Como conocer a una persona interesante en una boda sin cometer un crimen
—Perdona, ¿te importa si dejo esto sobre la mesa un rato? Tengo que esperar a que se acaben las magdalenas de fresa antes de poder colocar las de chocolate, y no me apetece estar cargando con ellas por todo el jardín.
La mujer que había hablado llevaba una enorme bandeja cubierta por un plástico de color rosa en las manos.
—Por mí no hay ningún problema —respondió el hombre sentado en una de las mesas altas que se encontraban repartidas por todo el recinto de la boda. Sujetaba una copa de vino blanco medio llena en la mano, que no parecía haber tocado.
La mujer colocó con cuidado su carga sobre la mesa, y tomó asiento junto a él.
—Odio las bodas —murmuró.
Levantó el borde del plástico para comprobar que todo bajo él seguía en buenas condiciones.
—Yo también —la secundó el hombre, apoyando la copa en la mesa.
—Vienes por parte de la novia, ¿no? —comentó la mujer sin mirar a su acompañante a la cara, colocando de nuevo el plástico en su posición inicial.
—Sí, somos conocidos de la carrera. ¿Qué me ha delatado? —preguntó él con curiosidad, mientras giraba con el pulgar la alianza que llevaba sobre su dedo anular.
—Antes vi como te presentaba al novio —le respondió ella, volviéndose hacia el hombre con una expresión divertida.
—Imagino que tú vienes de parte de los dos —comentó él, fijando la vista en su copa de vino.
La mujer se retiró con gracia la larga trenza pelirroja que cubría el logo de su pastelería, impreso sobre la camiseta rosa que llevaba puesta.
—¡Vaya! ¿Qué me habrá delatado a mí?— exclamó ella con una sonrisa —. Soy Katherine. Katherine Rojas —se presentó, extendiendo la mano—, propietaria de la pastelería “Muffins and Crimes”. Pero todo el mundo me llama Kate.
—Encantado, Kate —dijo el hombre, aceptando su mano—. Yo soy James.
—¿Sólo James? —preguntó ella tras unos segundos de espera.
—Por ahora— matizó él, con una media sonrisa.
Kate se apoyó en su mano y se inclinó hacia él.
—Te voy a contar un secreto sobre mí, James: no se me puede ocultar nada— le susurró con diversión.
Él siguió dándole vueltas al anillo mientras observaba intrigado a la mujer que se había sentado a su lado.
—Es Savage. James Savage —confesó, sin poder mantener el juego.
—¿Ves qué buena soy? —dijo ella, apoyándose en el respaldo de la silla.
El hombre no respondió y apartó la mirada para admirar la gran mansión que se encontraba al final del jardín abarrotado de invitados, mesas, comida y bebidas.
—Este tipo de bodas son las que más odio —resopló Kate, siguiendo la mirada de James.
—¿Las que son demasiado lujosas? —preguntó él. La mujer asintió con la cabeza. Tenía un rostro juvenil, aunque se podía intuir, por las discretas arrugas que se estaban empezando a crear alrededor de sus ojos, que rondaría la treintena.
—Exacto. Son el típico lugar donde siempre te encuentras a un supervillano o a un superhéroe.
James dejó de darle vueltas a su anillo y se giró hacia la pastelera, frunciendo el ceño.
—No creo que sea tan común encontrarse con un superhéroe o un supervillano en una boda. Ni siquiera en esta ciudad que hay más de lo habitual. Lo más normal es que no te cruces con ninguno de los dos tipos a lo largo de tu vida —comentó el hombre, algo distraído.
—En absolutamente todas las bodas de este tipo a las que he asistido, me he encontrado con un héroe o un villano. Esta incluida —confirmó con aburrimiento Kate.
James se puso tenso y miró hacia ambos lados antes de volver a hablar.
—¿Qué quieres decir? ¿Hay villanos por aquí? ¿O superhéroes?
—El novio —determinó Kate, señalando al hombre alto, de pelo oscuro y vestido con un carísimo esmoquin, que hablaba distraídamente con varios invitados en la entrada de la mansión.
—¿El novio? —repitió James, relajando algo su cuerpo.
—Es Elástico, el superhéroe —le aclaró ella.
James ladeó la cabeza con incredulidad y mostró una sonrisa irónica.
—¿Te estás quedando conmigo? Elástico mide como tres metros y su cara no se parece en nada a la del novio.
—Te aseguro que es él. Sus poderes le permiten cambiar de apariencia. Ya te he dicho que no se me puede ocultar nada. No hay identidad secreta que se me resista.
—No te creo —dijo James, negando con la cabeza y volviendo a coger su copa.
—¿No me crees? Te entiendo. Soy una simple pastelera a la que le encargan magdalenas para una boda de lujo —dramatizó ella, poniendo la mano sobre su pecho—. Tendré que hacer que me creas.
—¿Me vas a demostrar que el novio es Elástico? —preguntó James con curiosidad, elevando la copa hacia el hombre con esmoquin.
—No. Te voy a demostrar que no se me puede ocultar nada. Por ejemplo, sé a qué te dedicas. Eres profesor.
James ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Cómo…?
—Por las manchas de rotulador en tus manos. Tienen la distribución típica de cuando se abre y se cierra muchas veces seguidas.
El hombre dejó de nuevo la copa en la mesa y observó sus palmas manchadas.
—¿Matemáticas? —preguntó Kate, interrumpiendo su inspección—. Estaba dudando entre física y matemáticas, pero me decanto más por la última.
—Sí —le confirmó él, impresionado.
—Tu chaqueta tiene trazos de bolígrafo en las mangas. Das clases de algo que todavía requiere corregir exámenes en papel, o apuntar cálculos en una hoja aparte. Además, sospecho que eres profesor universitario.
James dejó de revisar las mangas de su traje y miró a Kate, estupefacto.
—La corbata. Está demasiado bien anudada para alguien soltero. Estás acostumbrado a llevarla, pero no pega con tu estilo, así que tiene que ser por trabajo. Las tres universidades privadas de Ciudad Límite son los únicos lugares que obligan a sus docentes a llevarlas.
—Increíble —dijo con voz burlona, relajando la expresión. Kate le sonreía con superioridad—. Pero te has equivocado. No estoy soltero —apuntó, mostrando la alianza.
Ella dejó escapar una ligera risa.
—Sí que lo estás. Esa alianza no es tuya. Te queda demasiado grande y el oro está oscurecido y falto de cuidado. El traje que llevas te queda bastante justo y está desgastado por las costuras, por lo que lo compraste hace años y has ganado algo de peso desde entonces. Si te hubieras casado hace tanto tiempo como para justificar la suciedad de la alianza, lo más probable es que te quedara justa por el aumento de peso. Alguien te la ha prestado.
James se movió en la silla intentando cubrir, con escaso éxito, los botones de la camisa que se tensaban sobre su abdomen advirtiéndole que necesitaba una talla más grande. Cruzó los brazos sobre su pecho y se inclinó hacia delante.
—Muy interesante. Pero que te hayas dado cuenta de todos esos detalles no quiere decir que hayas averiguado a qué me dedico solo por ellos. Te lo puede haber contado alguien, y luego simplemente has sido observadora.
—¿Te conoce mucha gente en esta boda, además de la novia? Porque me da la impresión de que no.
Él no respondió y dirigió la mirada hacia uno de los camareros, que rondaba un enorme cuenco de ponche. Tamborileó con los dedos sobre la mesa, sin apartar la vista del hombre.
—¿Por qué llevas puesta esa alianza? —le preguntó Kate ante la ausencia de respuesta, cambiando de tema y elevando los brazos para estirar la espalda.
James se reclinó en su asiento y volvió a prestarle atención a la mujer que se encontraba frente a él.
—¿No me lo puedes decir tú? —le respondió divertido, pero con una sonrisa nerviosa.
—Sí, pero entonces no podría tener esta conversación contigo —apuntó ella, con una media sonrisa.
—Es para evitar que las mujeres solteras se me acerquen y hablen conmigo —dijo mientras se quitaba el anillo y lo guardaba en el bolsillo—. Pero ya veo que no es muy efectivo.
—¡Una media verdad! —exclamó Kate, inclinándose hacia él—. Me encantan las medias verdades. Sabes que quien las dice no te está mintiendo, pero tampoco es completamente sincero.
El rostro de James se ensombreció ligeramente. Colocó las manos sobre las rodillas y las frotó con angustia.
—¿Qué insinúas?
Kate volvió a sonreír, pero está vez fue una sonrisa de condescendencia.
—Sé por qué has venido, y no ha sido para celebrar la boda de tu compañera de carrera, de la que no sabías nada desde hace al menos diez años. Pero quizás tú quieras averiguar por qué me he sentado aquí contigo.
—¿Eres policía?¿O algún tipo de superheroína? —preguntó él, moviendo con inquietud la pierna y mirando a su alrededor.
Kate le mostró una sonrisa pícara antes de responder.
—Ninguna de las dos. Mi ocupación principal es mi pastelería. A veces hago encargos a domicilio o participo en eventos como éste —hizo una pausa antes de añadir: —Deberías pasarte algún día por mi local. Soy conocida por elegir el dulce perfecto para cada persona.
Un ruido brusco los hizo girar la cabeza hacia el origen del mismo. El camarero al que había estado observando James se encontraba en el suelo y gritaba con desesperación. Una de las invitadas que se encontraba cerca se acercó hacia él y se agachó a su lado. James hizo ademán de levantarse, pero Kate le colocó la mano en la rodilla.
—No vayas —le pidió.
Él la contempló con confusión durante unos segundos. Volvió a dirigir la mirada hacia el camarero en el suelo. Cada vez más invitados se acercaban hacia él, alertados por los gritos.
—Se ha roto la cadera, pero vivirá para recuperarse. No te preocupes —susurró la mujer acercándose a su oído, antes de retirarse de nuevo a su asiento.
James entornó los ojos, todavía fijos en el camarero. Al final, bajó la cabeza y se acomodó en la silla. Comenzó a tamborilear con los dedos sobre su copa de vino, todavía llena.
—¿No bebes?— preguntó Kate, robándole la copa de entre las manos y dándole un trago.
—¿Sabes quién soy? —le preguntó él en respuesta.
Kate se terminó la copa antes de responder.
—James Savage, profesor de matemáticas.
Él la escudriñó con la mirada durante unos segundos.
—¿Quizás me estabas preguntando si sé quién eras antes de entregarte a la docencia?
—Así que lo sabes —concluyó él, volviendo a colocar las manos sobre sus rodillas. Dejó escapar una risa nerviosa antes de decir para sí—. Los crímenes se tienen que pagar en algún momento. Me engañé pensando que este día no llegaría, pero al final lo ha hecho.
—Te digo por experiencia que en esta ciudad abundan los crímenes y los pasteles, y la mayoría no se merecen lo que pagas por ellos —dijo Kate, husmeando de nuevo bajo el plástico rosa—. Tengo curiosidad por una cosa. ¿Por qué elegisteis llamaros Los Hermanos Tigre? Me parece un nombre bastante falto de imaginación.
James se masajeó las rodillas con una expresión nerviosa en el rostro.
—¿Qué quieres? —preguntó con angustia.
—Saber por qué no pensasteis que Rugido Voraz o algo similar sonaba mejor que Los Hermanos Tigre —respondió Kate, sacando una magdalena de chocolate de la bandeja y colocándola delante de James. Ella cogió otra y le dio un mordisco.
James la observaba, completamente descolocado.
—Mi hermano eligió el nombre. Y prácticamente todo lo demás: los trajes, los objetivos, los planes… Yo sólo quería conseguir algo de dinero para poder estudiar, y él sugirió que podíamos usar nuestras habilidades para lograrlo —acabó confesando.
—¿Fuerza y agilidad sobrehumanas? —intentó adivinar Kate, mientras le daba otro mordisco a la magdalena.
James se mostraba claramente incómodo con aquel interrogatorio. La sirena de una ambulancia empezó a sonar a lo lejos. La invitada que se había agachado junto al hombre herido no dejaba de mirar al profesor con cara de pocos amigos, mientras asistía al camarero.
—Y sentidos agudizados y velocidad aumentada —añadió a las suposiciones de Kate.
—¿Por qué lo dejaste? Os iba bien. Nunca os atraparon. Estuvisteis unos dos años en activo y luego desaparecisteis del ojo público. Creo recordar que la última noticia que leí de vosotros fue hace más de diez años.
—Marcos quería continuar. Al principio sólo reventábamos cajeros vestidos con aquellas ridículas mallas a rayas. Era dinero fácil y rápido. Pero no suficiente. Cuando nos pasamos a los bancos, la cosa se volvió peligrosa. No sólo para nosotros. En el día a día no me es complicado controlar mi fuerza, pero en situaciones límite… No quería hacerle daño a nadie.
—Sabía que en realidad eras un buen tío —apuntó Kate, asintiendo con la cabeza—. ¿Y a tu hermano le pareció bien que rompieras vuestro dúo de supervillanos?
James volvió la mirada hacia el camarero herido, que estaba siendo atendido por el personal de la ambulancia. Los novios habían llegado a la zona y parecían estar bastante disgustados por el espectáculo.
—Tuve que amenazarlo con entregarme a la policía. Me quedaban pocos meses para alcanzar la mayoría de edad, así que me juzgarían como menor, pero Marcos ya era un adulto y lo más probable es que acabara en la cárcel una buena temporada. Me dejó ir, pero él continuó conectado con el mundo criminal. Tomamos caminos distintos. Hacía años que no lo veía, hasta que se volvió a poner en contacto conmigo hace unos meses.
—Sospecho que la alianza es suya. Y que esa invitada que no deja de atravesarte con la mirada es su mujer, que se ha hecho pasar por la tuya para infiltrarse en la boda —adivinó Kate, acabando la magdalena.
—No se te puede ocultar nada —repitió James, con una sonrisa forzada.
—Te he convertido en un total creyente —se burló ella.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó él—. A mi hermano. ¿Cómo se ha roto la cadera?
—Una mala caída —respondió Kate, investigando de nuevo debajo del plástico de la bandeja—. Ha sido como si alguien hubiera dejado un charco de aceite en el punto preciso por donde sabía que él iba a pasar, y con la forma exacta para que se diera el peor golpe posible.
James parpadeó varias veces. Kate giró la bandeja hacia él y le enseñó lo que había bajo ella. Entre una multitud de magdalenas y bizcochos de chocolate, se encontraban las dos pistolas que se suponía que cargaban su hermano y su cuñada.
—¿Quién eres? —preguntó James, serio.
—La supervillana de turno de esta boda —respondió ella, guiñándole un ojo—. Llevo vigilando a tu hermano desde que llegó con los del catering. No me ha costado mucho adivinar su plan. Una chapuza. ¿De verdad pensaba hacer explotar una bomba en el ponche como distracción?
James bajó la cabeza y volvió a agarrar su copa, ahora vacía.
—Explotar la bomba como distracción, y secuestrar a la novia a punta de pistola para que les diera la combinación de la caja fuerte de la mansión. Se rumorea que sus padres guardan diamantes por un valor de varios millones en ella.
—Y a ti te necesitaban para descubrir los detalles de la boda, como la empresa de catering para poder infiltrarse —concluyó Katherine.
—Tuve que inventarme que tenía tantas alergias que necesitaba hablar con ellos directamente, sólo para que me dieran el nombre —confesó James, con una expresión que mezclaba alivio y nerviosismo—. Me obligaron a acudir a la boda. No contrataron a Rina, así que tuve que fingir que era mi mujer en vez de la de mi hermano para que pudiera colarse. Se supone que si algo iba mal, yo tenía que seguir con el plan. Y algo ha ido mal.
Apretó la copa entre sus manos y estalló en mil pedazos. Los invitados todavía seguían atentos a la ambulancia, y nadie escuchó el ruido de los cristales rotos.
—Te amenazaron con denunciarte a la policía —Kate se acercó a James con una servilleta, y comenzó a retirar los cristales clavados en su piel con cuidado—. Aunque fueras menor de edad, si tu pasado sale a la luz ahora, podrías perder tu trabajo y tu carrera.
—Ya lo he perdido —gruñó él con una expresión de dolor en el rostro, que no parecía provenir de las heridas de sus manos—. No voy a detonar esa bomba ni a secuestrar a la novia.
—No hace falta que lo hagas. No hay ninguna joya en esa caja fuerte —le informó Kate distraída, vendando sus manos con un par de servilletas.
—¿Qué quieres decir?
—Antes de que empezara la ceremonia las robé y las escondí en el coche de Elástico. Además, me encargué de hablar con varios mafiosos y casas de empeño en su nombre para informarles de que planeaba tasarlas en sus locales.
—¿Estás hablando en serio?— preguntó James, apartando sus manos vendadas de las de ella.
—Totalmente. Se me da muy bien abrir cajas fuertes. Recuerda, no se me puede ocultar nada. Y Elástico merece ser castigado, aunque sea por algo que no ha hecho. ¿Sabes qué es lo que tiene el poder cambiar de rostro a voluntad? Que puedes engañar a tu futura mujer con todas las personas que quieras y nadie te puede descubrir. Y sé de buena tinta que ya lo ha hecho varias veces. El malnacido se merece un buen escarmiento. Me voy a asegurar de que la prensa siga el robo con toda la precisión posible para que todo el mundo descubra la horrible persona que es realmente.
James se levantó y se apartó unos pasos de ella.
—¿Quién eres? —preguntó, asustado.
—Ya te lo dije antes —respondió Kate, divertida—, Katherine Rojas, pastelera
—¿Y qué más? —insistió James.
—También trabajo como la líder de un grupo de asesinos internacionales —respondió, encogiéndose de hombros—. Estoy medio retirada y casi todo lo que hago ahora es teletrabajo, pero estoy excelentemente entrenada para matar, robar y descubrir secretos.
—¿Hablas en serio? —preguntó James, a punto de echarse a reír del agobio.
—Sé que dicho así suena poco serio. Puedes elegir si creerme o no. Mi consejo es que mientas a tu hermano y a tu cuñada y les digas que viste salir al novio de la mansión con las joyas. Marcos va a tener secuelas permanentes tras esa caída, créeme. Sus días de infiltrarse en bodas y secuestrar a novias se han acabado.
La pastelera y el profesor se quedaron mirándose a los ojos durante un largo tiempo, mientras escuchaban como la ambulancia se alejaba con la víctima y su mujer. James fue el primero en apartar la mirada y sentarse en la silla.
—¿Por qué me has ayudado? Ni siquiera nos conocemos.
—Me pareces un buen tío que ha acabado metido en un gran lío —Kate rebuscó en los bolsillos de su pantalón rosa hasta que encontró una tarjeta. La deslizó por la mesa hasta dejarla junto a la magdalena de chocolate que James no había tocado, y que se había salvado de milagro de la explosión de la copa—. Aquí está la dirección de mi pastelería. Y mi teléfono. Me alegraría mucho que vinieras a visitarme algún día. Y aún más si fueran varios —se acercó a él para susurrarle al oído—. Es difícil encontrar a gente que comprenda que tener un pasado complejo no define en quién nos hemos convertido.
Kate recogió la bandeja y se dispuso a marcharse antes de gritar con una sonrisa:
—Prueba la magdalena. Sospecho que te va a encantar.
James observó cómo la extraña mujer que le acababa de salvar la vida desaparecía entre el barullo de invitados cargando con sus magdalenas y pistolas. No tenía muy claro si todo lo que acababa de vivir había sido real, o si sólo había ocurrido en su cabeza. Tras unos minutos de no saber qué hacer, cogió la tarjeta que había dejado Kate sobre la mesa. Tras memorizar la dirección y el teléfono, la guardó en su bolsillo. Luego se atrevió a darle un mordisco a la magdalena. Era la mejor que había probado en su vida. Y eso que ni siquiera le gustaba el chocolate.