Capítulo 1
—Así que tú eres el presidente —dijo Seo Minki, con los brazos cruzados y el ceño apenas fruncido mientras observaba a su “rival” desde el otro extremo de la sala.
—Y tú el vicepresidente —respondió Jung Haejun, sin levantar la vista del documento que tenía entre manos—. Supongo que esta elección fue inevitable.
El silencio que siguió fue tan cortante como la atmósfera que se generó apenas sus ojos se cruzaron.
La sala del consejo estudiantil de la Preparatoria Daehan estaba impecablemente organizada: una larga mesa de madera oscura en el centro, sillas alineadas con precisión, y estantes llenos de documentos académicos y registros escolares. Las insignias del consejo ya colgaban de sus uniformes nuevos. Pero eso no quitaba lo incómodo del momento.
Seo Minki, 17 años, segundo lugar en el ranking académico. Hijo de una familia con poder, logros y expectativas inalcanzables. Frío, directo, con una mirada que no dejaba espacio a las emociones. Y frente a él, sentado con postura recta y ojos serios:
Jung Haejun, 17 años, primer lugar en el ranking. Un chico con un historial impecable y una disciplina que nacía del esfuerzo, no del privilegio. No tenía riqueza, pero sí orgullo. Demasiado.
—Pensé que serías… diferente —comentó Minki de pronto, tomando asiento al lado opuesto de la mesa. Su tono era neutral, pero la provocación estaba clara.
—¿Diferente cómo? ¿Más fácil de sobrepasar? —respondió Haejun sin pestañear, dejando el papel a un lado y mirándolo directamente.
—No. Más... humilde.
—Viniendo de ti, eso suena gracioso.
Los dos se callaron. La tensión se podía cortar con cuchillo. Ninguno quería ceder. Ninguno pensaba perder.
Entonces, sin previo aviso, la puerta se abrió.
—¡Hola~! ¿Ya llegaron? —entró una voz dulce y animada que rompió la atmósfera como si alguien hubiera lanzado confeti en medio de una pelea.
Baek Hari, la secretaria del consejo, caminó despreocupada con una sonrisa enorme. Su uniforme perfectamente acomodado, su cabello recogido con una cinta color pastel, y en sus brazos un montón de papeles… que casi se le caen.
—¡Minki! —gritó al verlo. Sus ojos brillaron como si acabara de ver un cachorrito. Corrió hacia él con entusiasmo—. ¡Sabía que estarías aquí! ¡Sabía que serías vicepresidente! ¡Te lo dije!
—¡Espera, Baek—!
Demasiado tarde. Lo abrazó fuerte. Demasiado fuerte.
Y Haejun… parpadeó.
Seo Minki se congeló.
Literalmente medio rostro quedó atrapado entre los pechos de Hari. Su expresión era de absoluta muerte interna.
—Baek Hari… —murmuró entre dientes, con voz baja y temblorosa—. Aléjate.
—¡Ay, no seas así! ¡Te extrañé! Desde primaria no estamos en la misma sala… bueno, sí, en las ceremonias, pero no es lo mismo.
—Suel...ta —repitió él, empujándola lentamente mientras evitaba mirar a Haejun, que tenía una ceja levantada y una mirada inexpresiva, pero cargada de burla silenciosa.
—No sabía que tenías una fan tan efusiva —comentó el presidente, con tono frío, pero una muy leve sonrisa en la comisura de los labios.
—No es una fan. Es solo... Baek Hari.
—¡Oye! ¿Qué significa eso? —dijo ella inflando las mejillas—. ¡Yo soy la secretaria del consejo! ¡Y vine a trabajar! Aunque bueno… vine también porque tenía galletas en mi bolso y pensé que podríamos compartir. Pero el punto es que ya estoy aquí. ¡Yay!
Dejó caer los papeles en la mesa con un golpe suave y empezó a organizar sus cosas como si nada hubiera pasado.
Minki se sentó de nuevo, cruzando los brazos con fuerza.
—¿Qué estabas revisando, Haejun?
—Registros de clubes. Hay algunos con actividades dudosas. Deberíamos reestructurar el presupuesto. —Le lanzó un archivo—. Léelo. Y dime si tus contactos influenciados pueden ayudar con el Club de Música Tradicional. Están por cerrar.
—¿Y por qué te importa ese club?
—¿Importa? Soy el presidente. Me importa todo.
Minki no respondió, pero tomó el archivo y lo empezó a revisar con seriedad.
Hari, desde su rincón, los observó a los dos. Luego de un segundo, se inclinó hacia ellos con una sonrisa traviesa.
—¿Ustedes siempre se miran así o solo cuando están a punto de golpearse?
Ambos la ignoraron.
—Uuuh… silencio hostil. Confirmado.
La tensión volvió. Pero ahora con un ligero matiz diferente. Uno que ni ellos entendían todavía.
Una semana había pasado desde la formación oficial del consejo estudiantil de la prestigiosa Preparatoria Daehan.
¿Y qué había ocurrido en esos siete días?
…Nada. Absolutamente nada.
Bueno, a excepción de los cuchillazos verbales entre el presidente y el vicepresidente, las miradas hostiles y los silencios llenos de odio pasivo-agresivo. Pero fuera de eso, todo... completamente normal.
Jung Haejun, como buen modelo de excelencia, había intentado por alguna razón aún desconocida para la ciencia socializar con Seo Minki.
Sí, le hablaba. Sí, intentaba bromear (con el mismo humor que tendría un robot programado para hacer amigos). Pero…
—…Y entonces el Club de Ciencias propuso hacer un dron con forma de abeja, ¿qué te parece? —preguntó Haejun una mañana, esforzándose.
Minki parpadeó una vez. Luego volvió a mirar sus papeles.
—No me interesa.
Y así concluyó otro intento fallido de sociabilización del presidente.
Por otro lado, Baek Hari… estaba.
En una esquina. Comiendo dulces, escribiendo en su cuaderno y sonriendo a la nada como si el mundo fuera un arcoíris de algodón de azúcar. En resumen: siendo Hari.
Todo iba relativamente bien (es decir, nadie había lanzado sillas) hasta que la puerta se abrió con firmeza.
—Buenos días —dijo la directora con voz elegante y postura firme. Llevaba un traje oscuro y una tablet en la mano. O sea, claramente imponía respeto.
Los tres miembros del consejo se levantaron.
—Han llegado nuevos estudiantes esta semana —anunció—. Y me gustaría que el presidente y vicepresidente sean los encargados de darles un recorrido por las instalaciones.
Hari levantó la mano.
—¿Y yo?
—Tú puedes… seguir siendo adorable.
Cuando la directora se fue, los dos chicos se quedaron solos. Lentamente giraron la cabeza uno hacia el otro… y la mirada de guerra fue inmediata.
—No vas a hacer todo tú solo —dijo Minki.
—¿Y tú crees que dejaré que expliques mal los nombres de los salones? —replicó Haejun.
—¿Te crees perfecto?
—No, soy perfecto.
—Qué desagradable…
—Gracias, me lo dicen seguido.
El ambiente se cortaba como tofu sin afilar.
Pero entonces… la escena cambió repentinamente.
Baek Hari, completamente ajena al momento hostil, había sacado su celular con carcasa de osito rosa. Se puso a deslizar pantalla como si nada.
Seo Minki… la observó.
En silencio.
Con los ojos entrecerrados.
Con el mismo interés que tendría un gato viendo un láser.
El aparato emitía luces. Movía cosas. Hacía sonidos.
—¿Acaso nunca viste un celular? —preguntó Haejun con una sonrisa que claramente buscaba molestar.
Minki, ofendido, giró el rostro con desdén.
—Claro que sí. Solo no me interesa… esa cosa.
Haejun lo fulminó con la mirada.
—¿Esa cosa?
—Exacto. Distrae.
—A veces dudo que no hayas sido criado en una cueva.
Y lo peor es que no estaba tan lejos de la verdad.
Minki sintió una ligera punzada en el pecho, pero la ocultó bien. En realidad… no tenía celular. Nunca había tenido. Su casa tenía normas estrictas. Nada de redes sociales, nada de contacto innecesario con el mundo exterior. La privacidad era un privilegio, no un derecho. Y los miembros de la familia Seo no hablaban de sus debilidades.
Y justo cuando Baek Hari iba a decir con toda naturalidad:
—Pero si tú no tienes celular…
¡¡RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING!!
La campana salvadora interrumpió su inocente crimen.
Minki se enderezó como si nada y Haejun, por suerte, no había escuchado.
Puntos para Gryffindor Baek Hari.
Horas más tarde, el cielo se cubrió de nubes grises. La lluvia empezó a golpear los ventanales como si supiera que era el clima perfecto para el drama adolescente.
Y ahí estaban. Los dos enemigos naturales del mundo: presidente y vicepresidente, caminando uno al lado del otro, fingiendo que se toleraban, acompañando a cinco nuevos estudiantes: tres chicos y dos chicas.
—A su izquierda está el gimnasio, y al fondo, el edificio de ciencias —explicaba Minki, perfectamente recto y formal.
—Este mes tendremos el festival académico y el cultural —añadió Haejun, sin mirar a Minki, pero ajustando cada palabra como si intentara superarlo en puntualidad.
Las chicas del grupo, sin embargo… no escuchaban nada.
Sus ojos estaban puestos en Minki.
O más específicamente… en su rostro.
Ese rostro perfecto, serio, inexpresivo… completamente fuera de su alcance emocional.
Pero tan misterioso que lo hacía más atractivo.
Una de ellas susurró:
—¿Crees que tenga novia?
—Yo creo que tiene una novia en el extranjero. O en secreto. O es parte de una mafia coreana.
Minki, totalmente ajeno, seguía hablando como si estuviera dando un discurso a un comité diplomático.
—...y el reglamento de vestimenta establece claramente que las chaquetas deben estar abotonadas hasta el segundo botón, y el largo de la falda no debe...
—¡Qué lindo cuando se pone serio! —susurró otra.
Haejun rodó los ojos. No porque le molestara la atención... sino porque Minki estaba ganando puntos. Y eso no se podía permitir.
El recorrido seguía… y la batalla silenciosa también.