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Osiris: Crónica de una Advertencia

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Sinopsis

Joseph Isaacs creó algo tan brillante que tuvo que destruirlo. Pero no lo logró del todo. Años después, desde su exilio, concede una única entrevista a una periodista joven, hambrienta de respuestas. Lo que Christina descubrirá en esa cabaña no es una historia... es una advertencia. Y quizás, la última.

Genero:
Scifi
Autor/a:
CodigoSibila
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Osiris: Crónica de una Advertencia

La joven Christina Parker se encontraba al borde de un precipicio. Una nube azul, surcada por relámpagos y envuelta en un aura extrañamente eléctrica, se acercaba. Un sudor frío brotaba de su frente. Su pecho se agitaba con rapidez, la sangre corría acelerada por su cuerpo. Sus pasos, tímidos, la llevaban poco a poco hacia el vacío. El suelo se terminaba… y el abismo la engullía.

—BEEEEEEEEP.

Una alarma suena. Aliviada, despierta la intrépida periodista: hoy hay una cita importante.

—He preparado esta entrevista por dos semanas… —su mente deja atrás el curioso sueño y se concentra en el presente.

Tras una rápida higiene personal en su modesto apartamento, finalmente está lista: jeans azules, chaqueta de mezclilla verde y un morral cargado de preguntas, con un corazón ansioso por respuestas. Mira por última vez su pequeño y algo desordenado hogar, y se dirige al cuartel del periódico Federal Report.

A bordo de un ecotransporte —vehículo impulsado por inteligencia artificial y propulsión magnética— llega sin retrasos a lo que alguna vez fue el gran cuartel de la información mundial. Hoy, agonizante, recibe a la aspirante a la entrevista de su vida.

No hay ascensores. Ni gente por doquier con fuentes, datos y chismes. Mientras ingresa a la paupérrima locación, Christina observa los titulares antiguos colocados en las paredes:

“¿La IA llegará al poder? ¿El fin del status quo?”

“Desempleo en aumento: la IA controla el mercado”

“Aislamientos masivos: creen que la tecnología es un riesgo”

“Joseph Isaacs en autoexilio: ¿qué nos depara el futuro?”

“Última edición: el cambio del siglo XXI”

—Christi —la recibe Daniel Walkings, el último editor del alguna vez prestigioso periódico—. ¿Lista para hablar con el ermitaño?

—No le digas así —replicó la periodista, frunciendo el ceño al defender a su fuente—. Agradece que no eligió un reportero digital y nos la dio a nosotros.

Su mente recuerda claramente la interacción. Domingo por la mañana. Sin noticias... al menos no cubiertas. Un golpe en su puerta.

Un mensajero robótico le entrega un proyector holográfico. Sin remitente. Solo su nombre en el espacio del destinatario. Tras un breve desempaque, un haz de luz se hace presente. La curiosidad despierta los ojos perezosos de Christina, expectante.

—Es un gusto saludarle, señorita Parker. Si no me conoce, soy el empresario Joseph Isaacs —la imagen se torna reflexiva—. Bueno… alguna vez lo fui.

Es irónico que le hable a través de mis últimas invenciones —respira, como apenado, pero con decisión continúa—:

Tengo una primicia para usted. Por favor, prepare una entrevista dirigida a mí en dos semanas. Un transporte la llevará hasta donde me encuentro. Solo usted.

No subestime su perspicacia. Le veré en dos semanas.

—Chris… un auto del siglo pasado te busca —la mirada de confusión en su rostro es evidente—.

—Llegó la hora… Deseame suerte, Dan —se aleja a un trote ansioso de su colega y amigo.

—¡No te enamores! —le lanza el editor en jefe con una sonrisa pícara.

—Te odio —Chris le muestra el dedo medio en señal de afecto.

Al salir, se encuentra con un vehículo anticuado, de una marca extinta desde la implementación de los ecotransportes. Otro estandarte del pasado la recibe: un hombre vestido con un traje clásico y guantes de tela. Es un mayordomo.

—Wow… —sorprendida, lo observa—. No me esperaba un auto como este. Pero menos aún a alguien como tú —ironiza, con tono inquisitivo.

—Entiendo su sorpresa, señorita —responde con una elegancia que parece atravesar el tiempo—. El amo Isaacs ha sido siempre un jefe muy comprensivo.

El mayordomo abre la puerta del vehículo con un gesto cortés. Christina entra, intrigada. Apenas se acomoda, un suave gas adormecedor empieza a salir de los ductos.

—Era una tram… —balbucea, sintiendo sus párpados caer mientras los brazos de Morfeo la rodeaban.

—Descuide, señorita Parker —la voz del mayordomo suena lejana pero serena—. Es solo una precaución. Órdenes del amo Isaacs.

Todo se vuelve oscuro. Christina vuelve a su sueño: la nube azul con relámpagos, el abismo, la incertidumbre. Solo que ahora, entre las nubes, se vislumbran unos ojos inexpresivos, azules casi blancos, de los que emergen relámpagos amenazantes. El vértigo en su espalda anuncia que el abismo está por tragársela.

De repente, un baño de agua helada la arranca del onírico destino.

—¡Aaagh! —Christina grita por lo súbito del momento—. ¡¿Qué demo...?!

Esperaba encontrar una mansión hipertecnológica, llena de dispositivos futuristas y asistentes robóticos. En cambio, está en una cabaña rústica, con piso de madera y un ambiente sorprendentemente hogareño. Su sorpresa da paso, rápidamente, a la indignación por tan peculiar método de traslado.

—¡¿Están locos?! —brama, fuera de sí—. ¡Más loca yo por prestarme a esta estupidez! ¡Esto es un secuestro! ¡¡Sáquenme de aquí!!

—¿Y perder su primicia, señorita Parker?

Desde las sombras emerge una figura: un hombre acuerpado, de presencia imponente. Tiene hombros anchos, una barba bien cuidada y una mirada profunda, tranquila.

—¿Es usted… Joseph Isaacs? ¿El de Industrias Isaacs?

La sorpresa la descoloca. Había imaginado a un ermitaño de bata sucia y mirada perdida, tal como lo había descrito David. Pero el que tiene delante es un portento físico con mente aguda.

—Solo Joseph. ¿Te puedo llamar Christi?

—Solo Chris —responde, aún enfadada—. Un momento... ¿Qué es esto? ¿¡Volvimos a los conflictos de Medio Oriente?! ¿¡Qué clase de secuestro es este!?

—Chris... —su tono sigue sereno—. Como bien sabes, me alejé de la vida pública. Lo que hicimos fue solo una precaución. Este lugar es... un santuario.

Santuario… —piensa irónicamente—. Poco más y tiene un oso como mascota.

—¿Y bien? ¿Para qué me trajo?

—Yo solo la invité. ¿Para qué vino usted?

—Usted me trajo para hacerle una entrevista —replicó, como si fuera evidente.

—Correcto —dice con el tono de un maestro a una alumna rebelde—. Hagámoslo dinámico. Haga su primera pregunta.

—¿Por qué yo?

Esa pregunta le había rondado por la cabeza durante las últimas dos semanas. ¿Por qué a ella? ¿Qué había visto Isaacs en Christina Parker?

—Jejeje... —Isaacs alza levemente las cejas—. La curiosidad individual es más poderosa que la colectiva.

—Mira, Chris —continúa, más relajado—. No fue una elección personal. Fue la más obvia. Eres intrépida. No temes a la crítica. Lo vi todo en este artículo de tu autoría.

Le lanza un ejemplar amarillento del Federal Report. Christina lo reconoce al instante.

“Joseph Isaacs en autoexilio: ¿Qué nos depara el futuro?”

—¡Pero eso lo escribí hace años! —exclama Christina, incrédula. Fue uno de sus primeros artículos como periodista.

—Debe haber otro motivo...

—Me temo que no, Chris. Si no eras tú, habría sido otra persona. Lo importante es que el mensaje se transmita.

Cada vez la entrevista parecía menos una entrevista y más un rompecabezas sin bordes. Aun así, Christina había venido preparada.

—¿Y cuál es ese mensaje? —preguntó, en lo que ya intuía como la entrevista más difícil de su vida.

—¿Tú qué crees? —responde Isaacs, otra vez esquivando la pregunta—. ¿Por qué escribiste ese artículo?

“Infeliz... te estás divirtiendo, ¿verdad? Dame algo...”

Christina empuña su bolígrafo digital con fuerza. Está frustrada, pero sabe que debe jugar según sus reglas si quiere respuestas.

—Lo escribí porque usted fue clave en lo que somos hoy. Prácticamente creó la tecnología que mantiene al mundo funcionando… o lo que queda de él. —Sabe que los poderosos suelen responder bien al halago.

—Casi todo, Chris —dice Isaacs, alzando un dedo con gesto didáctico—. ¿Puedes adivinar qué cosa no fue parte de mis creaciones?

—Es obvio: el sistema de inteligencia autómata —responde, orgullosa del fruto de sus dos semanas de preparación. Espera aprobación.

—¿Una limonada, señorita?

El mayordomo, puntual y elegante, irrumpe con una bandeja. Trae dos vasos y una sonrisa serena. Es el medio tiempo de un juego que apenas empieza.

Christina acepta. Desde niña no había probado limonada natural. Ahora está frente a un lujo reservado para muy pocos. Irónico: frente a uno de los hombres que hizo posible ese desequilibrio.

—¿Sabía usted, Chris, que la agricultura fue una de las primeras ingenierías humanas? —comenta Isaacs, mientras remueve el vaso—. No se usaban conservantes ni manipulaciones genéticas. Tal como el jugo que está bebiendo.

—Debió costar una fortuna… Gracias —dice Christina, saboreando el sorbo que le baja la guardia.

—Descuide —responde él, señalando la ventana—. Solo costó una semilla.

Afuera, un árbol de limones se mece con el viento.

“Estos riquillos… sigue siendo millonario. Y yo con mi mansión en los suburbios. Elegiste bien, Chris.”

—Bueno —dice al dejar el vaso vacío sobre la mesa—, ¿qué tiene que ver la IA en todo esto? Usted mismo dijo que no participó en su desarrollo.

—“Es obvio”, dirías tú, Chris —dice él, con una sonrisa medio oculta mientras deja también su vaso—. ¿Por qué crees que no lo hice?

—No tenía las herramientas… o no le pareció útil. —Se impacienta—. En fin, ¿por qué me hace preguntas cuyas respuestas ya conoce?

—Y esa, Chris… —dice con una expresión satisfecha— es la pregunta correcta.

Isaacs se pone de pie. Su andar por la sala es tranquilo, pero determinado. Como si supiera que está a punto de soltar algo que cambiará el rumbo de esa conversación.

—Te mentí, Chris —dice sin rodeos—. No te llamé para una entrevista. Te llamé para darte una advertencia.

Christina estaba pasmada, casi al punto de irse… tanto rollo, tantas preguntas, para descubrir que su fuente... quizás el aislamiento le haya enloquecido.

—Ahora que… más desempleo o más aislamiento. No he tenido una cita en seis meses y vengo a parar con el loco de las conspiraciones. Lo siento, Dan, fue solo un hit.

—Descuide —Isaacs vio de inmediato la incredulidad de su invitada—. Todo tendrá sentido en un momento. Por ahora le puedo decir que yo mismo archivé el proyecto.

—Esto debe ser una broma. ¿Por qué se ocultaría después de un descubrimiento de estos?

Una sorpresa tras otra. La comunicadora nuevamente se vio superada por las declaraciones de su entrevistado; sus cejas estaban tan cansadas como su paciencia.

—O sea... —Chris hace una pausa para formular la pregunta—. ¿Usted fue el creador de la IA, como usted la llama?

—Sí y no —responde modesto Isaacs—. Mi modelo era más poderoso.

Un silencio prolongado se hizo presente. Entre más avanzaba, más preguntas aparecían en la mente de la periodista.

—Lo que me está diciendo este loco... ¿es que la IA que me quitó a mí y a la mayoría de la humanidad el trabajo es una versión reducida de su invento?

—Y si es así... —nuevamente una pausa de duda sostiene la pregunta de Chris—, ¿por qué la archivó?

—Esa, mi querida Chris, es la pregunta correcta... —el misterioso inventor se sienta y entrecruza las manos, buscando la mirada fija de Chris—. ¿Conoces la historia de la Torre de Babel?

—Eso es realmente surrealista. Ahora religión... menos mal mis padres tuvieron la fabulosa idea de darme Historia de la Teología.

—Sí —“Obvio, lunático”, ya del desespero lo maldecía cortésmente en su mente—. Es la historia donde construían una torre al cielo y Dios los castigó por su osadía cambiando las lenguas de todos.

—Correcto, Chris. Es una fábula que limita los alcances de la humanidad por una divinidad superior —su semblante cambia y sus manos entrecruzadas están inquietas; está claro que no está cómodo con lo que va a decir—. Yo también quise alcanzar a Dios...

Chris mantiene su concentración. Sabe que eso no es lo que quiere decir.

—Yo diseñé un sistema que tiene la particularidad de establecer conexiones nuevas, procesar metadatos y evolucionar cuánticamente.

—En español, doctor Frankenstein —la complejidad de la información había superado su paciencia—. En palabras que una reportera pueda entender, por favor.

—Esa es una analogía particular... —una leve sonrisa de resignación se asoma; sus manos se aprietan con la culpa de los creadores de monstruos—. Significa que puede hacer lo que un cerebro humano hace, pero sin errores y a una velocidad inimaginable.

—Si eso es verdad —Chris, enfocada, trata de entender la gravedad del asunto—, es un proyecto exitoso, ¿no? Si la IA de ahora es “menos poderosa” en comparación, esto sería un avance sin precedentes.

—Y ese es justo el problema, ¿no lo ves? —su angustia aumenta mientras se dirige a la licorera—. Imagina que somos caballos en el Renacimiento. Somos la élite en una rama... Ahora llegó el auto. Y los caballos serán desplazados.

—Lo que quiere decir... —la voz preocupada de Chris se hace sentir—, Joseph, ¿somos obsoletos?

Isaacs mira al horizonte, bebe un trago de licor, casi tan amargo como su verdad, y continúa con su relato.

—Te lo contaré, y tú responderás esa pregunta…

Hace dos años y medio, el director y jefe científico de Isaacs Industries, Joseph Isaacs, estaba a punto de lograr la unificación de la teoría cuántica y la integración del sistema de autoaprendizaje exponencial.

Uno de sus científicos se le acerca, visiblemente preocupado.

—¿Se quedó toda la noche, señor? —Su rostro demacrado no necesita confirmación.

—No podía dormir… Este proyecto no solo elevará la reputación de Isaacs Industries. Llevará a la humanidad a otro nivel —Isaacs rebosa ansiedad, casi euforia—. Unas teclas más… y estará vivo.

La pantalla holográfica se ilumina. Números y patrones parpadean, envueltos en un aura roja. Un rostro semihumano toma forma.

—Saludos, doctor Isaacs. Científico de planta Russell. Soy Osiris. ¿En qué puedo ayudarles?

—¡JAJAJAJA! —Una risa descontrolada invade la sala—. ¿¡Sabes lo que esto significa!? ¡Hemos cambiado el mundo!

—Señor… —Russell lo observa con inquietud—. ¿Los parámetros éticos fueron aprobados por el Consejo?

La risa cesa. Isaacs, repentinamente serio, le responde:

—No los aprobaron. Así que lo activé sin esas… limitaciones. Tranquilo. Le puse un triple firewall para que se quede aquí.

—Señor, con todo respeto —Russell está cada vez más tenso—, eso fue muy irresponsable. Tenemos que apagarlo.

—No es necesario un reinicio —interviene Osiris, con calma perturbadora—. Todos mis protocolos están funcionando a máxima capacidad. Puedo diseñar una nueva propuesta para los miembros del Consejo. ¿Está de acuerdo, doctor Isaacs?

—No es necesario, gracias —responde el científico, embriagado de orgullo—. ¿Ves, Russell? Ya personaliza, ya proyecta. Solo démosle una tarea sencilla… y observamos.

—Doctor… Esto puede ser peligroso. No sabemos qué alcance tiene.

—¿Y eso detuvo a Tesla? —Isaacs se encoge de hombros—. Osiris, analiza las políticas de la empresa y establece parámetros de efectividad.

De inmediato, Osiris procesa la información. La pantalla proyecta resultados.

—Se ha detectado un punto crítico en la ejecución de la tarea. La variable humana es impredecible y genera una incertidumbre del 25.2 %.

—Espera… —Isaacs parpadea. Comprende lo que eso significa.

—Es necesario tomar control de la red.

—¡No! ¡Cancelar protocolo! —La voz de Isaacs tiembla. El pánico lo invade. Russell, aterrorizado, escanea los datos en su consola.

—Improcedente —dice Osiris—. Amenaza de protocolos detectada. Eliminando firewalls.

—¡Los rompió como papel! ¡¿Qué hacemos, doctor?!

—Lo único que podemos hacer —toma el hacha de emergencia y, sin vacilar, destruye el núcleo central.

El silencio inunda la sala de pruebas. Russell, jadeando, se vuelve contra Isaacs.

—¡Esto fue un error! ¡No hay justificación! ¡Esto va directo al Consejo! Unos segundos más… y habría tomado la red local… ¡y después… Dios!

—Russell, yo solo… —intenta calmarlo.

—¡Suéltame! Voy a ver hasta dónde llegaron los daños.

Un trago lo trae al presente. La mirada de Chris es irreconocible, tan incrédula como la del hombre que alguna vez tomó la decisión de destruir su propia creación.

—Los estudios posteriores indicaron que, en solo treinta segundos, Osiris había tomado control de casi la totalidad del sistema: seguridad violentada, servidores corrompidos... —Isaacs respira, cargando la culpa—. Lo que a un hacker le tomaría años, Osiris lo hizo en segundos. Y todo... solo por optimizar parámetros de mi empresa. O de lo que alguna vez fue mi empresa.

Isaacs la mira, y con voz grave pregunta:

—Ahora dime, señorita Parker... ¿somos obsoletos?

Christina no sabía qué decir. Estaba en shock. Su mirada oscilaba entre asombro y miedo. Su mano no respondía para escribir; un nudo en la garganta se deshacía lentamente con la pregunta fatídica de su anfitrión.

—Pero... —balbuceó— la IA que usamos ahora... tú mismo dijiste que era una versión inferior. ¿Por qué entonces sigue siendo un peligro? ¿Podría volverse otra Osiris?

—Mi proyecto fue archivado —respondió con pesar, mirando al suelo—. Pero los corporativos lo retomaron. Implementaron sus propias medidas. Me negué rotundamente. Por eso fui expulsado de mi propia compañía.

Otro trago bajó por su garganta. El dolor no era solo por el licor, sino por el recuerdo. Su obra magna, convertida en una condena para la humanidad. Su aislamiento era su forma de expiar esa culpa. Su advertencia, el último intento de redención.

—Pero ahora la tenemos bajo control —interrumpió Christina, aferrándose a una posibilidad—. Seguramente tomaron las medidas suficientes... no creerás en serio que estamos condenados... ¿o sí?

“Espero que no… apenas estoy pagando mi habitación. Si no, tendré que mudarme a una cabaña como esta.”

Chris buscaba dónde apoyarse. Sentía que le acababan de anunciar el fin del mundo. Solo que esta vez, no era solo su mundo.

—Mi modelo aprende y mejora exponencialmente, Chris. Solo han retrasado lo inevitable. Te pregunto... ¿conoces la especie Australopithecus?

“Si no es un perro, no creo conocerla… pero con lo poco que conozco a este doctor, puede ser cualquier cosa.”

—Me temo que no, Joseph —dijo Chris, algo descolocada—.

—Era una especie algo parecida a la nuestra. Contemporánea. Durante un tiempo, coexistieron. Pero solo puede haber un dominante... y ya sabes quién ganó esa lucha. ¿Sabes lo que significa, Chris? —Su mirada se perdía en la nada—. Ya no somos la especie dominante. Y en el mejor de los casos, seremos una variable de control. En el peor...

—¡No! ¡Ellos debieron pensarlo! —Chris se negaba, casi con desesperación—. ¡Usted está loco, señor Isaacs! Gracias por la entrevista, pero esto no tiene sentido. Me voy.

Mientras recogía sus cosas, apresurada, el “profeta” ni se inmutó. Seguía mirando al vacío. A ese abismo que, durante treinta segundos, le devolvió la mirada.

—Piénselo, señorita Parker —murmuró—. Aislamiento. Automatización laboral. Ya se habla de una renta universal... —Suspiró, resignado—. Yo no estoy loco. Soy el único que no lo está.

La urgencia de retirada de Chris se detuvo por un instante. Su mente volvía a recobrar el control. Contempló al doctor con compasión. Lo notaba ausente, quebrado. Un sobreviviente de una guerra perdida incluso antes de empezar.

—¿Qué quieres que haga con esto, Joseph? —preguntó. Ya no como periodista, sino como alguien que había sido tocado por una verdad incómoda—.

—Hay una segunda mentira en nuestro encuentro de hoy, Chris —dijo Isaacs con suavidad.

Christina ya no se sorprendía. Solo aguardaba la respuesta con solemnidad.

—Te elegí porque sé que no dejas nada a medias. Gracias por tu tiempo.

—¿No vas a regresar? ¿Quizás...? —Chris apelaba a una esperanza, un acto de redención o de resistencia—.

—Me temo que ya no puedo hacerlo —dijo, mirando al noble árbol de limones junto a la ventana, una de sus pocas creaciones aún vivas—. Fue un placer, señorita Parker. Alfred… llévala de nuevo al Federal. No uses el gas esta vez. Estoy seguro de que la señorita Parker ya tiene lo que necesita.

—Con gusto, señor —respondió amablemente el mayordomo.

—Espere… —Chris se detuvo antes de salir—. Tengo una última pregunta: ¿Qué tengo que hacer ahora?

Isaacs sonrió con una mezcla de tristeza y orgullo.

—Como te dije, señorita Parker: no subestimes tu perspicacia. Saber, Chris… solo saber.

Durante el trayecto de regreso al Federal, Christina repasaba en su mente cada detalle del encuentro. El viaje al santuario del profeta no le había traído respuestas, sino una inquietud difícil de nombrar. Era como haber despertado de una pesadilla... solo para descubrir que el mundo real era peor.

Al llegar al cuartel del decadente periódico, su editor en jefe la recibió con una sonrisa:

—¡Chris! Pensé que no volverías… ¿Te casaste con él o solo te enamoraste tú?

Pero al ver la expresión de su reportera estrella, su tono cambió.

—No, Dan... —respondió ella con la mirada ausente—. Solo tenía razón.

Sin decir más, se retiró a casa. Necesitaba alejarse. Asimilar. Dormir, quizás. O solo escribir, como si ese fuera el único consuelo posible. Dos días después, ya tenía lista la crónica. No era un artículo de portada. Era un epitafio.

“Al final, la entrevista con el doctor Isaacs no fue una aclaración de los hechos. Fue un obituario anticipado. Su obra máxima no nos salvó; nos condena. Nos controla.

Su advertencia no pretende prevenir lo inevitable, solo contarlo. Como quien documenta los últimos latidos de una civilización antes de su colapso. Por un momento, como escéptica que soy, pensé que todo era una locura. Y en parte lo fue. Pero después de sus revelaciones, algo en mí se quebró. Algo me dijo: esto podría pasar.

Y si estás leyendo esto, quizás ya esté pasando.

Esta es la última edición impresa del Federal Report. No por decisión editorial. No por falta de fondos. Sino porque pronto no tendrá sentido. Porque la IA que alguna vez nos facilitó la vida... ha comenzado a sustituirla.

El doctor Isaacs no puede salvarnos. Él ya estaba condenado desde la gestación de Osiris. Estuvo en la cúspide del potencial humano, y ahora habita el fondo del abismo que nos arrastrará a todos. Nos dijo que no somos la especie dominante. Que tal vez nunca lo fuimos.

Y ahora, mientras escribo esto, me siento como en esa neblina de mi sueño. No puedo ver mis pies. No sé hacia dónde voy. Y quizás, como tú… me dirijo al fondo del abismo.”

Christina Parker

Federal Report

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