Tras las rejas.

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

La traición la dejó sin fama, sin fortuna… y sin alma. Lilyth, una estrella caída, es el próximo objetivo de Jake, jefe de la mafia. Pero cuando se miran, todo cambia. Entre sangre, deseo y venganza, nacerá un amor prohibido. Uno por el que vale la pena matar… o morir.

Genero:
Romance
Autor/a:
Shimmy😊🦋
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 - ¿Cómo acabamos así?

Jake


—¿Entonces querés que asesine a Lilyth Angel Das’t, tu esposa? —le dije a Nathaniel Crowell, el marido de esa tal Lilyth


—Exacto. Quiero que la mates —dijo Crowell, seco, con esa cara de piedra.


—¿Se puede saber por qué? —La verdad, sabía que no era asunto mío, y que seguramente me iba a mandar a cagar. Pero no sé, me picaba la curiosidad. La mayoría de mis clientes me piden que vuele a la mierda a empresarios, políticos, algún famoso, algún influencer rompebolas. Pero esta era la primera vez que alguien quería que hiciera volar a su propia esposa. Raro, raro en serio.


—No es algo que le importe, señor Jake —me tiró Crowell. Qué iluso de mi parte haber pensado que me iba a contestar. Qué boludo. Me lo merecía.


—Para usted, soy el señor Evans —le solté, firme, seco—. Y no es que me importe, era solo por curiosidad.


—Ah, y por último, necesito que me diga en qué lugar quiere que la mate: ¿su casa, el trabajo, algún lugar solitario...? Usted dirá.


—Claro, claro. Quiero que lo hagas acá… —dijo, dándome una dirección.


Una vez que Crowell se fue, me puse a investigar un poco sobre la mina. Lilyth Angel Das’t. Resulta que la tipa era cantante y actriz, bastante famosa. Encontré una de las pelis donde era protagonista. La vi. Y… la puta madre. No era linda. Era una bomba. Pero no me podía hacer ilusiones. La tele miente. Capaz en persona era un espanto, puro maquillaje y filtro.


Tenía que moverme. Ya era tarde.


Llegué después de un rato. El lugar era una mierda: un pueblo olvidado por Dios, con olor a bosta vieja. Quise ver un poco el terreno, pero unos gritos me frenaron en seco. Voces humanas. Crowell. Y la esposa o eso pense. Al parecer habia alguien más...


Lilyth: —¡SUÉLTENME, LA CONCHA DE SU MADRE!


Abigail Kingsley (la “mejor amiga”): —¿Por qué, amiga? Si estamos cumpliendo tu sueño. ¿O vas a negar que cuando éramos pibas no me dijiste un día: “cómo quisiera conocer a un asesino, sería muy impactante, pero también muy peligroso. Dudo que alguna vez vaya a ver uno”?


Crowell: —Exacto, amor. Así que, ¿por qué ahora que te lo traemos en bandeja te hacés la digna?


Lilyth: —¡PORQUE NO! ¡SUÉLTENME, FORROS!


Kingsley: —Ay, ya cerrá el orto, Lilyth. Así terminamos más rápido. Pero, esperá… —le susurró al oído— te recuerdo que NUNCA vas a volver a cantar, ni actuar. Porque ese papel ahora es mío. Yo soy la novia legítima. ¿Y vos? ¿Vos qué sos? Ah, cierto… NADA.


Lilyth: —¡NO SE VAYAN, HIJOS DE PUTA! ¡SÁQUENME DE ACÁ!


Después de oír toda esa basura, salí de donde estaba escondido. Vi a Lilyth corriendo atrás del auto de Crowell. Pobrecita. Una idiota. Y cuando al fin entendió que nunca los iba a alcanzar…


Se frenó. Las piernas le temblaban, todas cubiertas de tierra y desesperación. Y entonces, se dio vuelta.


Ahí estaba ella. Lilyth Angel Das’t.


Y por un segundo, todo se detuvo.


No gritó. No lloró. Solo me miró. Y con esos ojos… verdes, oscuros, salvajes… me preguntó si la iba a devorar.


Y te juro por cada alma que arranqué de este mundo, que sí…


La iba a devorar.


El pelo, negro y revuelto, le caía como lianas mojadas sobre el pecho.

Ese pecho agitado, jadeante, apenas cubierto por un vestido hecho mierda.

Un tirante colgando.

El pezón marcando.

Y gotas de sudor bajando como si su piel las chupase.


Miré más abajo.


Las piernas, abiertas lo justo.

Y el encaje negro, transparente.

Empapado.

No de miedo.


De otra cosa.

Algo tibio.

Reconocible.


Se mordió el labio.

No fue a propósito.

Pero me puso tan duro como mi Glock.


Avancé un paso. Ella no se movió.


Ni un gesto. Ni un “por favor”.


Solo calor.


Cuando la luz podrida de la farola le dio en la cara, vi lo que nadie ve:

Una mina rota.

Jodida.

Hambrienta.


Y yo era su última cena.


Me acerqué más.

Mis botas aplastaban la tierra como un tambor de guerra.


Ella tragó saliva.

Los labios entreabiertos.

Brillosos.

Sensuales.

Temblorosos.


—Hola, preciosa —le susurré, como quien invoca un pecado—.

¿Sabés lo que me pasa cuando me ponen enfrente algo tan jodidamente hermoso?


Silencio.

Ni un bicho.

Ni viento.

Solo nuestros cuerpos respirando violencia.


Me detuve a un paso.

Sentí su calor quemándome la piel.


—Me pongo… muy creativo.


Le agarré el vestido.

No lo rompí.

Lo subí.

Lento.

Como quien saca el velo de una virgen blasfema.


Rozé su muslo.


Suspiró.

Cerró los ojos.


Y cuando los abrió… ya no era la misma.


Ya no luchaba.

Deseaba.


—¿Estás asustada? —pregunté con media sonrisa torcida—.

Porque si supieras las cosas que estoy pensando… yo sí estaría cagado del miedo.


Ella me miró.


Y ahí lo vi.

Ese fuego.

Ese “dale”.

Ese “tomame”.


Y eso…

eso fue lo más erótico que vi en mi puta vida.


—No me importa si estás hecha mierda, Lilyth… —le dije, con los labios apenas rozando los suyos—.

Me encantan las cosas rotas.

Son más fáciles de poseer.


Ella tembló.

Y al fin, exhaló un suspiro que se chocó contra mi boca.


—Hacelo —jadeó, con la voz destrozada—.

Haceme olvidar que alguna vez fui de él…


Y ahí, justo ahí, el asesino se murió.

Y nació otra cosa.

Más oscura.

Más bestial.

Más adictiva.


La iba a desarmar.

Y ella lo iba a gozar gemido por gemido.