con más energía de la habitual, pero cada vez que cerraba los ojos, veía los suyos: oscuros, intensos, juzgándome. ¿Y si había sido él quien se quejó? ¿Y si ahora estaba en la mira por algo que ni siquiera fue mi culpa?
Salí del hotel al anochecer, con los pies adoloridos y el alma pesada. La parada de autobuses estaba vacía. Miré el reloj y maldije en voz baja: a esa hora ya no pasaban más.
Saqué el móvil y marqué a Noah. Él siempre venía a mi rescate, incluso cuando no lo decía con palabras.
-¿Sí? -respondió su voz grave del otro lado.
-Hermanito... sabes que te amo, ¿verdad?
-¿Qué hiciste ahora, Aisha?
-Nada grave. Pero no hay taxis ni buses. ¿Puedes venir por mí?
-Espérame adentro del hotel. No quiero que estés sola afuera. Ya voy. Te quiero.
Iba a volver a entrar cuando choqué con alguien al dar la vuelta.
-¡Oh! Disculpe -dije al instante, haciendo una pequeña reverencia.
-¿Puedes apartarte? Estoy apurado -dijo una voz masculina, tajante.
Retrocedí, y al hacerlo, su hombro chocó con el mío con rudeza. Solté un quejido.
-Auch... ¿Qué te pasa, imbécil?
El hombre se detuvo un segundo y me lanzó una mirada por encima del hombro.
-Cuida tu boca, niñata -masculló, y se subió a un auto negro que arrancó con violencia.
Me quedé allí, frotándome el brazo, sintiendo cómo la rabia subía por mi garganta... hasta que escuché una voz cálida y conocida.
-¡Princesa! -exclamó Noah, bajándose de su moto con esa sonrisa que siempre me arrancaba una risa, incluso en los peores días.
-Noah, vámonos ya. Muero de hambre y tengo los pies a punto de amputarse.
Él rió con fuerza.
-Vamos. Ponte el casco. No quiero que me llegues con la cabeza rota.
Me lo puse sin discutir. Al abrazarme a su espalda y sentir el motor encenderse, por un momento todo volvió a sentirse seguro.
Pero mientras nos alejamos del hotel, el nombre Alessandro Caruso seguía vibrando en mi mente como un eco.
Y sin saber por qué, tuve la certeza de que ese hombre no sería solo un recuerdo incómodo. Algo en sus ojos me lo había dicho.
Y yo... Yo estaba a punto de descubrirlo.
> "El amor duele cuando la mentira se vuelve dulce y nos volvemos adictos a ella."
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