Prólogo
El olor a tierra mojada se mezclaba con el perfume de las rosas blancas.Siempre las malditas rosas, pensó Ginevra Valencourt, mientras clavaba las uñas en el mango de la pala. La lluvia caía sobre Nápoles como lágrimas de un cielo que jamás perdonó sus secretos. Era 1975, y a sus veinte años, ya sabía que las raíces de su familia no se alimentaban de savia, mucho menos de rosas. Enterró la semilla en el jardín de la mansión, justo donde su padre le enseñó a esconder cuerpos.
—Las rosas crecen entre sombras, mi niña —le susurró él, con la voz rota por el whisky y los disparos—. Y tú... tú florecerás donde otros se pudren.
Ginevra no lloró cuando lo mataron. En cambio, plantó una rosa negra sobre su tumba.
Las décadas pasaron como páginas arrancadas de un libro maldito. Ahora, es 2023, Ginevra observaba desde la ventana del hospital cómo su hijo Marcello agonizaba. Los tubos y las máquinas eran un eco débil del hombre que alguna vez gobernó la familia Valencourt con puño de hierro. Su nieto Dante, de perfil afilado como la hoja de un cuchillo, se inclinó sobre el lecho.
—No llores por mí —tosió Marcello, escupiendo sangre en la almohada—. Llora por lo que vendrá...
Pero Ginevra no derramaría lágrimas.Nunca más. En su bolsillo guardaba una foto ajada: un joven de ojos verdes que no era su esposo, sino el abuelo deella, la chica que aún no sabía que su destino estaba escrito entre rosas y balas.
En el presente, una mano enguantada colocó una rosa negra sobre el cadáver de un hombre en el puerto. La policía lo llamaría «el cuarto caso sin resolver», pero Dante Valencourt reconoció el símbolo: el mismo que su abuela dibujaba en los márgenes de sus pinturas. Alguien estaba jugando a ser dueño de las sombras, y Dante, heredero de un imperio que no deseaba, sintió por primera vez el peso de las flores negras.
—¿Qué son? —preguntó Isabella Rossi esa misma noche, mientras limpiaba mesas en el caféLa Última Llamarada. Su mirada se clavó en el ramo de rosas negras que alguien dejó junto a la puerta.
—Advertencias —murmuró el viejo cocinero, cruzándose—. O... promesas.
Ella rio, ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda. No sabía que, a diez calles de allí, Ginevra Valencourt sonreía frente a un tablero de ajedrez. Las piezas eran fotografías: Dante, Isabella, Kai, Lucía... Y en el centro, una rosa seca.
—Todo crece entre sombras —susurró, moviendo al rey blanco—. Hasta el amor.
Y así comenzó el juego.
En un callejón de Milán, Lucía Morales tropezó con un hombre de ojos grises que olía a tinta y cigarrillos.
—¿Tatuajes? —preguntó Kai Nakamura, señalando su piel limpia—. Podría dibujarte algo... gratis.
Ella aceptó, sin saber que su risa iluminaría la oscuridad que él cargaba como un estigma. Mientras, en Nápoles, Isabella encontraba una carta manchada de vino tinto en su buzón:«Busca la verdad bajo las rosas». Dante la vigilaba desde un auto negro, preguntándose por qué esa mujer, que odiaba todo lo que él representaba, llevaba el mismo perfume que su abuela en los viejos tiempos.
El viento arrastró un pétalo negro hasta los pies de Ginevra.
—La partida apenas comienza —murmuró, mientras las sombras devoraban la luna—. Y nadie escapará de mi jardín. —impuso, con una voz escalofriante y penetrante, dandose cuenta que bajo sus piez llevaba el rastro de sangre de cadaveres que alguna vez, fueron parte de su astuto juego...