El olor del Nilo
Luxor, Egipto, 1910
A medida que la temperatura iba descendiendo y la luz rojiza del sol se ocultaba detrás de las dunas de arena, la impaciencia de la doctora Delacour incrementaba. En veinticuatro horas la larga expedición que encabezaba llegaría a su final, y tendría que rendirle cuentas al Servicio de Antigüedades de Egipto, que tras mucho insistir, terminó concediéndole los permisos de excavación. Y aunque no se iba con las manos vacías, pues encontró un par de tumbas junto a sus respectivas momias, distaba muchísimo de lo que había imaginado cuando inició su carrera como arqueóloga.
Sin embargo, aún quedaba un atisbo de esperanza en Juliette. Al ser primavera, la iluminación natural jugaba a su favor, y sabía que si le sacaba provecho, un hallazgo de último momento podría catapultar su carrera a niveles que solo eminencias de la egiptología como Gaston Maspero, Jean-François Champollion o Amelia Edwards alcanzaron. Eso, claro, si la fortuna le sonreía.
Los minutos transcurrieron con incertidumbre mientras que la docena y media de trabajadores locales a su cargo excavaban implacables, bajo la promesa de que si eran capaces de ayudarla a hacer un hallazgo extraordinario, recibirían una jugosa recompensa además de su salario. Un trato que beneficiaba a las partes involucradas, aunque eso poco le importaba a la arena, que se empeñaba en mantener sus secretos ocultos.
Finalmente, lo que la doctora Delacour más temía sucedió. Las manecillas del reloj marcaron la hora de salida, y uno a uno los miembros de equipo dejaron las herramientas a un lado para regresar a sus hogares.
—Arrêtez, s’il vous plaît! —suplicó. Tenía la corazonada de que estaban a punto de dar con algo importante y no iba a desperdiciar lo que podría ser la oportunidad de una vida. Sabía que el cambio sutil en el color de la tierra no le estaba mintiendo—. Sayyid, diles que le pagaré cinco piastras a quien se quede dos horas más —dijo, dirigiéndose a su intérprete. Este siguió las instrucciones, y los hombres murmuraron en voz baja antes de que uno de ellos respondiera en tono firme.
—Dicen que esa cantidad no reemplazará una cena caliente ni la compañía de sus familias —repitió el egipcio en perfecto francés.
—Diez, diez piastras y la promesa de un pago adicional si logramos nuestro cometido —Juliette se acomodó el cabello detrás de la oreja, sintiendo cómo la desesperación se apoderaba de ella. Sayyid le extendió la propuesta al personal, y los ojos de cinco de ellos se iluminaron al contemplar la posibilidad de aquel dinero extra. No obstante, el mismo que había hablado por sus compañeros fue quien tuvo la palabra final.
—Eshreen —sentenció el sujeto, a sabiendas de que tenía las circunstancias de su lado para ganar en la negociación. Los demás asintieron dándole la razón.
—Veinte para cada uno —el intérprete se encogió de hombros. Los egipcios intercambiaron algunas palabras, y él se apresuró a traducirlas—. Y la compensación por hallazgos sigue en pie.
—Tamām —asintió la mujer sin dudarlo. Su árabe era limitado, pero funcionaba lo suficiente como para que el equipo entendiera que el negocio estaba cerrado—. Shokran —agradeció, y los hombres, motivados por la posibilidad llevar un mejor sustento a casa, retomaron sus labores con energías renovadas.
Faltando un cuarto para las ocho, el sonido de una pala impactando contra una estructura de piedra hizo que todos se giraran hacia esa dirección. La doctora Delacour, que escrutaba un mapa bajo el halo de luz titilante de su lámpara de queroseno, abandonó la tarea de inmediato y corrió hacia el origen del golpe.
Se arrodilló frente a la roca, que precedía a una pequeña colina, y tanteándola con las yemas de sus dedos, descubrió inscripciones erosionadas por los milenios. No era una sepultura común, sin duda. Un campesino del Antiguo Egipto no podría costearse ese tipo de entierro. Tampoco parecía ser de la realeza, pero definitivamente sería capaz de marcar un antes y un después en su carrera.
—Dile a todos que centren su atención en esta área —usó las manos para trazar un perímetro de pocos metros en el aire—. Y que tengan cuidado de no dañar la estructura. Si se viene abajo, habrá sido en vano.
El egipcio interpretó sus palabras, y de inmediato se pusieron en marcha. Cavaron incesantemente, olvidándose del cansancio acumulado durante la jornada, y no se detuvieron hasta que un muro de ladrillos se asomó en la arena. Los sellos de escarabajos hechos de yeso daban a entender que no los saqueadores de tumbas no habían averiguado su ubicación, y eso confirmó lo que Juliette se empañaba en demostrar. Su corazonada no le había fallado.
Lo siguiente fue abrirse paso al interior de la estructura, tarea que los trabajadores llevaron a cabo mientras que la arqueóloca documentaba el proceso en su diario. Documentar los detalles era casi tan crucial como el descubrimiento mismo, y deseaba mantener la mayor exactitud posible.
Ya aproximándose la media noche, y luego de repetidas negociaciones para extender la jornada de su equipo, lo que separaba la cámara mortuoria pudo ser retirado sin complicaciones, y la doctora supo que cuando ingresara, se ganaría un espacio junto a los egiptólogos que tanto admiraba. Volvería a Francia para contarle a su padre, que sin duda se sentiría orgulloso, y obtener futuros permisos sería menos complejo.
Quienes la acompañaban le pasaron una de las lámparas de queroseno, no sin antes advertirle que tuviera cuidado, y la esperaron pacientemente en la entrada. Todo sin dejar de vigilar, atentos a la aparición de saqueadores.
En cuanto se hubo internado tanto como para que la luz de la luna la abandonara, un hedor peculiar invadió sus fosas nasales. Era una mezcla de tierra, agua estancada, lino viejo, polvo y moho. Nada que no hubiera visto venir, aunque no por eso era menos desagradable.
Aun así, sintiendo que el corazón se le salía del pecho, y tras abrirse paso entre las telarañas y los charcos verdosos, halló lo que anhelaba. Un pesado sarcófago de piedra cubierto por múltiples inscripciones mortuorias que había estudiado hasta el cansancio. Otro detalle que llamó su atención fue un rollo de papiro extendido sobre el lugar de reposo del dueño de la tumba, que a diferencia de todo lo demás en la cripta, permanecía impoluto. Gastado por el paso del tiempo, sí, pero sin nada escrito en él.
Posó la lámpara sobre él, preguntándose si habría rastros de tinta, pero tampoco vio ninguno. Y mientras intentaba pensar en una posible explicación, escuchó que la llamaban desde el exterior. Ignoró el primer llamado, también el segundo, ya el tercero hizo que se preocupara lo suficiente como para volver a la superficie.
—¿Pasa algo? ¿Están todos bien? —Miró a Sayyid, que lucía alterado.
—Será mejor que nos vayamos, doctora —el hombre, que de seguro no pasaba de los treinta años, temblaba—. Hay algo allí que debió permanecer enterrado en los valles del Nilo para siempre.
—Por favor, estamos cerca de nuestro objetivo —insistió la francesa—. En cuanto termine la expedición, cada uno de nosotros verá los frutos de su esfuerzo.
—El dinero no es motivación si es acompañado de calamidades.
—Ya entiendo lo que quieren hacer, está bien. Les pagaré veinticinco piastras si me ayudan a terminar lo que empezamos.
—Con todo respeto, no nos interesa su dinero.
—Cien, es mi oferta final —le era indiferente sonar desesperada. Tenía ante ella la obra de su vida, no la iba a soltar bajo ninguna circunstancia.
—Puede acompañarnos al campamento base si lo desea, pero ninguno de nosotros está dispuesto a pasar un minuto más cerca de eso —el intérprete señaló la entrada de la tumba, que quizá por casualidad o quizá por darle la razón, pareció aumentar su hedor a tal grado que llegaba al exterior.
—Como quieran, olvídense del pago extra —refunfuñó la doctora, dando media vuelta e ingresando de nuevo a la cámara mortuoria. Su cruzada casi terminaba, y ella no era alguien que dejara las cosas a la mitad.
Iluminó la estancia, que ahora había adoptado un hedor que rayaba en lo insoportable, y quiso leer los grabados en las paredes. No obstante, fue en vano. La mezcla entre erosión, oscuridad y cansancio hacían que incluso una experta en el tema tuviera dificultades para desempeñar sus labores. Por lo tanto, decidió darle otro vistazo al misterioso papiro y reparó en que ya no estaba impoluto. Manchas de tinta fresca mezclada con polvo luchaban por secarse en ese ambiente húmedo, dándole a entender que no estaba sola.
Al principio, se frotó los ojos con el dorso de la mano, culpando de su preocupación a la falta de descanso y las largas exposiciones al sol y el calor del continente africano. Sin embargo, en el fondo sabía que mentir era inútil. Si ella no había escrito en el papiro, alguien, o algo, lo hizo.
Fue entonces que la pesada y rústica tapa del sarcófago de piedra se levantó y cayó a un costado, agrietándose hasta casi desmoronarse. Acto seguido, dos brazos envueltos cuidadosamente en lino se asomaron, cerraron los dedos alrededor del borde de su contenedor, y su ocupante se reincorporó por primera vez en miles de años.
Caminó hacia la entrada con paso firme, aunque era evidente que le costaba hacerlo, y sin molestarse tan siquiera en ver a la mujer que lo había liberado, ascendió por las escaleras que lo separaban del mundo moderno. No emitió ningún sonido ni mostró interés en lastimarla. Solo marchó al encuentro de un mundo para el que no estaba listo, y que definitivamente no estaba listo para él.
Juliette, en cuanto vio que la momia del escriba se había marchado, y conteniendo las ganas de llorar de miedo, huyó despavorida en dirección contraria. Apenas llegó a distinguir los detalles de lo que fuera que ocupaba esa tumba, pero sí fue capaz de alcanzar el campamento base por cuenta propia. Donde, tras contarle lo sucedido a los locales que se alojaban allí, se le aconsejó que le achacara la culpa a los saqueadores de tumbas. Nadie debía descubrir que habían removido el velo que separaba el Inframundo de nuestra realidad.
La doctora Delacour estuvo de acuerdo, y aunque el reconocimiento recibido por hallar una tumba no registrado era mucho menos que lo que anhelaba, prefirió continuar el resto de sus días como egiptóloga guardándose el secreto para sí.
Sin embargo, aquel olor inconfundible nunca se desvaneció por completo. Y cada vez que Juliette tenía contacto con algún objeto relacionado a los ritos fúnebres egipcios, este se manifestaba. Quizá como recordatorio de que hay cosas que deben quedarse enterradas en las arenas del tiempo, o quizá, a modo de agradecimiento por parte del alma de aquel escriba. Que después de una larga espera, al fin pudo ser libre.

![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)






