EPISODIO 1 “El Refugio de Metapán”
Lugar:Metapán.
La camioneta traquetea al detenerse frente a la casa de Miguel. Las calles están vacías, con sangre seca en las aceras. Un devorador, goteando sangre negra, se tambalea en una esquina, parece observar gruñendo bajo.
—Migue, ese está muy cerca, carajo —susurra Danilo.
—Mantenelo en la mira, —responde Miguel, bajando de la camioneta.
Don Arnoldo, al volante, tamborilea los dedos, nervioso.
—Aquí te quedás, Miguel —dice, seco—.si las cosas se ponen feas vengan a mi casa está camino a la calle nueva que va para Chalate.
Danilo asiente, pálido.
—Mi papá está en cama, no lo dejo solo. Suerte, Migue.
Nelson, sudando por la herida en el brazo, fuerza una sonrisa.
—Esto no es nada, maje —dice, Voy por mi carnal en San Salvador.
Miguel: Vayan, entonces. Pero si ven más de esos, golpeen a la cabeza no lo olviden
—Vos también, Migue —dice Nelson, tosiendo—.
Don Arnoldo pisa el acelerador. La camioneta se va y se pierde en la salida de la colonia dejando a Miguel solo.
Un gruñido raspa el silencio. El devorador de la esquina se mueve torpemente, como si quisiera correr. Otro aparece en un callejón, con la cara destrozada, corriendo a trompicones hacia una casa vecina, atraído por un ruido lejano.
—Mierda… —Dice Miguel mientras camina a la puerta…
La puerta se abre
—Verónica, con el rostro pálido lo mira con ojos rojos.
—¡Migue! —se lanza a sus brazos, temblando—. ¡Gracias a Dios estás vivo!
—¡Entremos rápido que hay dos de esas cosas afuera!
Verónica atranca la puerta. Dentro, el aire huele a humedad y café rancio. Mercedes, la mamá de Verónica, está sentada en un sillón, con un rosario en las manos. Elizabeth, su prima, escucha la radio.
—Miguel, bendito sea —dice Mercedes, levantándose, la voz temblorosa—. ¿Qué está pasando afuera?
Elizabeth ajusta el dial.
—La radio dice que esto es en todo el país —dice, pálida—. San Salvador, Santa Ana, Soyapango… y parece que en México y Estados Unidos también. Es como el fin del mundo.
—¿Qué dicen exactamente? —pregunta Miguel,
—Que la gente se vuelve loca —responde Verónica, manteniendo la voz baja frente a su mamá—. Atacan, muerden, y no mueren aunque les disparen. Dicen que los atrae el ruido, como los gritos o los carros. Nadie sabe qué está causando esto es igual que en los videos que vimos.
Mercedes aprieta el rosario, con los ojos húmedos.
—Es un castigo, Miguel. Como las historias que contaban los abuelos, de espíritus que caminan.
—No es eso, mami —dice Verónica, suavemente—. Pero vi a don Héctor… lo destrozaron en la calle. No eran humanos.
Miguel se sienta.
—No sé qué son, pero en la planta los llamamos devoradores —dice, la voz áspera—. Un compañero de Chalchuapa dijo que su abuela hablaba de muertos sin alma, un castigo que camina.
—¿Devoradores? —repite Elizabeth, frunciendo el ceño.
—No sé si es verdad o un cuento —admite Miguel—. Pero no son normales. Algunos corren, no rápido, pero corren. Solo paran si les rompes la cabeza.
Verónica mira hacia la ventana, nerviosa.
—Como ese de allá —susurra.
A través de la rendija, un devorador está parado en la calle, gruñendo bajo. Otro, más lejos, corre torpemente hacia una casa vecina, atraído por un ruido lejano.
—Nos están cercando —dice Mercedes, la voz quebrada—. ¿Por qué no vienen hacia nosotros, Miguel?
—No hicimos ruido —responde Miguel, tenso—. La radio tiene razón. Los atrae el ruido.
Elizabeth gira el dial de la radio. Una voz entrecortada:
—“Brote incontrolable… eviten contacto… no hagan ruido… refúgiense…”
La señal muere. Silencio.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Verónica, sus ojos buscando a Miguel.
—Buscar refugio —dice Miguel, mirando por la ventana—. No podemos quedarnos aquí mucho tiempo.