01. El Valle de los Muertos
La oscuridad reinaba aquella noche. La escasa luz de las estrellas era absorbida por las densas nubes grises. La lluvia constante, fría y pesada, caía desde el atardecer. La tierra y el concreto se habían mezclado en una masa espesa. Cada tanto, un relámpago rasgaba el cielo, iluminando por unos segundos las calles. Solo entonces se veían los cuerpos regados, hinchados y en descomposición. Se contaban por miles.
Entre los cadáveres, la basura se amontonaba. Latas oxidadas, maletas abandonadas, zapatos sueltos y ropa sucia empapada en sangre y lodo. Algunos autos estaban volcados, otros se habían estrellado contra los edificios de alrededor. La mayoría solo se encontraban ahí, detenidos en medio del asfalto. Congelados en el tiempo.
Una silueta solitaria caminaba entre los restos. Se detenía cada cierto tiempo, observaba a su alrededor y seguía avanzando. El agua le llegaba hasta los tobillos, y sus botas se hundían en el barro con cada paso. Su chamarra, empapada, se le pegaba al cuerpo y tiraba de sus hombros como si intentara detenerlo. Llevaba en la espalda una mochila cargada de provisiones. Todo ese peso lo hacía avanzar lentamente.
La figura se detuvo de pronto. Giró ligeramente la cabeza y se dispuso a escuchar. Su oído captó el sonido lejano de escombros cayendo sobre un charco. Al principio habría ido a investigar, pero ya estaba acostumbrado a ese ruido. Era normal, en una ciudad en decadencia como aquella, que los edificios terminaran por rendirse ante la gravedad. Tras unos segundos sin oír nada más que las gotas golpeando su impermeable y el pavimento, se animó a seguir su camino.
Cada paso lo hacía sentirse más lento, el peso lo entorpecía. Se hundía cada vez más y más en el fango. Si tan solo dejara de llover... Esta vez no pudo ignorarlo. Su visión era reducida, pero su audición no podía ser engañada. Algo —o alguien— había chocado contra una superficie metálica a pocos metros de su ubicación. Avanzó con cautela. El sonido había provenido de una camioneta destrozada, con la puerta del conductor entreabierta y el parabrisas destrozado. Se detuvo junto al vehículo, alzó lentamente el brazo derecho y lo extendió hacia la puerta para cerrarla...
Pero no lo logró.
Solo entonces fue cuando se dio cuenta. Bajo la muñeca donde alguna vez se encontraba su mano ya no había nada. El brazo terminaba en un borde irregular de piel podrida. El muñón estaba ennegrecido y los tendones le colgaban bajo la manga rota de su chamarra. No le dolía, solo le pesaba. Como todo su cuerpo. Como si cada célula estuviera compuesta de plomo. Alzó la mirada al cielo nublado. La lluvia seguía cayendo sin tregua y, con ella, recuerdos. No eran claros. Tampoco completos. Solo trozos deambulando sin orden en su inconsciente.
Latas.
Una mochila abierta.
El estruendo metálico de latas cayendo.
Gritos.
—¡Corre, mierda! ¡Corre!
Pasos, muchos pasos.
Perdido.
Una mordida.
Mucho dolor.
Sangre.
Frío.
Oscuridad.
Y luego...
Nada.
Caminar.
El barro.
La lluvia.
Había cientos como él. Algunos deambulaban sin rumbo, con pasos torpes que se arrastraban entre los charcos. Otros permanecían inmóviles, encorvados bajo la tormenta. A veces sollozaban. O al menos eso parecía. Emitían gemidos guturales, sonidos ásperos, como un quejido que subía desde el fondo de una garganta tapizada en sangre seca y mucosa podrida. Se llevaban las manos (o el pedazo de extremidad que tuvieran aún pegado a su cuerpo) al rostro. Se mecían en silencio. Se acurrucaban contra muros como si tuvieran frío. Lloraban, sollozaban como si aún fueran capaces de sentir tristeza. Algunos emitían lamentos bajos, húmedos, sonidos apagados, guturales. Otros se quedaban quietos durante minutos murmurando palabras:
—Cierra... la puerta...
—Corre...
—Tengo... mie... miedo...
—No están... muertos...
—No abras los ojos...
No tenían sentido. No parecían dirigidas a nadie. Como ecos de pensamientos moribundos repitiéndose sin fin.
Él también murmuraba. Sin querer. Sin saber por qué.
—No... No quiero morir... —este había sido su último pensamiento nítido que cruzó por su mente antes de convertirse en esta aberración.
Un cuerpo que ya no le obedecía.
Sin voluntad.
Sin futuro.
Un Vacío.
Un sonido más cercano. Más inmediato. Una piedra suelta... o tal vez metal. No supo bien qué fue, pero lo escuchó. Y su cuerpo reaccionó. No porque él lo quisiera así, sino por ese instinto roto que ahora habitaba dentro. Giró. Sus pies se arrastraron sobre el lodo. Dio un paso. Luego otro. Se acercó al origen del ruido con esa mezcla de torpeza y determinación que los infectados tienen.
Fue lo último que hizo.
Una mano se apoyó con fuerza sobre su frente. Jaló su cabeza hacia atrás, bruscamente. Su mirada se alzó al cielo justo cuando un relámpago apareció en medio de la lluvia y partió la oscuridad en dos. Y por un instante vio luz. Un espectáculo que no comprendía. Recuerdos de un amanecer. Una sonrisa. El rostro de ese alguien que alguna vez lo amó. Y después, oscuridad. El desarmador oxidado se hundió con firmeza en su ojo izquierdo. El sonido fue húmedo. Definitivo. No sintió dolor. Solo dejó de existir.
—ALGUNAS HORAS ANTES—

La escasa luz del día, apenas capaz de filtrarse a través de las nubes densas, se desvanecía lentamente. La niebla comenzaba a espesarse. Pequeñas pero pesadas gotas de lluvia caían, golpeando la tierra con un ritmo sordo. El aire era denso, difícil de respirar, y arrastraba el hedor penetrante de la descomposición. Un recordatorio constante de los cientos de miles de cuerpos que ahora habitaban las ruinas del mundo.
La lluvia se intensificó, empapando los restos del cartel oxidado que aún se erguía a la entrada de la ciudad. Sobre el fondo verde descolorido aún podían leerse, con letras desgastadas: “Bienvenidos a Valle Verde”. Alguien, en algún momento y con prisa, había pintado encima, con brochazos gruesos y torpes, las palabras: “de los Muertos”. El tiempo había ido borrando lentamente ese rojo agresivo, como si la ciudad misma intentara olvidar, pero el mensaje seguía ahí. Valle Verde ya no existía. Solo quedaba el Valle de los Muertos.
Las carreteras estaban bloqueadas por autos abandonados, restos carbonizados y cientos de Vacíos. Durante el gran pánico, el caos absoluto que estalló cuando la plaga ya no pudo ser contenida, miles de personas intentaron escapar. La mayoría no lo logró. Murieron aquí. Atrapados en los atascos y emboscados por las criaturas que venían detrás de ellos.
A lo lejos, un pequeño grupo avanzaba con cautela entre lo que antes fueron campos y bosques. Ahora eran llanuras quemadas, encharcadas, sin cobertura alguna. Un desierto de barro y ramas calcinadas donde cada paso dejaba una huella que tardaba segundos en llenarse de agua. No era el camino más seguro, pero sí el más rápido. En campo abierto, al menos, podían ver a su alrededor, si es que algo se acercaba. Frente a ellos se alzaban los restos de la ciudad. Su silueta, deformada por la distancia y la bruma, se extendía verticalmente como un cadáver gigantesco y desfigurado.
Robert, al frente del grupo, caminaba con un ritmo constante, casi marcial. No se molestaba en comprobar si lo seguían. Era un hombre viejo, curtido, de rostro demacrado y gesto endurecido. A cada paso, el barro crujía bajo sus botas. Su silueta estaba envuelta en una chamarra militar, raída en los bordes y manchada por el tiempo. El rifle cruzado en su espalda no se movía: la correa estaba tensa, ajustada con obsesiva precisión. En el cinturón, un cuchillo de combate golpeaba levemente contra su muslo. No hablaba. No lo hacía desde que salieron. Estaba alerta. Sus ojos, de un azul opaco, no miraban: escaneaban.
Jack caminaba unos pasos detrás de él, hundiendo sus botas en el lodo para no resbalar. Era más joven, veinticinco años. La capucha de su parka negra, manchada de barro y cenizas, le cubría la cabeza por completo; unos mechones castaños se asomaban sobre su frente. Sus ojos grises escaneaban con la misma intensidad que los de Robert, pero no con frialdad: con una mezcla de desconfianza y fatiga. Debajo, una camiseta verde desteñida que dejaba entrever los vendajes de cortes recientes. En la espalda, una escopeta recortada colgaba junto a una mochila vacía. En el cinturón, un machete que había sido afilado hasta que el metal brillara, incluso bajo el cielo apagado. Casi sin pensarlo, Jack deslizó una mano bajo la ropa y tocó la cadena metálica que colgaba de su cuello. La correa de perro seguía ahí. Fría y despintada. Su reliquia personal.
El barro fue dando paso al concreto agrietado. Las primeras estructuras emergían del suelo como lápidas. Edificios colapsados, estacionamientos abandonados, pequeñas tiendas de autoservicio completamente saqueadas. Una gasolinera tenía un viejo letrero caído justo a la entrada, al lado de la carretera, cubierto de barro que apenas dejaba leer la frase: “YA NO TENEMOS GASOLINA”.
Robert fue el primero en detenerse. Levantó el puño en alto. Al instante, los demás se detuvieron, nadie habló. El sonido de las botas sobre el concreto cesó. Robert avanzó en silencio, encorvado, hasta cubrirse detrás de una vieja parada de autobús. Una vez más levantó su mano, con el dedo índice visible, la señal para que Jack se acercara a su posición. Este se agachó junto a su compañero, respirando lento.
—¿Qué pasa? —susurró. El viejo tenía el ojo pegado a la mira del rifle, enfocado en la avenida que tenían frente a ellos.
—¿Lo ves? —respondió Robert, rompiendo el silencio por primera vez. Jack entrecerró los ojos; la noche comenzaba a caer y la luz moría lentamente. Al principio no distinguió nada. Solo ruinas, autos oxidados y montones de basura acumulada. Pero entonces, lo divisó con claridad.
Vacíos. Decenas. Tal vez más. Algunos estaban de pie, torcidos como espantapájaros mal puestos. Otros en cuclillas con la cabeza entre sus piernas. Con los brazos caídos y el cuerpo curveado sufriendo espasmos erráticos. Algunos, completamente inmóviles, con la boca entreabierta y la mirada clavada en la nada. Hibernaban. Tal vez por el frío o por falta de estímulo. Quizás por el hambre.
—Un nido —murmuró Jack.
—¿Qué mierda hacen aquí? Si no estamos tan adentro de la ciudad —Robert apenas movió los labios—. Malditos hijos de puta...
Robert revisó la avenida una vez más, como si intentara negar lo que tenía frente a sus ojos. Finalmente suspiró, seguro de su decisión, colocó su rifle en su espalda con un movimiento brusco.
—Muy bien. Dile al grupo que me sigan. Vamos a cruzar el nido en silencio. Pasamos uno por uno y no nos detenemos —Robert ladró sus órdenes—. Si mantenemos la calma y nos movemos lento, ni siquiera nos van a sentir. No vamos a dar un tour por la ciudad solo por un montón de zánganos que están dormidos.
—Escúchame primero, podemos esperar a que baje un poco más la temperatura. Rodeamos por la tienda de electrónicos —Jack hizo una pausa. Su mente trabajaba rápido, como si trazara el recorrido sobre un mapa invisible—. Sin linternas. En silencio. Nos tomará el doble, pero no nos arriesgamos a que despierten.
—No, no tenemos toda la maldita noche, chico —Robert le respondió molesto, levantando levemente el tono—. Además, no hay salida. ¿No te acuerdas? David dijo que estaba bloqueada por contenedores.
—Entonces vamos por otro camino. Pero no vamos a cruzar entre ellos como si fuéramos putos fantasmas.
—No des órdenes como si supieras qué mierda estás haciendo —Robert apretó la mandíbula. Lo suficiente como para que se notara el temblor de rabia en su cuello—. Aquí el líder soy yo.
Jack quería golpearlo, gritarle, pero solo se limitó a mirarlo. No con desafío, sino con esa mirada en calma que en otros tiempos se confundía con resignación. Era la mirada de un hombre que ya había visto esa escena en otras ocasiones. Él ya sabía cómo terminaría esta aventura.
Un parpadeo y estaba allí otra vez.
Otro grupo, otra ciudad en ruinas. Una avenida silenciosa con Vacíos dormidos. El líder insistió en cruzar, todos confiaban en el maldito plan. Alguien tosió. Solo eso. El primero cayó sin siquiera gritar. El segundo corrió en la dirección contraria, directo a un callejón sin salida. Jack no recordaba sus nombres, pero sí los sonidos de esa noche: la carne rasgada, los huesos quebrados, los gritos apagarse. Él escapó de milagro, cubierto de sangre ajena, con un cuchillo roto y un disparo en el hombro. Tardó días en dejar de escuchar los lamentos.
Parpadeó de nuevo.
Volvió al Valle de los Muertos.
—No te estoy quitando el mando, Robert —el joven alzó la voz—. Te estoy evitando una masacre.
—¿Masacre? ¿Ahora exageras? No se van a mover si no hacemos ruido. Tú mismo lo dijiste antes.
—Y lo mantengo. Pero con cien Vacíos no hay margen de error. Uno tropieza, uno tose —Jack giró su cabeza en dirección al resto del grupo. Marlene apoyaba una rodilla en el concreto mojado, David estaba encorvado bajo su chamarra, temblando. Oliver miraba hacia atrás cada vez más frecuente. El grupo comenzaba a desmoronarse en la espera—. Uno patea una maldita lata y se acabó.
—¿Y cuál es tu gran plan entonces? ¿Dar un rodeo infinito mientras anochece más y más? No sabemos si somos los únicos aquí explorando —Robert se cruzó de brazos—. Puede que haya alguna patrulla de Columnas Negras, o un grupo de cosechadores cerca.
Jack se levantó un poco fuera de la cobertura de la parada de autobús, agachado, pero mirando más allá. Buscó algún edificio que no estuviera totalmente colapsado, alguna estructura estable. A lo lejos divisó una fachada de bloques de cemento. Casi intacta, con ventanas tapadas por láminas metálicas y un letrero roto que leía “OSCAR’S”. Era un viejo taller mecánico, con una escalera de emergencia al costado y ventilas desde donde podían observar si había actividad dentro.
Tomó el mapa de su mochila, el mismo que había trazado junto a David días antes de la expedición.
—Mira, la puerta trasera de Oscar’s da hacia la entrada principal del supermercado —Jack apuntó con el dedo al punto exacto.
—Esa ruta es mucho más larga.
—Sí, pero no está infestada.
—¿Y si está cerrada? ¿Eh? ¿Qué mierda vamos a hacer?
—Mi plan es mejor que terminar con las tripas en el concreto.
—¡Dense prisa con un demonio! —David habló en voz baja, pero con urgencia. Marlene y Oliver asintieron con él. Marlene incluso se levantó y golpeó una bota contra el suelo mojado—. Nos estamos congelando el culo aquí mientras ustedes dos no se deciden.
El viento sopló. El eco de las voces viajó a través de él. Uno de los Vacíos más cercanos giró apenas la cabeza. Un movimiento pequeño, sutil, como si escuchara algo en la distancia.
Ambos hombres se congelaron. Solo bastaba con que uno de ellos lanzara un alarido para que todo el nido corriera en dirección a ellos.
Pasaron cinco, diez segundos. El Vacío murmuró:
—No... Por favor...
Las palabras sonaron forzadas, cargadas de mucosidad y podredumbre interna. Un lamento mecánico. Se limitó a sollozar un poco. Luego, nada más.
Jack suspiró aliviado. Robert también.
El líder tragó saliva. El ímpetu y enojo se le habían ido. Se quedó quieto por unos instantes, mirando el suelo. Frustrado. La lluvia aumentaba, pesada, como castigo. Susurró, casi escupiendo las palabras.
—Mierda, Jack... —se limpió el agua de la frente con su manga—. Vamos por el maldito taller mecánico.









