El Chico Que No Reía

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Dicen que una sonrisa puede revelar todo… pero ¿qué pasa cuando alguien nunca sonríe? Yo pensaba que entender a las personas era cuestión de leer sus expresiones, hasta que el chico que no reía cambió todas mis reglas. Hay sonrisas que iluminan el día, otras que esconden incomodidad y algunas que simplemente son falsas. Pero él no sonríe, y eso lo convierte en un enigma que nadie se atreve a descifrar. Hay secretos que no se cuentan, y silencios que pesan más que mil palabras. Esta es la historia de cómo aprendí que algunas verdades se esconden en lo que no se dice, y que a veces, la ausencia de una sonrisa puede ser el principio de algo inesperado.

Genero:
Romance
Autor/a:
Yoone-190
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Ahí está el

Siempre he pensado que hay personas que nacen para destacar… y otras, como yo, que nacen para observar.

No me molesta. Me gusta mirar los detalles que los demás pasan por alto: las grietas en la pared, los zapatos desgastados de la gente, los gestos escondidos detrás de las sonrisas.

Mi mamá dice que debería estar más “en el mundo real”, pero no entiendo qué parte del mundo real estoy ignorando. Todo está ahí, a simple vista. Solo hay que mirar.

—¡Alma! ¡Se te va a enfriar el desayuno! —grita mi mamá desde la cocina.

Dejo mi libreta sobre la cama y salgo al pasillo. El olor a pan tostado me llega antes de entrar a la cocina. Ahí está ella, moviéndose de un lado a otro, como todas las mañanas, con su cabello castaño cortito que siempre dice que es “práctico”, aunque yo sé que odia perder el tiempo peinándose.

Nos parecemos, eso es obvio. Mis facciones son casi una copia de las suyas: la nariz, la forma de la boca, hasta las cejas que se enojan solas. Solo hay una diferencia.

Sus ojos son color café, cálidos, como un café con leche en invierno.

Los míos… los míos son verdes. Verdes como los de mi papá.

Me siento frente al plato y empiezo a comer rápido, como siempre que voy tarde. El pan tostado ya no está tan crujiente y el jugo está más tibio de lo que debería, pero no me importa.

Mi mamá se sienta frente a mí, todavía en pijama, con esa mirada que mezcla preocupación y orgullo.

—No te vayas sin almorzar bien, Alma —dice, como cada año, como si tuviera un guion memorizado—. Primer día después de las vacaciones, tienes que ir con energía.

—Ya, mamá, no me voy a desmayar en la entrada —respondo con la boca llena.

Emi, al lado mío, mastica su cereal como si estuviera en cámara lenta. Él todavía tiene un par de días libres antes de que empiece su escuela, lo que para él significa videojuegos, pijama todo el día y pelearse con su mochila cuando nadie lo ve.

—¿Estás nerviosa? —pregunta mi mamá, sirviéndose café.

—No —miento.

Claro que estoy nerviosa. Aunque no sea el primer día en una escuela nueva, siempre es raro volver después de las vacaciones. La gente cambia, los grupos se reorganizan, y los que parecían tus amigos hace dos meses, a veces ni te saludan en el pasillo.

Mi mamá sonríe como si me leyera la mente.

—Vas a estar bien —dice—. Y recuerda lo que siempre te digo: no te metas en problemas.

Emi suelta una risa entre dientes y sin dejar de mirar su cereal dice:

—No sería una sorpresa, mamá.

Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar sonreír. Tiene razón. Meterme en problemas parece ser mi talento escondido.

Termino mi jugo de un solo trago y me levanto de la mesa.

Suspiro al ver mi mochila esperándome junto a la puerta.

Camino de regreso a mi cuarto y me miro en el espejo. Llevo puestos mis pantalones flojos favoritos, esos que mi mamá odia porque dice que parecen de hombre, pero que son los únicos cómodos.

Una blusa sencilla, blanca, sin dibujos, sin marcas… nada que llame la atención.

Mis botas negras, un poco gastadas, pero me gustan así.

Y mi cabello suelto, como siempre. Largo, castaño, algo rebelde, igual al de mi mamá en color, pero ella insiste en cortárselo todo el tiempo. A mí me gusta así, libre, un poco desordenado.

Acomodo un mechón detrás de la oreja y me cuelgo la mochila al hombro.

De nuevo en la cocina, agarro mis llaves y me dirijo a la puerta.

Mi mamá me observa con esa mirada entre tierna y regañona que domina tan bien.

—¿Vas a ir así vestida? —pregunta, señalando mis pantalones flojos.

—¿Otra vez con eso, mamá? —me quejo—. Me gustan, son cómodos.

Ella resopla y revuelve su café.

—No sé por qué insistes en vestirte como… no sé, como un chico despistado. Eres bonita, deberías lucirte un poco más.

Emi, al lado mío, mastica su cereal y se ríe bajito.

—Lucirse no sirve de nada si igual te vas a meter en problemas —dice sin levantar la vista de su plato.

—¡Cállate, traidor! —le respondo, dándole un empujón suave en el brazo.

Mi mamá solo sonríe y me revuelve el cabello como cuando era niña.

—Igual te ves linda, aunque no quieras admitirlo —agrega, y se levanta a buscar más café.

—¿Quieres que te lleve? —pregunta mi mamá, en tono protector.

Niego con la cabeza, medio suspirando.

—Está bien, voy a tomar el camión. —Le sonrío a mi mamá, tratando de parecer más tranquila de lo que me siento.

Ella asiente y Emi me saca la lengua como despedida.

Salgo de la casa y el aire fresco me pega en la cara. El cielo todavía está pálido, con ese azul casi gris de las mañanas, y el olor a tierra mojada flota en el ambiente.

Camino hacia la parada, que no está tan cerca como me gustaría. Vivo un poco fuera de la ciudad, en esa parte donde todavía hay pasto crecido a las orillas, árboles grandes que se asoman por encima de los techos y montañas al fondo que parecen flotar entre la neblina.

A veces me gusta.

Me gusta el olor, los árboles, el cielo cuando apenas está aclarando.

Otras veces… solo pienso en lo lejos que queda la escuela y en lo mucho que odio levantarme tan temprano.

El camino está tranquilo, casi no pasan autos. Escucho a los pájaros cantando y el viento moviendo las ramas. Hay flores silvestres creciendo entre el pasto, pequeñas y desordenadas, como si no les importara estar en el lugar equivocado.

Sigo caminando, sin prisa. El aire frío me despierta un poco, aunque sé que en cuanto llegue a la ciudad, el ruido y el tráfico me van a quitar ese mini momento de paz.

Cuando llego a la parada, ya hay algunas personas esperando, medio dormidas, con cara de lunes aunque no sea lunes.

El camión llega. Subo y me siento en mi lugar favorito: junto a la ventana.

Ahí puedo mirar todo sin que nadie me hable. Perfecto.

Frente a mí, un señor bosteza, cargando un portafolio tan viejo que parece que va a deshacerse en cualquier momento. Se le notan las ojeras. El típico que lleva años trabajando sin parar.

Más adelante, una mamá acomoda la mochila de su hijo, que apenas mantiene los ojos abiertos. Me pregunto si odia ir a la escuela tanto como yo la odiaba cuando era niña… o tanto como la sigo odiando algunos días.

A mi lado, dos chicas hablan en voz baja:

—Me dieron las mismas horas de trabajo… otra vez, no sé cómo voy a hacer las tareas —se queja la de cabello rizado.

—Al menos tú tienes trabajo, yo ni eso —responde la otra, suspirando.

Escucho sin meterme, como siempre. Cada quien con sus rollos.

El camión avanza, y las calles se van llenando de autos, el ruido empieza a subir, las bocinas, la gente apurada.

Poco a poco, las mismas calles de siempre aparecen por la ventana: las tiendas, los murales medio borrados, los árboles medio secos… y al fondo, la escuela.

Mi estómago se revuelve, pero esa sensación ya es parte de mi rutina. Como el camión que siempre huele a frituras, como los mismos rostros de siempre, como ese nudo en el pecho cada que el primer día se repite.

—Aquí vamos otra vez… —murmuro, más para mí que para alguien más.

El camión se detiene y, en cuanto bajo, me envuelve ese caos conocido: mochilas chocando, risas, gritos de reencuentro, el olor a asfalto caliente mezclado con el de los puestos de comida.

Frente a mí, la escuela parece igual que siempre: el portón azul despintado, las bardas rayadas con nombres y promesas viejas, los árboles que apenas sobreviven, y las paredes grises, que ya parecen parte del paisaje.

Los alumnos se agrupan en montones: algunos se abrazan como si hubiera pasado un siglo, otros se toman selfies, los típicos “¡te extrañé!” que suenan más por costumbre que por verdad. Los de siempre en las jardineras. Los que llegan solos bajan la cabeza y se pierden entre la multitud.

Nada nuevo. Todo igual.

Aunque todo parezca idéntico…

Hoy las cosas van a ser diferentes.

Aunque todavía no lo sepa.

Doy un paso más y entonces lo veo.

Ahí está él.

De espaldas.

Quieto. Seguro. Con una postura que grita que no necesita a nadie.

Como si supiera exactamente dónde está y lo que hace ahí.

No se mezcla con el resto, no habla, no sonríe. Y sin embargo, es imposible no notarlo.

No hace falta que se voltee para saberlo:

Es el chico que no reía.