Philia

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Sinopsis

Marc Realish huye de su hogar y se embarca en el primer barco que encuentra. No es lo mejor, pero servirá. Cualquier cosa sería mejor que su hogar. Secretos dejados bajo la alfombra, recuerdos difusos y una criatura amenazando la vida de la tripulación se ven desatados cuando un extraño vagabundo aborda el mismo barco, haciendo que cambien su curso de regreso a la tierra natal del muchacho.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
J_Lacerte
Estado:
En proceso
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Ferry Aerie

Con la luna como su único testigo y guardián, un niño huía de su hogar, bajando al puerto de la ciudad. Con los pulmones ardiendo, siguió adelante sin ver atrás, robó una capa que alguna persona había dejado olvidada en un barril y se escabulló entre las personas que caminaban por el siempre bullicioso puerto.

Anduvo con la cabeza agachada, evitando el contacto visual de los demás, apresurando sus pasos lo suficiente para salir del lugar lo más pronto posible, consciente que cualquier desliz, como caminar demasiado rápido o demasiado lento, lo iba a delatar.

al final del puerto había un barco esperando, el Ferry Eerie; según los rumores, un navío que aceptaba a todos: Desertores de sus tierras, ricos o pobres, hombres y mujeres, gente honrada o indigna. Tu cuna y raíces, tus pecados y quién fuiste en tierra eran borrados por las aguas del mar de tu piel y te permitían convertirte en una persona diferente, mientras les fueras útil.

Se sabía que aquellos hombres que se aventuran al mar sin la bendición de su patria debían tener en mente que probablemente nunca volverían, ya sea porque el mar los reclamó como parte de su gente o porque se encontrarían con lo más profundo de él.

Al niño no le importaba nada de eso, solo quería irse lo más lejos que se pudiera y no volver jamás.

Sin ser visto por la tripulación, el pequeño se metió en un barril vació que estaba cerca del famoso barco, esperando a que recogieran el barril y lo llevaran al barco. Sintió como lo levantaron e hizo hasta lo imposible para no emitir ningún ruido mientras transportaban descuidadamente su escondite.

Luego silencio. Por un tiempo indefinido no hubo nada a su alrededor hasta que una presencia ominosa pasó frente a él, parecía que tenía garras que rascaban la madera de los barriles, como si supiera que se estaba escondiendo. La parte superior del barril parecía estarse abriendo, quien fuera que estuviera afuera era como un depredador jugando con su presa, pero el niño no cedió.

Cualquier sollozo fue callado al usar su propia mano como mordaza, el niño estaba hiperconsciente de sí mismo, podía oír el latido de su corazón, la sangre corriendo por sus venas, su tenue respiración, el movimiento de contracción de su estómago que lo hacía querer vomitar del pavor.

Quizás solo pasaron cinco minutos hasta que pudo escuchar los pasos de la persona, alejarse y volver a ser consciente del ruido sofocado por la madera del mar, pero para el chico se sintió como una vida entera.

No se atrevió a salir de su lugar hasta tres días después, fue ahí que se dio cuenta de que lo habían metido en una especie de bodega donde guardaban los suministros alimenticios del barco. Tomó un pequeño pedazo de queso para calmar su hambre y bebió un trago de un vino a punto de terminarse que se encontraba escondido detrás de varios costales de especias. Había tenido comidas que eran objetivamente exquisitas a lo largo de su vida, pero en ese momento, esa comida le supo a gloria.

Así estuvo por un tiempo más, pellizcando cualquier cosa para no morir de hambre, ya se había aprendido los patrones del chef y sus ayudantes para evitar ser descubierto, hasta que de la nada un día alguien entró despavorido a la habitación, un joven de aproximadamente veinte años abrió sin cuidado el barril que escondía al niño.

La mirada en esos ojos del color del mar le gritaron al niño —¿quién y qué mierda haces aquí?—, sin pensar mucho más, sacó al intruso del barril y procedió a él meterse en su lugar.

—Como me delates, eres hombre muerto— lo amenazó antes de cerrar el barril.

Poco después entraron dos hombres discutiendo: un hombre robusto como un roble, con cientos de cicatrices en su piel, pero la más llamativa de todas era la que atravesaba desde su frente hasta el pómulo, con una voz desgastada por el ron. A su lado, un hombre que resaltaba como un pulgar dolorido entre cualquier marinero por sus elegantes ropajes y garbo, un aristócrata de la época de reyes y caballeros en toda la expresión de la palabra, con la piel pálida como un muerto y una mirada muerta.

—Te digo Francis, él no se ha metido aquí— dijo el marinero.

—Parece muy seguro de eso— El elegante hombre le contestó.

Ambos estaban tan entrados en su pelea que no notaron al chico. Mientras ellos seguían discutiendo, el niño pretendía estar haciendo algo dentro de la bodega.

—Jackson sabe que siempre se debe de poner el azúcar, los tés y luego va el ron y lo demás. El queso y las galletas van cerca, pero no juntas y del lado opuesto del vino. Pero ¡Mira esto! — señaló los estantes con comida— ¡Es un desastre! Seguramente fue uno de los polizones que se quedaron.

El niño sabía que él era el culpable, no había notado que las cosas tenían un orden en específico, o ese orden en particular.

—Insisto, este orden no tiene ningún sentido lógico, Henry— replicó el otro hombre, y el chico le dio la razón en su mente.

—No es por un sentido lógico, es porque así se hacen las cosas en el mar.

El hombre, Henry, ordenó las cosas como él decía que debían de ir mientras seguía enfrascado en su disputa. El hombre elegante le divertía ver a Henry renegar, parecía un lobo jugando con su presa.

—¡Tú, grumete! — El grito del marinero hizo que el infiltrado diera un respingo.

—¿Sí, señor?— tener la mirada atenta de ambos le provocaba un nudo en la garganta.

—¿Has visto a alguien entrar?

El chico parpadeó sin saber que responder sin sonar insolente ante la absurda pregunta.

—¿Ha visto al contramaestre Jackson entrar recientemente? — Rectificó el otro hombre.

Había oído historias de un pirata llamado así, un joven pirata que se hizo de fama entre las naciones por ser un seductor de hombres y mujeres por igual, pero también se le conocía por su mal carácter. Un hombre de cautivador que emanaba agresividad y altanería por todos sus poros.

Fue fácil sumar dos más dos, quien se escondía en el barril era el famoso contramaestre Jackson. Una imagen bastante decepcionante a como lo hacían quedar aquellos relatos, salvo por la parte del mal carácter.

—No, señor. Ustedes son los últimos que he visto entrar.

Una sonrisa victoriosa por parte del marinero curtido por el mar y ambos se retiraron. Contó hasta diez después de que cerraron la puerta y llamó al otro para que saliera del escondite robado.

Lo que los rumores no decían era la intensa mirada que tenía el pirata y a la que se estaba enfrentando mientras lo escrutaba de pies a cabeza. Sin duda sería más intimidante si no pareciera salido de las novelas rosas de sus hermanas.

—No te había visto antes— Por fin habló.

—Ese es el punto de esconderse, ¿no? — los nervios lo habían traicionado y solo le contestó lo primero que pensó.

—Atrevido, para ser el que se puede joder aquí. Tu nombre—ladró su orden.

—Marc— su propio nombre le sabía como ácido en la boca— Usted debe ser el contramaestre Jackson, ¿o me equivoco?

—Lo que se ve, no se pregunta— replicó con altanería mientras salía de un brinco del barril. — Se supone que a ratas como tú las debo de mandar a caminar a la plancha, pero te voy a dar dos opciones.

En un abrir y cerrar de ojos, el pirata desenfundó su pistola y puso el cañón en la cabeza del chico.

—O te mató aquí y me libró de todos los problemas, o te dejo vivir, pero vas a hacerme caso solamente a mí. Tú escoges, estoy de buen humor.

—La primera—El joven abrió los ojos ante la respuesta inmediata. Se vieron a los ojos, el marinero colocó su dedo en el gatillo, con una sonrisa torcida, esperando provocarle miedo al intruso para someter. Sin embargo, el niño no dudó.

—¡Ni te lo has pensado! Mierda… ¿Estás bien, enano?— Estaba perplejo.

—Es un ganar-ganar, por qué no hacerlo— el niño se decía a sí mismo que lo que asustaba al otro era que sonaba confiado, pero él sabía que lo más probable era que se viera como un auspiciado rogando por la muerte. Por otro lado, él tenía las de ganar, el pirata no cargó el arma, por lo que: no había ninguna bala y si disparaba no pasaría nada o, el arma ya había cortado la bala con anterioridad y su estupidez lo iba a matar.

El contramaestre entrecerró los ojos, buscando algo en la cara del otro, quizás miedo o los bordes deshilachados de su mentira; al no encontrar lo que sea que buscaba, bajó el arma y la volvió a enfundar.

—No voy a malgastar mi tiro en ti— Por lo visto sí tenía una bala lista y el niño se salvó por los pelos de su atrevida maniobra—… ¿Cómo le hiciste para que no te descubriéramos en la redada?

—¿Eh?

Por lo visto, el barco tenía una tradición muy especial. Una vez zarpaban, el capitán ordenaba registrar todo el barco y llevar a todos los polizontes a cubierta. Quienes fuesen útiles para la nave se quedaban y el resto eran arrojados por la borda, si se resistían, el almirante y Jackson tenían permiso de disparar a mansalva, las únicas excepciones eran las mujeres embarazadas; los infantes no eran excluidos de la regla. Lo que a Marc le impresionó no fue la tradición, sino que el sádico capitán era el honorable hombre que había entrado con anterioridad.

—Supongo que te voy a dejar pasar esto. Sal conmigo de aquí y haz lo que quieras después, ya no va a ser mi responsabilidad si te atrapan.

Los dos salieron de la bodega hasta el comedor donde los esperaba la cena sin que nadie cuestionara la existencia de Marc. Los días consecuentes habían pasado con normalidad, la vida en el mar no era algo para todos, pero era preferible que estar en tierra firme en muchos casos.

Marc había escuchado de lejos historias de todo tipo dentro de los relatos de los marineros sobre por qué habían embarcado. Desamores, búsquedas de venganza, duelos sin cobrarse, las historias de terror enSil-liue. Un hombre, por ejemplo, contó ir en busca de quién raptó a su hija y mató a sus otros dos hijos, otro había caminado sin rumbo después de perderlo todo en una apuesta, una si-ilita dijo que iba huyendo de la guerra que parecía avecinarse en Sil-liue.

La tripulación era, en su gran mayoría, personas grandes y corpulentas que podrían romper una montaña con una sola de sus manos, o escurridizos y agudos como las serpientes que podrían robar los diamantes de la corona de Vulkain frente a la nariz del Zahir y una mujer a punto de parir que más bien parecía estar de luto.

Y luego estaba él, un niño escuálido, patoso, incapaz de hacer algo, aunque su vida dependiera de ello. Si se le encargaba limpiar la cubierta, encontraba la manera de dejarla peor de cómo estaba, no sabía atar ni el nudo más simple.

El cocinero ya lo había vetado de la cocina por haber quemado el agua, todos los cocineros estaban tan asombrados como fastidiados, por lo que había logrado, la mano derecha del chef, un pyra había bromeado con guardar al niño en la armería, al ser tan peligroso como una bala perdida.

Simplemente inútil ante los ojos de todos, pero el capitán no daba la orden de abandonarlo, siempre llegaba para salvar el pellejo del muchacho de las garras del contramaestre, quien le había agarrado manía, u otros marineros enfurecidos. Y lo más irritante para todos, pero sobre todo para el contramaestre, era que genuinamente intentaba hacer lo que le pedían; nunca puso un pero, nunca se quejó, era tan obediente que rozaba lo estúpido a los ojos de muchos.

Fue gracias a esto que llamó la atención del capitán y el almirante, cuando en uno de sus intentos por ser útil creó todo un caos a su alrededor. Los tripulantes querían su cabeza servida en bandeja y casi lo hubieran obtenido si es que el almirante no saca a Marc de entre los hombres que estaban a punto de matarlo.

—¡Paren, paren! ¿Y ahora que les picó, bola de piojosos? — preguntó el almirante mientras separaba a los hombres.

—¡Ese imbécil no deja de cagarla desde que llegó!— se quejó uno de ellos mientras el resto le seguían.

Marc parecía un gato callejero tomado por el pescuezo, no había forma de defenderse. Detrás del almirante estaba el capitán, juzgando toda la escena y a su lado Jackson, divirtiéndose con la miseria ajena, tanto la de los otros tripulantes y, sobre todo, la del niño.

—¿Cómo es que no te matamos en la redada?—preguntó el almirante, genuinamente consternado.

—Ustedes—contestó el chico con un hilo de voz— no me encontraron.

Todos se sorprendieron con la respuesta. Empezaron a hacer memoria, y en ese momento se percataron de que nadie lo había visto aquel día.

—Interesante— habló el capitán finalmente—, ¿cómo lo ha logrado? — aunque su voz suave y aterciopelada, a pesar de la edad, no iba con un tono amenazante, la propia presencia del hombre generaba ese efecto. Una pregunta capciosa para fortuna del chico.

—Jacky, ¿lo habías visto antes? — consultó el capitán al joven. La mirada maliciosa que le dio a Marc era una amenaza de no hacerse responsable de él. En su cabeza, el chico decidió que, si lo delataba, el pirata se iría con él.

—No, capitán. Es la primera vez que lo veo— Maldita la suerte de Marc, que ahora le debía la vida a ese engreído. Estaba empezando a preferir que lo delatara, la sonrisa de soslayo que le dio implicó su condena.

—Debemos admitir— exclamó el capitán a su tripulación— que este hecho es una proeza que ninguno de los presentes ha sido capaz de lograr. Honor a quien honor merece, joven Realish: superó a toda mi tripulación, por lo que le dejaré conservar su vida para que nos demuestre su valía.

Si el miedo y alivió que sintió no hubieran nublado su juicio, el chico hubiera notado lo extraño en la situación; quizás lo hizo, pero no quería tentar su suerte en ese momento. Desde ese día todos parecieron tener el ojo sobre él, pero al menos tenía más libertad para andar por la nave sin el miedo de ser descubierto y llevado a la plancha.

Marc era diferente, y todos lo habían notado. Casi no hablaba, parecía siempre estar a punto del espanto, siempre con miedo, evadiendo a los demás, pero sabiendo qué pasaba a su alrededor y como no era muy bien recibido por la mayoría.

A las horas de las comidas el niño se apartaba del bullicio lo más que podía, después de haber sufrido varias bromas pesadas por la tripulación, aprendió que lo más seguro era sentar en una esquina lejos de los demás, comiendo la comida del chef y anotando sus pensamientos en su bitácora, su única posesión; o admirando la bulla y juerga de los otros al son de los músicos, tomando ron, narrando aventuras mientras luchan por mantener sus comidas en su sitio.

Al chico no le molestaba del todo, al menos en el barco se sentía un poco más útil que en su casa, a pesar de ser un desastre y en foco de atención de todos los corajes de Jackson. Aunque quisiera defenderse, él le debía la vida y que ambos lo supieran era irritante.

Un día de calor abrasador, de esos donde los rayos del sol calan por todos los poros de la piel, tan caluroso que dos de los nuevos miembros habían caído por insolación y no soplaba ni la más mínima brisa. El almirante estaba más malhumorado que de costumbre, el joven contramaestre se paseaba por la cubierta llamando la atención; so pena del calor, se había quitado la camisa dejando al aire su piel bronceada.

—Es un cretino— se quejó uno de los tripulantes.

—¿Cuánto a que se va a desmayar como los otros dos? — Varios empezaron a apostar sobre atrocidades que le podían pasar al contramaestre. Uno de los hombres apostó cien monedas de oro a que le caía heces de pájaro.

En el mástil donde se había parado el joven, Marc vio que estaban un grupo de gaviotas posadas.

Justamente el niño se dirigía en la dirección donde estaba Jackson cargando un balde de agua para limpiar la cubierta. Por accidente trastabilló, empujando al contramaestre y echándole toda el agua encima.

—¡Mierda! ¡Fíjate por donde vas! ¿Ni eso puedes hacer bien? —Lo regañó, justo cuando Marc estaba por hablar, las heces de las gaviotas cayeron en toda la cabeza del muchacho.

Los lamentos de quienes estaban apostando resonaron, llamando la atención del contramaestre. — ¿Qué hacen holgazaneando ahí? ¡Hagan algo si no quieren que los tire por la borda!

Marc había metido una barra de jabón en el agua del balde de la que nadie se dio cuenta hasta que uno de los apostadores la pisó accidentalmente y se dio de bruces contra la madera, llevándose con él al resto.

Una risita traviesa salió de los labios del niño. Una pequeña victoria personal.

—Así que solo tienes la cara de mosquita muerta— dijo el contramaestre.

—¿Tú también estabas apostando, e-enano? —imitó el tartamudeo del muchacho.

El chico negó con la cabeza.

—Más te vale. Recuerda que…—Jackson no pudo terminar cuando el chico lo interrumpió.

—Estamos a mano.

—¿Eh?

—Le iba a caer el excremento del pájaro, ellos apostaron cien monedas de oro a ello. Un esclavo humano en Sil-liue y Vulkain vale aproximadamente eso. Usted— le sentaba mal, pero tenía que decirlo— salvó mi vida, pero ahora estamos a mano.

Jackson se rio molesto—Pensé que lo habías hecho para ganarte mi favor con tu, ¡oh, buena voluntad! Ahora veo que no eres diferente a las ratas.

—Nadie hace las cosas por buena voluntad. Todos somos egoístas y queremos algo a cambio.

Jackson le dio una mala mirada, como si le diera asco, y se retiró sin más. Marc pensó que eso iba a ser todo, pero en el momento menos esperado, un cubetazo de agua cayó sobre él. Todos los presentes se rieron de él y vitorearon al contramaestre.

—¡Qué pena! Creo que te mojaste un poquito la ropa—Se burló— Sígueme, no quiero que apestes más el barco a perro mojado—Marc obedeció, mordiéndose el labio de coraje para evitar decir algo que lo dejara peor.

Al entrar al camarote de Jackson, él le arrojó unos trapos en la cara para que se secara.

—Toma— otra vez, le lanzó la ropa a la cara— eso quizás que te quede. Ahora, cámbiate.

—¿Para qué hace esto? Ya me humilló allá afuera, estamos a mano. ¿Qué más quiere?

Jackson se recostó en su cama sonriendo como un rey—Que entiendas tu lugar. Yo no te necesito, tú me necesitas a mí. Como un perro necesita a su dueño.

—Sádico.

—De nada.

Marc sentía la mirada penetrante del contramaestre sobre él mientras se cambiaba de ropa. Algo debía de estar tramando, una manera para someterlo, hacerlo su esclavo. El orgullo que le quedaba a Marc le gritaba que dejara la ropa y se largara; su sentido común sabía que no iba a sobrevivir si se resfriaba.

Cuando terminó de cambiarse y estaba por salir, el joven lo tomó del brazo, he hizo que quedara frente a él—Pareces idiota.

—Le recuerdo que, quien se suele vestir así, es usted.

El otro le sonrió con molestia. Empezó a ajustar la ropa—En primera, no me trates de usted. Tenemos la misma edad. En segunda, yo si tengo carne con qué llenarla.

Acomodó los hombros de la camisa, enderezó el cuello de la misma, consiguió unos tirantes para los pantalones en los que nadaba su menudo cuerpo, ajustó lo más que puso el chaleco, para que no bailara sobre el cuerpo del niño y finalmente le arremangó las mangas —Y en tercera, de nada.

Ganas no le faltaban Marc de voltearle la sonrisa socarrona de una cachetada, pero tampoco era tan estúpido para morder la mano que lo alimentaba. Mejor buscaba con que envenenarse y morir con su poca dignidad en mano. Dos palmadas en los hombros y lo dejó irse.

Di nidi. Leck mich.

El resto de la semana, el mar estaba calmo, sin una nube en el cielo, pero con un calor que solo se veía en Vulkain, salvo por la humedad que se empezó a crear en el ambiente. Marc casi sintió nostalgia por las noches tormentosas en su hogar.

—Va a haber una tormenta— dijo para sí mismo el grumete que sostenía las cuerdas. Quienes escucharon esa declaración se rieron del pequeño.

— ¿Cómo crees que va a llover si parece que estamos en el desierto de ceniza, niño?

Marc no dijo nada, volviendo a ver las esponjosas nubes que se empezaban a asomar en el filo del horizonte.

—Sorprendente deducción, joven— la voz del capitán llegó por la espalda sin previo aviso — ¿Podría contarme cómo llegó a esa conclusión?

Sentir la mirada de sus compañeros sobre su nuca no era una sensación agradable, lo hicieron encogerse aunada a la presencia sofocante del capitán.

—Bueno, no ha soplado viento, ha estado más caliente de lo normal estos últimos días y las nubes. Además, se ven, así como, como, sé que tienen un nombre especial, pero lo olvidé.

A pesar de haber dicho que hacía calor, Marc sentía sus manos más heladas por cada segundo que el capitán parecía meditar la respuesta que le había dado.

—Bueno—dijo el capitán— ya veremos si estaba en lo correcto. — y con eso, siguió su camino hacia su camarote mientras el chico recobraba el color.

Afectivamente, a la mañana del día siguiente se desató una tormenta horrorosa, el mar rugía feroz, el cielo parecía estar a punto de caerse, el barco rompía contra las olas que parecía estar a nada de romperse.

Los que habían escuchado a Marc se quedaron atónitos al ver que había acertado. El capitán, el almirante y el contramaestre estaban afuera, el primero en total calma, mientras que los otros dos parecían no creer lo que veían.

—¡Buenos días, joven Marc! Maravilloso clima, ¿o qué opina usted? Justo estaba comentando con el señor Henry y el joven Jackson sobre su predicción del clima.

Los dos mencionados pasaban sus miradas entre el capitán y el niño, con sus rostros llenos de disgusto e incredulidad.

—¡A la mierda! Estoy muy viejo para esto, Francis. Hazlo que quieras—dijo el almirante a modo de rendición antes de marcharse al camarote del capitán.

—Él no se va a quedar—amenazó Jackson y se fue siguiendo al mayor. A pesar de tener una extraña fijación con molestarlo, ni él lo quería en el barco realmente.

Por la noche, se escuchaban los gritos de una pelea que provenía justamente del camarote del capitán. Los marineros evitaban como la peste pasar por ese lugar y para desdicha de Marc, el chef Remi le había ordenado ir a preguntarle a esos tres si iban a cenar.

Ni bien tocó la puerta, un furioso Jackson le abrió. Sin darle oportunidad de que hablara, mandó al chico al carajo y le estrelló la puerta en la cara.

Viti il quiriji—lo imitó por lo bajo. Pero igualmente siguió su orden.

A la mañana siguiente, cuando la tormenta amainó, uno de los hombres bajó al muchacho del carajo. Desalineado, mojado, sus cabellos pegados a la cara, enmarcando más sus ojos llorosos y moqueando. En pocas palabras, parecía un animal al que le había tocado recibir el cubetazo de orines.

El marinero, un pyra notó Marc, intentó explicar lo que le había dicho el chico, pero no podía terminar cuando le ganaba la risa.

El chico le sacaba una cabeza de alto a Jackson, pero eso no lo hizo menos amenazante cuando jaló de su camisa — ¿Qué putas andabas haciendo ahí mocoso?

—Usted me ordenó que fuera allí.

— ¡¿Cuándo te dije eso?!

—Antes de cerrarme la puerta en la cara.

— ¡Nunca dije eso!

— ¡Literalmente lo hizo! Me dijo que me fuera al carajo.

Tres segundos.

Tres segundos exactos la flota se calló después de que Marc habló, tres segundos les tomó procesar lo que dijo. Tres segundos les tomó a las orejas de Jackson encenderse en un furioso rojo cuando se dio cuenta a lo que se refería, todos estallaron en carcajadas.

El chico volteaba a ver a todos sin entender qué era lo gracioso en lo que había dicho.

—Eres un imbécil.

—Yo solo obedecí su orden, señor— El niño acababa de contestarle.

Jackson parecía querer ahorcarlo en ese mismo momento por dejarlo en ridículo, pero no tenía una excusa válida. Es más, Marc había jugado sus cartas tan bien que el amonestarlo crearía una incongruencia, según él.

—Quizás, él no es un idiota total—le dijo Henry al capitán, quienes se encontraban observando la escena— solo es inútil.

—Creo que dejó su punto bastante claro cuando lo llamó “imbécil, incapaz de lavarse los huevos

—¡Eso lo dijo Jacky!— se defendió.

—Pero usted lo reafirmó— finalizó el capitán con una sonrisa traviesa en el rostro.

Después de ese día, los marineros empezaron a llamar a Marc “El carajito”, aunque ese apodo solo duró unos meses. Lo bueno fue que se dignaron a explicarle lo que Jackson le había querido decir; lo malo, fue que el almirante jamás se olvidó de la anécdota y la volvía a contar cada que podía.

La tripulación le tomó aprecio a la inocencia del chico, quienes en sus palabras, era el único en toda la flota que parecía no haber sido tocado por el mundo cruel. Demasiado inocente para su propio bien, seguía siendo inútil en las labores físicas, pero al menos servía como augusto para el resto.

Por otro lado, después de ese día, el capitán iba con Marc a preguntarle su opinión sobre diversos temas por alguna extraña razón. El chico respondía a sus preguntas lo mejor que podía, pensando que si no lo hacía lo arrojaría en ese momento al mal.

El capitán meditaba sus respuestas, y así como llegó, se iba del lugar sin mediar palabra, dejando a Marc con el estómago hecho un nudo el resto del día.

De la nada, el capitán solicitó la presencia del niño en su camarote. Adentro estaban Henry y Jackson acompañando al capitán. La tarea que se le pidió era simple: crear una ruta alternativa hasta Hermesvidek que evitara los navíos de Lucet. Marc había escuchado de avistamientos de corsarios que pertenecían al reino de la isla, también tenía que tomar en cuenta la cantidad de provisiones que contaban en ese momento.

La ruta más segura era pasar por la costa de Sil-liue y rodear por todo Vulkain, el problema era que esa ruta tomaría demasiado tiempo.

—Vayan por el norte— exclamó Marc después de ver el mapa.

—El caso es evitar Lucet, idiota— se burló el contramaestre.

— ¿Y?

—Y esa mancha de ahí—señaló una zona del mapa— sigue siendo Lucet.

Según él sabía, Lucet contaba con territorios ultramar que colindaban con dos de los antiguos reinos.

—Pero legalmente no pueden tomar acciones, gran parte de esas tierras no les pertenecen.

El capitán le dio permiso a Marc de continuar su explicación.

—No existe ningún documento donde se testifique que esas tierras sean de Lucet.

—Pero la gente que vive ahí—interrumpió Jackson.

—Que la gente que vive ahí sea de Lucet no significa que sean de ellos— contraatacó Marc—Esa región sigue siendo parte de Pyram. Si nos llegasen a atacar, estamos fuera de su jurisdicción y Pyram permite la libre navegación de sus mares. Por otro lado… No se ha sabido nada de lo que pasa en Pyram desde la independencia de Hermesvidek, así que no puedo asegurar si es que aún hay alguien protegiendo en el territorio. Es la ruta más óptima para llegar, y si queremos evitar las heladas será mejor que partamos lo más pronto posible, capitán.

Como si fuera un conocedor, Marc habló con un aplomo que no había mostrado antes, al punto que no tuvo miedo de confrontar a Jackson tan directo.

Una mirada cómplice a su mano derecha mientras los más jóvenes seguían discutiendo fue lo único necesario para marcar el “se los dije” no dicho por el capitán. Henry, que se encontraba apoyado en la pared del camarote de brazos, solo rió por lo bajo mientras negaba.

—Entonces que así sea. Almirante Jak’son, notifique al navegante sobre la nueva ruta. Contramaestre, haga los preparativos pertinentes. Joven Marc, de ahora en adelante, va a estar bajo el cargo del contramaestre. Espero que se lleven tan bien como hasta el momento; buena suerte.

Las caras de los chicos eran un poema, pero la orden estaba dada y no había nada que pudieran hacer. Ambos quisieron argüir la decisión del hombre, pero fueron despedidos y sacados a rastas por Henry.

Jackson le suplicó a Henry que hiciera algo, pero el hombre se encogía de hombros— Estás pagando las que debes, mocoso. ¡Es más! El carajito es nada comparado contigo cuando eran un grumete.

—Al menos era útil.

Eso caló dentro de Marc, pero no le dio el beneficio de verlo.

—Es útil. Tiene todos los sesos que a ti te faltan, Jacky.

Henry le dio dos palmadas en el hombro al joven, sonriendo como si confiara en que no iba a matar a Marc apenas se diera la vuelta, y se retiró. El contramaestre sus piró, maldiciendo el nombre del almirante.

Marc y Jackson se vieron a los ojos con un acuerdo tácito: No me molestes y no te molesto. Simple, justo y mutuamente beneficioso. Una relación simbiótica, donde ambos se aprovechaban del otro hasta que el otro aguantara.

—Bienvenido a bordo, werpau.—le dijo el joven con resignación.

—¿Gracias? Supongo.

Dos años más tarde se repetía la misma historia, polizontes amarrados sobre la cubierta en busca de una nueva vida.

El protegido del capitán, a pesar de su corta edad y el contramaestre de la nave, Jackson, bajaba detrás de hombre un curtido por el mar, malencarado. Ambos reluciendo sus peculiares ojos como el mar.

El almirante lucía varias heridas por su cuerpo, pero la más llamativa de todas era la que atravesaba desde su frente hasta el pómulo. Según las malas lenguas, esa cicatriz la obtuvo en una pelea contra un kraken de la cual salió victorioso, pero a cambio perdió el ojo, o eso decía un jovencillo que paseaba junto a los intrusos, sin ser de ellos. La mano derecha del capitán el almirante Henry Jak’son.

Por último, el elegante y refinado capitán; un pirata único en su especie, con los modales de un noble, pero tan sanguinario como los piratas de antaño. Su palabra era ley en su nave y no había quien la desobedeciera, Sir Francis Morgan.

El capitán, el almirante y el contramaestre se preparaban para la inspección rutinaria de la carne fresca que había embarcado por su propio pie.

—Realmente disfrutas con el sufrimiento ajeno— Le susurró Marc a su amigo.

—No lo niego. Ver sus caras cagándose de miedo es bastante entretenido— este se estaba dando los toques finales a su presentación, un sinsentido en opinión de Marc porque siempre se veía desaliñado cuál pirata que era.

Marc puso los ojos en blanco—Sádico.

Algo en el ambiente afuera se sentía extraño desde la mañana, las entrañas del chico estaban inquietas y seguro que no era el desayuno. Había un aroma extraño flotando por todo el barco desde que los polizontes se metieron.

—Sé cuidadoso, Jacky.

Jackson volteó los ojos y se giró hacia su camarada— Lo dice el que les tiene miedo a las ratas—se burló.

—Lo dice el que gritó como nena cuando la cucaracha voló sobre su cabeza—el chico se rió de su propia broma y lo hilarante que fue esa vez— Pero en serio, no te hagas el valiente porque sí, tonto.

—Lo que digas Marc—Y así, empezó la misma rutina de siempre.