Capítulo 1: Tan delicioso como peligroso
Muelles de Tokyo, 17:30 pm
Me paro frente a la puerta del almacén aparentemente abandonado del puerto de Tokyo y realizo una profunda inspiración para dejar escapar el aire preso en mis pulmones.
Necesito armarme de valor para lo que estoy a punto de hacer.
Es incongruente e ilógico.
Es amoral e incluso deshonesto.
Pero, tratándose de Ren Keitani y su mundo, es lo único que puedo hacer.
Miro hacia lo alto y contemplo la luna llena que, poco a poco, va ocultándose tras una nube; los lúgubres muelles del puerto caen un poco más en la penumbra y, en un gesto de valor, abro la puerta y entro al lugar que Ren Keitani y su grupo, Kendo, han elegido para realizar sus trabajos sucios.
El temblor y el miedo que siento no se deben exclusivamente al alto dirigente de la famosa organización criminal y la peligrosidad que desprende. El temor más profundo que me atenaza es hacia mí misma y las sensaciones que me dominan cuando ese sádico bastardo está cerca.
Camino por el almacén en dirección a los golpes y gritos que se escuchan al fondo de la estancia.
Me cruzo con varios miembros de Kendo que me miran con interés, pero ninguno intenta detenerme; solo observan mi avance.
Los golpes y sollozos son cada vez más fuertes.
Intento darme ánimos, recordar por qué estoy aquí.
Han pasado doce horas y sé que las ocho siguientes son determinantes. Intento tranquilizarme y excusarme repitiéndome que, a veces, la única opción que queda para combatir el mal es otro mal más perverso.
Y Ren Keitani es la personificación del mismísimo diablo. Incluso su belleza parece robada al mismísimo Lucifer.
Rodeo el montón de cajas viejas que se apilan hasta el techo del almacén y, entonces, lo veo:
Ren se encuentra en lo alto de una especie de tarima que se alza al fondo del almacén. Hay varios miembros de su banda situados cerca de él. Algunos están sentados sobre cajas vacías; otros, de pie, observan a su alto mando. No veo a su hermano Randy por ninguna parte.
En medio de la tarima cuelga, de unos grilletes, el cuerpo ensangrentado de un hombre. Su torso está desnudo, y las horrendas heridas abiertas en su espalda y costados son evidentes.
Un charco de sangre se ha formado debajo del cuerpo inerte, suspendido del techo.
Trago saliva con dificultad y observo al hombre de metro noventa de estatura que se encuentra de pie en medio de la tarima con una barra de hierro en las manos.
Mi corazón se acelera y mi piel se estremece con un escalofrío al verlo ya desde más cerca.
Ren Keitani.
El dirigente de Kendo viste un exquisito traje de seda italiana que se adhiere a su esbelta figura de manera impecable. Veo la americana colgada de manera pulcra en una percha que sujeta uno de sus esbirros. Él está en mangas de camisa; sus brazos, desnudos hasta los codos, presentan varias manchas de sangre de su víctima, que sigue colgada de las muñecas.
Se le ve elegante y perfecto, incluso manchado de sangre.
Mi escrutinio continúa y me centro en su hermoso rostro.
Es la perfección hecha hombre.
Su mejilla muestra una leve salpicadura de sangre que le da un matiz aún más peligroso y salvaje. Su bonito cabello color azabache muestra un corte perfecto, signo inequívoco de que ha visitado recientemente el salón de belleza.
Me centro en sus ojos, y es entonces cuando me doy cuenta de que me ha visto. Sus orbes verdes destellan al contemplarme con un brillo que no acierto a comprender, y una peligrosa y oscura sonrisa se dibuja en sus labios al percatarse de que avanzo hacia él.
Levanta una mano para detener mi avance, sin borrar esa sonrisa peligrosa de su rostro, y alza su dedo índice pidiéndome tiempo. Yo entiendo su gesto y asiento.
Ren me observa con atención. Sus hermosos ojos verdes recorren mi cuerpo con descaro y siento cómo cada centímetro de mi ser se estremece ante su escrutinio. Ese brillo peligroso en su mirada no ha desaparecido, pero sí lo ha hecho su sonrisa. Ahora el mayor de los Keitani me observa con severidad. Su gesto no cambia y permanecemos así durante varios segundos.
Entonces, sin previo aviso, agarra con más fuerza la barra que porta en sus manos y comienza a golpear con violencia al pobre desgraciado que solloza y grita con cada nuevo y brutal envite.
Quiero cerrar los ojos y apartar la mirada de ese atroz castigo, pero sé que, si lo hago, Ren lo golpeará aún más fuerte y durante más tiempo en respuesta a mi gesto.
El mayor de los Keitani sigue observándome mientras golpea a su víctima, que, debido a la pérdida de conocimiento, ya ha dejado de gritar.
Ren finalmente detiene los golpes y alza una mano. En menos de un segundo, dos de sus subordinados desatan al hombre inconsciente y lo sacan de la tarima, dejando un rastro de sangre a su paso.
Keitani finalmente inclina levemente la cabeza, sin dejar de mirarme, en un burlón y provocativo saludo.
Da un ágil salto y baja de la tarima. Una vez a mi altura, alza los brazos y gira sobre sí mismo en un gesto tan sobreactuado como fascinante.
—Vaya... —su voz es potente y retorcidamente sexy—. ¡Mirad! —exclama—. Tenemos aquí a la detective con número de placa 6.435.
Mis ojos se entrecierran con ira al percatarme de que conoce mi identificación personal, y al trabajar la mayor parte del tiempo como agente encubierta, supone un riesgo para mi seguridad.
Ren sonríe burlón ante mi mirada, pero no detiene su provocación.
—Nacida en Yokohama, más conocida como agente “M” —finaliza con una espléndida y triunfal sonrisa.
—He venido a hablar contigo —respondo sin caer en su provocación.
Él se acerca más a mí, inclina la cabeza para ponerla a mi altura y me susurra al oído con voz dominante y oscura:
—Ambos sabemos que has venido buscando algo más que hablar...
Mi respiración se descompasa y mi corazón se acelera ante su cercanía y sus palabras.
Siento miedo de mí misma y de mis reacciones cuando se trata de Ren Keitani.
El dirigente de Kendo me da la espalda y avanza con tranquilidad hacia la tarima. No puedo evitar centrar mi mirada en ese perfecto trasero enfundado en alta costura italiana.
Ren Keitani es tan delicioso como peligroso.
Y tiene el culo más perfecto que he contemplado jamás.
—Y dime —habla aun dándome la espalda—. ¿Por casualidad recuerdas cuánto hace desde la última vez que viniste a... hablar? —Su tono burlón no esconde el peligroso matiz de enojo en su voz.
Ren Keitani está cabreado.
Y está cabreado conmigo.
Niego desde mi posición, a pesar de que él no puede verme.
—Mmm... ¿Cuatro meses, quizás? —respondo, intentando parecer despreocupada. Sé que han sido más de cinco meses, pero no quiero que Ren sepa lo obsesionada que en realidad me siento por él.
Él niega desde su posición sin mirarme, flexiona las piernas y, en un gesto de agilidad sobrehumana, salta con elegancia y sube de nuevo a la tarima, que está a más de un metro de altura del suelo.
Sin duda, es un tipo en una forma física perfecta. No en vano es uno de los mejores luchadores de los bajos fondos de Tokyo.
—Cinco meses, una semana, tres días y... —Mira el Rolex de oro que descansa en su muñeca—... dieciséis horas —finaliza aún dándome la espalda. No puedo evitar abrir los ojos con asombro ante sus palabras.
¿Acaso Ren ha estado contando los días desde nuestro último encuentro?
—Sube —me ordena sin volverse.
Inmediatamente, dos de sus esbirros se acercan al borde de la tarima y me tienden la mano para ayudarme a subir. Ren se voltea levemente.
En un arrebato de orgullo, yo solo acepto una de las manos que me ofrecen y asciendo con agilidad a la plataforma.
Soy una agente de élite, de las mejores de todo Tokyo, y soy capaz de subir a esa tarima sin que mi corta falda muestre más de lo que yo me proponga. Que se joda.
Ren sonríe de medio lado con satisfacción ante mi gesto. Puedo ver cómo pasa la lengua por su labio inferior en un gesto de oscura perversión, y noto cómo mi ropa interior se humedece en respuesta a la visión de su lengua.
Finalmente, se voltea y me mira con interés.
—Y bien, ¿de qué se trata esta vez? —pregunta burlón—. ¿Un importante alijo? ¿Un aviso de ataque terrorista? ¿Un robo?
—Han secuestrado a una niña —le interrumpo, dando un paso hacia su posición. Él chasquea la lengua con desagrado.
—Mal asunto... —comenta pensativo.
—Solo tiene tres años —explico con rapidez—. Ya han pasado doce horas, y las siguientes son determinantes. Ambos sabemos que, si no la encontramos en las próximas ocho horas, las posibilidades de dar con ella prácticamente se vuelven nulas... —Ren asiente y me mira con seriedad—. Necesito tu ayuda —confieso con desesperación.
—Que necesitas mi ayuda es algo que sé desde que te vi aparecer tras ese montón de cajas... —responde, molesto.
—Es solo una niña... —le digo en un callado ruego.
Ren se acerca peligrosamente a mí, y la fragancia deLe Parfumde Yves Saint Laurent, con la que complementa su impecableoutfit, inunda mis fosas nasales.
El olor habitual del perfume de Ren me traslada al recuerdo de nuestro último encuentro. La imagen de su mano presionando mi cuello mientras me toma domina mi mente, y no puedo evitar dejar escapar un suave y delator gemido mientras me muerdo el labio inferior.
La mandíbula de Ren se tensa, y sus ojos destellan con un peligroso brillo al percatarse de mi gesto.
Se acerca más a mí; yo reculo, y me deja a pocos metros del montón de cajas de madera apiladas a mi espalda.
—Debería follarte aquí mismo delante de todos —amenaza en voz baja, con tono serio—. Así, quizás aprenderías que no soy la clase de hombre que desechas una vez te ha sido útil... —aclara.
—Ren... —murmuro su nombre en un callado ruego.
—¡Más de cinco putos meses, joder! —brama en mi cara. Yo aguanto con firmeza su amenazadora mirada—. Dime... ¿alguien te ha follado desde entonces tan rico como lo hice yo? —cuestiona, con la mandíbula tensa. Le sostengo la mirada sin responderle.
Sus ojos destellan con furia asesina; está comenzando a impacientarse.
—¡No es asunto tuyo! —le espeto finalmente, con enojo.
Su mirada se oscurece y, con una rapidez asombrosa, me toma del cuello con una de sus manos y me empuja contra el montón de cajas a mi espalda. A pesar del rudo gesto, sé que ha frenado el golpe para evitar que me dañe; ni siquiera he rozado las cajas.
—Responde si no quieres que dé la orden de que toda Kendo se ocupe de que no deis con esa niña. —El peligroso brillo que reflejan sus ojos me da a entender que no miente. A veces olvido lo perverso e implacable que ese sádico bastardo puede llegar a ser.
—No, no lo han hecho —respondo finalmente. La mano que presiona mi cuello afloja su agarre, aunque no la aparta y continúa en la misma posición. Una sonrisa triunfal se dibuja en su perfecto rostro.
—¿Te dejaron insatisfecha, agente “M”? —cuestiona, burlón. Intento zafarme de su agarre, pero él presiona con más fuerza y me pega al montón de cajas de mi espalda en una velada amenaza.
—No me han dejado insatisfecha porque no he estado con nadie desde entonces —confieso, levemente avergonzada. La sonrisa que me dedica Ren ilumina sus hermosos ojos mientras me observa con satisfacción.
Acerca su rostro a mi cuello; su mano continúa presionándolo. Pega su esbelto cuerpo al mío y siento que vuelvo a caer en el embrujo de su perfume y de todo lo que solo él es capaz de provocar en mí.
Mis pezones se erizan al notar su torso contra mi piel. La respiración se me acelera y mi entrepierna palpita ante la cercanía de Ren Keitani.
—Cinco meses es mucho tiempo... —murmura en mi oído con voz oscura y penetrante—. Sobre todo, para una mujer tan ardiente y apasionada como tú... —confiesa, casi en un lamento, pegándose más a mí—. Sabes que, si me hubieras buscado, yo te habría saciado; te habría colmado del placer más exquisito que hayas experimentado jamás... Y lo más importante: no te hubiera pedido nada a cambio —confiesa, en un tono de voz que no soy capaz de descifrar. Noto cómo suspira y separa su rostro de mi cuello para mirarme—. Ésa es la gran diferencia entre tú y yo, “M” —afirma con enfado—. A pesar de que, de los dos, yo soy el cruel, el malo, el sádico... —sus ojos destellan con ira—... eres tú la que me busca y me entrega su cuerpo para lograr un beneficio...










Excelente inicio ,Grandiosa novela.
Hasta me hice una imagen mental muy detallada de Ren 😍❤️🩹🫦🫦
Muy bueno el primer capítulo ♡