The Silence Hunt l
La madera se consumía en un susurro de llamas, desintegrándose lentamente y liberando un humo denso que se retorcía en el cielo como tentáculos invisibles. A kilómetros, la columna gris se recortaba sobre el horizonte.
Sentado en el suelo, un hombre encapuchado observaba las brasas. Su armadura ligera estaba rasgada, marcada por siglos de combates que no tenían nombre. Metió su mano de hierro en el fuego, aplastando la leña hasta que las llamas se apagaron casi por completo. Entonces escuchó un crujido… un sonido que no pertenecía al mundo.
Se incorporó con un movimiento felino.
Desenvainó su katana: un filo oscuro, brillante bajo la luz tenue, cubierto de sangre seca que parecía absorberla en lugar de oxidarse. El acero cantaba silenciosamente al aire.
El resplandor reveló a la criatura: un ser que desafiaba toda lógica. Sus extremidades se retorcían, largas y viscosas, moviéndose como masa viva. Un agujero palpitante en su abdomen se abría y cerraba sin patrón alguno, como un vacío que respiraba. La piel, translúcida y húmeda, dejaba ver órganos que no deberían existir.
La bestia avanzó, y Shigun esquivó con un salto que casi desafía la gravedad. Cortó con la katana, y el aire pareció gritar con la carne desgarrada.
—¿Ustedes me buscan… creen que son el peligro? —su voz era un eco metálico—. Aquí, el único riesgo son ustedes.
Sonrió. No era humano. No podía serlo. Se agachó, hundiendo la espada en el agujero palpitante. Los fluidos que brotaban eran corrosivos, humeantes, y aun así no retrocedió. Golpeó la cabeza de la criatura con su brazo de hierro mientras giraba la katana en un movimiento casi ritual, como quien purga un pecado imposible.
La bestia lo atrapó con sus brazos elásticos, pero Shigun mordió y desgarró con violencia, liberándose mientras presionaba el filo en su abdomen. Con un salto, clavó un cuchillo directamente en su cráneo deformado.
—¿Qué… eres? —balbuceó la criatura—. No tienes miedo… no eres humano.
—No —dijo Shigun, sus ojos reflejando estrellas que no existían—. Aquí, yo soy la verdadera bestia.
Clavó la espada una y otra vez, hasta que la forma de la criatura comenzó a deshacerse en sombras y líquidos que olían a nada conocido. La bestia Intentó huir, pero Shigun lanzó su katana, atravesando su espalda. Saltó sobre ella, desgarrando la carne en un ritmo que era a la vez salvaje y ritual. Cada golpe era un mantra de odio, cada corte, un recordatorio de que el mundo estaba maldito.
Cuando la bestia finalmente se detuvo, Shigun respiraba con violencia, cubierto de líquidos ácidos y sangre que parecía vibrar en sus venas.
A lo lejos, alguien lo observaba, aterrado.
—Lo vi todo… ¿por qué? Son bestias… merecen morir… pero eso… fue… —sus palabras temblaban—. ¿Ellos te hicieron algo?
—¿No lo entiendes? —Shigun lo miró con ojos que parecían absorber la luz—. Esa cosa no pertenece a este mundo. Tú y yo somos los encargados de barrer lo que no debería existir.
Alzó la espada, y su figura se volvió un espectro de odio y devoción oscura.
—No es venganza… ni justicia. Es ira pura. Es odio contra la existencia misma. Y soy feliz matando.
El testigo retrocedió, comprendiendo que la verdadera monstruosidad no estaba en la criatura… sino en el hombre que la había destruido.
—Mi nombre es Shigun.