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Inkwell

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Sinopsis

En una pequeña cafetería de Los Ángeles, Isaac busca rutina y silencio... hasta que Megan aparece con su calidez desbordante y cambia todo. Pero el pasado nunca se queda quieto, y cuando los secretos salen a la luz, el amor puede volverse tan peligroso como necesario.

Genero:
Romance
Autor/a:
R.J. Bartak
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPITULO I

Los Ángeles... Una ciudad gigantesca, ruidosa y en constante movimiento. Está llena de personas que sueñan con convertirse en la próxima cara reconocida, el nuevo influencer, la historia viral del mes. No sé si hablo desde el desprecio... o desde una envidia silenciosa por saber que yo jamás podría convertirme en uno de ellos.

Sea como sea, vine aquí buscando algo. Un propósito, según dicen. Alguien —no recuerdo quién— me aseguró que aquí podría encontrar "algo único". Y aunque la frase suene vacía, absurda incluso, decidí creerle.

Mi teléfono vibra. Lo tomo de la mesa con desgano. Son dos mensajes. Will me envió una ubicación junto a un breve:

"No tardes. Te espero. Aquí el café es lo mejor."

No tengo nada que perder. O tal vez sí, pero últimamente me cuesta diferenciar una cosa de la otra.

No está lejos. Camino unas cuadras y, a la distancia, veo el lugar. Una fachada rústica, con detalles antiguos y vitrinas empañadas por el vapor del interior. El cartel colgante reza: “Inkwell”. Entiendo por qué tiene tanto éxito entre esta gente: es un nombre pegadizo, romántico, como sacado de un poema maldito o de una carta que nunca llegó.

Las campanillas sobre la puerta suenan apenas cruzo el umbral. Un aroma denso a granos de café recién molidos y pan horneado me golpea el rostro con una calidez que casi me incomoda. Mis ojos recorren el lugar: estanterías llenas de libros encuadernados en cuero, luces suaves colgando sobre mesas de madera gastada, personas susurrando en rincones íntimos. Es acogedor. Demasiado para mi gusto.

"Isaac."

La voz llega desde mi izquierda. Me giro. Ahí está Will. Como yo, se retiró del ejército después de dos años de servicio obligatorio. No es alguien en quien confiaría ciegamente, pero es lo suficientemente tolerable como para matar el tiempo.

—Will… Cuánto tiempo —digo mientras camino hacia su mesa. Dejo mi abrigo sobre el respaldo de la silla y me siento frente a él, sin muchas ceremonias.

Su rostro se ilumina con una alegría despreocupada que contrasta bruscamente con el mío. Observa el menú con genuino asombro, como si el hecho de ponerle distintos nombres al café lo volviera especial. Supongo que solo soy demasiado crítico. O cínico. O ambas cosas.

—¿Cómo has estado? —me pregunta con entusiasmo. Y por alguna razón, siento que lo dice de verdad.

—Bien… un poco perdido —respondo sin rodeos.

—Te entiendo, hermano. Es difícil, ¿no? Seguir con tu vida después de ver que lo del ejército no funcionó como esperabas —comenta mientras se apoya en el respaldo de la silla—. Pareces tranquilo, más que perdido… pareces bien ubicado.

—¿Y tú qué has estado haciendo? ¿Estudias algo?

—Nah —dice encogiéndose de hombros—. Empecé a trabajar con mi padre en la oficina. Es aburrido, pero no me puedo quejar… buena paga. ¿Y tú?

Me observa con curiosidad, con ese optimismo que siempre lo caracterizó. Yo, en cambio, solo quiero hundir el rostro entre las manos, esconderme detrás de la carta del café o evaporarme junto al vapor de la cafetera. No tengo nada. Ni un plan. Ni siquiera una idea que me convenza. Estoy en un limbo donde ninguna opción me resulta lo bastante digna, y mientras tanto, el dinero empieza a convertirse en un problema real.

—No he tenido suerte... —respondo—. Soy más de ambientes tranquilos, y los trabajos que me ofrecieron hasta ahora requerían demasiada exposición. Y tú sabes cómo soy con esas cosas.

Will me observa, más serio. Me analiza, lo cual es raro en él. Supongo que... ¿le preocupo?

—¿Están listos para ordenar?

La voz es suave, melosa, con esa dulzura que no resulta artificial, sino cálida. Levanto la mirada y ahí estás tú. El delantal, el cabello castaño oscuro cuidadosamente peinado por encima de los hombros, el maquillaje discreto, las uñas limpias pero arregladas. Todo habla de alguien que quiere verse bien… pero para sí misma. No para los demás. Querés estar cómoda, no destacar. Y eso me resulta inquietantemente atractivo.

—Megan, tengo a alguien que quiero presentarte —dice Will.

¿Se conocen? ¿Cómo demonios este idiota terminó relacionándose con alguien que parece tan… sofisticada?

—Él es Isaac. Estuvo en el ejército conmigo. Y por lo que me cuenta, necesita trabajo. ¿Todavía tenés la vacante?

Abro los ojos, incrédulo. ¿Qué demonios estás haciendo, Will? Giro la cabeza hacia ti y veo que me observás. No hay juicio en tu mirada, pero sí una evaluación silenciosa. Querés entender quién soy. Medirme, quizás.

—Will… no era necesario —murmuro, sintiendo cómo el calor me sube al rostro.

—Tendré que entrevistarlo, por supuesto —respondes, con una sonrisa suave—. Pero no veo por qué no.

—¿Entonces van a pedir algo o solo vinieron a buscar empleo? —pregunta con una sonrisa pequeña, casi traviesa, mientras nos dedica una mirada cálida, tan suave que me derrite por dentro.

La observo, casi hipnotizado. Pero rápidamente desvío la vista hacia el menú, plagado de nombres extravagantes que parecen salidos de un catálogo de influencers.

—¿No hay algo que no parezca inventado por una cuenta de TikTok? —murmuro sin darme cuenta de que lo he dicho en voz alta.

—Eres más de lo clásico, ¿verdad? —responde ella sin perder la expresión amable—. Puedo traerte un café americano, si deseas.

Carajo. Me escuchó.

La miro, esperando ver esa típica reacción de desdén que la gente suele tener ante mis comentarios. Pero no, no estás juzgándome. Al contrario: parecés haber entendido exactamente lo que quise decir. Y, de algún modo, hasta te pareció gracioso.

—Suena bien. Gracias —digo, esta vez con el tono más sereno que me sale.

Will pidió su bebida, y continuamos charlando un rato. Me sorprendió lo bien que lo pasé. Supongo que, aunque nuestra relación nunca haya sido particularmente profunda, le agradezco este momento. Sentí tranquilidad. Calidez. Y no solo por su compañía, sino también por la tuya.

Llega la hora de la despedida. Me levanto, algo más ligero que cuando entré. Pero aunque quisiera acercarme, no lo hago. No aún. Entonces…

—Isaac.

Tu voz me detiene en seco. Me giro. Te estás acercando. Demasiado. Más de lo que suelo permitir. Pero por alguna razón, no me pesa. No me molesta. Solo me pone alerta. Tenso, sí. Pero no incómodo.

—Necesito tu número. Si no, ¿cómo voy a citarte a la entrevista?

Extendés tu teléfono hacia mí. Lo tomo, casi sin procesarlo.

—Cierto. Muchas gracias por la oportunidad... aunque solo sea una entrevista.

Sonrío. Es pequeña, fugaz. Pero es genuina. Hace tiempo que no la experimentaba. Esta tarde me devolvió emociones que creía perdidas.

Te despedís con otra sonrisa. Tu perfume queda flotando en el aire: notas suaves de canela y vainilla se cuelan en mi memoria sin pedir permiso.

Espero volver a verte, Megan.

Me despedí de Will sin demasiadas palabras. Empecé a caminar, con las manos en los bolsillos mientras el sol comenzaba a esconderse tras los edificios. El frío me recorrió los dedos, colándose por los pliegues de la campera, y, como siempre, lo agradecí.

Siempre me gustó el frío. Y caminar. Desde niño descubrí que eran las únicas condiciones que realmente me ayudaban a pensar. El ruido de la ciudad queda amortiguado, los sentidos se aquietan, y el mundo, por un instante, parece más lento.

Pero hoy no pienso en el mundo. Solo en ese lugar... en la cafetería. En ese trabajo que no pedí. En Will, que me sigue sorprendiendo con su aparente despreocupación. Y en ti.

Megan.

¿Sos así de dulce siempre… o hay algo más detrás?

Nadie es perfecto. Idealizarte sería un error. Lo sé. Entiendo que detrás de esa sonrisa, de esa mirada cálida, debe haber algo más. Algo que no se muestra a simple vista. ¿Pero qué puede esconder una mirada tan suave? ¿Qué daño puede hacer alguien con un gesto tan sincero?

Quizá estoy exagerando. Paranoico, como siempre. Tal vez no hay más que una chica amable haciendo su trabajo con amabilidad.

Pero lo cierto es que me llamás la atención, Megan. Y eso no es algo que suela ocurrirme.

Así que voy a averiguarlo. Por qué tú. Por qué ahora. Por qué no otra.

¡Cuéntale a R.J. Bartak lo que piensas sobre este capítulo!
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