Downbad | Relato corto de romance universitario 18+

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Hay personas que aparecen a las 2 a. m. Sin preguntas. Sin escatimar en sentimientos. Natalie es una de ellas. Para Ace. Sabe que no debería contestar a sus mensajes. Sabe que él no le hace bien. Pero el desamor es un bucle, y ella está atrapada en la repetición. Entonces, un trabajo de debate la empuja a la órbita de Jacob, un chico que nunca ha tenido una oportunidad, pero que la desea. Reservado, auténtico, sin rodeos. Lo opuesto a todo lo que Ace le dio jamás. Ahora se encuentra atrapada entre el chico que la destroza y el chico que, quizás, quiera ayudarla a recomponerse. Esto no es un triángulo amoroso. Es un choque en cámara lenta.

Genero:
Romance
Autor/a:
Vero Cavendish
Estado:
Completado
Capítulos:
20
Rating
5.0 19 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Natalie

Ace: ¿Estás despierta?

Son las dos de la mañana. Seguro está borracho, seguro está caliente y seguro les escribió a un montón de otras tipas antes que a mí.

Y yo debería ser más lista. Lo soy, de hecho.

Pero, por alguna razón, cuando se trata de él, siempre acudo a su llamado.

Yo: Sí. ¿Dónde estás?

Ace: En lo de Justin. ¿Quieres venir?

No debería ir. Pero ya me estoy poniendo la sudadera de todos modos. Sin brasier, no tiene sentido. Lo de Justin está a cinco minutos en carro.

Agarro mis llaves. El aire de la noche me golpea como una bofetada: frío y cortante. Me despierta más de lo que quisiera.

Las calles están desiertas. Mis llantas zumban contra el asfalto. Llevo las ventanas un poco abiertas y la capucha bien puesta.

La luz del porche de Justin brilla tenue. Se escucha un bum-bum de bajos desde adentro. Hay un desorden de botellas vacías en los escalones.

No toco a la puerta. Ya está entreabierta. Adentro huele a mota, cerveza barata y sudor.

Lo veo a él: Ace, despatarrado en el sofá. Tiene una sonrisa torcida, como si supiera que soy débil ante él. Tiene los ojos pesados y una botella colgando de los dedos.

—Ey —arrastra las palabras con voz ronca y perezosa. Me recorre con la mirada, deteniéndose donde la sudadera no esconde mucho.

Odio que se me revuelva el estómago. Odio estar ya acercándome a él.

—Viniste. —Una sonrisita. Un desafío. Como si yo pudiera decirle que no.

Me dejo caer a su lado. Él me pasa el brazo por los hombros y me atrae hacia sí, cálido y pesado. Siento su aliento caliente contra mi oreja.

—No podía dormir sin ti —murmura. Su mano baja y sus dedos rozan la piel desnuda de mi muslo.

Debería apartarlo. Debería irme.

Pero me acerco más.

Siempre lo hago.

Como siempre, terminamos arriba, en un cuarto de mierda. Su guitarra está juntando polvo; nunca lo vi tocarla. No tardamos mucho en caer sobre el colchón.

Encima de ropa tirada y de otras malas decisiones que sé que tomó.

No sé por qué sigo viniendo. Sé que me tratará como la mierda por la mañana. Sé que solo me quiere ahora porque soy fácil. Porque siempre estoy ahí.

Me quita la sudadera y mis tetas rebotan frente a su cara. Lame y muerde un pezón. No le importa mucho si se siente bien o si duele.

Siseo entre dientes; es un sonido agudo y real. Su barba me raspa la piel donde su boca trabaja. Su aliento caliente me empaña la piel.

Me manosea el otro pecho, tosco y hambriento. Me aprieta como si yo fuera su juguete para el estrés. Como algo que se manipula, no algo que se disfruta.

El colchón cruje debajo de nosotros. Los resortes chillan como si también estuvieran hartos de esta escena. Se baja los jeans a medias y me hace a un lado las bragas con impaciencia.

—Mm, carajo —masculla contra mí. Sus dedos hurgan entre mis muslos, demasiado rápido, muy brusco y sin ritmo.

Me arqueo, pero no de placer. Intento mover su mano para guiarlo, lo que sea. Pero está borracho, perdido en lo suyo, buscando lo que él quiere y no lo que yo necesito.

Y aún así, me quedo. Porque siempre lo hago. Porque lo dejo.

Porque hay noches en que no quiero ternura. Quiero olvidar. Y Ace sabe perfectamente cómo destruirme.

Me mete los dedos —dos, sin avisar— estirándome de golpe, todo muy sucio. Suelto un gemido, pero no es de felicidad.

Él sonríe contra mi piel, como si estuviera orgulloso del ruido que hice. Como si pensara que eso significa que me tiene loca.

—Mierda, estás bien mojada por mí —balbucea con voz ronca y engreída.

Pero no es por él. Es el calor del cuarto. Es la angustia de querer algo más. Algo mejor.

Ya tiene la polla afuera, dura contra mi muslo, goteando. La frota contra mí, manchándome con su líquido allá donde puede. Respira agitado en mi oído.

—Date la vuelta. —Nada de por favor. Nada de paciencia.

Lo hago. Como siempre. Con la cara hundida en la almohada que huele a él: a humo, a sudor y a malas decisiones.

Se acomoda sin juegos ni tiempo que perder. Me la mete de golpe, toda, gruesa y rápido.

—Ahhh, qué rico, carajo… —Su gemido es bajo y gutural. Mueve las caderas con fuerza, buscando su propio clímax.

¿Y yo? Muerdo la almohada. Me aguanto. Siento el ardor mientras se mueve sobre mí de forma torpe y frenética.

Y odio que mi cuerpo todavía le responda. Mis caderas empujan hacia atrás. Mi corazón va a mil.

Porque aunque esté mal, es él. Y yo siempre estoy ahí.

¿Por qué sigo estando ahí?

Agarramos el ritmo de siempre. El mismo ritmo mediocre. Pero gimo de todos modos; a veces él está demasiado ido como para que le importe.

Su paso se vuelve irregular, descuidado, fuera de tiempo, buscando el placer como un hombre hambriento. La cabecera golpea la pared —pum, pum, pum— como si marcara el compás que él no puede seguir.

Gimo porque eso llena el silencio. Porque hace que él siga. Porque tal vez, si finjo que me gusta, yo también llegue a sentir algo.

—Sí... sí, así mismo —gruñe con voz ronca. Su aliento me quema el cuello y me agarra la cintura como si fuera a escaparme.

Dios, ojalá lo hiciera.

Pero me quedo. Dejo que me use como quiera. Que tome lo que cree que es suyo. El cuarto apesta a nosotros, a sudor y arrepentimiento. Otra noche por la que me odiaré.

Sus embestidas se vuelven frenéticas. Está cerca. Conozco las señales. Siempre las conozco.

Y aun así, me empujo contra él. Le doy lo que quiere. Le doy lo que siempre le doy.

¿Por qué sigo estando ahí?

Quizás porque es más fácil que estar sola.

Quizás porque es lo único que tengo de él. Nuestros tiempos no coinciden. Nunca han coincidido. Yo me enamoré. Él no. Yo lo dije. Él no.

Y después de esa fase incómoda y de mierda, así es como estamos ahora. Dice que piensa en mí. Yo finjo que no me duele.

Suelta un gruñido desde lo profundo del pecho. Sus dedos me hunden la piel de las caderas, dejándome moretones mientras busca terminar.

—Mierda... mierda, nena...

Nena. Como si esa palabra significara algo. Como si no fuera solo ruido saliendo de su boca mientras me usa para venirse.

Su ritmo flaquea. Me embiste fuerte una, dos veces... y luego se queda quieto, enterrado en lo profundo, pulsando dentro de mí.

Siento su calor, todo ese desastre. Tengo la mejilla pegada a la almohada, el corazón vacío y los ojos me arden.

Se desploma sobre mí, pesado, respirando agitado en mi oído. Ni un beso. Ni una palabra dulce. Solo su peso y ese olor a sexo y alcohol viejo.

Miro la pintura descascarada de la pared. El póster que se despega de una esquina. No miro nada.

Quizás porque es lo único que tengo de él de todos modos.

Quizás porque, durante esos pocos minutos, él finge que soy suficiente.

Y yo finjo que eso no me mata por dentro.

No pasa mucho tiempo antes de que su respiración se normalice: profunda, pesada, ajeno al mundo. Se queda dormido como siempre. Agotado. Inconsciente.

Me incorporo despacio. Las sábanas se me pegan a la piel, pegajosas de sudor, de él. Todavía tengo las bragas a medio poner y los muslos manchados con el desastre que dejó.

Lo miro. Tiene el pelo revuelto y las pestañas oscuras contra sus mejillas rojas. Por un segundo, levanto la mano, pensando en apartarle el pelo, tal vez solo para sentirme cerca.

Pero dejo caer la mano.

No somos así.

No somos nada.

Somos malos hábitos desgastados. Su error. Mi error. El tipo de error que sigue pasando porque es fácil, porque llena el silencio.

A lo mejor alguna chica lo rechazó esta noche. Quizás por eso llamó. Quizás soy el plan B.

No pregunto. No quiero saber.

Me pongo la sudadera. Mis dedos tiemblan como siempre después de esto. Esa sensación de vacío se instala en mi pecho, fría como la noche que me espera afuera.

Y me digo a mí misma que es la última vez. Como siempre hago.

Y no me lo creo. Como nunca lo hago.

Me pongo de pie. El piso está frío bajo mis pies y cruje fuerte en el silencio. Su cuarto huele a sudor, colonia barata y arrepentimiento.

Lo miro una última vez: boca entreabierta, pelo hecho un desastre, un brazo estirado como si fuera el dueño del puto mundo. Como si fuera mi dueño.

Lo odio por eso.

Y me odio más a mí misma.

Agarro mis llaves. Mi teléfono. El envoltorio del condón en el suelo me llama la atención: olvidado, igual que yo.

El aire nocturno me golpea fuerte al salir. Me ajusto la sudadera con el corazón latiendo vacío. Las farolas zumban y las sombras se alargan.

Me subo al carro, agarro el volante y me miro las manos.

Cada vez pienso que tal vez, solo tal vez, esta será la vez que él me vea de verdad.

Y cada vez me voy sabiendo que no será así.

El motor arranca. Conduzco. A ningún lugar que importe. A ningún lugar que se sienta suficiente.

Y el vacío me acompaña, callado y constante.

Como siempre.