Capítulo 1: La amenaza
⚠️ IMPORTANT ⚠️
🎨 ✍️🔧 Esta novela está en proceso de creación. El texto, la trama y las traducciones pueden sufrir modificaciones. ¡Gracias por su paciencia!
Este libro es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, empresas, lugares, eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con eventos reales es pura coincidencia.
Derechos de autor © 2025 Violet Crosby
Todos los derechos reservados.
Portada: Violet Crosby
Traducción al español: Violet Crosby
Queda prohibida la reproducción de este libro o cualquier fragmento del mismo, ya sea de forma electrónica o física. Esto incluye el almacenamiento o la recuperación de información sin el permiso escrito del autor, excepto en el caso de un breve extracto para una reseña literaria.
¿Se puede reconstruir el destino cuando todo el sistema quiere destruirte? Condenado injustamente, Kayce Daly se enfrenta al implacable mundo de la prisión tras perder su honor y sus tierras. Frente a él, Maya Gayney también busca romper sus propias cadenas, ella que ha pasado su vida acatando órdenes militares y mudanzas constantes. Unidos por el mismo deseo visceral de libertad, se alían para desenmascarar a los culpables y falsificar el destino que se les impone. Entre secretos de Estado y amenazas de la mafia, su alianza se transforma en un amor prohibido y peligroso. La quinta entrega de la saga de los hermanos Stewart te sumerge en una lucha trepidante donde la verdad se paga cara.
Para más información:
www.violetcrosbyauteure.com
⭐⭐⭐⭐⭐
Para recibir actualizaciones sobre nuevas versiones, regalos y otras cosas divertidas, ¡suscríbete a mi boletín!
Capítulo 1: La amenaza

Hamilton, Montana, Estados Unidos de América
Huerto de Daly
14 de marzo de 2035
Kayce Daly
El dolor punzante en la cabeza fue lo primero que recuperé de la conciencia, un martillo que golpeaba sin cesar. Todo mi cuerpo era un eco de sufrimiento, cada músculo adolorido, cada corte una quemadura. Abrí los ojos, pero la luz cruda del granero me obligó a cerrarlos de inmediato. El sabor metálico de la sangre en la boca me hizo estremecer y una náusea se apoderó de mí.
Luego el recuerdo volvió de golpe, brutal, implacable. Melody.
Había escuchado el ruido, un estruendo sordo, que venía del almacén del huerto. No era un ruido rutinario. No era el viento que hacía golpear una puerta; era el sonido de un impacto, de violencia. Sin pensarlo, corrí, con el corazón desbocado. El huerto, tan tranquilo habitualmente por la mañana, se había convertido de repente en un lugar de horror. El sol apenas acababa de salir, proyectando largas sombras sobre las hileras de árboles frutales aún dormidos. Los brotes, apenas visibles, parecían temblar bajo la brisa fría. Y en medio de esa tranquilidad, el almacén, un edificio rústico de madera que yo mismo había renovado, era el escenario de una violencia sin sentido.
Lo que vi me heló la sangre. Melody yacía en el suelo, inerte. Su cuerpo era una mancha oscura en el amanecer naciente, una visión que me perseguiría. Había rastros de lucha, cajas volcadas, el desorden que traicionaba la violencia del enfrentamiento. Grité su nombre, pero no hubo respuesta. Solo el silencio, pesado y amenazador. Fue entonces cuando sentí una presencia detrás de mí, una sombra que crecía. Me di la vuelta demasiado tarde. Un golpe brutal me lanzó hacia adelante, luego otro, y la oscuridad tomó el relevo. Tuve la sensación de caer en un abismo sin fin.
El sonido de las sirenas me arrancó de aquel infierno. Volví a abrir los ojos y vi el rostro de Rick Caufield, mi vecino y policía, con una expresión que era una mezcla de conmoción y preocupación. Detrás de él, otras luces parpadeaban, azules y rojas. La luz de las sirenas de la policía barría los árboles, creando un surrealista ballet de sombras y luz en el suelo del granero.
“¡Kayce! Quédate quieto, no te muevas” dijo, con voz grave. Los servicios de emergencia están en camino.
Quise levantarme, precipitarme hacia Melody, pero me faltó la fuerza. Dos paramédicos llegaron y se ocuparon inmediatamente de mí y de Melody. Vi que se la llevaban primero, la urgencia de la situación se notaba en sus rostros. Mi corazón se encogió, un sentimiento de culpa me oprimía. Debí haber llegado antes, debí haberla protegido. Fui el más difícil de convencer para subir a la ambulancia. Mi única preocupación era seguirla. Después de una lucha verbal, los paramédicos lograron que yo también subiera.

Una vez en el hospital, la espera pareció una eternidad. Las paredes blancas, el olor a antiséptico, todo eso me daban ganas de huir. Mi cuerpo, sin embargo, me recordó al orden. Tenía un dolor de cabeza terrible, mareos y cortes que me ardían.
El médico vino a verme. Primero, quiso comprobar mis reflejos. Pasó su mano delante de mis ojos para ver si mis pupilas reaccionaban, y luego me pidió que siguiera la luz de su linterna. Sentí náuseas al hacerlo y mi cabeza dio vueltas. Hizo preguntas básicas: dónde estaba, qué día era, quiénes eran mis padres. Respondí de manera confusa, con el cerebro aturdido por la conmoción.
Después, me hicieron una serie de pruebas más profundas. Me hicieron una tomografía para asegurarse de que no había hemorragia interna. También tuve que pasar por una resonancia magnética para verificar la extensión de la conmoción. El ruido de la máquina, como un tambor incesante, amplificó mis náuseas y mi dolor de cabeza. Cada prueba, cada pregunta, cada contacto con una enfermera o un médico no hizo más que aumentar mi angustia. Mi mente estaba en otro lugar, con Melody, rezando para que se recuperara.
Finalmente, un médico vino a hablar conmigo. Apenas escuché el balance de mis heridas: conmoción cerebral, múltiples cortes y contusiones. Solo logré captar dos cosas: podía salir del hospital, pero Melody permanecía bajo vigilancia.
Cuando entré en la habitación de Melody, el silencio era abrumador. Ryan, mi hermana Callie y mi cuñado Ethan estaban allí, con el rostro serio, el miedo en los ojos. Melody estaba conectada a un respirador, su cuerpo frágil. Ver a mi amiga en ese estado me rompió el corazón.
Le estreché la mano a Callie.
“Lo siento”, murmuré, con la garganta anudada. “Debí haberla protegido”.
Ryan se acercó y puso una mano en mi hombro. “No es tu culpa, Kayce. Llegaste demasiado tarde. Nadie pudo hacer nada”.
Cayó la noche y la pequeña comunidad de Hamilton, que solía ser tan pacífica, se encontró sumida en la incertidumbre. ¿Quién pudo haber hecho esto? ¿Y por qué? Esa pregunta flotaba como un buitre sobre nuestras cabezas.
Unas horas más tarde, Melody abrió los ojos. Un suspiro de alivio recorrió la habitación. Pero su mirada, aunque viva, era confusa. Intentó hablar, su voz era solo un susurro.
“Él... había un ruido. Fui a ver”.
Hizo una pausa, con los ojos cerrados. La confusión era palpable en su rostro. “Luego... luego todo se volvió borroso”.
No pudo decir nada más. El hecho de que no pudiera identificar a sus agresores se sumó al horror de la situación. El sentimiento de impotencia que nos corroía a todos se intensificó.
Mi mirada se mantuvo fija en ella, esa mujer tan fuerte, tan llena de vida, ahora tan frágil. Sabía que mi propia recuperación era secundaria. Mi misión era descubrir la verdad. Mi misión era vengarla. Y no me detendría hasta que encontrara a los culpables.








