Lo Que Juramos No Sentir por Marit Difaust—Genesis Espinoza en Inkitt
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LO QUE JURAMOS NO SENTIR

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Sinopsis

Catalina y Alejandro Fernández, hermanos marcados por la trágica pérdida de sus padres, comparten más que una empresa familiar: un lazo profundo de amor y protección… y un pacto silencioso: no enamorarse de los mejores amigos del otro. Pero el corazón no sigue reglas. Alejandro, reservado y controlador, lucha contra lo que siente por Madison, la mejor amiga de su hermana. Madison, firme y serena, también oculta lo que siente por él. Catalina, dulce pero decidida, comienza a mirar con otros ojos a Matheus, el mejor amigo de Alejandro, quien lleva años enamorado de ella en silencio. Todo se complica cuando las chicas realizan sus pasantías en la empresa de Alejandro y, tras un proyecto exitoso, viajan a la playa para descansar. Lo que no esperan es que los chicos las sigan movidos por celos y amor no confesado. En Mompiche, entre miradas, silencios y reproches, cada emoción contenida sale a la luz. El pasado ya no basta para frenar lo que sienten. Esta es una historia de amor, duelo, pactos rotos y valentía. Porque proteger no siempre es controlar. Y amar… a veces significa dejar elegir.

Estado:
En proceso
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

LA PÉRDIDA Y EL DOLOR

Catalina, una joven de diecinueve años, se sentía más vieja de lo que era. Sentada en una banca del aula, con un libro de Estadística abierto sobre sus piernas, fijaba la mirada en su profesora, que escribía fórmulas en la pizarra. Pero sus ojos eran solo una fachada. Su mente, agotada por las noches sin dormir y los nervios de los exámenes, no registraba nada. El zumbido del marcador, las ecuaciones, las voces alrededor… todo sonaba lejano, como si estuviera sumergida bajo el agua.

Formaba parte del grupo de estudiantes, junto con su mejor amiga Madison, eligieron seguir con clases regulares, aunque eso significara renunciar a salidas, celebraciones o respiros. Catalina tenía un objetivo claro: terminar la carrera de Economía cuanto antes, estudiar Arquitectura después y ayudar a su hermano y a sus padres en el negocio familiar, el Grupo Fernández de Bienes y Raíces. No era solo una empresa; era el legado de sus padres. El apellido en el logo la impulsaba a seguir adelante, incluso cuando su cuerpo pedía descanso.

Madison, su inseparable compañera, compartía ese mismo empeño. Tenía la misma edad que Catalina —solo seis meses mayor— y la misma visión: culminar Economía y, a continuación, estudiar Arquitectura. Sus motivaciones eran similares; los padres de Madison también tenían una empresa de bienes raíces, y ella deseaba ser parte de ese legado, igual que Catalina.

Ese día, había rendido su último examen. Y aunque deseaba profundamente relajarse, salir a celebrar con sus amigos, como lo hacían ellos no se lo permitía. Apretaba los dientes, convencida de que avanzar rápido significaba alcanzar antes la paz. Tan inmersa estaba en sus pensamientos, que no escuchó cuando la profesora la llamó por su nombre.

—Catalina —dijo Madison, su mejor amiga, sonriendo con picardía—. ¡Te están llamando por el altavoz! Es la rectora, no la profe. ¿Dónde tienes la cabeza, amiga? —agregó, rodando los ojos—. Ah, ya sé… en la puerta de salida de la universidad, ¿verdad?

Catalina frunció el ceño y sonrió débilmente.

—Catalina —repitió la docente, esta vez con una expresión distinta: había un atisbo de tristeza en su voz—. Te están llamando a rectoría… lleva tu mochila.

Aquello la desconcertó. ¿Por qué llevar sus cosas? Pero no tenía energía para hacer preguntas.

—Sí, ingeniera. Ya voy —respondió con voz apagada, guardando su libro con lentitud.

Se despidió de Madison con un gesto suave de la mano, quien le respondió de la misma forma.

—Hasta luego, ingeniera. Gracias —añadió con cortesía mientras salía del aula.

Mientras caminaba por los pasillos en dirección a la rectoría, pensaba en su cama. Solo quería llegar a casa, quitarse los zapatos, dormir por horas. Absorta en ese deseo, no esperaba que su mundo estuviera a punto de quebrarse en mil pedazos.

Tocó la puerta de la rectoría. Una voz suave respondió:

—Adelante.

Al abrirla, su corazón se detuvo por un segundo.

Alejandro estaba allí, sentado, con los ojos rojos, brillantes de lágrimas. Inmóvil. Roto.

—Hermano… ¿Qué pasó? —susurró Catalina, sintiendo cómo su pecho se apretaba de forma insoportable.

Él levantó la mirada al oírla. Se levantó de golpe y la abrazó. El temblor en sus brazos, la presión con la que la sostuvo… Catalina entendió que algo estaba muy mal. Alejandro temblaba, y las lágrimas, silenciosas, mojaban su rostro. Nunca lo había visto así. Nunca.

—Catalina… lo siento mucho —dijo la rectora, con la voz cargada de tristeza mientras se ponía de pie y tomaba la mano de Catalina—. Tus padres… tuvieron un accidente automovilístico. Fallecieron.

El mundo se detuvo.

Catalina sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. Su garganta se cerró, el aire le quemaba al entrar. Las palabras no tenían sentido.

—¿Qué…? —murmuró, con un hilo de voz—. Eso no puede ser… ¡Si los vi esta mañana!

Soltó la mano de la rectora con un leve tirón. Dio un paso atrás. Quería ver a su hermano. Necesitaba ver en sus ojos que eso no era cierto. Lo empujó con suavidad del pecho, buscando su mirada.

Y allí lo encontró.

El mismo dolor que le nacía a ella también vivía en los ojos de Alejandro. No había duda.

Llevó ambas manos a su cabeza, negando con desesperación.

—No… no. ¡Por favor, no! —susurraba entre lágrimas—. ¡Díganme que esto es una broma! ¡Mis padres no están muertos!

Alejandro la sostuvo con firmeza. Con dulzura, le bajó las manos temblorosas y las puso sobre su pecho, como diciéndole: «Estoy aquí. Esto es real. Lo vamos a enfrentar juntos».

Ella tembló, se desvaneció, y él la sostuvo antes de que cayera. Catalina rompió en un llanto desgarrador. Hundió el rostro en el pecho de su hermano, apretando su camisa con desesperación, como si con eso pudiera detener el dolor, como si abrazarlo más fuerte la anclara al mundo.

—¡No! ¡¿Por qué?! —gritó, su voz quebrada por la rabia y la tristeza—. ¡¿Por qué ellos?! ¡No es justo!

Alejandro la abrazaba con todo su ser. Cerraba los ojos con fuerza, queriendo contener sus propias lágrimas, pero era imposible. Verla así, tan devastada, tan vulnerable, le partía el alma. Ahora solo la tenía a ella. Y ella solo lo tenía a él.

Los dos solos. Rotos. Unidos por el dolor.

La rectora, conteniendo también las lágrimas, los observó durante unos segundos. Luego, comprendiendo que necesitaban estar a solas, salió de la oficina sin decir palabra.

Aquel momento no necesitaba testigos. Era el instante en que el amor entre dos hermanos se convertiría en su mayor refugio… y en el único sostén capaz de resistir la tragedia


Alejandro acariciaba la cabeza de su hermana, que dormía recostada sobre sus piernas. Se había quedado dormida después de recibir la noticia de la muerte de sus padres en la universidad. Tenía el cabello suelto, y por momentos él jugaba con uno de sus mechones de color negro, como si ese gesto se hubiese convertido en un nuevo tic, un modo inconsciente de contener el dolor.

Llevaba unas gafas negras, no por el sol, sino por esconder unos ojos agotados de tanto llorar. Con el codo apoyado en la ventanilla del carro, su mirada estaba fija en el horizonte. No veía nada en realidad. Estaba atrapado en sus pensamientos, tratando de ordenarlos, de encontrar una forma de respirar entre los escombros de su vida.

—Amigo, llegamos —dijo Matheus, su mejor amigo, desde el asiento del conductor, observándolo por el retrovisor.

Alejandro parpadeó, como si recién volviera al presente. Miró por la ventana y reconoció la casa de sus padres. El corazón le dio un vuelco. Ya no los vería al cruzar esa puerta. Ya no los oiría reír. Era una casa, sí. Pero se había quedado sin hogar.

Matheus bajó y le abrió la puerta trasera a su amigo.

—Si quieres, la llevo hasta el sofá —ofreció, señalando con la cabeza a Catalina.

—No —respondió Alejandro enseguida—. Yo la llevaré. Gracias, hermano.

Con extrema delicadeza, acomodó el cuerpo de su hermana. Sostuvo su cabeza con el brazo izquierdo y, con el derecho, pasó por debajo de sus piernas. Se aseguró de tenerla bien sujeta antes de bajar del auto.

El vestido floreado de Catalina se deslizó un poco, revelando más de lo esperado. Matheus, sin decir una palabra, se quitó su sudadera y la colocó sobre sus piernas con respeto.

Alejandro lo miró y asintió con una media sonrisa, una mezcla de agradecimiento y cansancio. Luego alzó la vista y se encontró con la fachada de la casa: una construcción amplia, de dos pisos, pintada de color crema. En el frente, el jardín que su madre cuidaba con esmero: rosas rojas y de colores se extendían a ambos lados del sendero de entrada.

Aquella casa siempre había transmitido paz. Alegría. Ahora, lo único que Alejandro sentía era un vacío abismal. Cada rincón le devolvía un recuerdo: risas en el jardín, juegos en la sala, abrazos en la puerta. Como si un disco roto se repitiera sin fin en su mente, cada paso le traía una imagen nueva. O vieja. Y una lágrima solitaria resbaló por su mejilla.

Matheus le palmeó el hombro con suavidad, un gesto silencioso que decía: «Estoy aquí. No estás solo».

—Vamos, amigo —dijo en voz baja—. Necesitas acostar a tu hermana.

Alejandro respiró hondo, como si con cada inhalación intentara absorber un poco de fuerza. Miró a Catalina. Dormía profundamente, aferrada inconscientemente a su camisa. La apretó un poco más contra su pecho y posó la barbilla sobre su cabeza. Se permitió cerrar los ojos un instante, respirando su aroma, como si eso pudiera reconectarlo con algo que todavía estuviera vivo, cálido, suyo.

Luego miró la puerta. Respiró una vez más. «Tranquilo, Alejandro, tienes que ser fuerte por ella», se dijo así mismo.

Avanzó por el sendero de rosas, con Matheus a su lado, sin separarse. Al llegar al umbral, se detuvo. Durante años, esa puerta siempre se abría antes de que pudiera sacar las llaves: su madre solía esperarlo, aunque fuera tarde, para darle un beso de buenas noches o llamarle la atención por llegar a deshoras.

Pero esa noche… no había nadie al otro lado.

—Amigo, puedes abrir tú. Las llaves están en mi bolsillo derecho —le dijo a Matheus, sin dejar de mirar la puerta.

Matheus metió la mano con cuidado. Al hacerlo, sintió algo más: una pequeña fotografía, cuadrada, con marco dorado. En ella estaban Alejandro, Catalina y sus padres, sentados bajo un árbol. Sofía, la madre, sostenía a Alejandro en brazos; Alexis, el padre, tenía a Catalina en los suyos.

Matheus sintió cómo el corazón se le partía. Aunque nunca lo había dicho, quería mucho a los padres de Alejandro. Los admiraba. Siempre hacían espacio en su agenda para compartir con sus hijos, algo que él mismo no había tenido. Esa pérdida también lo tocaba.

Con la garganta cerrada, eligió la llave correcta, la introdujo y giró despacio. La casa estaba en silencio. La señora que les ayudaba con la limpieza había salido temprano, a petición de Alejandro. Quería estar solo con su hermana. Solo con su dolor.

Entró primero y sostuvo la puerta. Alejandro lo siguió y, con cuidado, colocó a Catalina sobre el sofá blanco del salón. La arropó con una manta que estaba sobre el reposabrazos y le devolvió la sudadera a su amigo. Luego la cubrió con delicadeza, como lo haría un padre con su hija. Le besó la frente, y durante un segundo, el tiempo se detuvo.

Le hizo una seña a Matheus para que lo siguiera al despacho de su padre. Matheus asintió, pero antes de avanzar, se quedó mirando a Catalina. Dormía plácidamente, como si el cuerpo hubiese apagado el dolor, al menos por un momento. Deseó poder regalarle esa misma paz a su amigo, pero sabía que no podía.

Y sin embargo, ahí estaba. A su lado. Para no dejarlo caer.

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