Boda con olvido

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Sinopsis

Se fue a dormir soltera. Despertó con un anillo de bodas, un acta de matrimonio y un desconocido ridículamente atractivo llamándola «esposa». El problema es que no recuerda haber dicho «sí, acepto». En absoluto. Ahora está atrapada con un marido que es a partes iguales encantador y molesto, un teléfono que no para de vibrar con amenazas escalofriantes y demasiadas preguntas sobre lo que realmente ocurrió anoche. ¿Es su partner in crime... o simplemente el crimen? Sea como sea, este matrimonio está a punto de convertirse en el slow burn más desastroso de su vida; énfasis en lo de «slow», porque lo único más aterrador que el misterio es cuánto podría llegar a gustarle.

Genero:
Mystery/Romance
Autor/a:
Rhiida
Estado:
Completado
Capítulos:
35
Rating
4.5 17 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El anillo y la resaca

Elara Thorne se despertó con un sobresalto violento, como si su cuerpo hubiera decidido presentarse a un casting para un susto de película de terror.

El aire se le quedó a medio camino en la garganta y su corazón empezó a martillear, como si intentara correr una maratón sin pedirle permiso.

Sus extremidades dieron un par de sacudidas antes de desplomarse de nuevo, como si fuera una marioneta rota.

Abrió los párpados a duras penas, pegajosos por el agotamiento y, siendo sinceros, por el arrepentimiento.

El techo sobre ella estaba borroso al principio, pero luego se enfocó con claridad.

Ese no era su modesto apartamento de una habitación, con el radiador estropeado que cada noche sibilaba como un asmático de noventa años.

No era ese dormitorio minúsculo donde había perfeccionado el arte de esquivar montañas de ropa sucia y vasos de ramen de madrugada.

Tampoco era el desastre de habitación de invitados de Chloe, la que tenía un futón que legalmente podría considerarse un instrumento de tortura medieval, donde Elara había aterrizado tras tomar demasiados cócteles más veces de las que podría contar.

No, aquello era… opulencia.

Cortinas de seda en un tono esmeralda escandalosamente intenso caían por las paredes como si fueran el agua de una cascada.

Los muebles de madera oscura brillaban, pulidos a más no poder; tenían ese acabado reluciente que prácticamente susurraba: no me toques a menos que lleves guantes.

Y la cama... dios mío, la cama.

No era una cama.

Era un imperio.

Una monstruosidad de tamaño king con metros cuadrados suficientes para alojar a una familia real, sus perros, sus primos lejanos y, posiblemente, toda una exposición de IKEA.

Una cama, se dio cuenta con creciente horror, que en ese momento la alojaba a ella.

Y lo que es peor… algo que olía almizclado.

Caro.

Innegablemente masculino.

Su último recuerdo claro era un montaje de fiebre de su despedida de soltera: luces de neón tan brillantes que habrían podido freír un huevo, el ardor pegajoso de los chupitos de tequila bajando por su garganta y el crimen absoluto de ponerse a cantar "Single Ladies" con la pasión de una mujer que no debería haber tenido un micrófono cerca bajo ningún concepto.

Recordaba vagamente duelos de baile con desconocidos.

Recordaba vagamente la sonrisa maliciosa de Chloe.

Recordaba vagamente haber decidido que quizás los cañones de confeti eran el mayor invento de la humanidad.

¿Y luego?

Se cortó la película.

Todo negro.

Como si alguien hubiera desenchufado su cerebro y se hubiera ido silbando.

Ahora, le retumbaba la cabeza como si una banda de gorilas adictos a la cafeína estuviera tocando tambores.

Cada latido vibraba tanto que sentía que su cráneo estaba audicionando para la percusión de una banda de música.

¿Su boca?

El Sáhara.

Qué va, el Sáhara después del calentamiento global, en plena tormenta de arena y con un aliento de dragón de regalo.

Sentía la lengua como si se la hubieran cambiado por una muestra de alfombra.

Cada vez que tragaba, le raspaba como si hubiera lamido un polo de papel de lija.

Y luego, para colmo, la luz del sol.

Un rayo traicionero se coló por las cortinas de terciopelo, directo a su cara, como si el universo lo hubiera contratado solo para burlarse de su resaca.

Pero nada de eso nada de eso se comparaba con la visión que le heló la sangre.

Su mano izquierda.

Su dedo anular.

El destello inconfundible del oro.

Una alianza.

Un diamante que le guiñaba un ojo como si supiera secretos que ella desconocía, como si hubiera estado planeando su perdición durante siglos y finalmente hubiera ganado.

“Ay, dios mío”, masculló, con la voz quebrada como un disco de vinilo viejo. “No. Por favor, no. Esto no”.

Se incorporó tan rápido que casi se da un golpe en el enorme cabecero.

Las sábanas cayeron, pesadas por el olor del desconocido, envolviéndola alrededor de la cintura como si quisieran que fuera cómplice de algo.

Y fue entonces cuando se vio.

Su vestido de novia.

Aquel que había jurado "literalmente jurado" llevar puesto mañana hacia el altar con Ben, su prometido seguro, confiable y moderadamente emocionante.

Ahora parecía haber sido utilizado en una pelea de bar, atropellado por una Vespa y luego dejado en un charco para darle un toque dramático.

El encaje desgarrado, el satén arrugado y, por qué no, una mancha de barro decorando el bajo como si intentara iniciar un nuevo movimiento de moda vanguardista.

¿Su velo?

Desaparecido en combate.

¿Sus zapatos?

Probablemente ya estén a medio camino de Las Vegas, haciendo autostop hacia la libertad con un par de tacones igualmente traumatizados.

Elara se pasó los dedos por el pelo y se encontró con un nido de pájaro tan salvaje que probablemente podría pedir la ciudadanía.

Su máscara de pestañas había abandonado cualquier pretensión de glamour y se había transformado en un cosplay completo de mapache.

La suite no ofrecía consuelo alguno.

Solo horrores nuevos.

En la mesita de noche: un ramo de rosas marchitas se desplomaba sobre el borde de un jarrón de cristal como si hubiera renunciado a la vida.

En el sillón: una chaqueta de cuero negra de hombre.

Oscura.

Ruda.

Definitivamente no era de Ben, a menos que Ben hubiera sufrido un trasplante de personalidad durante la noche y trabajara a tiempo parcial como motero con un gusto excelente.

Las náuseas la invadieron, agudas y castigadoras.

Su estómago dio un vuelco, amenazando con presentar una queja formal a todo su sistema digestivo.

Y entonces, dios mío… risas.

Desde el baño.

Risas masculinas.

Fuertes, descaradas, resonando contra los azulejos de mármol como si fuera el dueño del lugar.

Elara se quedó helada.

Cada célula de su cuerpo gritaba: huir, pelear o desmayarse dramáticamente sobre la alfombra.

Su corazón se aceleró, golpeando contra sus costillas como un batería desesperado que pierde el ritmo.

Le sudaban las manos, tenía la garganta seca como el desierto y su cerebro le ofreció el comentario menos útil del mundo:

Bueno, así es como mueres. Felicidades. Serás un gran episodio de Dateline.

Tragó saliva, con los ojos clavados en la puerta del baño, y le susurró a nadie en particular: “Vale, Elara. O bien asesinaste a alguien atractivo anoche o… te casaste con él. ¿Siendo honesta? No estoy segura de cuál de las dos cosas es peor”.

El pomo de la puerta del baño sonó.

Giró.

Hizo clic.

El alma de Elara abandonó su cuerpo, dio tres vueltas a la suite principal y regresó solo para desplomarse dramáticamente en un rincón.

Apretó la sábana contra su pecho, con cada nervio de su cuerpo chisporroteando como si estuviera a punto de enfrentarse al día del juicio final.

El aire se volvió espeso, cargado de colonia cara y del peso de una condena inminente.

Su mente repasó escenarios cada vez menos útiles:

Quizás es Ben.

No, Ben usaba Old Spice y pensaba que la "ropa a medida" significaba pantalones de pinzas que le quedaban medio bien.

Quizás es Chloe.

Poco probable.

La risa de Chloe era más al estilo hiena, y esta sonaba grave, como whisky vertido sobre terciopelo.

Quizás es un ladrón.

¿Un ladrón que se ducha?

Qué atrevido.

Quizás sigues borracha y alucinando.

También es atrevido, pero no imposible.

El pomo volvió a girar.

La puerta chirrió.

Y Elara, futura señora de... algo, al parecer, se preparó para conocer al hombre, al mito, al… posible marido accidental.