Prólogo
*Virginia*
Respiro hondo y jugueteo con el borde de mi blusa de seda mientras estoy de pie en el gran salón de la plantación de mi familia en Savannah. Los techos altos se alzan sobre mí como las expectativas de mis padres; unas expectativas de las que no logro librarme. Cada mueble antiguo y cada marco dorado en la pared parecen susurrar lo mismo: Virginia Claire Harrington, naciste para la grandeza… Nuestra idea de grandeza.
Mi sueño, mi verdadero sueño, lo que yo quiero, está al alcance de mi mano… el problema es que no es el sueño que mis padres tienen para mí, y no estoy segura de cómo se lo tomarán.
Mis padres entran, ambos me abrazan y mi madre me hace señas para que me siente. “El té estará aquí en cualquier momento”.
Mis padres se sientan frente a mí. Sus expresiones son de curiosidad, pero también de confusión; no están acostumbrados a que yo pida hablar con ellos. Mi padre, el gobernador Charles Harrington II, con sus ojos color gris acero, es la viva imagen de la autoridad conservadora sureña. Es el tipo de hombre que puede imponer respeto en una habitación con solo una mirada, y en este momento, esa mirada me atraviesa como un láser.
Mi madre, Charlotte, delicada y elegante, juguetea con sus perlas… un tic nervioso que tiene desde que tengo uso de razón. Es la viva imagen de una dama sureña madura, siempre vestida con la última moda, con el cabello perfectamente peinado y una sonrisa que es apenas una fachada para ocultar lo que realmente piensa.
Enderezo la espalda y les digo a lo que he venido antes de que me falte el valor.
“Ginnie, pensé que ya habíamos hablado de tu futuro”, dice mi padre. Su voz es tranquila, pero tiene un toque de decepción, como si le acabara de decir que me voy a ir a trabajar a un circo. “Pagamos Harvard para ti… te graduaste con honores”.
“Lo sé, papá”, respondo, tratando de mantener un tono ligero, aunque la reacción a mi decisión pesa como una roca en mi pecho. “Pero los Charleston Pelicans me están dando una oportunidad enorme… y voy a tener un impacto real en una industria que me encanta. ¡Es hockey, por el amor de Dios!”
La expresión de mi madre se tuerce un poco, como si hubiera mencionado la cosa más ridícula del mundo. “¿Hockey? ¿En serio, cariño? Ese no es lugar para una mujer joven. ¿Qué hay de tu carrera en derecho? ¿Qué hay de la familia y los hijos? Tu hermana…”
“¡Es perfecta, ya lo sé!”, interrumpo, sin poder evitar que el tono cortante se cuele en mi voz. “Pero yo no soy ella. No busco organizar galas benéficas ni casarme con un político. Solo quiero hacer algo que me apasione, algo que se sienta real”.
“Pero entonces, el mundo de la política…”, empieza mi padre, pero lo corto, con el pulso acelerado.
“Quizás no quiero ser senadora, igual que tampoco quiero ser la esposa de un senador, papá. Quizás quiero ser yo quien tome las decisiones sobre mi futuro”. Siento que el corazón me martillea en los oídos. Es la primera vez que me defiendo de verdad en esta sala, con sus alfombras de lujo y sus espejos dorados que reflejan lo que mis padres esperan que sea… una hija impecable, una perfecta dama sureña.
Los ojos de mamá se suavizan y se inclina hacia adelante con voz amable, casi suplicante. “Cariño, tu hermana está comprometida con un joven de una de las mejores familias, con una carrera brillante por delante, y tu hermano todavía está estudiando. Podrías aprovechar este tiempo para conocer a alguien especial y sentar cabeza”.
“¿Sentar cabeza? ¡Mamá, tengo veinticinco años! ¡Acabo de graduarme de Derecho en Harvard! No estoy lista para sentar cabeza. Primero quiero conquistar el mundo, o al menos un equipo de hockey”. Mis palabras quedan flotando en el aire, desafiantes y electrizantes. A mamá no le había hecho gracia que quisiera estudiar derecho, pero asumió que encontraría un marido allí.
Por un momento, el silencio nos envuelve, denso y sofocante. Los retratos de mis antepasados parecen observarme, juzgándome con curiosidad. Casi puedo oír la voz de mi abuela resonando por los pasillos: “Ginnie, no olvides quién eres”. Pero, ¿quién soy en realidad? ¿Una hija obediente, una perfecta dama sureña, o alguien que se atreve a labrarse su propio camino?
Finalmente, mi hermano, Charlie, irrumpe por la puerta; su energía juvenil es una distracción bienvenida. “¿Qué está pasando? ¡Parece que están a punto de declarar la guerra!”. Sonríe, con el pelo revuelto en todas direcciones, la viva imagen de la rebeldía adolescente.
“¡Virginia se va a trabajar con unas gaviotas!”, anuncia mi madre, como si fuera un secreto escandaloso.
Suspiro. “Pelicans… Los Charleston Pelicans. Ya sabes, el equipo de la NHL”.
“¡Genial!”, exclama Charlie, con los ojos iluminados. “¿Podré conseguir entradas gratis para toda la temporada?”
“Tal vez”, sonrío, y la tensión se alivia un poco. Pero todavía puedo sentir la desaprobación de mis padres acechando en los rincones, como sombras en una habitación con poca luz.
Me giro de nuevo hacia mis padres con una determinación que me enciende por dentro. “Esta es mi vida. Quiero correr riesgos. Quiero hacer algo que amo. Si no pueden apoyarme en eso… lo siento, pero no puedo seguir viviendo según sus sueños”.
Al decir estas palabras, una extraña emoción me recorre, como si finalmente hubiera abandonado el camino trillado para adentrarme en algo salvaje e incierto. Miro a Charlie, que me dedica un gesto de ánimo.
“Bueno, no me culpes cuando te des cuenta de tu error”, dice mi madre. “Y ten cuidado, esos jugadores de hockey son tan… primitivos… podrían ver a una mujer trabajando en un lugar así como… alguien disponible”.
Solo asiento; no sirve de nada empezar esa discusión con mi madre.








