Capítulo único

Un día cualquiera, sin previo aviso, se desató un fenómeno mundial que levantó caos y alegría a partes iguales: las marcas de personas predestinadas. Si bien, permitió que las almas gemelas se unieran de manera inequívoca, también resultó en un escándalo cuando las parejas del mismo sexo comenzaron a evidenciarse.
Por suerte, para finales del siglo XIX se volvieron más aceptadas y pasaron a ser parte del cuchicheo de la alta sociedad (como si no lo hubieran sido desde siempre), en especial una historia de una pareja muy peculiar que inició en la élite de la Inglaterra de 1880.
Dentro de las paredes de una reconocida mansión aristocrática moraban dos familias: los Brando y los Joestar, no por gusto ni por unión de un sentimiento especial, sino que al morir el cabeza de familia, George Joestar I, dejó la mitad de todo lo que poseía en herencia para su hijo legítimo, Jonathan Joestar, y la otra mitad para su hijo adoptivo, Dio Brando.
Desde entonces, las dos familias habían permanecido juntas, mas no revueltas. Generaciones de descendientes fueron llenando cada una de las habitaciones, aunque, por trabajo, no solían coincidir a menudo y, dada la cantidad de miembros vivos, Dio y Jonathan acordaron contratar a un renombrado pintor para plasmar un retrato familiar.
El artista que sólo unos pocos podían permitirse llamar no era nada más ni nada menos que un talentoso hombre japonés que llevaba por nombre Rohan Kishibe. La fama de su arte era casi tan grande y sólo opacada por su carácter excéntrico, además del incesante rumor de su pareja predestinada inexistente.
Para la época, Rohan, a sus veinticuatro años de edad, ya era parte del club de «Los Quedados».
Un dato interesante de él era que, por tentativo que fuera el pago, no solía hacer retratos familiares. Ese trabajo no representaba su principal fuente de ingresos y los nobles le parecían un dolor de cabeza incesante; ni bien terminaba de dedicar su talento a uno, de la nada aparecía una fila que solicitaba exactamente lo mismo.
No obstante, Rohan sí era un hombre interesado: la familia Joestar tenía cierta «fama» de nunca quedar en deuda, sin importar el pago que se le solicitara, y Rohan necesitaba un artículo en específico que sería más fácil de conseguir para un noble que para él mismo.
Cuando Rohan llegó a la casa de los Joestar, esperaba el mismo trato que le habían ofrecido las pocas familias a las que llegó a retratar en el pasado: halagos abrumadores que escuchaba por todos lados, atenciones absolutas para que aceptara volver en el futuro, una disposición entera de la servidumbre −por orden de la persona con mayor rango en el lugar−; en pocas palabras, un trato de la realeza.
Sin embargo, con los Joestar, le tocó presenciar una jungla humana: una niña pequeña siendo perseguida por un par de sirvientas que le suplicaban que se dejara peinar, un chico rubio de cabello trenzado que era seguido por unas cuantas mascotas, un hombre fornido y castaño que no dejaba de gritarle a otro −también rubio− con el que competía en musculatura.
Otro hombre −mucha testosterona en esa casa, pensó Rohan−, de cabellos cortos y oscuros, advirtió la llegada de Rohan y, al instante, se esparció un aura densa e imponente que frenó a todos en seco, con excepción de la niña.
—El pintor ha llegado —dijo el hombre imponente—, iré a avisar a Jonathan. Los demás…
—Sí, sí, los demás nos acomodamos como lo hablamos —interrumpió el hombre castaño—, en el camino intenta practicar tu sonrisa, Jotaro. ¡No puedes ser el único que de miedo en un retrato familiar! ¡No es Halloween!
—Joseph —añadió Jotaro, tras ignorar todo lo que llegó a sus oídos—, ¿dónde está Josuke?
Joseph se cruzó de brazos.
—No te lo diré si no me llamas abuelo.
—Santo cielo, no otra vez —habló en voz baja el rubio que parecía haber olvidado la razón por la que segundos atrás no dejaba de discutir con Joseph.
—¡Ya llegó por quien lloraban! —exclamó Josuke, abriendo de par en par las puertas aledañas al recibidor—. ¿Qué les parece mi nuevo peinado para la ocasión? —Señaló con ambas manos un pompadour ridículo que obligó a Joseph a doblarse en el acto tras una escandalosa carcajada.
El semblante se le oscureció al resto de los presentes. Conociéndolo, armaría un lío si señalaban lo ridículo que se veía.
Jotaro abrió la boca para mandarlo a arreglarse como de costumbre, con el cabello arreglado en una coleta baja, cuando aconteció lo inesperado:
Un tenue resplandor emergió de las puntas de los meñiques de Josuke y Rohan. Un hilo fino de neón líquido, que oscilaba entre el morado profundo y el verde esmeralda, encontró su camino en el aire, se entrelazó y avanzó con suavidad hacia sus cuellos.
Como si poseyera voluntad propia, la línea de dos colores dibujó la silueta de un choker, ajustándose sobre la garganta de cada uno sin ejercer presión, como un tatuaje recién trazado.
Justo en el centro del cuello, el hilo tomó su última forma: un diamante tallado con precisión, reflejando un degradado de luz púrpura a esmeralda. Sin lugar a dudas, era un símbolo difícil de ignorar.
Rohan se apresuró al espejo más cercano, que descansaba sobre un anaquel de caoba fina que exhibía, entre tantas cosas, distintas figurillas obtenidas de varios viajes.
«Esto no puede estar pasando» dijo para sus adentros, evitando que cualquiera fuera capaz de advertir el tic sobre su párpado izquierdo, entrecerrando los ojos para ocultar la incredulidad.
—¿Qué demonios…? —murmuró Josuke, perplejo, procesando lo que acababa de suceder.
Lo entendieran o no, sus destinos se habían entrelazado para siempre.
El primero en romper el silencio, tras las pisadas de Jotaro que avanzaban hacia la planta superior, fue Joseph, quien extendió los brazos al aire.
—¡Que se arme la boda! —gritó desde lo más profundo de su pecho, feliz de que su hijo más joven al fin hubiera conocido el amor. O algo así.
—Me largo del país —habló Rohan, bastante ofendido, con la delicadeza de un médico sin ética que anuncia un fallecimiento. Ahora tendría que usar cuellos altos y collares de tela sofisticados para ocultar aquello.
—¡Un momento! —Joseph se interpuso en el camino de salida del pintor, evitando que diera un paso más—. Todos en la familia Joestar nos hemos casado con nuestras parejas predestinadas, Josuke no puede ser la excepción.
—¡A mí me contrataron para venir a pintar, no para casarme! Así que me rehúso —contestó Rohan.
Pese a la refinada hermosura −algo aparentemente inaudito en los plebeyos− de Rohan, no eran pocos los rumores de que lo habían querido casar con alguna bella noble para que pudiera pintar sin críticas a sus espaldas; aunado a la fortuna hecha por su talento excepcional, podría pasar por alguien de sangre azul sin problemas.
No obstante, Rohan solía rechazar todas y cada una de las propuestas con un simple «Me rehúso». Por su carácter inusual y la forma en la que lidiaba con los humanos en general, dejaron de pretenderlo, además de que su fama lo había vuelto inalcanzable a los ojos de cualquier mortal.
Jonathan, quien ostentaba la última palabra en esa casa, bajó enseguida de escuchar la noticia de los labios de Jotaro, encontrando una escena… ¿conmovedora?
—Con que te rehúsas, ¿eh? —continuó Joseph, colocando los brazos en jarra sobre las caderas—. ¿Y qué me dices de la marca en tu cuello? ¿Qué dirán de ti en las altas esferas? Sé que atiendes a varias de ellas con regularidad. —Después de todo, él lo contactó para que fuera a retratarlos—. ¿Cómo piensas explicarlo?
—Un accidente. Un error cósmico. Un mal día para ser yo. —Rohan chasqueó la lengua, jalando el cuello de su camisa como si pudiera despegar la marca con la tela.
Josuke, que hasta ese momento había estado demasiado aturdido −analizando el físico de Rohan− para intervenir, decidió interrumpir para opinar como uno de los principales afectados.
—Oigan, ¿pueden dejar de planear mi boda sin mi consentimiento? ¡Yo tampoco sé cómo lidiar con esto! Es demasiado repentino. Ponte en mi lugar por un segundo, papá, ¿cómo debo tomar esto?
—Como todos aquí, Josuke —dijo Joseph, con una sonrisa de oreja a oreja, propinándole a Josuke una palmada en la espalda tan fuerte que lo obligó a toser—: significa que ahora son familia. Y que tarde o temprano tendrás que arrodillarte para darle el anillo. —A él le pasó con Caesar, y pese a que discutían a menudo, cada día era el mejor de su vida; con frecuencia agradecía a la «deidad de las marcas místicas» (como él la llamaba) por poner a Caesar en su camino.
—¡Ni de broma! —gritaron Josuke y Rohan al unísono, mirándose con el horror de dos personas atrapadas en la misma pesadilla.
—Me largo —declaró Rohan, suspirando de cansancio en el proceso.
—¡No puedes irte! ¡Eso es abandonar a tu esposo! —Joseph le bloqueó el paso de nuevo, esta vez sosteniéndolo por los hombros con una fuerza sorprendente, aunque el más sorprendido fue Rohan por sacárselo de encima con un manotazo—. ¡Sé que es difícil al principio, pero con el tiempo le tomarás cariño! —Lo decía por experiencia.
—¡Yo ya le tomé cariño a mi vida sin esta maldita complicación! —exclamó Rohan, señalando a Josuke con el pulgar.
Josuke exhaló con fuerza, masajeándose las sienes.
—Escuchen… —Jonathan llamó la atención de todos desde la parte superior de la escalera—, podemos buscar una forma de solucionar esto antes de que empiecen a enviar invitaciones.
—¿Y si mejor elegimos el pastel? —Joseph lo ignoró por completo.
—¡Olvídalo! —Rohan se llevó una mano al pecho y barrió a Josuke con la mirada—. ¡No voy a casarme con un sujeto que ni siquiera tiene un mínimo de sofisticación!
—¿Eh? —Josuke parpadeó, sorprendido por el cambio de tema y porque nunca antes lo habían mirado con ese grado de desprecio. ¡En especial un tipo que ni conocía!
—No pongas esa cara —prosiguió Rohan—, es decir, mírate. —Extendió las manos, señalándole como si estuviera evaluando una obra de arte mal hecha—. Se supone que vienes de una familia noble, pero tus reacciones son las de cualquier adolescente promedio; tu peinado parece sacado del siglo pasado, y eso que estoy siendo generoso con la fecha.
—¡¿Cómo que mi peinado parece del siglo pasado?! —Los modales de Josuke se fueron al demonio, ahora sólo era capaz de percibir cómo le hervía la sangre—. ¡Tú ni siquiera entiendes de moda! ¡Dicen que usas la misma ropa todos los días!
Era cierto, aunque por las razones equivocadas. Rohan no planeaba explicarle lo ridículo que se vería trabajando con trajes de gala a los que jamás se les saldrían las manchas de pintura. En su lugar, respondió con agresividad.
—¡Eso se llama tener un estilo característico! ¡Es parte de mi imagen pública, algo que tú claramente no tienes en cuenta!
—¡Oh, sí, claro, porque seguro necesitas mantener una imagen para firmar autógrafos en tiendas de mala muerte!
Joseph se limpió una lagrimilla inexistente, consciente de que el muchacho había heredado su elocuencia para responder.
—¡Discúlpame, pero tengo una reputación que mantener! —Rohan se cruzó de brazos con aire altivo—. ¡No puedo dejar que la gente me vea con alguien tan… tan… corriente!
Josuke abrió la boca, listo para lanzar la réplica del año, pero se detuvo. Frunció el ceño, entrecerrando los ojos con sospecha.
—¿Me estás llamando… feo? —Porque eso era algo que nunca, jamás, nadie, diría de un Joestar.
—No pongas palabras en mi boca. —A Rohan Kishibe podían acusarlo de muchas cosas, claro está, menos de no apreciar la belleza cuando la tenía delante y esa familia hacía honor a la reputación de Adonis que se cargaba, pero por razones obvias se tragaría sus halagos.
—¡Eso fue básicamente lo que dijiste! —replicó Josuke—. ¡Mira, Rohan, ni aunque me pagaran me quedaría con un artista petulante, grosero y engreído como tú!
—¡Perfecto! ¡Porque tampoco pienso atarme a alguien que probablemente exhiba sus músculos para compensar su falta de personalidad!
—¡Ya lárgate de mi casa! Seguro en las calles hay pintores más talentosos esperando que alguien los descubra y que harían un mejor trabajo del que, se supone, ibas a hacer.
—¡Con gusto! ¡Prefiero pintar paredes en un callejón antes que seguir escuchando tus gritos de gorila!
Ambos se dieron la espalda con una rabia digna de ser escrita en una novela de romance dramático.
Caesar, que había estado disfrutando del espectáculo con una taza de café en la mano, suspiró con nostalgia.
—Ah, jóvenes enamorados.
—¡No estamos enamorados! —gritaron Josuke y Rohan al unísono desde extremos opuestos de la habitación antes de marcharse en direcciones contrarias.
Josuke azotó la puerta por la que entró momentos atrás; Rohan hizo exactamente lo mismo con la del recibidor, jurando nunca más volver a interactuar con un Joestar.
Joseph solo sonrió, a sabiendas de que aquello estaba lejos de terminar. No por nada Caesar se encontraba a su lado. De hecho, esos dos le recordaban muchísimo a él mismo y a su pareja cuando eran varios años más jóvenes.
A las semanas de aquel nefasto incidente, la Fundación Speedwagon −famosa entre la nobleza por su comercio petrolero− organizó un evento en uno de sus tantos salones que destacaban por su opulencia: lámparas de cristal colgaban del techo, iluminando las paredes decoradas y los enormes ventanales con vista a los jardines.
Los presentes se hallaban ataviados en sus mejores ropas de gala para llamar la atención y establecer conexiones comerciales, y no había una sola persona sin una copa de champán en la mano.
En medio de todo eso, Josuke simplemente existía junto a un vaso de jugo de naranja −su primo Giorno−, porque el alcohol nunca había sido un gran amigo suyo y prefería evitarlo.
—Al menos esta vez no hay parloteos de viejos dementes buscando dominar el comercio exterior —murmuró Giorno, pues antes de los Speedwagon, las reuniones de ese estilo eran caóticas y ridículas, mas no podían ausentarse a ninguna de ellas debido a la familia de la que provenían. Eso sí, no era la primera vez que se fugaba de ellas junto a Josuke.
—Aunque quizá prefería eso a ver a toda esta gente aburrida hablando de matrimonios —bufó Josuke, antes de darle un sorbo a su bebida.
—Hablando de matrimonios, mira en esa dirección. —Giorno señaló con los ojos hacia el otro extremo del salón.
Cuando Josuke vio lo que Giorno le indicaba, allí estaba él: Rohan Kishibe, vestido de manera impecable y pulcra, un traje seguramente confeccionado por algún diseñador francés de nombre impronunciable. Su mirada era de desprecio, altivez y parecía expresar que no entendía cómo la gente se divertía en un ambiente como ese.
—Fantástico. —Josuke sintió cómo su buen humor se derretía—. Gracias por arruinarme la noche.
—Es un placer —respondió Giorno, sarcástico y con una sonrisa modesta—. Aunque tal vez no te haya visto.
—Lo dudo. Mira su cara. Seguro está pensando en alguna crítica sobre mi ropa o en cómo arruino la estética de este sitio.
—Oh, ¿asumiendo que no deja de pensar en ti? —Giorno rió por lo bajo.
Josuke desvió la vista, saliendo hacia uno de los jardines, donde se relajó con ayuda de la brisa fresca de la noche. Fue el silencio de ese sitio lo que le permitió oír una conversación que ninguna persona debería haber escuchado.
—Nadie lo notará hasta que sea demasiado tarde.
—Entonces, con esto al fin me desharé de ese desgraciado de Rohan Kishibe.
—Y jamás sabrán qué lo mató. Un trago a esto, unos minutos para alejarnos, y el sueño eterno llegará para él.
El estómago de Josuke pareció oprimirse y, de paso, aguantó la respiración, como si eso lo volviera invisible.
Entendía que con la actitud de Rohan no era inesperado que tuviera unos cuantos enemigos por allí, pero para llegar al grado de intentar matarlo… El primer pensamiento de Josuke fue regresar al salón y advertir a Rohan. El tipo, pese a ser un cretino insufrible, no merecía morir así.
«¿Por qué?» fue el pensamiento que frenó los pies de Josuke a mitad de pasillo.
¿Por qué ayudaría a un tipo que lo despreciaba sin siquiera molestarse en conocerlo? Para ser honesto, Josuke tampoco estaba seguro de sentir por Rohan algo diferente a eso.
«A saber lo que le hizo a la persona que planea matarlo. Seguramente se lo merece, y si no, que otra persona interrumpa los planes del karma y que lo salve» dijo Josuke para sus adentros, aunque sus manos no dejaban de apretarse con tanta fuerza, que tornó sus nudillos blancos.
—Maldita sea. —Por mucho que le pesara, tenía un corazón demasiado amable para quedarse de brazos cruzados.
De regreso en el salón, Josuke alcanzó a ver cómo un hombre mayor ofrecía una copa a Rohan, sin dejar de llenarlo de halagos por su talento.
Antes de que el cristal rozara los labios de Rohan, esta salió disparada hacia el suelo por el manotazo que Josuke le propinó.
—¿Qué demonios…? —añadió Rohan, girándose hacia el agresor con una mirada desafiante; sin embargo, no alcanzó a protestar con su característico desdén al notar algo inusual en la expresión de Josuke.
Un murmullo surgió de la nada y se extendió como la pólvora, haciendo que varios ojos escandalizados se giraran hacia ellos.
—¡Damas y caballeros! —exclamó Joseph, juntando las manos en un aplauso sonoro—. ¡No se preocupen! ¡Es una tradición familiar! Es natural querer llamar la atención de un gran artista al ofrecer un trago antes que nadie, ¿no es así?
Algunos rieron al imaginar que Josuke deseaba llamar la atención de Rohan y que se había tropezado en el acto o se había puesto celoso de que otra persona se adelantara a ofrecerle una copa al pintor. Se sabía de sobra que sería rechazado, porque eso hacía Rohan con cualquier persona: fingir que bebería de la copa, antes de verterla al suelo o en alguna planta cercana.
La mayoría volvieron a sus asuntos, ignorando al joven Joestar.
Aprovechando el momento, Jotaro tomó a Josuke del brazo y lo sacó por la puerta trasera. Josuke no intentó resistirse, en especial para no lidiar con la mirada de incredulidad que Rohan le dedicó en su retirada.
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Fuera del sitio, con Josuke parado de brazos cruzados, Josuke se sintió como un niño atrapado en plena travesura. No era la primera vez que Josuke lo regañaba, aunque no por eso dejaba de experimentar nerviosismo y… miedo.
—¿Qué fue eso? —Jotaro demandó una explicación.
—Yo… Él… iba a beber algo que no debía —habló Josuke, tragándose el nudo en la garganta, sin levantar la vista.
—¿Y tu primera opción fue volarle la copa de un manotazo frente a toda la alta sociedad?
—Bueno, la segunda opción era dejarlo morir.
Jotaro suspiró, sobándose el puente de la nariz.
—Por mucho que no me importe lo mal que te lleves con ese pintor o lo que piense la gente, cualquier cosa que hagas se la adjudicarán a los Joestar, y harán todo un drama por la relación que tenemos con los Speedwagon.
Quien llevaba las riendas comerciales de la familia era Jotaro, por lo que debía controlar los rumores negativos que pudieran afectar a sus negocios.
—¡¿Y qué?! ¡No planeo quedarme de brazos cruzados mientras alguien muere! —exclamó Josuke, enfrentando al fin a la persona que más respetaba.
Jotaro levantó una mano, haciendo que Josuke diera un paso atrás.
No obstante, Josuke se sorprendió de que aquella mano cayera sobre su hombro.
—Lo sé —dijo Jotaro, sin suavizar su mirada severa—, pero la próxima vez encuentra una forma de hacerlo sin parecer que vas a iniciar una pelea de bar. —Sabía de sobra que Josuke era un buen muchacho, lo había heredado de Joseph, aunque eso venía junto con su impulsividad y pésimo criterio.
—Sí. —A Josuke le hubiese gustado agregar algo más, pero con Jotaro hablar más no era la solución, acatar órdenes sí que lo era.
Jotaro volvió al salón, donde las carcajadas se escuchaban hasta esa distancia. No le fue difícil suponer que Joseph era el responsable de ellas. En el camino se topó con Rohan, quien ni siquiera se detuvo a presentar respetos. No era algo que Jotaro esperara, tan sólo suspiró con cansancio y rogó no tener que lidiar con otra pelea más tarde.
Josuke apoyó los codos en el barandal del jardín, esperando a que la brisa nocturna aliviara su vergüenza y calmara sus ánimos, porque si regresaba y Rohan le buscaba pelea, lo más seguro era que le respondería de vuelta. Jotaro no le daría un segundo sermón, sino que le pondría una putiza olímpica cuando estuvieran en casa. Ya había pasado.
Suspiró, cerrando los ojos por un instante.
—¿Y bien? ¿Por qué hiciste eso?
Josuke se giró sobresaltado por esa voz que reconocía bien. Rohan Kishibe se hallaba a sus espaldas, recargado en la pared con los brazos cruzados, con aquella expresión insulsa y arrogante que dedicaba a todo el mundo.
—Me molestaba ver que te divertías como si nada —espetó Josuke, frunciendo el ceño—. Así que lárgate a hacer eso y déjame en paz.
—Eres un mocoso —murmuró Rohan para sí mismo por el comportamiento de Josuke—. Sabías que estaba envenenada, ¿no es cierto?
La pregunta tomó por sorpresa a Josuke.
—La copa —aclaró Rohan al no recibir una respuesta.
—¿Cómo lo...? —Los ojos de Josuke brillaron en desconcierto—. ¿También lo sabías?
Rohan se encogió de hombros como si se tratara de un asunto sin importancia.
—Un duque patético y desesperado intentó ganarse mi favor con la heróica advertencia de que alguien planeaba asesinarme esta noche. Al parecer, creyó que yo estaría en deuda con él por la información.
—¿Y aún así ibas a beberte eso? —replicó Josuke, con el tono de quien lidia con un lunático—. ¿Eres idiota?
—¡No soy…! —Rohan detuvo sus palabras mordaces en seco, tensando la mandíbula. Exhaló antes de continuar—. Piensa lo que quieras. Volveré dentro a divertirme.
Josuke chasqueó la lengua, sin apartar la vista del pasillo hasta que Rohan giró en una esquina y desapareció.
En realidad, Rohan planeó agradecer a Josuke cuando confirmó que sabía lo de la copa, pero al ver su actitud desafiante y estúpida, se arrepintió. Su buena voluntad −que aparecía cada luna roja− se esfumó como por arte de magia.
Sí, Rohan podría tener una reputación horrible como excéntrico y lunático, pero al menos era un lunático con modales.
Semanas más tarde, Jotaro encargó a Josuke y Giorno la importantísima misión de recuperar a Joseph de un bar de mala muerte. No eran pocas las ocasiones en las que aquel hombre se disfrazaba de algo ridículo que había bautizado como «Tequila Joseph» para pasar desapercibido entre los locales y empinarse una monstruosa cantidad de alcohol.
—¡Mis chicos favoritos! —exclamó Joseph, tropezando al ir en dirección de Josuke y Giorno.
Josuke lo atrapó en el acto mientras Giorno pagaba al dueño del tugurio un extra para mantener la boca cerrada acerca de que estuvieron allí.
—¿Sabes? Si algún día termino así, por favor, mátame —dijo Josuke, avanzando con relativa dificultad por el peso de Joseph, y eso que Giorno le ayudaba a cargarlo al llevarlo cada quien de un brazo.
—Lo consideraré —respondió Giorno con una mueca burlona.
Camino al carruaje que Giorno había anticipado en una calle cercana, Josuke creyó divisar algo entre los oscuros callejones o, más bien, a alguien.
«¿Rohan?» pensó en primera instancia, pero sacudió la cabeza al resultar ridículo que alguien con semejantes delirios de grandeza estuviera deambulando por ahí a esas horas de la noche.
—Creo que estoy alucinando —declaró para sí mismo, imaginando que la peste del alcohol lo había intoxicado lo suficiente para hacerle ver cosas.
Antes de convencerse de aquello, un grito claro, fuerte y lleno de odio alcanzó sus oídos.
—¡Rohan Kishibe!
Entonces, algo casi sobrenatural alertó todos los sentidos de Josuke −producto de su conexión predestinada con Rohan, aunque en ese momento no tenía modo de saberlo− y, como si de un instinto se tratase, soltó a Joseph y emprendió una carrera maratónica, no sin antes dejar desconcertado a Giorno, a mitad de la calle, con la simple frase de «Encárgate de mi padre».
Sin saber cómo demonios, Josuke se enfocó en alcanzar un callejón en específico y entonces lo vio en cámara lenta: Rohan, con la respiración agitada, acorralado por una silueta sombría que empuñaba una daga larga en una mano.
—¡Rohan! —gritó Josuke, alertando al atacante, quien fingió congelarse y, al estar Josuke lo suficientemente cerca, giró de manera errática para cortar la garganta de aquel desconocido que se interponía en su labor.
No obstante, la hoja afilada jamás alcanzó el cuello de Josuke. En un mal cálculo de la velocidad con la que se acercaba y la distancia de la mano armada, la daga terminó por incrustarse al costado del abdomen de Josuke.
El desconocido soltó el arma. Josuke contuvo la respiración e impactó de lleno su puño contra la cara de esa persona, azotándola contra la pared y evocando un crujir de huesos en el proceso.
—¿De dónde rayos saliste? —cuestionó Rohan, con la respiración tranquila apenas se hubo cerciorado de que su agresor estuviera inconsciente.
—¿Así le agradeces a la persona que te salvó la vida? —espetó Josuke, frunciendo el ceño: una parte por la molestia de que Rohan no mostrara ni una pizca de agradecimiento, y la otra, porque el puñal clavado en su cuerpo comenzó a punzar—. Mierda…
En el momento en que Josuke quiso retirarse el arma del cuerpo, un coscorrón llegó a su cabeza.
—¡¿Pero qué demonios te…?!
—¡¿Acaso eres idiota?! —interrumpió Rohan—. No te atrevas a sacar eso, a menos que quieras desangrarte y que encuentren tu cuerpo junto al de este otro despojo humano. —Señaló al tipo que tenía por nariz una masa sanguinolenta y deforme.
—Pero, duel… ¡¿Cómo que «otro despojo humano»?! —A Josuke parecía olvidársele el dolor cada que Rohan abría la boca para insultarlo.
—Pues que te duela. Ahora cállate y camina —indicó Rohan, comenzando a empujar a Josuke fuera del callejón.
Al avanzar un par de metros por la acera, Josuke se recargó en una pared. Sudaba frío, comenzaba a ver borroso y respirar le dolía cada vez más.
—No puedo.
Rohan suspiró, exasperado. Tomó uno de los brazos de Josuke y se lo pasó por los hombros para servirle de apoyo.
—Si te atreves a sangrar sobre mi ropa, te mato.
En lugar de reaccionar ofendido por la amenaza, Josuke emitió una risa que terminó en un gesto de genuina angustia.
—Eres una maldita molestia.
—Y tú un idiota —replicó Rohan—, pero supongo que hoy me debes la vida, así que estamos a mano.
—¡¿Hah?! —exclamó Josuke, con una indignación que se advertía a leguas—. ¡Te acabo de salvar de que te apuñalaran!
—Y yo de que te desangraras.
—Evité que murieras envenenado también.
—Supe de la copa mucho antes de que intervinieras. Así que gracias por nada, Joestar.
—¡Eres un…! —No terminó la frase. Un jadeo lastimero le quitó ese privilegio a Josuke, quien se aferró a su muleta humana improvisada y se limitó a avanzar con la boca cerrada para aprovechar su energía en volver con Giorno, indicando el camino a Rohan.
Giorno terminó de subir a Joseph al carruaje con ayuda del chofer cuando divisó a mitad de la calle a Josuke y… ¿a Rohan?
No, Rohan no era lo importante, sino aquella sobresaliente daga que no estaba en el abdomen de Josuke la última vez que lo vio.
—Santo cielo. —No fue una expresión preocupada, sino cansada la que brotó de sus labios.
«De tal palo, tal astilla» pensó, porque cuando no era Joseph quien estaba en peligro de muerte, tenía que ser Josuke.
—Ve por un médico —ordenó Rohan, consciente de que ese chico era parte de la gente cercana a los Joestar.
Cualquier persona hubiera replicado, pero Giorno era especialista en juzgar la situación y se limitó a levantar una ceja y cuestionar.
—¿Y tú qué harás?
—Lo mantendré con vida, obviamente —aclaró Rohan, cansado de soportar un peso mucho mayor al que estaba acostumbrado—. Aunque no soy médico, sé lo suficiente para estabilizarlo, pero no garantizo que no se desangre en mis manos si seguimos perdiendo el tiempo.
Giorno asintió y subió junto a Joseph, quien se había rendido a los brazos de Morfeo desde hacía una eternidad.
—Intenta no morirte —animó a Josuke, quien sólo levantó el pulgar mientras se dejaba guiar por Rohan a quién-sabe-dónde.
Rohan no vivía lejos de donde se encontraban. La ciudad entera sabía cuál era su residencia: después de todo, la mayoría buscaba no cruzárselo ni por accidente.
Al entrar en la mansión, Josuke echó un vistazo rápido con lo que la penumbra y la luz de la luna que se filtraba por los ventanales le permitían distinguir: un sitio excesivo, elegante y con cada pared decorada con cuadros y lienzos que parecían mirar con superioridad a cualquiera que ingresara.
—Qué sorpresa. Pensé que tendrías un autorretrato en un altar frente a la puerta —soltó Josuke, con una sonrisa dolorosa.
—Eso está en otra habitación —replicó Rohan, imperturbable—. El cuadro se llama «espejo».
Con pasos cuidadosos y bastantes quejidos de Josuke, llegaron a un excéntrico estudio. Rohan acostó a Josuke en un sillón tapizado en terciopelo oscuro, que probablemente valía más que el salario de media ciudad.
Se apresuró a encender cada lámpara cuidadosamente dispuesta para ayudarle a trabajar de noche con una perfecta iluminación. Eso ayudaría a que las sombras no obstaculizaran su labor de tratar la herida.
Tomó un bisturí para abrir las ropas de Josuke y, en el camino, no pudo engañarse a sí mismo y fingir que no le gustaba lo que veía. Por fortuna, Josuke estaba al borde del delirio y fue incapaz de notar el sonrojo que coloreó las mejillas de Rohan en un cuadro que valía la pena capturar.
Acto seguido, analizó la profundidad de la herida y la gravedad de la hemorragia. Si sus ojos vagaron un segundo más de lo necesario por los músculos firmes de Josuke, fue pura coincidencia.
Fue por un botiquín. Desinfectar la herida no fue un proceso particularmente amable. Rohan trabajó con precisión, pero sin el más mínimo esfuerzo por hacer las cosas menos dolorosas. Josuke, mientras tanto, pronunció un amplio repertorio de quejas y gruñidos que cualquier miembro de la familia Joestar sabría identificar de quién había sido aprendido.
Al final, tras vendarlo de manera eficiente −y brutalmente ajustada, según Josuke−, Rohan se apartó y se cruzó de brazos.
—Listo.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Josuke, respirando con agitación.
—¿Qué cosa?
—Ayudarme.
Rohan inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera demasiado absurda para procesarla.
—¿Quién no te ayudaría? —dijo, con una sonrisa que rebosaba falsa inocencia—. Con el prestigio de tu familia, cualquiera querría que los Joestar le debieran un favor.
«Este maldito bastardo… —pensó Josuke—. Lo voy a matar en cuanto me vea un médico».
—Aunque debo admitir —continuó Rohan, como si no hubiera notado la furia de Josuke—, que me resultó muy divertido ver tu rostro deformado en dolor. —Una risa ligera y burlona escapó de sus labios—. Eso sin duda es algo que debo pintar.
—¡¿Qué?! —Josuke intentó levantarse, pero el dolor lo obligó a dejarse caer en el sofá.
Rohan tomó su material de dibujo. En cuestión de segundos, estaba con un carboncillo en mano, delineando en una hoja el retrato de un Josuke con la dignidad hecha trizas.
—Definitivamente mi mejor obra —murmuró Rohan, con la misma satisfacción de un artista renacentista frente a su magnum opus.
—En verdad estás loco —pronunció Josuke, respirando con muchísima más dificultad que cuando estaban en la calle.
—Deberías agradecer. ¿Sabes cuánta gente mataría por tener el privilegio de ser mi musa? —añadió Rohan, sin dejar de dibujar.
—Me siento… mareado —admitió Josuke, cuya mirada perdida intentaba enfocar a ese maldito pintor.
Lo primero que Rohan pensó al escuchar eso fue que a Josuke se le bajó la adrenalina o que la pérdida de sangre había sido más severa de lo que suponía, así que se levantó para comprobarle la temperatura colocando el dorso de la mano en su frente.
—Estás pálido —declaró—, y frío. Considerando lo que pasó, es probable que la daga estuviera envenenada.
—¿Qué? —Josuke palideció aún más. Era oficial, ahora lucía como un cadáver con vida.
—Como no tengo la menor idea de qué tipo de toxina es —continuó Rohan—, sólo me queda una solución.
—¿Esperar al médico?
—No.
—¿Entonces?
—Escúchame bien, cretino de la nobleza…
—¿Podrías callarte? —Lo último que Josuke quería escuchar eran más amenazas de ese sujeto—. No quiero morir con tu voz retumbando en mis oídos
—Me importa un comino. Estás en mi casa: mi casa, mis reglas. Ahora, presta atención. Hay un rumor por ahí, uno ridículo, absurdo y sin fundamento…
—¿Qué rumor? —Josuke arqueó una ceja. Tenía curiosidad.
—Que las parejas predestinadas tienen... Bueno, que hay cierta magia sobrenatural envuelta en todo esto. —Rohan prácticamente escupió las últimas palabras.
Josuke parpadeó, el desconcierto pintado en su rostro.
—Y prefiero decir que hice todo lo que pude, en lugar de que me acusen de dejarte morir y me manden a la guillotina —finalizó Rohan, fastidiado, resignado.
Josuke abrió la boca para protestar, pero la falta de energía lo mantuvo callado. Además, Rohan ya se estaba inclinando sobre él, determinado y mentalizándose para lo que estaba a punto de hacer.
—¿Qué estás…? —Antes de que Josuke pudiera terminar la frase, Rohan le calló la boca con un beso.
Fue un beso suave, sin la rudeza que caracterizaba las frases altivas de Rohan. Contrario a lo que Josuke esperaba, aquellos labios le resultaban cálidos y se movían con una delicadeza casi irreal.
En uno de sus viajes, Rohan escuchó un rumor estúpido que le pareció digno de un cuento de hadas: en situaciones extremas, un acto de afecto de tu pareja predestinada podía sanar heridas y enfermedades mortales.
Era algo absurdo, ridículo y sólo un niño iluso sería capaz de creer tal cosa, pero allí estaba él, el magnífico y perfecto Rohan Kishibe, dejando la castidad de sus labios sobre los del cretino que lo había llamado «artista de segunda».
La mente de Josuke se llenó de una confusión abrumadora, más que eso, algo extraño sucedió con su cuerpo. Pese a que momentos atrás se sentía helado y débil, cada fibra muscular comenzó a adquirir calor. Un cosquilleo agradable se extendió desde su abdomen, recorriendo cada rincón de su ser como si algo dentro de él despertara.
Rohan no prolongó aquello más de lo necesario.
—Espero que no se te suba a la cabeza —masculló, limpiándose la boca como si hubiera sido la peor experiencia de su vida—. Tan solo estoy pagando mi deuda pendiente contigo.
Josuke no respondió. Seguía en estado de shock.
A causa de los rumores de sanación mágica entre parejas predestinadas, Rohan revisó una vez más la herida, dejando que su sorpresa fuera casi tan grande como la de Josuke.
—¿Qué…? —Rohan pasó las manos con descaro por donde antes se había clavado un puñal, observando con incredulidad. Nada. No había ni cicatriz. Solo quedaba la sangre seca como evidencia de que alguna vez existió.
—¿Qué demonios fue eso? —Josuke logró articular, mirando a Rohan como si este hubiera realizado algún tipo de brujería.
—No lo sé —respondió Rohan, arrugando el entrecejo antes de continuar—, pero si vuelves a meterte en problemas, no esperes que lo haga de nuevo.
La puerta resonó con tres golpes firmes. Rohan agradeció tener una excusa para salir de la habitación, por lo que se dirigió hacia la entrada y abrió la puerta con desgana.
—Llegaste tarde, doctor —soltó, cruzándose de brazos—. No hay nada que hacer.
Giorno, quien estaba junto al médico, palideció.
—¿Cómo que no hay nada que hacer? —Sin esperar una respuesta de Rohan, pasó de largo, empujándolo sin intención maliciosa al entrar y corrió hacia el cuarto del que emanaba luz—. ¡Josuke!
Josuke se hallaba sentado en el sofá, con color en el rostro y la mirada perdida en algún punto del suelo. Su mente era un completo desastre. Todo lo que podía sentir era un persistente cosquilleo en los labios y un calor inexplicable en el abdomen. No lograba entender nada.
Giorno se detuvo en la puerta. Fue cuando Rohan apareció en la habitación, que Josuke reaccionó y Giorno también.
—¿Qué sucedió? —quiso saber Giorno, anonadado por ver el torso de Josuke completamente ileso.
—Josuke es un dramático insufrible —declaró Rohan, llevándose una mano a la cadera y otra a la cabeza—. No tenía nada. Así que puedes llevártelo a casa o yo mismo lo lanzaré por la ventana.
—¡Oye! —replicó Josuke, todavía sin procesar del todo lo ocurrido.
Giorno, por su parte, sólo suspiró.
—Bien. Vamos, Josuke.
Caminaron en silencio hasta llegar a la puerta de la mansión. Cuando estaban a punto de salir, Rohan agregó algo más.
—Josuke Joestar.
Josuke se giró, notando la intensidad de la mirada de Rohan. Este, con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido, lo observó por más segundos de los necesarios.
—Yo mismo te mataré si me vuelves a dar problemas, ¿entendido? —Sin esperar respuesta, cerró la puerta de golpe en la cara de los muchachos.
—Eso te ganas por fingir una herida grave. —Giorno lo miró con una mezcla de exasperación y burla.
—¡Pero si no hice nada! ¡Soy la víctima aquí!
Giorno solo soltó una risa seca y continuó caminando.
Por su parte, Rohan regresó al cuarto donde trató a Josuke. Permaneció unos segundos inmóvil antes de dejar escapar un suspiro. Tomó el boceto −excesivamente detallado para ser considerado como tal− de Josuke, que plasmaba a la perfección una expresión de dolor mezclada con algo que Rohan no quería identificar.
«Maldito seas, Joestar» pensó.
Por mucho que lo negara, Josuke era ridículamente apuesto. Su piel nívea, sus hombros anchos, la firmeza de sus brazos, su rostro atractivo, masculino y terriblemente fascinante… Pasó la yema de los dedos por el boceto.
No debería estar pensando en él ni seguir recordando la calidez de sus labios, mucho menos prestar atención a la forma en la que se le aceleraba el corazón. Pero lo hacía.
«Ahora sí que estás enloqueciendo, Rohan Kishibe». Lo peor era que no tenía la menor intención de detenerse porque, por primera vez, no deseó plasmar su arte, sino trazar cada surco de aquel perfecto ser.
Pasaron los días, las semanas, los meses y, por más antinatural que pareciera, los caminos de Josuke y Rohan no dejaban de cruzarse cada vez con mayor frecuencia. Se vieron obligados a interactuar y, aunque ninguno de los dos daba su brazo a torcer, a Josuke le divertía lo terco y obstinado que Rohan podía llegar a ser. Claro, sólo cuando no lo sacaba de quicio ni lo orillaba al homicidio.
No obstante, Josuke no dejaba de tener presente aquella noche en la que probó los labios de Rohan y, más tarde que temprano, se sorprendió pensando en él más de lo debido.
Algo similar ocurría con Rohan, cuya casa no dejaba de atiborrarse de bocetos de ese maldito hombre hermoso y claro que Josuke no dejó de molestarlo el día que lo descubrió, pero en un giro antinatural de los acontecimientos, los dos acordaron establecer una relación más… sentimental. Algo clandestino, más por la salud mental de ambos que por cualquier otra razón.
Josuke sabía que si su padre, Joseph, se enteraba, no descansaría hasta saber cómo fue que Rohan, el pintor más petulante de la región, terminó cediendo ante su hijo y, para ser francos, Josuke no tenía la paciencia ni la resistencia mental para semejante interrogatorio.
No obstante, una noche, como el delincuente aristocrático que era, Josuke apareció en el balcón de Rohan, llamándole la atención al tocar el vidrio mientras exhibía una sonrisa traviesa.
Rohan, desde su escritorio, giró el rostro sin demostrar demasiado interés, a sabiendas de quién se trataba. Aunque, en el fondo, sus días no se sentían completos sin verlo.
—¿Otra vez invadiendo mi casa, Joestar? —inquirió, permitiéndole a Josuke ingresar.
—No invado, visito —aclaró Josuke con una sonrisa ladeada—. Pero si tanto te molesta, puedo salir por donde vine.
—Por favor, hazlo.
—Lástima que no quiera.
Sólo ellos entendían su extraña manera de coquetear.
—¿No sabes usar las puertas como la gente normal? —cuestionó Rohan, cruzando los brazos.
—¿Y perderme la emoción de colarme como un ladrón? —replicó Josuke, sacudiéndose el saco antes de pasarse una mano por la cabellera suelta, un gesto que alteraba los latidos del corazón de Rohan, por mucho que este se esforzara en negarlo.
—Cada día eres más insufrible. —Rohan entornó los ojos, fingiendo desinterés. Sin embargo, la leve curva en sus labios delataba su diversión.
—¿Sabes? —murmuró Josuke con tono bajo y seductor mientras se acercaba a él por la espalda—. Si te esforzaras menos en hacerte el difícil, te ahorrarías muchos dolores de cabeza.
—¿Y qué gracia tendría eso? —Rohan arqueó una ceja.
Josuke sonrió, encantado. Luego, bajó la voz hasta volverla casi un susurro rozando la oreja de Rohan.
—La gracia estaría en que me besaras sin tanta resistencia.
—¿De verdad crees que todo en la vida se consigue con una sonrisa y una frase barata? —agregó Rohan, con una risa seca al final, en ese tono suyo que mezclaba el desprecio con la diversión, ignorando que las manos de Josuke se posaron con calma sobre su cintura.
Al sentir el aliento de Josuke contra la piel de su cuello, maldijo lo rápido que su cuerpo reaccionó.
Para Josuke no pasó desapercibido el escalofrío que asaltó la piel de Rohan. Fue apenas perceptible y sabía de sobra que si mencionaba aquello, Rohan no dudaría en elaborar un pretexto elocuente.
Aún así lo hizo.
—¿Qué fue eso? ¿El grandísimo Rohan Kishibe teniendo escalofríos? ¿Acaso te asusté?
—No seas engreído, Joestar —replicó Rohan al instante, con la maestría ofensiva de quien lleva años entrenando el arte de negarlo todo—. ¿No ves la ventana que dejaste abierta? —No creía necesario aclarar que los vientos del otoño eran famosos por bajar la temperatura para dar la bienvenida al invierno.
—¡Estoy tratando de tener un momento aquí, sabes! —se quejó Josuke—. ¿No podrías seguirme la corriente por una vez y aceptar que es tu piel reaccionando a mi tacto?
—Supongo que podría —masculló Rohan, sosteniéndose el mentón con una mano, como si en verdad considerara la posibilidad—, pero me rehuso.
—¡¿Por qué?!
—Porque eres nefasto.
—¿Sabes qué más soy?
Rohan ni siquiera tuvo tiempo de girarse cuando Josuke lo sujetó de los brazos y lo hizo retroceder con un movimiento sutil, hasta dejarlo atrapado entre su cuerpo y la orilla del escritorio.
—Eres un completo idiota —replicó Rohan.
—Aparte —corrigió Josuke, con un tono juguetón, permitiendo que sus dedos se deslizaran hasta las caderas de Rohan con descaro—. Soy constante y paciente. —¡Y mucho! Se mordió la lengua para no gritarlo.
—¿Paciencia? ¿Tú? ¿Con ese temperamento? —Rohan bufó, sin apartarse. No podía. No quería—. No me hagas reír.
—Lo digo en serio —murmuró Josuke, inclinándose hasta quedar frente a frente—. Podría quedarme toda la noche.
—Para seguir hablando hasta que me sangren los oídos, supongo —gruñó Rohan, aunque sus ojos bajaron brevemente hacia los labios de Josuke. Un gesto que Josuke notó y le hizo sonreír en automático.
—Yo pensaba más en algo como esto.
Acto seguido, besó a Rohan sin pedir permiso. Antes se lo pedía y no recibía comentarios agradables. A decir verdad, había aprendido que Rohan era una criatura única en su especie −para fortuna del universo− y que jamás obtendría de él palabras bellas o un coqueteo convencional; en su lugar, había aprendido a quererlo así, a disfrutar de ese “estira y afloja” para nada convencional y a descifrar las acciones y las respuestas silenciosas de ese pintor loco que le arrebataba cada vez más la poca sanidad.
El beso fue firme y seguro. Ojos ajenos podrían decir que incluso era fiero, pero para ellos era diferente, porque exigía respuesta y ofrecía refugio al mismo tiempo.
Rohan, para su propio horror, respondió con deseo mal contenido, con el orgullo latiendo bajo la lengua. Sujetó el cuello del saco de Josuke con ambas manos, atrayéndolo con fuerza, como si la única forma de negar sus sentimientos fuera ahogarlos con intensidad.
Cuando se separaron, Rohan respiró hondo. Odiaba cuánto lo afectaba.
—Eres ridículo —susurró, entrecerrando los ojos.
—Y tú estás rojo —sonrió Josuke, deslizando un pulgar por su mejilla—. ¿Quieres seguir culpando al clima?
—Quiero que cierres la maldita ventana.
—Sólo si prometes dejar que me quede esta noche.
Rohan no respondió de inmediato. Sólo lo miró, largo y tenso, antes de dejar caer los brazos con resignación.
—Haz lo que quieras. De todos modos siempre lo haces.
Josuke sonrió. Cerró la ventana y, en un impulso, las cortinas, dejando que la habitación se iluminara por la lámpara de gas que encendió Rohan a espaldas, la misma que utilizaba cuando se quedaba pintando a altas horas de la noche.
En un parpadeo, Josuke se encontró sumergido en un segundo beso, dejando que Rohan hiciera lo que se le viniera en gana con su lengua, mientras él se deleitaba con la curvatura de su espalda, pareciéndole irónico que el otro se quejara del clima cuando vestía prendas tan delgadas.
Sintió que Rohan dio un paso hacia atrás y lo siguió. Se repitió un par de veces hasta que alcanzaron el amplio sofá al extremo de la habitación, donde la luz llegaba más tenue.
Sin embargo, en lugar de acomodarse con gracia, Rohan trastabilló y Josuke junto con él.
—¿Eso de tropezar también lo aprendiste colándote por balcones ajenos? —preguntó Rohan, con una media sonrisa socarrona.
—Por el tuyo, sí. —Josuke estaba en pánico. A esas alturas era noventa por ciento improvisación, veinte por ciento calentura y uno por ciento de fe.
Si Rohan pudiera leer sus pensamientos, podría asegurar al cien por ciento que Josuke no sabía sumar (o estaba demasiado nervioso para hacerlo bien).
Para evitar dar pie a otra conversación de seducción extraña, Josuke buscó los labios de Rohan, jamás tenía suficiente de ellos −y a veces era preferible a escucharlos hablar− por lo que parecía más hambriento que necesitado.
Aquello elevaba el ego de Rohan. Sentirse deseado era un gran placer en su vida y Josuke lo alimentaba sin control. Cuando sintió las manos de Josuke sobre los muslos, inhaló despacio, como si admitir cuánto lo deseaba fuera una humillación, aunque sus manos ya lo traicionaban, aferrándose a los brazos de Josuke y buscando más.
En lo que fueron minutos o quizá segundos −ninguno de los dos lo supo con exactitud−, Josuke no tuvo idea de en qué momento Rohan le sacó el chaleco y la camisa, ni cuándo fue que él mismo se deshizo de los pantalones de ambos. El caso era que allí estaban: piel con piel y con una señal clarísima de que la excitación había causado estragos en ambos.
Josuke se quedó quieto de pronto. Sus ojos recorrieron a Rohan con una mezcla de asombro y estupor; no por lujuria −tal vez sí− sino por admiración.
—Santo cielo… —murmuró, tragando saliva acumulada.
—¿Algo que no hayas visto antes? —Rohan le dedicó una sonrisa orgullosa, acomodándose el cabello con una mano, como si estuviera posando para un retrato desnudo.
Josuke se llevó una mano a la cara, a cubrir su boca, avergonzado por lo mucho que le gustaba la jodida confianza de Rohan.
—¿Acaso pensabas que me sonrojaría? ¿O que me taparía con una sábana y fingiría pudor? —insistió Rohan, más que divertido con los gestos que esperaría ver en alguien más… caballeroso.
—No… es sólo que… —Josuke no sabía dónde poner los ojos ni las manos—. ¿Estás seguro de que… está bien ir tan lejos fuera del matrimonio?
Rohan lo miró. Primero, sin expresión alguna; luego, con incredulidad; al final, explotó.
—¡Por un demonio, Josuke! ¡No actúes como doncella, que no te queda! —Si alguien tenía derecho a adoptar ese papel, definitivamente era Rohan, aunque jamás lo aceptaría en voz alta.
Josuke parpadeó, iba a defenderse, a intentar explicar sus buenas intenciones, pero no tuvo tiempo.
—¿De verdad creíste que iba a detenerme porque tú decidiste ponerte mojigato a mitad del asunto? —protestó Rohan, levantándose con toda la dignidad de un emperador ofendido, para buscar un frasco de aceite comestible que tenía en su escritorio (algunas técnicas de pintura requerían que mezclara un poco con las tintas).
Josuke levantó las manos a la altura del pecho, medio en disculpa, medio en súplica.
—Es que se me cruzó por la cabeza… ¡Eres Rohan Kishibe! Un hombre decente no debería…
—¡Oh, por favor! —interrumpió Rohan, regresando junto al sofá, de pie frente a Josuke, a quien tomó del mentón, obligándolo a mirarlo a los ojos—. Si no piensas seguir, dilo de una vez, pero no me vengas con discursos de virtud cuando estás temblando de ganas.
Rohan sonrió con malicia al ver que Josuke cerraba la boca.
—¿Lo ves? No eres tan santo como finges.
—Nunca dije que lo fuera —susurró Josuke, con voz ronca.
—Entonces vuelve a lo que estabas haciendo antes de sacarme de quicio.
—¿No querías el control? —cuestionó Josuke, más porque en su cabeza él se estaba dejando guiar y no pretendía arruinar (más) el momento.
—No lo he perdido —replicó Rohan, empujándolo por los hombros para poder montarse sobre él con facilidad—. Sólo te estoy dejando creer que lo tienes.
Algo dentro de Josuke hizo un corto circuito. Por un lado, tener a Rohan encima rozaba los más eróticos e infames de sus sueños; por el otro, su moralidad como hombre se sentía pisoteada porque, ¿cómo iba a dejar que ese artista petulante lo dominara con tanta facilidad?
Le encantaba y, al mismo tiempo, no.
Regresó a la realidad cuando vio a Rohan verter algo en su erección.
—¿Qué es…?
—Aceite —aclaró Rohan, anticipándose a la pregunta, al tiempo que lo esparcía sobre el falo de Josuke.
Escuchó una especie de gruñido que no le dejó nada claro, por lo que decidió masturbarlo de forma pausada para torturarlo un poco, descubriendo −para su horror y sorpresa− que esa enorme cosa podía crecer un poco más.
Se acomodó mejor sobre Josuke cuando creyó haberlo martirizado lo suficiente −aunque jamás tendría suficiente de eso− sin emitir reproche alguno cuando sintió sus manos grandes y ásperas acariciándole las piernas con descaro.
Incluso en completa desnudez, Rohan no dejaba de parecerle altivo, altanero, orgulloso y arrogante a Josuke; sin embargo, también era atractivo. ¡Demasiado para su escaso autocontrol!
Rohan tomó el miembro de Josuke con una mano, colocándolo entre sus glúteos. Por un instante dudó, no por el acto en sí, sino porque Josuke tenía la absurda habilidad de hacerle titubear sobre cosas que ya había decidido con anterioridad.
—¿Va a entrar? —preguntó Josuke, con una franqueza casi dulce, sin picardía.
—Yo soy el que debería decir eso —se quejó Rohan, entornando los ojos.
Respiró profundo para darse valor e introdujo la punta en su esfínter. Su pecho comenzó a subir y bajar más rápido de lo que le habría gustado admitir, y sus piernas decidieron dejar de colaborar para mantenerse en esa posición, haciendo que su cadera bajara de rápido y sin calcular.
Cerró los ojos de golpe, llevándose una mano a la boca para callar el gemido que escapó sin su permiso por la inusual mezcla de placer y dolor.
—¡R-Rohan! ¿Estás bien? —preguntó Josuke, incorporándose algo alarmado.
Rohan alzó una mano en el aire, sin mirarlo, en un gesto para que se mantuviera quieto.
Josuke no supo qué lo impactó más: si el calor que lo envolvía por completo o la manera en que Rohan, incluso en ese estado de vulnerabilidad, seguía dándole órdenes silenciosas.
Entonces, de repente sintió el fuerte deseo de moverse, de sostener a Rohan por la cintura y embestirlo con fuerza; no obstante, junto a esa creciente excitación, la preocupación no cedía en su cabeza.
—¿Seguro que estás bien? —insistió Josuke, sin atreverse a tocarlo más allá de los muslos, en una especie de caricia reconfortante.
Rohan bajó despacio la mano con la que se había cubierto la boca y dejó escapar un largo suspiro, como si le costara soltar el aire. No abrió los ojos de inmediato, pero su respiración empezaba a calmarse.
—Estoy bien —declaró, con voz más ronca de lo que esperaba.
Apoyó ambas manos sobre el pecho de Josuke y lo mantuvo así, quieto, dejando que su cuerpo se adaptara a la cosa enorme que tenía entre las piernas.
Se sentía tan lleno que resultaba agobiante al extremo. Por inercia, bajó una mano hasta el vientre, palpando con cierta lentitud, como si intentara medir hasta dónde llegaba Josuke dentro de él. En su subconsciente −a veces morboso y visceral− existía una idea de lo fascinante que debería lucir visto de frente y el rostro pasmado de Josuke se lo confirmaba.
—No pensé que fueras tan grande —comentó, más para sí mismo que para Josuke, aunque al otro se le subió el color de golpe, cosa que Rohan aplaudió, porque ni con sus pigmentos más exclusivos llegaba a ese tono con facilidad.
—¡Rohan!
—Calla. Estoy valorando.
Josuke se mordió el labio, conteniendo a duras penas las ganas de moverse. Para hacer tiempo, masajeó la cadera de Rohan, quien seguía tocándose con una concentración que rayaba la obsesión.
—Listo. Ya tuve suficiente —soltó Rohan de la nada, un poco más acostumbrado a la intromisión en su interior.
—¿Eh? —Josuke parpadeó. ¿Había tenido suficiente de lo que hacían o de manosearse?
—Dije que estoy bien. Ahora quiero que te muevas. Muy lento —sentenció, le apuntó con el dedo y lo miró ferozmente—, pero muévete.
Las neuronas de Josuke apenas y ejercían el trabajo necesario para procesar lo que Rohan decía; su cuerpo tardó más en descifrar cómo proceder.
Rohan exhaló con lentitud. Colocó las manos de Josuke sobre sus caderas antes de comenzar a dar órdenes.
—Vamos. Levántame. —Casi le daba coraje que el tipo lo levantara como si no pesara nada, aunque esos pensamientos fueron relegados a segundo plano para dar prioridad a permanecer relajado—. Ahora bájame… Eso es. Es… Despacio, Josuke.
La voz de Rohan era lo único que ataba a Josuke atento al mundo real. Apenas y pudo contener el sonido que se le escapó cuando estuvo dentro del cuerpo de Rohan por completo.
—Maldita sea, Rohan… —jadeó, apretando los dientes mientras las manos se aferraban con fuerza a la piel que sostenían—. No tienes idea de lo que… Ah… Carajo…
Rohan lo miró desde arriba, atento a cada expresión suya, al sudor que se deslizaba por sus músculos. Se relamió los labios al subir y bajar, esta vez más lento, más hondo, y Josuke se arqueó, como si el cuerpo ya no le perteneciera.
—Eso creo que sí lo sé —respondió Rohan, con un tono de voz que no escondía del todo el placer que también sentía.
Cada movimiento, tan estrecho y ardiente, obligaban a Josuke a respirar de manera irregular. Tener encima a Rohan, tan seguro, tan hermoso, tan decidido a controlar el ritmo entre sus muslos, lo deshacía más que cualquier caricia.
—Estás… estás increíble, Rohan —murmuró, con los ojos encendidos, como si el alma se le saliera del cuerpo con cada contoneo de cadera.
—Sí. Lo sé —dijo Rohan, con una mezcla entre satisfacción y malicia, rozando el pecho de Josuke con la yema de los dedos.
En casa Josuke solía escuchar que «nunca se estaba completamente vestido sin una sonrisa», pero para Rohan eso no aplicaba. A ese hombre retorcido, el orgullo le sentaba bien y eso enloquecía a Josuke de forma sobrehumana.
—Rohan, si sigues así… —advirtió, con la voz temblorosa.
En lugar de responder, Rohan aumentó el ritmo con el que subía y bajaba; ya no era lento, sino constante.
Josuke se rindió: la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos, los ojos húmedos por el esfuerzo de contenerse. Las manos le temblaban, como si le costara decidir entre sujetarlo o liberarlo. Su cuerpo entero se estremecía con cada movimiento, cada poro de su piel sudaba en necesidad, en deseo.
Era la primera vez que Rohan apreciaba a Josuke de manera tan rendida, tan sumisa y delirante de placer, que el hecho de ponerle las manos alrededor del cuello y apretar le pareció tentador.
Sin embargo, imaginar aquel cuadro lo llevó al siguiente nivel y algo tan caliente como abrumador se derramó desde su interior. Su columna se arqueó un poco, su boca se entreabrió sin poder evitarlo y un jadeo cortó el aire.
No se estaba tocando, no se había preparado para ello, pero su cuerpo se rindió sin avisar.
—Ah… mierda… —susurró, más para sí mismo que para ser escuchado, sorprendido por la fuerza con la que el orgasmo lo arrastró.
Apoyó ambas manos contra el pecho de Josuke, temblando, como si de pronto su cuerpo no pudiera sostenerse.
Josuke lo miró con los ojos muy abiertos, pasmado, intensamente excitado de que el semen de Rohan estuviera manchándole el abdomen.
—¿Rohan…?
—No digas nada —lo calló Rohan, con una extraña reacción febril asaltando cada célula de su cuerpo mientras los músculos le temblaban.
Por segunda ocasión, Rohan se llevó una mano al vientre, en un vago intento de comprender lo que había ocurrido y hasta dónde había llegado ese placer inesperado.
Si de algo estaba seguro, era que todo era culpa de él, de Josuke, de su estúpidamente hermoso perfil griego, vulnerable, honesto y ahogado en deseo.
La idea de que él, el gran Rohan Kishibe, pudiera correrse sólo con ver a alguien tan destruido de placer por su causa era absurdo. Era repulsivo. Era exquisito.
Miró a Josuke desde arriba, todavía jadeando y no sonrió, no esta vez; la energía sólo le daba para contemplarlo con intensidad.
Entonces, Josuke actuó por impulso: sostuvo a Rohan con firmeza y lo hizo girar con cuidado, invirtiendo posiciones. Ahora Rohan se encontraba debajo, con el cabello alborotado sobre el sofá y la respiración entrecortada por el orgasmo reciente.
—Después me gritas todo lo que quieras —murmuró Josuke con la voz ronca, pegando la frente a la de él—, pero ya no puedo más. —No esperó respuesta. Se hundió con una embestida urgente, con un gemido escapando de su garganta.
Rohan hundió las uñas en los brazos de Josuke al sentirlo más profundo de lo que creía posible, aunque tal vez era su cuerpo, sensible y sobreestimulado, el que exageraba la sensación de penetración.
Josuke impuso su propio vaivén, no con brutalidad, pero sí con hambre, con un ritmo intenso y sostenido, porque también estaba cerca, sólo faltaba un empujón para perderse por completo.
Cada vez que se hundía en el cuerpo de Rohan pronunciaba palabras claras, aunque inconexas, incapaces de encajar en una oración coherente.
—Eres… No puedo… Rohan… Esto…
De un momento a otro, entre sus ingles percibió un cosquilleo inequívoco de lo que se avecinaba. El placer lo obligó a eyacular dentro de Rohan con un gemido que no logró contener.
Se quedó así unos segundos, esperando que sus neurones conectaran lo suficiente para volverlo consciente del mundo a su alrededor.
Luego, con el rostro hundido en el cuello de Rohan, soltó el aire como si lo hubiera contenido momentos antes de alcanzar el clímax.
El silencio posterior fue interrumpido por el leve crujido del sofá, no por movimiento de Josuke, sino de Rohan, acompañado de uno de tantos comentarios ocurrentes.
—¿Piensas quedarte dentro de mí toda la noche o estás esperando que te lo ruegue?
—Maldición —dijo Josuke con voz ronca, todavía perdido en el limbo del deseo—. Perdón, perdón. —Abandonó el delicioso interior de Rohan como pudo, con una expresión perdida, en trance.
El movimiento hizo a ambos estremecerse.
Josuke se dejó caer a un lado, jadeando, con una mano cubriéndose los ojos.
Rohan giró el rostro hacia él, contemplándolo deshecho en su totalidad. El pecho se le alzaba con fuerza, sus labios seguían entreabiertos y sus mejillas aún conservaban un leve rubor. Por unos instantes, su expresión se volvió más suave.
—Fascinante —susurró Rohan.
—¿Qué cosa? —Josuke no entendía del todo qué tan real era lo que acababa de ocurrir.
—Verte así —respondió Rohan—. No pensé que te afectaría tanto.
—¿Tanto? —Josuke soltó una risa ahogada—. ¿En qué momento vas a entender que tú me jodes la vida, Rohan?
—Perfecto. Ese fue el objetivo desde el principio.
Allí estaba de nuevo, ese romance extraño y anormal que sólo un par de dementes sin remedio −como ellos− podían entender y apreciar desde lo más profundo y recóndito de su ser.
—Llévame a la cama —ordenó Rohan, tan seco como sólo él podía ser.
—¿Eh? —Josuke apenas tuvo fuerzas para girar el rostro en su dirección.
—¿Por qué pones esa cara? No pienso pasar la noche aquí. Ni en mis días de trabajo más intenso lo hago —Rohan hizo una pausa antes de repetirse (algo que odiaba)—. Llévame. Ahora.
—¿Podrías tener un poco de piedad por una vez en tu vida?
—¡Piedad! —Rohan se irguió con toda la dignidad posible para alguien que tenía los muslos debilitados—. ¿Piedad, después de haber invadido mi espacio personal, mi estudio, y de haberte cogido al grandísimo Rohan Kishibe?
—Sí, sí, ya entendí. —Josuke alzó una mano en gesto de rendición—. ¿Algo más, su alteza?
—Sí. Quiero que cubras los cuadros que terminé antes de que llegaras, que acomodes la ropa que está aquí regada, que me lleves una bebida caliente a la cama, ¡pero que no sea té! —se corrigió sobre la marcha—. Ah, y si vas a quedarte, dormirás en el lado izquierdo de la cama. El derecho es mío.
Josuke lo miró, incrédulo acerca de si decía todo eso en broma, aunque conociendo a Rohan, era difícil que lo fuera. Luego rió. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Se incorporó a regañadientes, gruñendo y maldiciendo por lo bajo, pero aun así, lo tomó en brazos.
—No sé si eres el hombre más insoportable del mundo o si ya me jodí para siempre contigo.
—Ambas —dijo Rohan, acomodando los brazos alrededor del cuello de Josuke—. Aunque mínimo ya lo descubriste por tu cuenta.
Josuke rodó los ojos. Estaba lo suficientemente agotado como para discutir con ese maníaco del drama y la teatralidad.
Una vez en la recámara de Rohan, Josuke no tardó en quedarse dormido. Rohan, en cambio, permaneció despierto, recostado sobre su pecho desnudo. No era que no estuviera cansado, porque lo estaba, pero sus pensamientos eran caóticos y si algo hacía más ruido que ellos, eran el corazón de Josuke y su respiración acompasada.
Ladeó el rostro, enfocando en la oscuridad el cuello de Josuke, allí donde descansaba la marca que los evidenciaba como pareja predestinada. Desde el momento en que nació, las odió. Vaya forma de sutileza, elegancia y autonomía. Que su alma estuviera conectada a alguien sin que él lo decidiera le parecía absurdo y humillante.
Sin embargo, su dedo tomó consciencia propia y recorrió el símbolo de diamante en el cuello de Josuke.
Quizá, y sólo quizá, esas marcas ridículas no eran tan malas después de todo. Claro que eso no significaba que fuera a decirlo en voz alta y mucho menos a permitir que el resto del mundo supiera que el gran, indomable e infalible Rohan Kishibe ya le pertenecía a alguien.
Que ese alguien dormía con la boca entreabierta y el ceño un poco fruncido.
Que ese alguien lo abrazaba con naturalidad, como si sus brazos estuvieran hechos a medida para él.
Al menos, por ahora, era suficiente con que ese alguien lo supiera.