Martín caminaba alegremente por las caóticas calles del sector 3. El olor a humo envolvía el aire, creando un ambiente opresivo que se asentaba como una pesada manta sobre los presentes. Observaba cómo grupos de personas se enfrentaban violentamente.
El sonido de sirenas y explosiones en la distancia era música para sus oídos. Mientras continuaba su camino con una sonrisa en el rostro, comenzó a tararear, disfrutando de lo que había sido un lindo día.
Su estado emocional desentonaba con su alrededor, como las bandas delictivas deshaciéndose de sus víctimas arrojándose al río como si fueran basura.
El ya se había acostumbrado a ese lugar, y sabía bien que lo único que lo ayudaría a sobrevivir era su astucia y de tomar decisiones rápido. Ya tenía en la cabeza que no importa como actuase que tan bajo mantenga su perfil si alguien le quisiera hacer algo lo iba a hacer.
Con cada paso, Martín se encontraba con escenas desgarradoras y grotescas que deberían alertar. Sin embargo, a duras dos cuadras que recorrió se recordaba a sí mismo que debía mantener el enfoque y seguir adelante, llegar al Supermercado y comprar Dulce de Leche para comer con sus galletitas de agua.
Sin embargo, su tranquilidad se vio abruptamente interrumpida cuando un misterioso auto negro se detuvo a su lado.
La ventana polarizada del vehículo se bajó lentamente, revelando a un chico rubio que miraba fijamente a Martín. —Hola— dijo el rubio con una voz serena, como si no hubiera nada de qué preocuparse. Una ligera mueca se formó en el rostro de Martín al reconocer al rubio que una vez le habían causado problemas. —Mierda, Armando…— Pensó Martín. Con cautela, Martín respondió al saludo del chico, aunque sus sentidos estaban alerta y su intuición le decía que debía salir corriendo. Ya él sabía que el tono amable del chico intentaba disfrazar sus verdaderas intenciones. Además de tener presente los recuerdos de aquel enfrentamiento con los hermanos Montenegro.
A pesar de sus instintos de salir corriendo, Martín decidió ser cautelosamente serio y mantener la guardia en alto. —Tengo que actuar natural. Ellos no me deben reconocer— Pensaba Martín. —Dime ¿Qué necesitas?— Dijo serio.
—Sólo quería unas indicaciones— Respondió Armando.
—¿Dónde quieren ir?— Dijo Martín.
—La calle… a la mierda subí al auto— Dijo el ruso sacando un arma por la ventana.
Al ver la situación en la que se encontraba Martín dio un paso para atrás para ser sorprendido por la espalda. Una chica con el pelo un poco más oscuro que Armando, le había puesto una navaja en el cuello a Martín.
—¿Qué quieren?— Dijo Martín manteniendo la calma.
—Sube al puto auto y deja de hablar— dijo la chica empujando a Martín al auto.
Dentro del auto Martín está atado con precintos.
Martín se sentía incómodo al tener a sus secuestradores al lado. La chica a la izquierda y el chico a su derecha, y sin ninguno decir ninguna palabra.
En la mente de Martín solo rogaba por que no lo reconocieran. Ya que eso le traería muchos problemas. —Es imposible que me reconozcan, no por algo cambie mi pelo, el color de mis ojos. ES IMPOSIBLE. ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO… —pensaba poniéndose nervioso pero mostrándose como alguien tranquilo y sin preocupaciones.
—Capaz quieren robar algo y necesitan rehenes —pensaba para calmarme.
—¿En serio creíste que con un disfraz tan estúpido no íbamos a reconocerte? Rohan. —dijo el ruso.
—Mierda— dijo Martín en voz baja.
—Aurora ¿Qué hacemos con nuestro amigo? —dijo Armando con un tono macabro.
—Para mi que grabamos como lo matamos— dijo la chica tranquila.
—No lo sé, no me gusta esa idea —respondió Armando.
—La verdad es poco original —agregó Martín.
—Bueno, pendejos. Hagan lo que quieran —dijo Aurora mirando por la ventana.
—Rohan, dime, ¿Cómo está Michelle? —dijo Armando mientras miraba sus uñas.
—Michelle, murió —dijo Martín agachando su cabeza.
—Que pena —dijo Armando serio.
—Frena el auto —dijo imponente Armando al Chófer.
—Bájate. Rápido —agregó al segundo.
Martín baja del auto y comienza a planear una manera de escapar.
Los hermanos metieron a Martín a un galpón abandonado.
—La verdad no se porque lo traes aquí. Si este lugar es un desastre, Armando —dijo Aurora mientras se ponía unos guantes negros de látex.
—Si, es lo mismo torturarlo aquí que torturarlo en el centro de la ciudad —respondió Armando.
—Super si, literalmente vimos cómo tiraban cuerpos al río —dijo Aurora con un tono alegre.
Mientras los hermanos hablaban Martín intentaba romper sus ataduras.
Aurora agarra el celular de Martín.
—Rohan, dime tu clave —dijo tranquila.
—Vete a la mierda zorra —gritó Martín desde atrás.
—Rómpele la cara Armando, yo voy a bloquear el celular de este idiota —agrego Aurora.
—¡Qué mala! No poder intentar desbloquear su celular en dos años, ¡muajaja! —dijo Armando, mientras empujaba una mesa con ruedas repleta de extraños y aterradores instrumentos de tortura hacia Martín.
—No mierda, ¡Aurora no hagas eso! —gritó Martín enojado.
—Shhhh… Calladito— agregó Aurora para seguir introduciendo contraseñas incorrectas.
—¡Mira, Roji! —dijo Armando, feliz—. Compré nuevos elementos de tortura. Además, son muy elegantes —añadió, gesticulando con entusiasmo mientras mostraba cada objeto como si fueran obras de arte.
—La verdad, sí son lindas. Lo único malo es que vas a usarlas conmigo… —agregó, sintiéndose incómodo. Luego, gritó—: ¡Y la asquerosa de tu hermana…! —Pero no terminó la frase, porque Armando lo golpeó con fuerza.
—Hablas muy mal de mi hermana— dijo Armando serio.
—Es una asquerosa, como tú —respondió Martín, y acto seguido escupió a Armando.
—Eres un asco —dijo Armando, y luego comenzó a golpear a Martín, cada golpe resonando en el aire.
Aurora, que estaba de fondo sacándose fotos con el celular de Martín, alzó la vista, sorprendida por la repentina violencia.
—Dale duro, pero guarda un poco para mí —decía Aurora, sonriendo con picardía mientras recuperaba la calma, como si la violencia a su alrededor fuera un espectáculo divertido.
Martín logró patear a Armando, arrojándolo contra una mesa con ruedas donde estaban los elementos de tortura.
Aprovechando la confusión, se levantó rápidamente y corrió hacia la puerta, dándole la espalda a Aurora. Ella agarró un cuchillo y lo lanzó, hiriendo a Martín en la espalda.
—Mierda… —dijo Aurora, frustrada por no haber hecho más daño.
—Buen tiro —agregó Armando, y acto seguido los dos hermanos fueron tras Martín.
La noche caía sobre la ciudad y Martín corría por las solitarias calles, dejando un rastro de sangre. Su respiración agitada y el sonido de sus pasos resonaban en el aire, al igual que los latidos acelerados de su corazón. —¡PUTA MADRE!, ¿No se cansan estos dos? Además, no pueden ser más encantadores. Literalmente, a uno le rompí la cabeza contra una mesa y se ve increíble, son tan hijos de puta —pensaba mientras corría.
Martín se adentraba en un laberinto de callejones estrechos, la sensación de estar acorralado se apoderaba de él como también la tensión y la incertidumbre.
Martín intentaba mantener la calma y encontrar una estrategia para enfrentar a los hermanos.
Con el corazón latiendo en su pecho, Martín se detuvo en un callejón oscuro y solitario. El silencio pesaba en el aire, interrumpido solo por el sonido de su respiración agitada. Se giró hacia la salida, esperando ver a los hermanos.
—Sabes, Rohan, ¿Sabes lo que te espera? —dijo Aurora mientras caminaba hacia Martín.
—Si, “Martín” ¿Sabes lo que te va a pasar? —agregó Armando.
—Russo, va a estar muy feliz— dijo Aurora sería.
Martín comienza a temblar al sentirse acorralado.
—Amigo, ¿Qué mierda hiciste para que te den tanto dinero por entregarte a los Ledesma? —agregó Armando, riéndose.
—Hey ¿Qué mierda hacen? —dijo una voz en la lejanía.
Ante ellos había una chica de aproximadamente dos metros, con ojos violetas y cabello rubio, que llevaba atado un pedazo de tela roja en la frente.
—Largo de aquí— decía con voz imponente.
—¿Quién mierda eres? —respondió Aurora.
Aurora saca su navaja y hace señas para que la chica venga.
La muchacha caminó hacia Aurora. Con un movimiento rápido y ágil, Aurora intentó apuñalar a la chica, pero fue golpeada y arrojada contra la pared, cayendo al sucio suelo del callejón, sintiendo el asfalto en su espalda mientras trataba de recuperar el aliento.
—Largo de aquí —dijo la chica con voz dura.
Armando, asustado, agarró a su hermana y se fue de aquel lugar.
—Gracias —dijo Martín.
—¿Estás bien? —dijo la chica tranquila.
—Si, ¿Me ayudas a liberar mis manos? —dijo Martín.
Ya libre Martín se sentía algo más tranquilo.
—¿Porqué me ayudaste? —dijo Martín confundido.
—No lo sé, fue un impulsó —agregó sería.
—Y ¿Cómo te llamas? —agregó Martín.
—En el bar me llaman Thaddeus, Stardust. Pero no importa mi nombre — Dijo tranquila —Estás herido, ven conmigo. Si quieres— agregar con una sonrisa.
Martín y Thaddeus fueron caminando por las calles del sector 3 hasta llegar a un bar cerrado.
—Bueno, esta es mi casa —dijo emocionada.
—¿Vives en un bar? —preguntó Martín confundido.
—¿Eres sordo? —exclamó Thaddeus mientras entraba.
Ya dentro Thaddeus fue a buscar gasas y agua oxigenada.
—y ¿Por qué esos chicos te quieren hacer daño? —preguntó mientras limpiaba las heridas de Martín.
—Son viejos conocidos —murmuró Martín, con quejas por el dolor en su voz.
—Me quieren entregar a un psicópata —agregó, acto seguido.
—¿También eres buscado? —exclamó Thaddeus, sorprendida.
—¿También? —Respondió Martín.
—Sí. Cazado, encerrado o, en el peor de los casos, asesinado —continuó Thaddeus.
—¿De qué hablas?— murmuró Martín.
—Ah… eres idiota. Bueno, mi mutación es ser fuerte. ¿Cuál es la tuya? —dijo Thaddeus, sonriendo.
Martín se sorprende ante esa afirmación dejando en espera a Thaddeus. —Si no fuera un mutante… ¿Me matarías? —respondió en voz baja.
—¿No eres mutante? —agregó Thaddeus, con una expresión intrigada en su rostro.
—No, para nada — dijo Martín.
—¿Y entonces por qué te buscan los Montenegro? —respondió Thaddeus, seria.
—Ya que, te podría entregar y recibir la recompensa que haya por ti —agregó, apartando la vista de Martín.
Martín queda callado ante la afirmación de Thaddeus.
—Es una larga historia; pero me quieren muerto —dijo Martín, con una tranquilidad que contrastaba con la gravedad de sus palabras.
—Si, por algo te preguntó. ¿Por qué te quieren matar? —agregó Thaddeus, insignificante.
—No tengo tiempo para esto. Tengo que ir al súper —dijo Martín, mientras se levantaba y caminaba con dificultad hacia la puerta. Pero, a los pocos pasos, se detuvo; sus piernas comenzaron a temblar y cayó al suelo del bar.
—¿Estás seguro que quieres salir? Creo que apenas puedes caminar ¿Puede ser que estés drogado? —agregó Thaddeus.
—¿Drogado?— Dijo Martín intentando caminar pero su cuerpo se volvía cada vez más pesado.
Martín pensó en los precintos cortados y comenzó a sospechar de los hermanos.
—Hijos de puta… —murmuró Martín en voz baja.
Martín mira a Thaddeus con dificultad, su cuerpo se sentía pesado y mantenerse parado cada segundo era un gasto de energía significativo.
—Thaddeus, no toques los precintos —dijo Martín con dificultad.
—¿Quieres ayuda? —dijo Thaddeus.
—¡No, necesito ir a comprar dulce de leche! —respondió Martín, desesperado, mientras intentaba caminar. Pudo dar un paso, pero luego cayó desplomado al suelo.
—¡MIERDA! —gritó frustrado Martín.
—Hey tranquilo —dijo Thaddeus, con calma.
—Encima estoy en la misma habitación que un mutante ¿Esto puede empeorar? —pensó con desprecio.
Thaddeus agarra a Martín y lo lleva a un sillón donde lo sienta.
—¿Puedes hablar? —dijo Thaddeus.
—Si… puedo moverme, sólo me cuesta mucho —dijo Martín.
—¿No tienes un teléfono? Necesito llamar a mis compañeros para que me busquen —dijo Martín, adolorido.
—Lo siento, Martín —respondió Thaddeus con calma mientras tomaba un sorbo de agua fresca.
—Desafortunadamente, no tengo un teléfono. Sin embargo, no te preocupes, puedo buscar uno. —continuó.
Thaddeus se acercó a Martín, mostrando una expresión de empatía. —Puedo pedir ayuda a los vecinos —.
Mientras hablaba, Martín evaluaba rápidamente la situación, pensando en las posibles soluciones.
—No te preocupes, Thaddeus. Aprecio tu ayuda, pero en este momento prefiero descansar un poco. Cuando me sienta mejor, me iré a casa por mi cuenta. No es necesario que me acompañes —dijo Martín, poniéndose cómodo en el sillón.
Martín, acomodándose en el sillón, cerró los ojos y suspiró. —Además, tengo que pasar por el supermercado por dulce de leche —agregó con tranquilidad.
Thaddeus, confundido por la aparente desconexión de Martín, frunció el ceño y respondió con sinceridad: —La verdad, no te entiendo… Te drogaron y estuviste al borde de ser gravemente herido. ¿Y sigues pensando en ir al supermercado? —dijo mirando a Martín con preocupación.
Martín respondió con firmeza —Thaddeus, tengo un objetivo. Necesito ir a comprar ese manjar de los dioses, sentir ese sabor dulce y adictivo, probarlo en una mezcla con queso crema y unas chocolinas bañadas en café. Eso no significa que no me importe lo que ha sucedido; estoy agradecido porque me hayas salvado —.
—Es más yo creía que las “Personas” con tu condición no podían sentir empatía— agregó algo incómodo.
Thaddeus mantuvo su mirada seria mientras escuchaba las palabras de Martín. Sus labios se apretaron ligeramente y sus cejas se fruncieron, mostrando un claro descontento por los comentarios iniciales de Martín.
—Creí que los mutantes solo causaban daño y pánico a las personas. No pensé que hubiera mutantes tan educados y bien acomodados económicamente —dijo Thaddeus.
Cuando Martín terminó de hablar, notó la expresión de Thaddeus, una mirada seria de desagrado.
—¿Escuchaste toda la estupidez que dijiste? —agregó Thaddeus seria.
—Lo siento, no quería ofenderte. Solo nunca pude conocer a una Anomalía —respondió Martín con sinceridad, su tono suave.
—No pasa nada, Martín. Entiendo que creas eso y que tengas desconfianza de mí. Sé que tus creencias parten de la ignorancia y de la influencia de lo que se dice de las personas como yo. Ahora, aprecia que te salvé y comienza a cuestionar tus creencias —respondió Thaddeus con calma, aunque aún con cierto tono de desaprobación.
—Soy un mutante, un Anomalía como lo llamas, pero eso no me define como persona ni determina mi carácter o situación económica, pendejo —.
—Tienes razón, Thaddeus —respondió Martín, sorprendido por la elocuencia con la que se expresaba. Las palabras de Thaddeus resonaban en su mente, y no pudo evitar sentirse atraído por su forma de ver el mundo, además de la suavidad de su voz y la pasión en sus palabras lo hicieron sentir una conexión especial, como si, en ese momento, todo lo demás desapareciera.
En ese instante, mientras Martín y Thaddeus continuaban su conversación, un estruendo repentino resonó en el bar. Una ventana estalló en mil pedazos, dejando entrar una granada de gas que rodó por el suelo. El aire se volvió pesado y un silencio inquietante se apoderó del lugar, como si el tiempo se hubiera detenido.
El gas comenzó a extenderse rápidamente, llenando el ambiente con un humo denso y asfixiante. Martín frunció el ceño, intentando comprender lo que sucedía, cuando un olor químico penetrante invadió sus fosas nasales, provocando que su estómago se revolviera.
Martín comenzó a inhalar el gas y pronto detectó una sustancia familiar, una que pertenecía a la familia de los agentes neurotóxicos: una sustancia psicoactiva que formaba parte de la clase de las anfetaminas.
—¿MDMA? Con razón sentía una mayor conexión emocional —pensó Martín.
Thaddeus, con los ojos muy abiertos, miró a su alrededor en busca de una salida, su voz apenas un susurro —¿Qué está pasando? —.
El humo se espesó, oscureciendo su visión y creando una atmósfera opresiva. La conversación se interrumpió bruscamente, y el bar se convirtió en un laberinto de sombras y pánico. Cada respiración se volvía más difícil, y el sentido de urgencia crecía a medida que el gas se acercaba.
Thaddeus, sorprendida por la situación, cubrió su boca y nariz para protegerse del gas y avanzó con cautela. Sin embargo, su intento por escapar fue interrumpido por un disparo de una extraña sustancia oscura que la alcanzó. Confundida y preocupada, Thaddeus examinó su piel manchada por la tinta, sintiendo cómo su cuerpo se volvía pesado y lento en cuestión de segundos. —Maldición—, murmuró Thaddeus, mientras golpeaba el gas con desesperación, con la esperanza de golpear a sus atacantes invisibles. —Tengo poco tiempo, debo actuar rápidamente para proteger mi hogar y eliminar a quienes estén detrás de esto—.
A pesar de la pesadez que invadía su cuerpo, Thaddeus soportaba la molestia. Utilizando sus habilidades mutantes, se concentró en aumentar su fuerza y agilidad para responder al ataque. Con movimientos rápidos y precisos, buscó identificar la fuente de los disparos y hacer frente a sus agresores. A medida que avanzaba, Thaddeus notó la presencia de varias figuras enmascaradas moviéndose entre el humo.
Thaddeus notó un movimiento cercano y, con un instinto ágil y preciso, logró agarrar a un chico rubio que pasaba cerca de ella. La adrenalina y el impulso la ayudaron a sostenerlo del cuello por unos segundos, pero su cuerpo exhausto no pudo mantener la fuerza por mucho tiempo. La falta de energía y la debilidad causada por la tinta finalmente lo alcanzaron. Sus brazos se aflojaron y soltaron a Armando, quien cayó al suelo junto a ella quien se arrodilló antes de perder la consciencia. Durante ese tiempo que quedó inconsciente, su mente luchaba por mantenerse alerta. A medida que su cuerpo recuperaba la energía, Thaddeus empezó a despertar lentamente. Cuando finalmente abrió los ojos, se encontró en un lugar desconocido. La oscuridad del ambiente era penetrada por una tenue luz que permitía distinguir las siluetas de personas a su alrededor. Martín estaba a su lado, observándola con preocupación. —¿Estás bien? —preguntó.
Thaddeus parpadeó, tratando de enfocar su mirada mientras asimilaba la situación. —Estoy... mejorando —, respondió con voz ronca y cansada. —¿Dónde estamos? — preguntó Thaddeus dándose cuenta que estaba esposada de manos y pies.
—¡Demonios! —exclamó, molesta, frunciendo el ceño mientras hacía fuerza para romper las esposas. Justo en ese momento, Martín, hablando en voz baja, interrumpió su esfuerzo para captar su atención.
—No lo hagas... ¿No te das cuenta de que eso es lo que ellos quieren? —dijo Martín con cautela. Thaddeus lo miró con sorpresa, Martín continuó explicando, —En el bar, cuando cortaste los precintos, fue cuando la droga tocó mi piel. Quieren provocarte, que actúes impulsivamente para que te pase lo mismo. Ya que saben que este camión de mierda no puede detenerte —.
—Martín. ¿Por qué estoy viva? ¿Por qué me secuestraron si su objetivo no era tú? —preguntó Thaddeus con una mezcla de desconcierto y curiosidad.
Martín frunció el ceño, confundido por la situación. —No lo sé, Thaddeus. Quizás tenga que ver con que eres una Anomalía. Pero eso no encaja del todo, ya que siempre me dijeron que los Montenegro tienen un lema mutante muerto, abono para mi huerto. No tiene sentido que los Montenegro no te hayan matado —.
Thaddeus se puso de pie para caminar hacia una rejilla para ver por donde iban mientras hablaba con Martín —A quien le importa la razón por la que estoy viva. ¿A dónde mierda me llevan? —. A medida que el camión avanzaba por un camino de tierra, solo iluminado por las luces del vehículo y el auto que iba delante de ellos
Martín bajó la cabeza, sintiéndose abrumado —No estoy seguro, pero sé que los Montenegro, es decir nuestros secuestradores. Tienen cinco bases por toda la capital. Tres en la ciudad y el resto fuera de la ciudad —.
Thaddeus miró a Martín de manera amenazante Martín, parece que sabes mucho sobre estas personas. —¿Tienes algo que ver con los cazadores? —preguntó con seriedad.
Martín levantó la cabeza, confundido y le respondió —¿De qué estás hablando? —, respondió, tratando de mantener la calma. Aunque una parte de él podía intuir a quiénes se refería.
—Los cazadores, las personas que se dedican a asesinar o capturar a individuos como yo —, afirmó Thaddeus con una seriedad escalofriante.
Martín permaneció en silencio, escuchando atentamente las palabras de Thaddeus. Aunque no entendía completamente de qué estaba hablando, una sensación de inquietud comenzó a apoderarse de él.
—La verdad es que no sé de qué me estás hablando —dijo Martín, tratando de mantener la calma y ocultar cualquier indicio de culpabilidad.
Thaddeus sólo miraba a Martín sin confiar en su palabra.
—Este no es momento para que hablemos de la vida de cada uno. Ahora nos interesa sobrevivir, Thaddeus. Luego de esto te invito a un café y si quieres hablamos — Dijo Martín.
Thaddeus frunció el ceño, sorprendida y desconcertada por la respuesta de Martín. —¿En serio me estás invitando a un café?. Este no es el momento para hablar de citas y café, Martín — respondió Thaddeus con voz firme, sin encontrar sentido a su propuesta. —No puedo creer que estés pensando en algo tan trivial en estos momentos. Además, ¿Cómo puedes ser tan descarado como para invitarme a un café después de que tu implicación en todo esto haya llevado a mi secuestro? —.
Martín intentó aligerar la tensión —Las primeras citas generalmente no salen bien — bromeó.
—No puedo creer lo que estoy escuchando —dijo Thaddeus en voz baja.
Thaddeus sólo lo miraba mientras hacía una mueca de disgusto. Y en su cabeza pensaba —¿Esto es real? no puede ser que tenga tan poca vergüenza como para invitarme a un café en estos momentos—.
El camión se detenía bruscamente y Thaddeus luchando por mantener el equilibrio en consecuencia a esto. El silencio llenó el vehículo Martín y Thaddeus escucharon atentamente cualquier sonido. La puerta del camión se abrió y entraron dos individuos, uno moreno con rastas y otro de aspecto elegante.
—¡Puta madre, cuánto tiempo! No los extrañé para nada, pero me alegra que sigan vivos —exclamó Martín, sonriendo.
El moreno le respondió con un tono de familiaridad. —Rohan, cuanto tiempo —.
—Dani, no me dejarías libre por fis… sólo quiero dulce de leche —decía Martín mientras Daniel lo bajaba del camión.
—No. —respondió el moreno con rastas. Daniel se percata que Martín estaba usando maquillaje para oscurecer su piel.
—Rohan, ¿En serio oscureces tu piel? — dijo el moreno mientras entraba a Martín a un edificio alejado de la ciudad.
—Si, viejo. Pensé que así no me iban a reconocer —respondió Martín en un tono más bajo.
—Daniel, no hables con Rohan, te va a manipular —gritó Aurora desde la puerta —Déjalo ahí con El Chino y ven ayúdame con esta mutante de mierda —agregó.
Martín se quedó sentado, esperando pacientemente a que terminaran de bajar a Thaddeus, quien se resistía a ser tocada.
Martín observaba con asombro cómo los secuestradores eran lanzados por los aires cada vez que intentaban tocar a Thaddeus.
Aurora, visiblemente agotada de sus intentos fallidos por controlar la situación, se acercó a Thaddeus y le habló. —Hey, ¿y si bajas por tu cuenta? —, sugirió con cansancio en su voz.
Martín mira al chino —¿Cómo estás? —dijo tranquilo.
El Chino lo miró solo por un instante, gruñendo en respuesta, antes de volver a enfocar su atención en la carretera. Su gesto brusco y su falta de palabras dejaron claro que no estaba interesado en entablar una conversación amistosa.
—Mala onda… —, murmuró Martín con una expresión de decepción en su rostro, haciendo un gesto de molestia. Ya que esperaba establecer una conexión mínima con él.
Thaddeus descendió del camión, rodeada por sus captores mientras la guiaba hacia la entrada del edificio. La estructura en sí era sorprendentemente hermosa, con su apariencia bien cuidada que contrastaba con las circunstancias caóticas que los habían llevado allí.
Thaddeus no pudo evitar notar la atención al detalle y el cuidado puesto en su diseño. Las paredes estaban adornadas con obras de arte intrincadas, reflejando un sentido de elegancia y sofisticación. Los pisos pulidos brillaban bajo la suave iluminación, dándole al espacio un aura de tranquilidad.
Martín, Aurora y El Chino seguían de cerca a Thaddeus, sus pasos resonaban en los pasillos. Martín no lograba encontrar tranquilidad en medio de la belleza del pasillo, ya que las obras de arte que adornaban las paredes eran retratos de los miembros de la familia Ledesma, algo que definitivamente no le agradaba. —¿Por qué tendrían tantos cuadros de ellos? —, exclamó Martín, claramente molesto por la situación.
Thaddeus, por su parte, observó las pinturas con curiosidad y expresó un punto de vista diferente. —A mí me parecen muy bonitas —, comentó, admirando los detalles y la técnica utilizada en cada uno de los retratos.
—Te sientes molesto porque tiramos la tuya a la basura —, dijo Aurora mientras caminaba junto a ellos, sosteniendo una carabina en sus manos.
—No puedo creerlo —, murmuró Martín, mostrando una cara de molestia notoria.
En ese preciso momento, Armando apareció corriendo hacia el grupo, su cabeza vendada y su respiración agitada. —¡Aurora, ¿de qué me perdí?! —.
—Que bueno, llegaste en el mejor momento, hermanito. — dijo Aurora intrigada.
—Perfecto, Thaddeus, ¿cierto? Estos cuadros están ordenados desde los integrantes más antiguos hasta los más nuevos de la familia Ledesma —, dijo Aurora con orgullo mientras señalaba los retratos en la pared.
—Como puedes ver, desde que llegamos a Nexus hemos ampliado nuestro círculo familiar, llegando al punto de tener a personas de bajos recursos —La cara de Martín cambió a una muy enojada.
Martín, sintiéndose indignado, interrumpió a Aurora. —¿Qué quieres decir con ‘personas de bajos recursos’? ¿Acaso estás insinuando que los nuevos miembros, somos inferiores o menos importantes?. —
—¿Somos? Discúlpame Rohan pero tú ya no formas parte de la familia. En realidad, nunca lo has hecho. Estabas en nuestra posición solo porque tus hermanos sí son útiles y aunque lo seas, nunca llegarías a ser alguien como nosotros —, dijo Armando, esperando herir el ego de Martín.
—Uys, drama —dijo Thaddeus intrigada.
—Si si, Brutal —agregó Aurora.
—Chino, te encargo que lleves a Thaddeus a su celda, por favor —, dijo Armando con amabilidad.
Una vez que Thaddeus se fue, los hermanos se quedaron solos con Martín. —Tienes suerte de que no hayamos llegado al final del pasillo —, dijo Armando sin mirar a Martín.
—Sí, sería una pena que la anomalía se enterara de que tienes relación con los dos perros de Russo —, dijo Aurora mientras acompañaba a su hermano.
—Imagínate si la anomalía se da cuenta de que eres familiar de las personas que se dedican a cazar anomalías. Te rompería la cara —, agregó Aurora con gracia.
—Totalmente —, respondió Armando con tranquilidad, compartiendo el tono ligero de su hermana.
Martín se detuvo frente a una pintura en particular, sintiendo cómo su piel se erizaba al recordar todo lo que Víctor le había hecho en el pasado.
Con un suspiro profundo, Martín apartó la mirada de la pintura y continuó siguiendo a sus captores hasta la habitación al final del pasillo. Donde se encuentra con otras dos pinturas de personas muy parecidas a él. Observó las obras con nostalgia antes de entrar a la habitación que se encontraba al final del pasillo.
La habitación donde entró era un cuarto muy ordenado decorado de manera elegante que encaja bien con todo el edificio. Cada detalle había sido cuidadosamente seleccionado, creando un ambiente sereno y sofisticado.
—Joder ¿En serio estamos en el sector 3? —agregó Martín sin creérselo.
Aurora estaba ordenando algunas cosas en su escritorio mientras hablaba con Armando. —Sabes, lo que es agarrar a un mutante como el que agarramos hoy — decía mientras seguía concentrada en el escritorio.
Armando, quien estaba junto a Aurora pero observando atentamente cada movimiento de Martín, respondió serenamente —Sí, unos 500 verdes podríamos ganar por alguien así —.
En ese momento, un holograma a color se abrió frente a ellos, mostrando la imagen de perfil de un chico moreno con la cara tapada, junto a un hombre rubio. La imagen era nítida y detallada, como si estuvieran viendo a estas personas en persona.
Martín reconoció de inmediato a las dos personas de la imagen, su hermano menor Engel y Víctor Russo. Su corazón se aceleró mientras observaba el holograma.
—¿Qué hace Víctor con mi hermano? —preguntó Martín, visiblemente molesto.
—¿Te molesta? —respondió Aurora, con un tono juguetón.
En ese momento, la llamada fue contestada y en la pantalla apareció un chico con un ojo vendado y un gorro que cubría por completo su cabello, dándole un aire misterioso.
El chico miró fijamente a Martín. A pesar de su ojo vendado, había una intensidad en su mirada que transmitía un profundo resentimiento.
—Buen día, señor Russo —, dijo Aurora con seriedad, manteniendo la formalidad en su saludo.
—Es de noche... — respondió Russo con seriedad. —Veo que no me han llamado por cualquier cosa. La verdad, estoy contento por lo que estoy viendo —, agregó, dejando entrever una ligera sonrisa en su rostro.
—Sí, mi hermana y yo suponíamos que la captura del señor Rohan lo pondría feliz. Por eso actuamos rápidamente cuando nos dimos cuenta de quién era en realidad —dijo Armando, con una expresión seria.
—¿Qué quiere que hagamos con él? —dijo Aurora con un tono acorde a la situación.
Víctor se queda en silencio por unos segundos. —¿Dónde se encuentran? — dijo Russo tranquilo.
—Estamos en el sector 3 — contestó Aurora.
—Perfecto, voy para allá —dijo Russo, su voz firme y decidida, antes de colgar.
La expresión de miedo en el rostro de Martín era evidente mientras procesaba la noticia de que Víctor se dirigía hacia su ubicación. Sabía que enfrentarse a Víctor sería una muerte asegurada, pero también se dio cuenta de que debía actuar rápidamente para escapar antes de que llegara.
En un instante, Martín se relajó y pensó —Bueno tengo tiempo para escapar. ¿Cuánto tardará Víctor en llegar desde el sector 1 hasta aquí? — reflexiona, intentando mantener la calma. —Si espero a que llegue Víctor, mis posibilidades de escapar se reducirán drásticamente —.
—Fue un placer conocerte, Rohan —dijo Armando piadoso, mientras Aurora se reía de fondo.
—Rohan, te va a hacer mierda. ¡Era aterradora la manera en la que te miraba! — dijo Aurora.
Martín no respondía a ninguna de las burlas que le decían los hermanos Montenegro.
—Bueno, disfruta tus últimos minutos de vida —dijo Aurora con una sonrisa irónica, estirándose antes de retirarse de la habitación.
Quedando Armando y Martín solos. El silencio se apoderó de la habitación y en la mente de Martín sólo resonaba —¿MINUTOS? —.
Thaddeus, con una mirada amenazante observaba a Aurora a través del vidrio. Aunque estaba encerrada en una habitación completamente blanca, sin esposas. No le importaba ni una palabra de la que decía Aurora.
—Intenta golpear todo lo que quieras. Esta celda es indestructible, sinceramente. —decía Aurora orgullosa.
—Y bueno, lo que te espera es estar encerrada el resto de tu miserable vida en laboratorios Ledesma —agregó Aurora tranquila.
—¿Ya te vas? — dijo Thaddeus.
La cara de Aurora cambió por completo a una sería. —Ash —dijo Aurora al ser interrumpida.
—Vete a la mierda. Vas a pudrirte encerrada en los laboratorios, como el resto de mutantes inútiles —agregó Aurora.
Thaddeus, observó a Aurora mientras se alejaba, dejando escapar sus insultos llenos de desprecio. Una vez que Aurora estuvo fuera de su vista, Thaddeus se acercó cautelosamente a la puerta de la celda acolchada y comenzó a analizar las posibles vías de escape. Fue entonces cuando notó un detalle crucial, una pequeña parte de la cerradura no estaba acolchada y era de metal.
Thaddeus se dio cuenta de que sus manos eran demasiado grandes para intentar romper directamente la cerradura. Decidió utilizar una de sus uñas como herramienta. Con habilidad y precisión, Thaddeus se mordió la uña y la separó de su dedo. Con la uña en la mano, se acercó nuevamente a la cerradura y la introdujo entre las paredes acolchonadas y el pequeño espacio de metal. Golpeó con cuidado y fuerza, logrando romper parcialmente la cerradura. Con cada fragmento de uña que se desprendía, Thaddeus repetía el proceso una y otra vez, para debilitar la cerradura poco a poco.
Sabía que el tiempo era crucial y que debía trabajar con cautela y rapidez para evitar ser descubierto. Su mente estaba enfocada en el objetivo, ignorando el dolor y las limitaciones físicas. Estaba decidida a liberarse.
Con sus manos y pies doloridos y ensangrentados por el esfuerzo realizado para abrir la puerta de su celda, debía encontrar una salida de aquel lugar.
Miró a su alrededor, observando los pasillos que parecían extenderse infinitamente —Ahora… ¿Cómo salgo de aquí? —pensó.
Decidió seguir el corredor que se extendía frente a ella, con la esperanza de encontrar alguna pista o una salida. Cada paso era doloroso, pero Thaddeus se negaba a detenerse.
Mientras caminaba por los pasillos, notó una débil luz al final de uno de ellos.
Se apresuró hacia esa dirección, consciente de que podría ser su oportunidad de escapar. Al llegar al final del pasillo, se encontró con una puerta que parecía conducir a una sala más grande y luminosa.
Con cuidado, Thaddeus abrió la puerta lentamente. Solo para encontrarse con una visión aterradora. Decenas de personas armadas se encontraban en la habitación cenando, aparentemente alertadas por su presencia, y antes de que pudiera reaccionar, el caos se desató y los atacantes se abalanzaron sobre ella.
Actuando por instinto, Thaddeus se defendió utilizando sus conocimientos en peleas callejeras y su ingenio para enfrentar a sus adversarios. Esquivó rápidamente los golpes y contraatacó con precisión, aprovechando cada oportunidad para neutralizar a sus oponentes aunque algunas veces abusaba de su fuerza.
Martín y Armando se sobresaltaron, alertos ante la inesperada conmoción. La confusión y la curiosidad se apoderaron de ellos en ese momento.
—¿Qué demonios está ocurriendo? —exclamó Armando mientras se apresuraba a salir de la habitación para investigar la fuente del alboroto.
La sala se llenó con un silencio tenso cuando el último de los atacantes quedó derrotado. Thaddeus se encontraba jadeando, su cuerpo herido y su ropa manchada de sangre. Con cautela, Thaddeus salió de la habitación y siguió caminando dejando un rastro de sangre a su paso.
Mientras tanto, Martín, intentó liberarse de las esposas que lo mantenían inmovilizado. Él había considerado que, tal vez, si diluía la droga con agua, podría disminuir su efecto y dislocar uno de sus hombros para liberarse. La idea parecía arriesgada, pero en su situación desesperada, no tenía nada que perder. Un brazo dislocado no era tan malo si lo salvaba de ver a Víctor.
Mirando a su alrededor, Martín buscó desesperadamente algo que pudiera contener agua. Su mirada se posó en una pequeña jarra de vidrio con flores que se encontraba en una esquina de la habitación. Sin perder tiempo, metió sus manos dentro de la jarra. Los segundos parecieron eternos mientras Martín esperaba, sintiendo la mezcla de desesperación en su interior.
En ese instante, una figura imponente de casi dos metros de altura irrumpió en la habitación y se detuvo al ver a Martín con las manos sumergidas en el jarrón. La confusión se reflejó en los ojos de la persona mientras observaba la escena.
—¿Qué diablos estás haciendo? — preguntó, mostrando su sorpresa y desconcierto. Martín, sintiéndose avergonzado por ser sorprendido en ese acto, retiró rápidamente las manos del jarrón.
—Mierda — dijo molesto.
La figura imponente entró en la habitación, emanando una presencia intimidante. Martín sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal mientras observaba al individuo acercarse con paso decidido.
Los ojos del extraño brillaban con una intensidad inquietante, como si pudieran ver a través de él, desnudando sus miedos más profundos. La habitación se volvió opresiva, la oscuridad pareciendo acercarse, absorbiendo la luz. Martín contuvo la respiración, sintiendo que el tiempo se ralentizaba, cada segundo era una agonía insoportable.
—Buenas noches —, dijo en un tono serio, su voz resonando en la habitación.
Martín notó una mirada penetrante en sus ojos, lo que le hizo sentir aún más intranquilo. Una tensión palpable llenaba el aire mientras esperaba a escuchar las palabras que seguirán. Martín se esforzó por mantener la calma y responder adecuadamente a la figura imponente.
—Víctor —, respondió con voz entrecortada.
La figura se detuvo frente a él, su presencia dominando el espacio entre ellos. El silencio se alargó, creando una atmósfera tensa.
—Por favor, llámame Russo —, dijo Russo tranquilamente. —Para la familia, soy Víctor, no para criminales buscados —, agregó cortésmente.
Russo tomó una silla y se sentó frente a Martín.
—Toma asiento, Rohan. Vamos a hablar —, dijo amablemente.
Al ver que Martín no respondía a su mirada, la expresión de Russo cambió drásticamente, transformándose en una mueca de molestia.
—Rohan, toma asiento —insistió, esta vez con un tono de seriedad.
Martín, desafiante, respondió —¿Por qué te obedecería? —.
Russo, sin inmutarse por la respuesta desafiante de Martín
—Rohan, entiendo tus dudas y tu inclinación a cuestionar mi autoridad —dijo Russo, manteniendo contacto visual con Martín. —Pero si queremos llegar a un acuerdo o encontrar una solución, necesitamos tener una conversación civilizada y respetuosa —.
Martín no se creía las palabras que salían de Víctor. La incredulidad lo invadía mientras su mente luchaba por procesar la situación. Reflexionó por un momento, reconociendo que sería más sabio escuchar lo que Russo tenía que decir.
Con una expresión renuente y un nudo en el estómago, finalmente cedió. Se obligó a tomar asiento, la silla chirriando ominosamente bajo su peso.
Russo asintió lentamente, su mirada fija en Martín con una intensidad que parecía perforar su piel. La tensión aumentó mientras Martín se acomodaba en la silla, sintiendo cada músculo de su cuerpo tenso, como si estuviera a punto de saltar en cualquier momento.
—Bien —dijo Russo, su voz resonando en la quietud que los rodeaba—. Hablemos tranquilos y sin enojarnos—.
Martín no se creía lo que Víctor estaba diciendo, pero sabía que en su situación no podía hacer nada para resistirse.
—Víctor, ¿Qué quieres? — Dijo Martín tranquilo.
La cara de Russo cambió a una más molesta. —Russo — dijo seco.
Para luego cambiar su cara a una indiferente. —Lo que quiero saber es ¿Dónde está Michelle Williams? — dijo Russo acercándose un poco a Martín.
—Ella murió. El día que asesinaste a su familia —dijo Martín serio.
—No te creo — dijo Russo. —Ya que tú no estarías vivo de otra manera —agregó serio.
Martín mira a Russo con una mueca de disgusto. —Yo estoy vivo porque tus experimentos y cosas extrañas. ME LA PELAN. No dependo de Michelle para sobrevivir —dijo algo molesto.
Russo se levantó lentamente de su asiento, sus movimientos eran de calma y control. Comenzó a caminar por la habitación con pasos medidos, como si cada uno de ellos estuviera cargado de un suspense palpable. Cada movimiento suyo envolvía a Martín en una tensión creciente, como si estuviera a punto de revelar algo inesperado. El silencio se hizo ensordecedor mientras Russo se detenía frente a Martín, su mirada penetrante clavada en los ojos de su interlocutor.
Martín podía sentir cómo el suspenso se apoderaba del ambiente, un nudo en su estómago que parecía aumentar con cada segundo que pasaba, además de tener una ansiedad incontrolable.
Con una voz tranquila y controlada, Russo rompió el silencio —Rohan, te ofrezco un trato —.
Cada palabra fue pronunciada con una precisión calculada, dejando en el aire un suspenso casi insoportable. Martín se encontró conteniendo la respiración, esperando ansiosamente la revelación del trato propuesto.
El sudor frío de Martín corría por su cara angustiada mientras Russo continuaba hablando, su tono gélido y cortante, —Vuelves a tu vida privilegiada, vuelves a ver a tus hermanos — decía mientras Martín lo miraba ansioso—pero solo si me entregas a Michelle muerta—. La petición, fría y sin ningún rastro de emoción incomodó a Martín
—¿Qué dices? —dijo Russo mientras le extendía su mano.
Martín lo mira con cara de confusión por unos segundos para cambiar a una mueca y escupirle la mano.
Russo, al ver la mueca de disgusto en el rostro de Martín, mantuvo su compostura, aunque su irritación era evidente. Limpió su mano con calma utilizando un pañuelo blanco mientras pronunciaba con un tono notorio de molestia.
—Eres muy inmaduro, Rohan —Martín, sin inmutarse por las palabras de Russo, mira al suelo.
—No voy a entregar a Michelle, ni muerta ni viva — dijo cerrando los ojos.
Russo soltó un suspiro exasperado, intentando mantener la calma.
Rohan, no entiendes la magnitud de lo que estás enfrentando. Estás poniendo en peligro tu vida y la de tus seres queridos al negarte a colaborar —dijo, su voz cargada de frustración.
Martín lo interrumpió, su voz firme y decidida—Prefiero vivir en el caos del sector 3 que vender mi alma a alguien como tú— hizo una pausa y prosiguió al ver que Russo apartaba su mirada—No importa cuánto poder o influencia creas tener, no me doblegaré ante tus amenazas —.
Russo, visiblemente frustrado, dio unos pasos hacia atrás, evaluando la situación. —Rohan, no comprenderás las consecuencias de tus decisiones hasta que sea demasiado tarde— advirtió.
Martín se mantuvo firme aunque el miedo se veía en su cara, sin retroceder ante las palabras de Russo. —No me importan tus advertencias. Haré lo que sea necesario para proteger a Michelle y a los demás —afirmó.
La habitación quedó sumida en un silencio incómodo mientras Russo miraba fijamente a Martín.
—¿Demás? ¿Quiénes son los “demás”? —preguntó Russo, su voz tensa y expectante.
Martín, al darse cuenta de que había hablado de más, respondió con un silencio profundo.
—Bueno, si no vas a hablar comencemos —dijo Russo acercándose a Martín.
Martín mantuvo su mirada en el suelo sin decir una palabra. —No estoy dispuesto a ceder ante las preguntas y manipulaciones de Russo —pensó.
Russo, notando la falta de respuesta, continuó caminando alrededor de Martín, manteniendo su tono autoritario.
—¿Por qué estás con ella? —, preguntó con insistencia. Pero Martín permaneció en silencio, negándose a darle la satisfacción de una respuesta. Sin inmutarse, Russo siguió presionando.
—Cuéntame cuántos son, Rohan. ¿Para quiénes trabajan? —. Martín se mantuvo impasible, sin mostrar señales de debilidad. Russo, frustrado por la falta de cooperación, detuvo su caminata y se plantó frente a Martín. —No puedes ocultar la verdad para siempre — dijo con un tono desafiante. —Tarde o temprano, todo saldrá a la luz —.
Russo apretó los puños, luchando por mantener la compostura. Martín levanta su mirada hacía Russo, sin mostrar señales de miedo aunque por dentro estaba cagado hasta las patas. —Chúpate un culo —declaró con convicción. —No importa cuánto intentes intimidarme, no cambiaré mi postura —.
Russo, sin pronunciar una palabra, se movió sigilosamente hacia la espalda de Martín. En un rápido movimiento, sacó una navaja de su bolsillo.
Martín sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo y el miedo se apoderaba de él. Los segundos parecían horas mientras su corazón latía con fuerza, aumentando la sensación de angustia que lo oprimía.
La mirada de Russo, fría y despiadada, se clavó en la espalda de Martín. Una navaja brillaba amenazadoramente a la luz tenue de la habitación. Martín sabía que estaba en una situación peligrosa y que debía mantener la calma para encontrar una salida.
—Me cansé de ser buena onda —dijo Russo con malicia, dejando que el sonido de su voz llenará la habitación.
Martín luchaba por controlar su respiración y sus pensamientos. Cualquier movimiento en falso podría desencadenar una respuesta violenta por parte de Russo. Con el corazón latiendo a toda velocidad, Martín miró a Russo.
—No importa lo que hagas, no obtendrás nada de mí —respondió con voz temblorosa pero firme. —Estoy dispuesto a enfrentar las consecuencias, pero nunca traicionaré a aquellos por quienes me he comprometido —.
Russo soltó una risa sarcástica y presionó ligeramente la navaja contra la espalda de Martín, aumentando la tensión en la habitación.
—Tuviste la oportunidad de sobrevivir —, murmuró con seriedad. Martín cerró los ojos por un momento.
Russo, con una expresión siniestra en su rostro, decidió liberar a Martín de sus esposas. Y con un movimiento brusco. Martín, ahora libre pero aún lleno de cautela, se frotó las muñecas doloridas mientras observaba a Russo con desconfianza. No podía entender sus intenciones.
Con un tono tranquilo, Russo rompió el silencio. —Sería muy aburrido matarte sin darte la posibilidad de defenderse —dijo con una calma inquietante.
—Tienes 30 segundos de ventaja —. Martín sintió cómo su corazón se aceleraba aún más.
Y comenzó a correr por el pasillo de los cuadros mientras que Víctor, con calma, apuntó su navaja hacia Martín mientras cerraba un ojo.
Unos susurros escaparon de sus labios mientras contaba lentamente: —10... 11... 12... —. Parecía disfrutar de la persecución y sabía que tenía el control en ese momento.
Martín sentía la mirada de Víctor clavada en su espalda, lo que aumentaba su ansiedad mientras corría sin descanso. Corría desesperado por los pasillos, buscando una salida.
Finalmente, llegó a una puerta que parecía conducir a un garaje. Sin embargo, al abrirla, se dio cuenta de que era un callejón sin salida. Se encontraba acorralado.
El pánico se apoderó de él mientras retrocedía rápidamente, buscando una nueva ruta de escape. Su mente estaba nublada por la confusión y la ansiedad. Corría sin un rumbo fijo, tratando de encontrar una salida en medio de ese laberinto. El sudor frío recorría su espalda mientras la sensación de desesperación se apoderaba de él.
El tiempo había pasado rápidamente y los 30 segundos de ventaja ya habían expirado.
En medio del silencio, Martín pudo escuchar los pasos sigilosos de su perseguidor. Sabía que estaba cerca, acechándolo en la lejanía. La sensación de amenaza se intensificaba con cada segundo que pasaba.
—Mantén la calma —pensó Martín mientras corría, tratando de controlar su respiración agitada. Sin embargo, su cuerpo temblaba involuntariamente, la adrenalina fluía descontrolada por sus venas y la desesperación de sentirse perseguido se apoderaba de él.
La sensación de estar acorralado se intensificó cuando se vio nuevamente frente a una puerta que se negaba a abrirse.
Martín hizo todo lo posible por abrir la puerta, empujándola y girando la perilla, pero parecía estar sellada con fuerza. El miedo se apoderó de su mente y su corazón latía desbocado en su pecho.
Todo empeoró al sentirse observado seguido con un escalofrío recorriendo su espalda cuando, al darse la vuelta, se percató de que efectivamente estaba siendo observado.
Un grito de sorpresa escapó al ver cómo una cabeza emergió lentamente detrás de la pared.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras observaba con incredulidad cómo la cabeza se asomaba cada vez más.
Martín retrocedió instintivamente, su mente incapaz de procesar lo que estaba presenciando. ¿Qué tipo de pesadilla es esta?.
Víctor, con su mirada penetrante y una sonrisa siniestra en el rostro, observaba a Martín con deleite mientras el terror se apoderaba de él.
La expresión retorcida en el rostro de Víctor mostraba un placer perverso por el sufrimiento ajeno. Cada gesto de Martín, cada movimiento lleno de temor, parecía aumentar el goce que Víctor experimentaba.
Víctor avanzó lentamente hacia Martín, su sonrisa retorcida se ensanchaba con cada paso. —Te lo volveré a preguntar, Rohan —habló con voz gélida y amenazante, —¿Dónde está Michelle? —.
Cuando Víctor llegó a menos de un metro de donde se encontraba Martín, este último, en un acto desesperado, lanzó un golpe directo a la cara de Víctor con la esperanza de hacerlo retroceder.
Pero lo único que logró fue que Víctor interceptó su golpe con facilidad, torciéndole el brazo y dejándolo neutralizado. Antes de que Martín pudiera reaccionar, sintió un dolor agudo en el abdomen cuando la navaja de Víctor se hundió en su carne.
—Eres patético y débil —susurró Víctor en un tono gélido, disfrutando del sufrimiento de Martín.
De repente, Víctor fue estampado contra la puerta de metal, quedando aturdido. El impacto resonó en el corredor, y la sorpresa se pintó en el rostro de Martín al ver a Thaddeus, con una mirada desafiante, avanzó hacia Russo.
—Que mujer… —murmuró Martín, apenas consciente del dolor que lo atravesaba.
Thaddeus se acercó. Miró fijamente a Russo, con un gesto de desprecio, lanzando un escupitajo.
Russo, aún aturdido por el golpe, apenas pudo reaccionar mientras la saliva de Thaddeus se deslizaba por su mejilla. La humillación y el odio se mezclaron en su expresión, pero antes de que pudiera decir o hacer algo, Thaddeus ya estaba tomando a Martín por el brazo, dispuesto a sacarlo de allí.
—Vamos, Martín. No tenemos tiempo que perder —dijo Thaddeus con urgencia, mientras extendía su mano para ayudar a Martín a levantarse.
Martín, aún tembloroso, tomó su mano y se puso de pie. Para comenzar a caminar a paso lento con la ayuda de Thaddeus, Martín sintió una oleada de dolor recorrer su cuerpo. Thaddeus lo miró con preocupación, notando la sangre que empapaba su ropa.
—Mierda, Martín, estás perdiendo mucha sangre —dijo Thaddeus con voz angustiada.
A los pocos pasos, Thaddeus notó que el ruso, quien yacía inconsciente en el suelo, comenzaba a recobrar la conciencia. Sus ojos se abrieron lentamente, revelando una mirada confusa pero llena de resentimiento.
—Lo siento, Martín, pero eres muy lento —dijo Thaddeus mientras cargaba a Martín en sus brazos. Sin perder un segundo, comenzó a correr.
—Intenta controlar tu sangre mientras yo corro por nuestras vidas —dijo Thaddeus seria.
Con dificultad, Martín logró sacarse el buzo azul que llevaba puesto y lo utilizó como vendas improvisadas para detener el sangrado de su herida. Aunque cada movimiento le causaba un dolor agudo. Cuando terminó de realizar las vendas improvisadas, Martín levantó la mirada y su corazón se hundió al ver a Víctor corriendo tras ellos.
El rostro de Martín reflejaba el miedo —¡Corre más rápido, Thaddeus! —exclamó Martín desesperado.
—Hago lo que puedo, mierda —dijo Thaddeus, agitada.
Mientras corrían por los pasillos Martín logra ver que en cada ciertas puertas hay unos paneles de vidrio llenos de cables que llevan electricidad a todo el edificio.
—¡Frena! —, gritó Martín, notando los paneles en las puertas de cristal y teniendo una idea para deshacerse de Víctor.
—¿Por qué? —preguntó Thaddeus confundido.
—Sólo frena rápido, tengo una idea —respondió Martín con urgencia.
Thaddeus obedeció las palabras de Martín y detuvo su carrera repentinamente. Se acercó al panel de vidrio y comenzó a golpearlo con su mano descubierta, pero solo logró lastimarse sin romperlo. En ese momento, Thaddeus, quien entendió la situación, agarró tela para cubrir su puño y, con un golpe seco, rompió la ventana de cristal, dejando los cables expuestos.
Thaddeus, preparado para enfrentar al ruso, se posicionó en posición de pelea, listo para defenderse ya que cada segundo se acercaba más a donde se encontraban ellos.
Sin perder tiempo, Martín tomó los cables expuestos y los manipuló rápidamente, provocando un cortocircuito. Esto hizo que la puerta se cerrara bruscamente justo antes de que Víctor los alcanzara.
Martín y Thaddeus se posicionaron para observar a Víctor durante unos breves segundos.
La expresión de molestia en su rostro era preocupante, pero a Martín ya no le importaba. Se sentía seguro al ver que Víctor no podía atravesar la puerta. Con una mezcla de euforia y alivio, Martín soltó una risa victoriosa mientras se acomodaba el vendaje improvisado en su herida.
—¡JAAAAAA! —exclamó Martín con satisfacción. —Espero no volver a verte nunca más, ruso de mierda —agregó con un tono de triunfo en su voz.
Sin embargo, la respuesta de Thaddeus fue directa y franca, recordando a Martín la situación en la que se encontraba. —Viejo, te apuñaló —dijo Thaddeus con seriedad.
—Literalmente, si yo no hubiera estado buscándote, estarías muerto —agregó enfatizando la gravedad de la situación.
—Ahora, salgamos de este lugar, es escalofriante —dijo Thaddeus para comenzar a caminar.
Martín se quedó atrás para mirar por última vez a Víctor que lo observaba fijamente y con una mirada aterradora.
—Sabes que voy a encontrarte —dijo Víctor con rencor.
—Y cuando lo haga, voy a matarte, “Martín”, lenta y dolorosamente frente a la zorra de Michelle —agregó Víctor molesto.
Martín, sin dejar que el temor se apodera de él, decidió responder a las amenazas de Víctor con una actitud insolente. —Ay si, ya cállate, “Russo” —dijo Martín, sacándole la lengua en un gesto de desprecio. Para darle la espalda al Ruso y caminar rápidamente hacia Thaddeus.
—Te haces valiente, pero estás cagado hasta las patas — dijo Thaddeus con tono burlón.
Martín, manteniendo su seriedad, respondió sin titubear: —Yo no siento miedo —.
Thaddeus no pudo contener la risa y agregó con una sonrisa burlona —Tus pantalones meados no dicen eso —.
Martín, sorprendido por el comentario de Thaddeus, miró hacia abajo y se dio cuenta, para su horror, de que efectivamente había perdido el control de sus emociones y se había meado encima debido al miedo que estaba experimentando. Un sentimiento de vergüenza y frustración lo invadió mientras trataba de disimular su incomodidad.
—¡Puta madre! —exclamó Martín.
Thaddeus, todavía riendo, se acercó a Martín y le dio una palmada reconfortante en el hombro. —No te preocupes, amigo. Todos tenemos momentos de debilidad —.
Thaddeus, impulsado por la necesidad de escapar rápidamente, tomó una decisión audaz y rompió la ventana de un auto estacionado afuera de las instalaciones. Con habilidad, logró encender el vehículo y se preparó para partir.
—Sube, chiquita —dijo Thaddeus, haciendo un gesto hacia el asiento del copiloto.
Martín se acomodó en el asiento, subió como copiloto.
—¿Por qué me estabas buscando? —dijo Martín.
—No podía dejarte, era obvio que te iban a asesinar. Me ganó la empatía —dijo Thaddeus, desviando su mirada hacia la ruta.
Después de un breve silencio, Martín reunió el coraje. —Y aceptarías ir a un café, un día de estos —dijo Martín, sintiéndose avergonzado por su atrevimiento.
Thaddeus sonrió sutilmente mientras mantenía la mirada en la carretera. —Por supuesto —respondió ella con calma. —Después de todo lo que hemos pasado juntos, creo que un café sería una buena forma de seguir construyendo nuestra amistad —.
Con una sonrisa en su rostro y la promesa de un café en el futuro, Martín se permitió sentir un destello de felicidad luego del estrés de la noche que pasaron.
—¿Podemos ir a comprar pantalones? —dijo Martín.
—Si, tranquilo. También hay que curar nuestras heridas — Respondió Thaddeus.
—Y ir a un super —terminó por agregar Martín.
Martín, aprovechando la llegada del amanecer, tocó la puerta de una casa en busca de ayuda. Mientras tanto, Thaddeus observaba desde el auto robado, su mirada se encontró con la del chico rubio de ojos grises y cara seria que abrió la puerta. Esta persona, a Thaddeus, no le gustó nada, ya que su apariencia era sorprendentemente similar a la del ruso que había apuñalado a Martín.
Thaddeus, con cautela y desconfianza, mantuvo su mirada fija en el chico, evaluando cada detalle de su rostro. La similitud era innegable, la forma de sus ojos, el color de su cabello, incluso la expresión seria en su rostro. Era como si estuvieran frente a un reflejo perturbador.
—Hola Aiden, traje dulce de leche —dijo Martín con una sonrisa.
Aiden, observando el estado de Martín, frunció el ceño y respondió en un tono serio —¿Qué te pasó? estas hecho mierda —.
Aiden, dirigió la mirada hacia el auto con la ventana rota y notó la presencia de otra persona mal herida en su interior. —Y tienes compañía —agregó, señalando hacia el automóvil.
—Si, ella me ayudó a salir con vida. Ahora ¿Puedo entrar? tengo que hablar con Laila —dijo Martín apurado.
—Ten cuidado, está muy molesta desde que desapareciste. — mencionó Aiden, entendiendo la urgencia en la voz de Martín, abrió la puerta de su casa y permitió que Martín ingresará.
Aiden mira a Thaddeus y le dice —Muchas gracias, por traerlo — para acto seguido cerrar la puerta de la casa.
Martín va caminando por la casa, deja el pote de dulce de leche encima de la mesa. Y ve que Laila está hablando con alguien por teléfono.
—MIRA, si Martín no aparece juro que voy a… — Laila se calla de repente al ver a Martín parado mirándola.
—Cancela todo.— dijo para acto seguido colgar la llamada.
Al segundo ir rápidamente a Martín y con tono de preocupación dice —¿Dónde estuviste todo este tiempo?—.
—Laila... —, dijo Martín, su voz cargada de dolor y debilidad. Laila, al escuchar su nombre, se apresuró hacia Martín, preocupada por su amigo. Con rápidos pasos, llegó a su lado y examinó su estado. Su rostro reflejaba una mezcla de ira y preocupación. —Mira cómo estás, Martín... ¿Quién te hizo esto? —, preguntó, su tono molesto evidente. Martín, con la voz firme pero con angustia, respondió —Miki. Los Montenegro me secuestraron —. Sus palabras resonaron en la habitación, dejando un silencio pesado en el aire. Laila apretó los puños, su expresión se endureció aún más.
—No te preocupes... —, dijo Laila suavemente, mientras abrazaba a su amigo Martín con ternura. Martín, abrumado por la emoción, comenzó a llorar en los brazos reconfortantes de Laila. Sus lágrimas eran una liberación de todo el dolor y el miedo acumulados. Laila lo sostuvo con firmeza, ofreciéndole su apoyo incondicional. —Tranquilo, Martín. Estoy aquí para ti —, agregó Laila, su voz llena de compasión y calma, mientras acariciaba suavemente la espalda de Martín. Entre sollozos, Martín hizo una pausa antes de continuar —Hay algo más... Víctor, sabe que estamos vivos—. Esperaba una reacción explosiva por parte de Laila, pero se sorprendió por su respuesta tranquila.
—Con razón estás llorando — dijo Laila, su voz llena de comprensión hacía sentir mejor a Martín. —Ahora vamos te ayudo con esas heridas y luego ve a descansar — agregó. Martín se separa de Laila —Si, no dormí en toda la noche — dijo secándose las lágrimas.
—Me imagino que Aurora y Armando son insoportables — agregó Laila.
—Totalmente — respondió Martín.
—Por cierto, muy lindos tus pantalones, te queda bien ese corte — agregó Laila Con un tono cálido. —si, son nuevos— respondió Martín. —Te quedan muy bonitos — terminó por decir.








