Cuentos cortos

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Sinopsis

Antología de cuentos cortos, algunos con estilo de fábulas, toques filosóficos y exploración de temáticas humanas. Escritor principiante por favor cualquier comentario o feed back no dudes en escribirme!!

Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El camino de un viajero


Había una vez un viajero, que por cualidades de su oficio se encontraba viajando y vagando por múltiples lugares. Viajaba con su eterno compañero de viaje, Cirilo, quien lo había acompañado más de alguna aventura. Esta vez había venido siguiendo (al menos según recuerdo) un negocio importante, que prometía mucho dinero, pero no le habían dicho que la travesía era así de larga y extenuante. Escaso de agua y escaso de comida también, había circulado largamente por el camino sin certeza de cuándo llegarían.

Un día llegó a una ciudad que le pareció la más espléndida que había conocido. Desde muy lejos había visto montañas y, mientras se acercaba, más y más gentes se iban sumando al camino con todo tipo de víveres y mercancías. Cruzar el portal lo recordaría con la mayor alegría. Habían parado una media hora antes a beber agua en un puesto, con ansias de sediento. Esa sed que le da sabor al agua, sabor a aquello que es insípido. Bebían con bocanadas siempre insuficientemente grandes. La sed de nunca saciar. Pero luego, como todo lo terrenal, llega el embotamiento, y decidieron retomar camino.

Cruzar el portal lo recordaría con la mayor alegría. Cirilo lo miraba con entusiasmo y algo de picardía. Sabía que pensaba en fiestas y borracheras, y él lo acompañaría con gusto, como siempre lo había hecho. Así se adentraron en la ciudad, caminando entre callejones cada vez más estrechos y sinuosos, pero de tanto en tanto se abrían grandes plazas con edificios y templos. Bullicio. Ruido. Alegría.

Las labores de su oficio no le tomarían más que uno o dos días. Acudiría a la reunión acordada, recolectaría lo que debía recolectar y seguiría su marcha. Cirilo se notaba que disfrutaba, y él nunca había podido decirle que no. Así que decidió quedarse unos días más. Cirilo iba de fiestas y él dormía, ¿o era al revés? Luego, al día siguiente, salían juntos y se admiraban de las maravillas de la ciudad. Día tras día se iban perdiendo, o la Ciudad les engullía. Pero él sentía donde Cirilo no sentía, y este lo recriminaba por recriminarle a él.

Así decía Cirilo:

De tus ojos veo juicio, de tu lengua reprimendas. ¡Tú predicas de mí la inmoralidad y el desenfreno, y sin embargo no sabes bien si soy yo o eres tú quien salió ayer! La vergüenza de mi pasión viene solo de tus ojos que me sentencian. No, no hay vergüenza en mi pasión solo culpa en tu boca.

Y también le decía:

—¡Por las mañanas hablas de ángeles y luego, de noche, me ruegas que te lleve al mundo de los callejones y caídos!

Y tenía razón. Pero es que vivía en él una dualidad que no entendería todavía. No hay que olvidar que la mosca y la araña viven en la misma casa. Que la cabra sube la montaña para poder vivir, pero, también, para morir.

A veces le respondía con historias que le había enseñado su madre:

“Dices que ves en mis ojos el juicio, pues yo en los tuyos no veo nada. Buscador de hojas de profesión. Te has ido a vivir al bosque, insensato. Buscas las hojas más bellas, pero del bosque, ya recorrido entero, te parecen todas iguales. Y luego, tras mucho buscar, encuentras el árbol mas esplendido de todos con las hojas más maravillosas. Mas, luego de ver tres o cuatro ramas ya te parecen todas iguales. ¡Insensato!, no entiendes que el éxtasis es un elixir que no cae dos veces por la misma piedra y no existen piedras suficientes en este mundo para hacerlo caer para siempre”

De esta forma discutían muchos días.

El tiempo comenzó a pasar, y lo empezó a invadir una tristeza profunda. La tristeza del despropósito. Cirilo, cada vez más abandonado al desenfreno, y él cada vez más solo, atado a la belleza de la ciudad, belleza material que no quería dejar escapar, pero que al mismo tiempo ya no le cautivaba del todo.

Fue así que un día, mientras recorría un área de la ciudad que no había caminado antes, encontró una gran escalera. Era una escalera de piedra, inmensa. Larga, ancha, imponente. La coqueteó un día, y al otro también, pero no se decidía a subirla entera. La escalera escalaba la montaña completa, y le parecía una tarea que le provocaría un cansancio al que no estaba acostumbrado y que no echaba de menos.

Le comentó una mañana a Cirilo que frecuentaba esta escalera, en que muchas gentes se reunían a hacer todo tipo de actividades, y este le dijo, con más ánimo del habitual, que debía subirla, que bien le haría. Y ese era el empujón que le faltaba.

Al día siguiente despertó temprano y se dirigió hacia la escalera. No había llegado a la mitad cuando hubo salido el sol. Ahora, todo iluminado, se daba cuenta de que era más larga de lo que creía. Caminó todo el día. Siempre hacia arriba. En un principio, siempre acompañado. Pero, mientras más alto, menos personas iba viendo, hasta que definitivamente se encontró solo.

Bien entrada la tarde, pisó el último escalón, pero era tanto el cansancio que no fue hasta que pudo recuperar el aliento que se pudo maravillar de lo que tenía adelante. Frente a él había una fachada de mármol de múltiples variedades, con grandes columnas y arcos, y detrás de estas, una puerta enorme de piedra gris. En ella, finamente talladas, todo tipo de adornos y escenas, algunas de las cuales le parecieron familiares y otras no.

En la parte más alta había una leyenda tallada que leía “APERTURA”. Pensó que, si tal era la opulencia de este portal, entonces mayor debía ser lo que escondía detrás. Sí, así piensan los hombres. Trabajan duro y de este trabajo esperan una gran recompensa porque creen que de una cosa se sigue la otra. Y asi se embarcan en las más insólitos búsquedas, siempre siguiendo la recompensa que nadie les ofreció. Y con eso se cansan y sudan y del sudor piensan que aumentará su premio, pero el sudor solo les mojará la piel. Del camino recorrido y de premios y promesas aprendería mucho el viajero, y cuando vio esta gran puerta puso, como lo hacen los hombres, su mente en riquezas, pero miraba a un lado y a otro y no veía a nadie.

Decidió esperar a que llegara alguien a quien pudiera preguntar, pero se cumplió la tarde y nadie llegó. Víctima de la impaciencia y la desilusión, tomó sus manos y sus pies y se dispuso a empujar la puerta, pero esta no se movía. Tomó de nuevo su cuerpo y, ahora con más ímpetu, se lanzó hacia la puerta, pero esta no se movió. Pero el tiempo pasa rápido, y el sol se puso, y abandonó su cometido. En su corazón ya había hecho planes de volver al día siguiente. No era una persona de tareas a medias, y esta no sería la primera.

Volvió al día siguiente y, nuevamente, empujó de todas las formas que se le ocurrieron, a veces con mucho ánimo y vigor, y otras con poco, pero la puerta no se movió, y, ya entrada la tarde y cansado, se prometió que volvería al día siguiente.

Muchos días pasaron, y la desesperación se empezaba a sentir en su corazón. Recuerda bien que ese día volvió a hablar con Cirilo:

—Que ha de ser una mentira. Una de esas para engañar al público.

—Pero ¿qué dices, Cirilo?, ¿quién mentiría así?

—Que ha de ser un engaño, seguramente.

—Pero si no hay con qué engañar. No hay nada prometido.

—Asqueroso asceta. ¿Que no ves? Todo el día caminas, subes, sudas y jadeas, y te dices a ti mismo en silencio que no hay tal promesa de trascendencia, que lo haces por ti. Luego bajas dichoso, y te veo abajo, embarrado en melancolía, con el alma ahogada de despropósito. Todos quieren ser ascetas, ¿y a esa vida qué le ven? Hambre, suciedad, desaseo. ¿Es acaso la limpieza, también, concupiscencia? Vuelves de noche y me ruegas cambiar conmigo, y te presto mi lugar en mi mundo obsceno.

Entonces pensó, pero no le dijo, porque era también un cobarde, y le dijo en el silencio del interior:

—¡Necio! ¡Imbécil! ¿Por qué tú, que eres yo, desprecias de mí todo lo que de mí deseo?

Esa fue la última conversación que tendría con Cirilo.

Una mañana que no recuerdo bien cuál era, retomó su tenacidad, que había dejado abandonada, y volvió a la escalera. Subió hasta el final, con el mismo esfuerzo de siempre. El sudor de siempre y los jadeos de siempre. Pero, una cosa había distinta. Ese día encontró un guardia, o un mendigo. No estaba seguro. Estaba ahí inmóvil, como decoración. Decidió ignorarlo y dedicarse a lo que venía.

Prontamente comenzó a empujar sin éxito, y la otra persona lo miraba, y el seguía empujando. De una forma y de la otra. Luego descanso, luego agua. Miraba al sol, pensaba en lo agobiante del calor y retomaba la puerta.

Al cabo de unas horas el otro le dirigió la palabra. Le dijo:

—¿Qué hace, buen hombre?

A lo que el viajero le respondió:

—Intento abrir la puerta, que, por su forma y belleza, grandes formas y bellezas debe esconder.

—¿Y quién ha sido el que te ha dicho que esa puerta se puede abrir?, le preguntó el mendigo algo burlesco.

—Acaso, ¿no es propio de las puertas la cualidad de ser abiertas?

Y no recuerda el viajero qué le respondió el guardia, pero sí recuerda lo siguiente que le dijo:

—Ves, tú vienes aquí de muy lejos, que veo por tu apariencia y acento que has de ser un viajero. Y que de tantas vidas viajadas piensas que todo has visto, y llegas a esta bella ciudad y todo cometido pendiente olvidaste. Escalaste estas escaleras y llegaste acá a la cima. Y ahora volteas y miras abajo, y ves bosques, edificios, templos, mares, magos y ladrones, y piensas con ojos ambiciosos en la apertura de esta puerta sin entender que desea más de ti la puerta que tú de ella.

—¿Y qué puede esperar de mí una puerta?

—El mensaje es claro: apertura...

—¡Bah! ¡Que es propio de los viajeros la apertura, y que no hay viaje sin estar abierto a las maravillas que este nos pueda enseñar! ¿Y qué tipo de maravillas me enseñará esta puerta, oh buen guardián?

—Ni guardián ni maravillas. ¡Vaya necio! Ya sabía yo que ese aspecto tuyo era engañoso. Cuántas vidas hayas viajado, cuántos parajes hayas observado y, sin embargo, nunca ver más allá de tu nariz. Ningún viajero que se tenga por bien piensa que la apertura al viaje trae maravillas. La apertura al viaje trae viaje, y cosas típicas de viajes. Y solo las cosas de viajes calman al viajero la ávida sed de viajar.

Dudó un poco, porque la cobardía le insistía en que se retirara, pero, en vez, decidió decirle:

—Ciego he sido, en efecto. ¡Oh, sabio guardián que dice no serlo! Enséñame cómo abrir la puerta y tendré por bien todo lo que detrás de esta puerta haya.

—Necio e ignorante. Que la puerta se abre abriéndola. Empuja la puerta y ábrela.

Entonces, poniendo sus manos sobre la puerta, esta lo fue abriendo a él suavemente, mientras la piedra se desplazaba dejando un pequeño espacio para pasar. Así completó su primer paso antes de morir el viajero del cuento.



Al otro lado de la puerta se sentía un hombre nuevo. Repleto de energía, voraz por conocer este mundo nuevo. No había paciencia para esperar, quería partir ya la aventura. Era un hombre nuevo. O no lo era. Se calmó y pensó que a veces la ingenuidad confundía el cambio con lo novedoso. Esto era un juguete nuevo, pero se sentía realmente como una nueva persona.

El guardián estaba a su lado y al frente un eterno desierto. Comenzaron caminando en silencio hasta que salió el sol en su encuentro: radiante, imponente, quemante, pero lo recibió con ansias.

—¡Bienvenido, rey! Fuente de todo poder y vida. Alimenta a estos hombres con tu espíritu para que podamos completar esta travesía, dijo el viajero.

Pero el sol no le respondió, así que gritó más fuerte:

—¡Bienvenido, rey! ¡Alimenta este espíritu con tu gracia para su realización eterna!

Pero el sol no respondía.

El guardián, sin emitir palabras, retomó su camino, y detrás le siguió el viajero, a trote, como niño animado. Se le acercó y le preguntó:

—Dos veces he gritado al sol saliente, pero no he obtenido respuesta alguna. ¿A qué se debe esto? ¿Acaso ha muerto el sol?

Pero el guardián no dijo nada, y siguieron caminando por la arena.

A mediodía, con el sol en alto y sintiendo el agobio del calor, encontraron un puesto de control. Una pequeña caseta al borde del camino. Cuando estaban acercándose, sintieron el fuerte sonido de un silbato, y desde dentro de la caseta un brazo se asomaba y una persona les gritaba que se detuvieran. Les dijo: —¡Alto ahí, caminantes! ¿Quién os ha enviado en esta senda peligrosa? —preguntó con tono de autoridad.

—Por mi parte —respondió el viajero—, esta senda la he elegido yo mismo. Por mis facultades de viajero de profesión he decidido tomar este camino y descubrir los regalos que este pueda enseñarme. Ahora bien, por su parte, me acompaña este guardián que ha sido hasta ahora de lo más útil. Lleno de sabiduría, supo conducirme a través del portal hacia este nuevo valle que nadie conocía.

—¿Viajero decís? ¿Regalos decís? ¿A quién has traído aquí esta vez, buen guardián? Debe olvidar la flor al brote y el perro al cachorro. Debe olvidar el mar al río y la montaña a la tierra. No busca el río tesoros en el mar, ni este camino os traerá tesoros a vos, joven —dijo.

—De momento —continuó— no podéis continuar. Está este camino prohibido para hombres vivos.

Tomó la palabra el guardián:

—He traído un hombre cansado. He traído un hombre que quería morir. Lleno ya de la ciudad del pecado, decidió tomar este rumbo, ausente de promesa. Aunque para qué, solo podría decirlo él.

Y continuo:

—Parece vivo, pero ha decidido morir. Parece vivo, pero ha elegido el viaje. Abre el paso, hombre —respondió calmado.

Pensó el viajero: interesante forma de enterarse de la propia muerte, que te lo diga un extraño. Y dijo:

—No estoy muerto ni he decidido morir. El brote ha florecido, y lo cortaron del tallo, pero no olvida este que era el tallo su sostén. No olvida el mar al río, porque vive el agua del río en el mar. Así mismo, no he muerto yo: he renacido en esta nueva vida.

Le siguió el guardián diciéndole al portero:

—¡Observa, menudo cadáver he traído!

—Si habéis traído un hombre muerto, has hecho bien —dijo el portero, y exclamó—: ¡Escuchad vosotros! Solitario camino habéis elegido. Venís de un valle de lágrimas, y en verdad os digo que en otro valle distinto habéis entrado, pero a este le llamaréis de lágrimas también. Y gritaréis al cielo: “¡Estas lágrimas que derramé, al menos las he elegido yo!”. Pero el agua la perderéis de todas formas. ¡Llenaos de fuerza, jóvenes valientes! De vuestra mente vendrá el agua que los mantendrá vivos, y de vuestro corazón la comida que os dará fuerza para seguir. Pero, tranquilos, que os daré ahora agua y comida: un regalo que ningún discurso puede suplir. ¡Suerte y ánimo!

Habiendo dicho esto, les entregó agua y comida y los dejó seguir. Pero descansaron antes bajo la sombra de la caseta. Retomaron la caminata al rato y siguieron hasta que cayó la tarde y les alcanzó la noche. Se dieron cuenta de que sería más inteligente caminar de noche, porque de día el calor era muy agobiante. Pero era el sol su guía: les daba el este cada vez que salía, y el norte a mediodía, y el oeste cada tarde, y así obtenían de él la verdad. Pero nunca conocen del sol, los hombres, el sol mismo. Sienten su calor y ven su luz, y con esto le bautizan Ra, Apolo y también Deus, y dicen de ellos toda clase de cosas: “Apolo quiere tal”, “Ra dice que cual”, y con esto se afanan. Pero ¿qué quiere el sol?

También sabe tú que no calienta el sol solo porque tiene rayos, sino porque los hombres lo sienten. Y no ilumina solo porque emite luz, sino porque hay ojos que ven.

Al día siguiente partieron al alba. Caminaron con el sol en alto, los atrapó la noche y descansaron. Caminaron otro día, hasta que los atrapó la noche, y volvieron a descansar. Así, tres días completos. Al cuarto día, ya sin agua ni comida, encontraron en el camino un cadáver. Pensó el viajero que llevaba muchos días, porque estaba en descomposición y tenía muchas larvas de distintos tipos. Y dijo, exaltado:

—Este sí es un hombre muerto.

—¿Muerto? —respondió sarcástico el guardián—. Este hombre está vivo.

—¿Acaso no ves la putrefacción? – dijo el guardián.

Y el viajero creyó que ahora sí entendía a qué se refería. Pero no entendía todavía.

—Ha muerto aquí, al borde del camino, un hombre —comenzó diciendo el viajero, solemne—. Y he aquí que nosotros ya no tenemos comida ni bebida. ¿Cuánto tiempo más debemos caminar, guardián, compañía de mi camino? Porque cada día le pregunto al sol, del cual, por su calor que me entrega, estoy cierto de que brilla, pero no hay más que silencio.

Respondió el guardián:

—No lo sabe el guardián y no lo sabe el portero. Solo lo sabe quién ha completado el viaje, eso es certero. No desesperes, compañero, que aquí el vivo ha dejado agua y comida para el viajero. Tomémosla y sigamos nuestro viaje.

Dijo el viajero:

—Pero, acaso, ¿no estarán corrompidos también el agua y pan de este hombre que se pudre?

Y le respondió el guardián:

—Alimenta también tu cuerpo, pequeño eremita.

Y, como en nada son tan conversadores los hombres como para sus ritos funerarios, hizo un hoyo con sus manos y depositó ahí el cuerpo. Luego lo cubrió con arena y piedras, y dibujó el pavo real de la inmortalidad sobre él, y le deseó felicidad y buena suerte en el camino a Ro-Peker.

El viajero, por su parte, se agachó y dijo palabras que consideraba sagradas. Y las sintió mucho, porque sentía dentro de su corazón la amenaza de la muerte, y temía ser comida de gusanos en el desierto que nada le había traído.

Siguieron caminando así por tres días más. Siempre por el desierto interminable. Bajo el sol que no daba tregua en el día, y en la noche el frío que no les dejaba dormir.

Conversaban poco. Seguía el guardián con su ánimo impertérrito, y en el viajero crecía y crecía la duda.

De día caminaban, de noche solo dormían y se acompañaban en la travesía que ellos mismo habían elegido.

En la cuarta noche se quedaron nuevamente sin comida ni agua.

Y ahora habló el viajero no como antes. Ahora dijo su discurso que había pensado por tres días completos de silencio. Porque el viajero que había cruzado la puerta no era el viajero del desierto. A ese lo habían aniquilado. Se había puesto la capa roja para celebrar. Había traído a sus amigos al corazón y había imaginado las historias que les contaría. Había sumado todas las riquezas que obtendría. Había venido aquí por su propio mérito, pero eso ya no le daba felicidad. ¿Acaso son felices los ascetas?, pensaba. Sí. A ese hombre lo habían aniquilado. Y sentía que entendía cuando le decían muerto. Pero no entendía. Porque aquí, señores, no es muerte la alegoría del sufrimiento. Sufría el viajero, pero aún sufría como vivo. Y la putrefacción le llegaba. Pero esta no era de gusanos y carne negra. A está le llaman blanca. Se pudren blanco los ascetas, que es peor. No, señores, no es sufrimiento alegoría de la muerte. Este hombre aún vivía. Y el guardián y el portero, que eran más sabios y antiguos que él, bien habían visto. Este hombre parece vivo, pero va a morir.

Así comenzó:

Por siete días hemos caminado, con sol, calor, frío. Con hambre y sed. Y nada encontramos. Cierto es, compañero, que accedí a venir sin promesas. Cierto es que accedí que era propio de viajeros viajar. Cierto es que accedí al martirio por mis propios méritos. Pero ¿Qué sabios han construido este camino? Es la arena el suelo más árido de todos. Y fui advertido. Era mi compañero, a quien de la forma más encarecida extraño quien me dijo: saluda al hambre, que esa fácil se contenta. Saluda al agua que rápidamente quita la sed. Pero al alma, a esa no la saludes que es rencorosa. Carne de mi carne. Sangre de mi sangre. Y no te creía y te deje atrás. Y ahora, ¿cómo volver, si tengo en mi la peor pudrición, aquella que llaman blanca? No, el deseo del retorno no será cumplido en este desierto. ¡Este desierto! Tanta arena he tragado que cuando me quemen cristalizaré. No, nada me ha entregado el desierto. ¡Benditos los sabios que en él habitan porque encuentran comida donde yo solo encuentro silencio! Y clamo al astro mayor, día si y día también sin respuesta. Y clamo dentro de mí a otros astros, pero estos tampoco responden. Pierde mi alma su brillo y no soy yo de esos que quieren morir en serio.

Y le respondió el guardián. Lento y aletargado de mucha caminata:

Dices tú que encuentran los sabios comida en el desierto y no sabes que son tres o cuatro, y el resto hacen que comen y luego solo mueren. El camino del desierto, joven, es solo ese. Ve el viento al árbol y lo sacude y este pierde sus manzanas. El camino del desierto es el viento. Se desprende la hoja otoñal del viento y ¿dónde cae?, ese es el camino del desierto. Cae el agua del río hasta el mar y no logra nunca detenerse. Ese es el camino del desierto. Habla un hombre a sus sirvientes y les incita a trabajar y estos trabajan. Ese es el camino del desierto.

Y así falleció el guardián. No lo sabía el viajero, pero este le había dado la mayoría de su ración todos los días porque quería que el triunfara. Y dándose cuenta de esto se sintió muy solo porque no sabía cuánto tiempo más tendría que vagar. Lleno de sentimiento recordó las palabras del portero y las transformó para que se transformaran en una canción. Y cantó en voz alta porque nadie escuchaba:

No olvida la flor al brote,

no olvida el perro al cachorro,

no olvida la lluvia a la nube,

ni la tierra y el mar al cerro.

No olvida el hijo al padre,

ni el padre al suyo.

Recuerdo yo a mi madre,

y del camino elegido,

¡ay! dudo.

Tomo derrotado el cuerpo de su compañero de viaje y se lo cargo al hombro pesado. Pesado porque en el llevaba toda su desesperanza que poca no era. Y estaba solo, y produce en lo hombres la soledad lo que no puede ser descrito, lo que no se concibe. En el camino de la trascendencia y la relevación nada había trascendido y nada se había revelado. Este era el camino del desierto, como le habíanexplicado. Solo arena. Arenay soledad. Y ahora también muerte, pero muerte de verdad, de aquella que te deja solo. No lloraba mientras cargaba al guardián porque no quedaban ya ladrillos que sostuvieran la fuente, y eran los ladrillos su entereza y la fuente sus ojos. Así tan solo. Los hombres solos no lloran.

comenzó caminando con el guardián al hombro. El primer paso muy pesado, el segundo también porque los pies se hundían en la arena.Poco a poco empezó a sentir que la arena y el desierto le habrían paso, un paso especial. Aquel que le abría a los hombres que ya no guardan esperanzas, esos hombres que han abandonado la trascendencia. Los que ya no quieren vivir. Si, ahora lo entendía, ahora era un hombre muerto, uno de verdad. Y así hablo al desierto con propiedad:

Canta, tierra, del camino trazado

Espera de este el hombre

la vida y la épica:

El premio anunciado

Abre, desierto, el paso.

O llama a la arena negra

Y aniquila a este hombre en vela

Que solo busca el ocaso.

Y así camino mucho rato,porque pensaba que la muerte le llegaría igual de rápido. Y algunos pensaran que tenia rabia por la promesa incumplida, pero no era así. Él, que creía que iba a morir, había abandonado todo rencor y ahora solo buscaba el descanso. Y fue así que camino toda la noche con rumbo desconocido hasta que al fin salió el sol por la mañana, brillante, por su derecha. Había perdido el rumbo... volteo a verlo y vio debajo de el dos pilares y una puerta, pero no pudo distinguir detalles porque la luz le encandilaba. Dijo:

—¿Así rompes tu silencio astro mayor? No lo he solicitado yo el milagro y no lo tomare de buena gana. O habla astro, y hazme de tu Providencia participe. De cualquier forma, iré a la sombra, porque no quiero morir en la incomodidad de tu luz.

Y así se acercó caminando hasta la puerta. Había una escalinata pequeña, pero suficientemente grande como para proyectar sombra y ahí deposito a su guía, a su guardián, esa sería la última que lo vería. Lo dejo ahí, desprendido de toda posesión. Lo miró y lo pensó, pero el pensamiento no es capaz de revivir a los muertos, así que lo abandono ahí. Subió la escalera y ahora nuevamente una puerta, piedra gris, igual que la anterior, pero esta antigua, gastada y a mal traer. Y como la anterior esta leía “ACEPTACIÓN”. Ahora, a diferencia de la vez pasada el mensaje era claro y no había dudas. Entendió que la puerta estaba abierta porque ya había entendido el camino del desierto y le habían aniquilado, por lo que la puerta le permitió pasar.

Así fue que el viajero entró en la parte final de su camino. Detrás de la puerta apareció un bello jardín, con una gran fuente central y detrás otra puerta que estaba abierta y que daba paso a un pequeño mausoleo. Esta puerta, la tercera, leía “TRASCENDENCIA”, y no había nada más. Recorrió todo esto en algunos minutos, y bebió agua y se sentó. En ese lugar esperando, mientras iba comprendiendo su destino pensaba muchas cosas, pero la que más recuerdo se trataba de la ironía. La puerta pedía trascendencia, pero le era evidente que no había tal. Cuando la fruta madura se pudre no vuelve al árbol. Así mismo cuando se rompe el cristal, no vuelve este a las manos del cristalero. La muerte genuina es negra, llena de ausencia. ¿Acaso le rescataría el sol para llevarlo a la tierra de la abundancia?

Aceptando su destino ingresó al mausoleo. Este era pequeño, de piedra también entero, y en el techo tenía un domo abierto en la parte más alta, donde entraba luz. Ahí se hincó y recostó. Sentía una ceremoniosidad casi religiosa y ante esta se encogía y callaba. En su interior recordaba el yo previo, antes del inicio del viaje, antes de la destrucción en el desierto, antes de la pudrición, y por medio de esto creía que adquiría sentido y realización, pero nada de esto ocurría en el mundo externo. La pieza de piedra seguía callada. El sol tampoco hablaba. Se daba cuenta del silencio y le apenaba. Y así dejo de existir el viajero con coros angelicales por dentro y silencio por fuera. El cuerpo gastado se transformó en pudrición y con el tiempo en cenizas y polvo y nadie nunca pudo visitar la escena y estuvo para siempre en el silencio y el abandono.