Las ratas de la medianoche

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Una joven que, al irse a la ciudad en busca de mejores oportunidades, es víctima de una paranoia indescriptible. ¿O no es simple paranoia?

Genero:
Horror
Autor/a:
JF5
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Las ratas

La vida en la gran ciudad no era fácil, y menos para alguien que recién llegaba de un pueblo pequeño, en el cual apenas y los carros transitaban de vez en cuando. La diferencia de estar en una pequeña calle empedrada, por donde los vehículos eran cosa extraña, se sentía casi aplastante como un gran camión de basura pasando por toda la ciudad dejando es pestilente aroma por todas partes.

Muchas veces escuché decir, cuando estuve buscando una casa de alquiler, que esa zona de la ciudad era especialmente conocida por sus antecedentes con brujería. Incluso había zonas en los parques o en algunos callejones que estaban cerradas con carteles de paso restringido, y algunas señales de rasguños en las paredes o ventanas manchadas con algún fluido desconocido que, incluso a varias cuadras, podía presentirse que desprendía un aroma a podredumbre. Pero, a pesar de que la situación de la zona era bastante inquietante, no podía permitirme algo mejor por el momento, así que me fui a vivir a un edificio que en su entrada tenía algunos vidrios rotos, una recepción sin luz con tuberías oxidadas recorriendo el techo y las paredes marcadas con rasguños de tres garras, tan finas que eran casi imperceptibles.

Desde que me había mudado sola a la ciudad, mi vida en ese pequeño cuarto en el centro fue un completo caos. Y ni hablar de un descanso, pues durante las noches las ratas se apoderaban de las calles de la ciudad, las paredes, el techo del edificio, y las alcantarillas. Sí me habían mencionado eso antes de irme a la ciudad, y me advirtieron que si les tenía fobia era mejor evitar la oportunidad. Sin embargo, mi necesidad por superarme era mucho más alta que el miedo por las ratas.

Su chillido era de lo más común en las noches, hasta el punto de transformarse en el sonido característico del ambiente nocturno. Los pájaros eran el sonido ambiente del día, junto con los gritos de vendedores ambulantes y los vehículos pitando con furia.

—Deben existir muchas ratas en esta ciudad — Me dijo una noche mi compañera, cuando ambas tratábamos de dormir después de un largo día de trabajo —. He escuchado historias de este edificio. Dicen que una vieja bruja, que fue asesinada en los tiempos de la cacería de brujas, solía vivir en este lugar.

— Seguro ella dejó el lugar infestado de ratas — bromeé intentando amenizar el ambiente. Aunque, cuando mi amiga mencionó esto, por un segundo juré haber sentido un escalofrío recorrer mis pies en medio de la oscuridad de la habitación, y por mi mente pasó la imagen de una criatura con ojos vacíos y una sonrisa tan macabra que me hizo erizar la piel. Aunque no tenía ojos, pude sentir una fría y pesada mirada sobre mis hombros, lo que me hizo girarme y darle la espalda a mi amiga para evadir esa mirada.

Pero, lo más característico sin dudas, era ver las mordidas de ratas en la vieja cortina de mi única ventana, aún cuando vivía en el doceavo piso, muy lejos del suelo. Aunque tampoco le daba mucha atención, puesto que los roedores tenían todo el edificio bajo su poder, y durante las noches podían verse ratas gigantes corretear por los pasillos. Incluso podía ver algunas ratas escalar tubos de agua oxidados en las afueras del edifico temprano en la mañana cuando salía al trabajo, o podían verse corretear entre los viejos balcones que casi podían chocarse unos con otros.

Una vez, entre las tantas noches en las cuales no lograba conciliar el sueño, sentí cómo algo pequeño golpeaba la ventana incansablemente. Era como si una muy pequeña mano, débil pero insistente, estuviera intentando llamar mi atención. En un inicio no le di importancia, y continué tratando de dormir en medio del chillido de miles de ratas por toda la ciudad. Pero, aunque fuese pequeño, aquel golpe resaltaba sobre el sonido de los roedores. Tanto así que, una noche de tantas que ocurría lo mismo, decidí dirigir mi mirada hacia la ventana, para encontrarme con una visión horrorosa.

Una rata del tamaño de un gato, con enormes dientes, golpeaba mi ventana una y otra vez. Pero lo más asqueroso de todo era su rostro abominablemente humano, con minúsculas facciones humanas, unos ojos tan oscuros que casi parecían no albergar nada ahí, y una sonrisa inolvidable plasmada en aquel deforme rostro cubierta por unos miserables bigotes que intentaban parecer inocentes. Su cuerpo peludo tenía unos pelos tan largos que el cabello que caía desde el lomo de su espalda chocaba el suelo del muro de concreto donde reposaba, y muchos otros cabellos eran llevados por el viento.

Levantaba su asquerosa pata con tres dedos y la empuñaba para golpear mi ventana con la clara intención de llamarme y no dejarme dormir. Lo sabía porque, en medio de la oscuridad, y con la luz de una potente luna llena, pude ver su rostro durante unos segundos con total claridad. Aunque esto que escribo en mis débiles cartas puede no hacer honor a la aberración de la naturaleza que allí vi, pues incluso en las peores pesadillas de un esquizofrénico describir una rata con facciones humanas y una clara intención malvada sería una tarea imposible.

Aquella rata pudo haber sido una más de las miles que habitaban la ciudad y achacarle tal inenarrable deformidad al sueño que cargaba de muchos días con antelación, de no ser porque al iluminar allí con mi teléfono móvil, el animal desapareció al recibir el destello de la luz. Esa noche no pude volver a conciliar el sueño, y menos pude hacerlo con el incansable golpe de la rata gigante en mi ventana que, cada noche, aparecía justo a las doce y no se detenía jamás. Con la diferencia, claro, de que ahora no había rata alguna en la ventana, por mucho que mirara en cualquier momento.

Otro día decidí dormir con la vista hacia la puerta, dándole la espalda a la ventana maldita que ya me tenía al borde del suicidio, tratando de evitar así el sonido. Pero al hacer esto tan solo tenía la vista directa de decenas de pequeñas patas yendo y viniendo bajo la puerta, y algunas intentando romper la parte baja de mi puerta, con sus pequeños pero poderosos dientes.

El trabajo se estaba haciendo más agobiante, y mi compañera mostraba preocupación hacia mí, pues durante los días no paraba de mirar hacia las ventanas y las puertas, donde parecía escuchar aquellos chillidos y golpes de dientes si no fijaba mi vista en ellas, para asegurarme que no estuvieran ahí las ratas. Sin embargo, aunque la gente me llamaba loca, podía sentir cómo mordisqueaban las puertas de la ofician cuando dejaba de mirarlas. Una vez que volvía mi vista hacia el escritorio, aquel sonido infernal empezaba nuevamente su tortura incesante, e incluso en ocasiones podía ver el polvo de la madera desprendido en el suelo junto a pequeñas mordidas en las esquinas.

Mis compañeros del trabajo solían preguntarme más acerca de las visiones que tenía de esas ratas, y muchos de ellos se ofrecieron a dormir en mi casa algunas noches. Todos se veían bastante intrigados por lo que les contaba, y cuando les mencioné la rata gigante con cara de humano se emocionaron aún más con la idea de pasar tiempo en un lugar tan misterioso. Sin embargo, cuando ellos dormían allí, la presencia de las ratas no solo disminuía sino que las únicas ratas que podían percibirse eran las del exterior en busca de su alimento. Ni rasguños, ni chillidos enloquecidos, ni sombras extrañas de los animales.

Estos hechos me hicieron cuestionar seriamente mi salud mental por días, e incluso mi amiga, con mucho cariño y tacto, se ofreció a ayudarme a buscar un buen psicólogo con el que tratáramos un posible caso de estrés, o tal vez, sugerido por ella y también por mi jefe, podía ser la paranoia de vivir en un lugar tan rodeado por malas energías.

El sonido de las ratas me perseguía incluso cuando estaba en un parque, pues allí podía sentir cómo rasguñaban la madera en los banquillos donde me sentaba, e incluso sentía sus colas viscosas golpear mi pie. Podía sentir un frío y desagradable tentáculo chocar con mi piel, incluso si usaba un pantalón que apenas y dejaba un par de milímetros de mi piel al descubierto, justo allí chocaban estas malditas colas.

Todo esto, sumado a que la ventana de mi cuarto estaba abierta al llegar a casa, aún cuando la dejaba cerrada y con seguro en las mañanas, o el hecho de sentir ratas correr por mi cuarto durante el día cuando estaba cocinando, o tal vez ver sus reflejos en los espejos cuando me estaba organizando, me llevaron a confinarme en mi casa. Incluso podía escuchar cómo corrían por las paredes, por el techo, por todo aquel lugar donde pudieran moverse.

Decidí dejar todas las luces encendidas las veinticuatro horas del día, y desarmar toda mi cama para usar su madera como escudo, cubriendo todas las ranuras de mi puerta y tapiando toda la ventana con madera. También rompí las sillas, la puerta del baño y cuanta madera me topara por la casa era víctima de mis decadentes delirios.

Ahora dormía en un colchón tendido en el suelo, alejada de la puerta maldita donde los roedores carcomían cada noche la madera con que yo trataba de refugiarme, buscando entrar en mi casa y atacarme todas en manada.

También sentí cómo la ventana de mi cuarto fue abierta, y entonces, comenzaron los roedores a devorar la madera con que vanamente me defendía. El golpe seco de la ventana al abrirse, la fría y anormal brisa recorriendo toda la casa, y una extraña luz que provenía del exterior me confirmaron que la ventana se abrió desde el exterior.

Perdí la total noción del tiempo, pues al mantenerme en confinamiento, no saber qué hora era, ni comer a horas debidas, terminé por verlo todo absolutamente igual. Cada segundo que pasaba era exactamente igual al anterior, el paso del tiempo se volvió una monotonía tan absoluta que ya me daba igual si era hora de trabajar o de verme con mi amiga, no sabía ni siquiera cuándo debía ir al baño o cuándo me había hecho del baño.

Aunque, a decir verdad, para mí siempre era medianoche, pues a esa hora las ratas comenzaban la tarea de torturarme. Sus chillidos aumentaban cuando intentaba dormir, y podía sentir cómo corrían al interior de mi casa sin detenerse. Me estaban volviendo loca, y sentía como si se alimentaran de mí, pues cada día me podía ver más delgada, débil. A pesar de todo esto, jamás volví a ver una sola rata en mi casa.

Muchas ocasiones, mientras dormía los pocos minutos que apenas y podía dormir, aparecían heridas en mi piel, que nunca más volvían a cerrar por mucho que intentara cuidarlas. Con el pasar de los días me sentía como si yo fuese el alimento de las ratas infernales, cada día sentía que esas criaturas del infierno se alimentaban de mí, que me estaban consumiendo en vida y que disfrutaban devorar amargamente los desagradables desechos que en medio de mis paranoias dejaba en mi cama sin siquiera darme cuenta. Lo poco que podía comer, también acababa siendo alimento de esos demonios.

Todo esto ocurrió hasta que, no sabría decir si era un día o una noche, la puerta de mi hogar explotó en mil pedazos, y por allí entraron varios policías gritando y apuntando en todas direcciones, de los cuales un par se desmayaron al observar mi deplorable estado físico.

Después de este acontecimiento que fue una gran noticia en la ciudad, fui recluida en un centro hospitalario del cual posteriormente salí para ser enviada a un hospital mental, donde me intentan cuidar de las ratas, las cuales menciono las veinticuatro horas del día. Mi amiga solía decirme que todo estaría bien en aquellas largas y placenteras visitas que solía darme los fines de semana.

Decían que tanto en el hospital como aquí me iba a sentir segura y protegida.

Y ahora, a pesar de todo, puedo dormir con tranquilidad. En esta habitación blanca y acolchonada puedo descansar como nunca lo había hecho, y tengo deliciosa comida todos los días.

Sin embargo, cada noche antes de dormir, a medianoche, puedo sentir cómo las ratas brincan y chillan a lo lejos, e incluso puedo sentir golpes de minúsculas manos en algunos cristales, en búsqueda de su alimento.