RETOS PICANTES

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Sinopsis

Los juegos de infancia de Brandon y Sarah cruzan la línea.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Khloekadija28
Estado:
Completado
Capítulos:
9
Rating
4.4 37 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Cuando tenía doce años, mi hermano mayor me enseñó un juego. Lo llamaba el juego del gancho. Era bastante simple. Tomaba uno de los viejos ganchos de madera de mamá y lo colocaba en alguna parte de mi ropa. Después, veía cuánto tardaba en darme cuenta. Me sacaba de quicio. Le encantaba decirme lo insoportablemente lento que había sido en notar que el gancho estaba ahí. A veces lo ponía en la espalda de mi camiseta, o en el dobladillo de mi falda del colegio, o incluso justo detrás del culo, en la falda, para que lo encontrara al sentarme. Esas ubicaciones me enfurecían más que ninguna otra.

Era tres años mayor que yo y un cabronazo astuto. Se le daba demasiado bien. Era solo una de las muchas formas en que solía fastidiarme.

Solo había una manera de devolverle el golpe: empecé a hacérselo yo a él. Pensé que, si lo hacía, vería lo molesto que era y pararía, pero en vez de eso, solo se animó más. Aunque me sorprendió, empecé a disfrutar del juego. A veces veía cuántos ganchos podía colgarme en la ropa antes de que me diera cuenta, y luego yo hacía lo mismo con él. Al final, hasta a nuestros padres les sacaba de quicio.

Por alguna razón, a diferencia de otras cosas que hacíamos de pequeños, ese juego perduró. Evolucionó, pero perduró.

Al final, todo se redujo a un solo gancho. Cuando salió *Harry Potter y la piedra filosofal*, Brandon tomó un gancho de madera y lo pintó de dorado. Lo llamó *la snitch*, y ese se convirtió en el único que importaba. Nos volvimos más desconfiados el uno del otro, claro; y con el tiempo, cada vez era más difícil pillarnos desprevenidos.

Un día, mucho después de que se hubiera vuelto casi imposible sorprendernos, Brandon introdujo un nuevo giro.

—¿Y si hacemos este juego más interesante, Sarah? —dijo.

Me puse en guardia al instante.

—¿Qué quieres decir con "interesante"?

—¿Y si cada vez que uno le pone el gancho al otro, el que lo recibe tiene que hacer algo por el otro?

—¿Como qué? —pregunté. Para entonces, Brandon tenía diecisiete años y yo catorce. Nos llevábamos bien, pero eso no significaba que confiara en él. Todavía podía ser cruel conmigo, sobre todo cuando estaban sus amigos.

—Como hacerle un quehacer al otro o algo así.

Me lo pensé. Como ahora el juego iba y venía, cada vez que le ponía el gancho, él tendría que hacerme un quehacer. Podía tardar más en pillarlo desprevenido, pero al menos él no podría acumularme tareas a un ritmo más rápido del que yo pudiera hacérselas a él. Así que acepté.

Seguimos jugando así un par de años. A veces me llevaba un par de semanas encontrar la oportunidad de ponerle el gancho. A él nunca le tomaba tanto, pero no era raro que tardara una semana.

Cuando Brandon terminó el instituto, el juego se ralentizó, porque ya no nos veíamos tanto. Aunque nunca llegó a parar del todo.

Fue más o menos un mes después de mi cumpleaños dieciocho cuando las cosas tomaron otro rumbo.

Encontré el gancho enganchado en la parte de atrás de mi pantalón, justo en el pliegue de la rodilla. Brandon había estado en la cena y se le había caído algo bajo la mesa. Yo había estado desconfiada y lo había evitado mientras estaba ahí abajo, pero debió pillarme después. Pensé que tenía entrenamiento de fútbol, así que no creí que fuera a estar en la cena; de lo contrario, me habría puesto las mallas de compresión. Había descubierto que eran lo ideal para llevarlas cuando estaba cerca de él, porque casi no había manera de que me colgara el gancho sin que lo notara.

Subí a su habitación cuando lo encontré.

—Vale, Brandon, me has pillado. ¿Qué quehacer tengo que hacer por ti? —dije, apoyándome en el marco de la puerta.

—Sabes, ya no creo que los quehaceres nos sirvan. Quiero decir, piénsalo, ¿de verdad haces muchos quehaceres en casa?

—Bueno, a veces tenemos que lavar los platos —respondí.

—Sí, pero no es lo mismo. A mí todavía me gusta la emoción de la caza y pillarte, pero parece que sería mejor si hubiera… no sé, una consecuencia diferente por que te pillen.

—¿Como qué? —pregunté, sabiendo que ya lo había pensado, así que podía haber trampa si no tenía cuidado.

—Como un reto —respondió.

—Suena interesante. —Me lo pensé. Era mucho más abierto que hacer un quehacer, pero también tenía su gracia—. Vale, pero tiene que haber algunas reglas.

—Claro, lo que quieras que tenga sentido.

—Bueno, tenemos que poder negarnos si es algo demasiado loco o algo así.

—Suena razonable.

—Y nada ilegal.

—Justo. ¿Algo más?

—Si se me ocurre algo por el camino, ya te lo diré. Porque, vamos, no se puede esperar que lo piense todo de golpe, ¿no?

—Claro. Como ahora tienes el gancho, te toca a ti poner el primer reto. Si es que logras pillarme, claro.

—Ya te pillaré —le prometí.

Empecé a pensar en qué reto ponerle. Al final, recurrí a Google en busca de ideas.

Tardé otra semana en lograr ponerle el gancho. Estaba viendo la tele en el sofá, y conseguí acercarme a gatas por el suelo, como en plan comando, para que no viera mi reflejo en la pantalla ni en la ventana (hay que pensar en esos detalles cuando los juegos se ponen serios). Tenía el brazo colgando del reposabrazos, y logré estirarme desde el suelo para enganchárselo en el puño de la manga. No celebré ni me regodeé, porque hacía tiempo que había aprendido que era mejor que al principio la otra persona no supiera que le habías puesto el gancho. Así había más posibilidades de volver a usar la misma técnica. ¡Nunca reveles el secreto de tu éxito!

—¡Mierda! —lo oí decir desde la cocina, donde me había quedado escondida después de ponerle el gancho. Vino a buscarme—. Bueno, ¿cuál es el reto? —preguntó cuando me encontró.

—Te reto a hacer el *cinnamon challenge* —le dije con aire de suficiencia.

—¿El qué?

Le expliqué en qué consistía el reto, y aceptó hacerlo. Tuvimos que ir a la tienda a comprar suficiente canela, pero, ¡Dios!, fue graciosísimo verlo intentarlo.

—No está mal el reto, hermanita —me admitió cuando por fin se recuperó de la tos y el ardor que le había provocado tragar tanta canela pura.

Él me pilló dos semanas después, logrando enganchar el gancho en el dobladillo de mi falda de netball mientras charlaba con unas amigas después del partido. No era raro que estuviera ahí para verme, y aunque ya me había puesto el gancho antes en un partido de netball, esta vez me había despistado. Me lo había colgado limpiamente, y me aterraba pensar qué se le habría ocurrido. Al fin y al cabo, tiene una mente mucho más retorcida que la mía. Dudaba que recurriera a Google para buscar algo con lo que desafiarme.

—Te reto a correr hasta el final de la calle y volver en bañador —dijo con aire de suficiencia. Puede que no parezca gran cosa, pero era invierno. Acepté el reto, porque iba en el espíritu del acuerdo, aunque me diera una vergüenza de cojones que me viera alguien. ¿Cómo explicas que estás corriendo por tu calle en bañador en pleno invierno? Quiero decir, la explicación obvia sería que te habían retado, pero ¡igual daba vergüenza!

Aproveché que no había especificado nada. Me puse el bañador de una pieza y esperé hasta como la medianoche para hacer la carrera, cuando no hubiera nadie. Tuve éxito. Se le notaba la decepción, y por la mirada calculadora supe que en el futuro sería más cuidadoso con los resquicios.

Durante los siguientes meses, seguimos cazándonos el uno al otro y sometiéndonos a retos tontos. Yo saqué varios de Internet o respondí en la misma moneda a algo que Brandon me había retado a hacer.

No se me ocurrió en ese momento, pero cada vez más los retos de Brandon parecían centrarse en que yo hiciera cosas que dejaban mi cuerpo al descubierto. No era nada obvio como "te reto a desnudarte", pero sí implicaba mucho correr en bañador, ya fuera delante de él o, una vez, delante de uno de sus amigos. Incluso una vez me retó a tumbarme a tomar el sol en bikini cuando trajo a un compañero de fútbol a casa. Me sentí como un trozo de carne, tendida en el césped con el sol débil bañando mi cuerpo. Y para colmo, ni siquiera hacía calor. Quiero decir, ni siquiera tenía moreno que lucir en esa época del año. Menos mal que tuve tiempo de echarme un poco de bronceado falso antes de cumplir el reto.

Juré al encontrar el gancho dorado en el dobladillo de mi falda de animadora. ¿Cómo demonios había logrado ponérmelo? Resulta que había llegado a casa y me había tirado en el sofá a ver la tele, y ni siquiera lo había oído entrar. Debí quedarme dormida.

—Ah, ¿ya lo encontraste? —me preguntó al entrar en el salón desde el piso de arriba.

—Sí —respondí con un suspiro pesado.

—Bueno, te reto a… —hizo una pausa más larga de lo normal.

—¡Venga, suéltalo ya! —exigí.

—Vale, te reto a ponerte un tanga bajo la falda de animadora y llevarlo puesto el resto de la noche. Nada de taparte con pantalones de chándal ni nada, y no puedes esconderte en tu habitación; tienes que estar en el salón hasta las once, que es la hora de acostarse.

—¿Y si no tengo tanga?

—Venga ya, si hasta he colgado la ropa —se rio.

—¡Dios, qué salido eres! —lo acusé.

—¿Y? ¿Aceptas o no?

—Vale —respondí, pensando que tendría que tener mucho cuidado con cómo me movía frente al televisor. Subí a mi habitación y elegí el tanga más aburrido que encontré: de algodón negro liso, pero aun así, mis nalgas quedaban totalmente al aire. Me lo puse y me agaché para mirarme en el espejo, comprobando cuánto podía moverme antes de que se me viera el culo. No era mucho. Volví al salón y me dejé caer en el sofá, apretando la falda contra mi regazo para evitar que se me viera nada.

Brandon se sentó en el sillón que estaba a noventa grados del sofá y fingió ver la tele, pero yo sabía que era un salido total y solo intentaba echar un vistazo bajo mi falda. Me hizo preguntarme cuántas veces habría intentado mirarme las bragas normalmente. Qué cabrón más asqueroso.

Me puse especialmente nerviosa al estar en casa con el uniforme y solo un tanga bajo la falda cuando llegaron mis padres, pero por suerte ninguno de los dos pareció darse cuenta. Al final, dejé de preocuparme y me tumbé en el suelo del salón, boca abajo, con la barbilla apoyada en las manos y los codos en el suelo. Era algo que solía hacer, así que no me fijé en que Brandon se había sentado justo detrás de mí en el sofá. Creo que estuve así una hora antes de darme cuenta de que probablemente le había enseñado el culo una docena de veces mientras veía el programa.

—Vaya apuesta más buena —se rio cuando me di cuenta y le grité. Me fui furiosa a mi habitación y me puse a pensar en cómo podía avergonzarlo tanto como él a mí. Jugué con ese maldito ganchito dorado una hora, intentando idear algo para retarlo, por no hablar de una forma ingeniosa de volver a pillarlo.

Me llevó tres semanas, pero al final lo conseguí: le enganché el ganchito a uno de los cordones de sus zapatillas mientras estaba distraído con la tele. Los programas con chicas en bikini siempre eran una buena distracción para Brandon.

—Qué zapatillas más chulas, hermano —me burlé cuando se levantó a por algo de beber durante un anuncio.

—Joder —se rio—. Vale, ¿cuál es el reto?

—¿Te acuerdas de esos pantalones de deporte finísimos que tienes? Los Nike.

—Sí.

—Tienes que ponértelos y llevarlos todo el día por casa sin ropa interior. Y yo elijo el día. Y no puedes escaparte solo por lo que lleves puesto.

—Ningún problema —respondió, y fue a por su bebida. Que se lo tomara con tanta calma me sacaba de quicio. ¿Es que no se daba cuenta de que, sin calzoncillos, se le notaría todo? Sería como si yo anduviera por ahí sin sujetador y solo con una camiseta fina. Mis tetas, talla doble D, irían botando por todas partes. Seguí dándole vueltas. Quizá si hubiera alguien más para verlo, sería aún más bochornoso. Decidí que el sábado sería perfecto. Invitaría a Becky. Le hacía tilín a mi hermano, así que quizá si alguien lo miraba mientras se le marcaba todo en esos pantalones, desearía no haber aceptado.

Lo organicé. Becky aceptó encantada venir, y sabía que el partido de fútbol de Brandon era el domingo, así que pasaría casi todo el día en casa descansando.

Como Brandon parecía empeñado en mirar bajo mi falda de animadora, decidí provocarlo el sábado para ver si reaccionaba. Me puse un vestido veraniego de flores amarillas y blancas, con un tanga debajo, y me aseguré de que tuviera oportunidad de echar un vistazo un par de veces por la mañana. Él llevaba sus pantalones de deporte y una camiseta. No le quitaba ojo a ver si se le notaba algo en los pantalones, o al menos si daba señales de que se estaba excitando.

Fue entonces cuando empecé a entender por qué mi hermano tenía tanto éxito con las chicas. Vale, juega al fútbol y no es feo, pero a veces pensaba que tenía más suerte de la que merecía. Parecía que un rabo grande también te daba puntos. Sí, eso es. Todas las pruebas apuntaban a que mi hermano era notablemente más grande que la media. Empecé a arrepentirme de haber invitado a Becky. Quiero decir, era mi hermano y hasta yo me había quedado impresionada con lo que veía, y dudaba que estuviera duro. ¡Parecía que llevaba un salchichón colgando en los pantalones!

Becky llegó con unas mallas negras ajustadísimas y una camiseta corta, más guapa que nunca. Era medio china, medio anglosajona, con un tono de piel increíble. Y su cuerpo, de escándalo.

—¡Hola, Brandon! —lo saludó alegremente cuando mi hermano pasó por el salón mientras estábamos en la cocina preparando algo de beber.

—Hola, Becky —respondió con una sonrisa. En vez de irse, como yo esperaba, se desvió hacia la cocina a por algo de beber. Me lanzó una sonrisa de suficiencia y fingió que todo era normal, y lo peor era que *era* normal. Eso sí, no pude evitar fijarme en lo mucho que le miraba el culo a Becky. Sus mallas eran superajustadas. Sus ojos de admiración me hicieron mirar también, y me di cuenta de que ¡ella estaba posando para él!

—¡Becky! —exclamé. Brandon me miró sorprendido, y Becky me puso cara de inocente total, como si supiera perfectamente lo que estaba haciendo. Brandon nos dejó solas, y arrastré a Becky a mi habitación.

—¡Eres un desastre! —la acusé.

—¿Qué? Tu hermano está buenísimo —explicó—. Y, por si no te habías dado cuenta, creo que no llevaba ropa interior y, bueno… ¿cómo decirlo sin que te moleste? No puedo, así que vale, Sarah, los rumores son ciertos. Tu hermano está bien dotado.

—¡Puaj, Becky!

—Ya sé que no quieres oírlo, pero joder, solo quería agarrármelo a través de esos pantalones. ¡Eran tan finos que parecían poco más que un condón!

—¡Basta! —protesté. No podía creer lo mal que me había salido el plan. Era injusto. Tuve que esforzarme mucho para mantener a Becky y a Brandon separados el resto de la tarde. Becky no daba señales de querer irse; iba constantemente a la cocina, y Brandon no se movía de allí como un moscardón.

Lo único que me consoló del día fue justo cuando Becky se iba. Mi madre había salido de compras. Los tres estábamos en la cocina, Becky y Brandon tonteando, y hasta yo notaba que se le estaba poniendo dura en los pantalones. Mi madre entró de repente, y Brandon intentó salir pitando, girando el cuerpo para darle la espalda y que no se le notara la polla, que se marcaba claramente contra la tela fina (juro que hasta se le veía si estaba circuncidado cuando se le puso dura). Por fin el reto me daba algo parecido a la vergüenza que yo buscaba.

Un par de semanas después encontré el ganchito en una de mis faldas, y tuve que enfrentarme a Brandon para saber cuál sería mi próximo reto. No podía evitar pensar en lo sexualizado que se había vuelto todo. Y, para colmo, en esas semanas de espera, me había sorprendido a mí misma mirando más y más la entrepierna de mi hermano. Quiero decir, ¿cómo no me había dado cuenta antes? Había oído los rumores, claro. La gente intenta no hablar de esas cosas delante de ti, pero se escuchan cosas; solo que nunca les había dado importancia. Pero ahora que tenía una idea más clara de lo que llevaba entre las piernas, las señales estaban por todas partes.

—Oye, Sarah, ¿qué tal? —me preguntó Brandon, apoyado con aire despreocupado en la puerta de mi habitación.

—Bien —respondí seca, preguntándome si me diría cuál era el reto o si solo iba a quedarse ahí burlándose de mí.

—Sobre ese reto… —hizo una pausa, dejando el momento en el aire.

—¿Qué pasa con él?

—Venga, no te pongas así; te lo digo ya. Te reto a que me mandes una foto enseñándome la ropa interior.

—¡Ni hablar!

—¿Cómo que ni hablar? ¿Te rindes? ¿Gano yo?

—Ni de coña —protesté—. No voy a mandarte una foto porque entonces perdería el control de dónde acaba. Te enseño lo que quieras, pero la única prueba que tendrás será tu memoria de salido.

Vi que lo pensaba. —Vale, pero si eso es todo lo que consigo, tendrás que enseñármelo todos los días durante una semana —contraatacó.

—Cuatro días —ofrecí.

—Trato hecho —aceptó con una sonrisa—. ¿Y si empezamos ahora?

—¿Sabes que no estás bien de la cabeza, no? —le solté, riendo. Me levanté y me subí la camiseta para enseñarle el sujetador. Era uno blanco de algodón, nada del otro mundo, pero por la cara que puso Brandon, cualquiera diría que era lo más excitante que había visto en su vida.

—Muy bonito —ronroneó—. ¿Y las bragas?

Me desabroché los vaqueros, los bajé un poco por las caderas y me los quité, asegurándome de no bajar también las bragas. Ajusté el bikini azul marino en su sitio y le dejé ver el frente, luego me giré lo suficiente para enseñarle el culo y me subí los vaqueros y la camiseta rápidamente.

Continuará...