Lo prohibido... tú

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Sinopsis

Siempre pensé que podía controlar mis miedos, hasta que apareció él. Tentador, seguro, desafiante, con esa mezcla peligrosa de ternura y deseo que derrumba mis muros sin pedir permiso. Entre lo correcto y lo prohibido, entre la razón y la pasión, solo me queda una verdad: con él, por primera vez, quiera perder el control.

Genero:
Romance
Autor/a:
Carol
Estado:
En proceso
Capítulos:
18
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: La Llegada

Corro apurada para no perder el autobús. Justo a tiempo logro subir. Hoy comienzo la universidad. Siempre he querido estudiar actuación; para mí, siempre ha sido mi sueño. Una emoción me invade, pero a la vez me rodea la barrera en mi mente que me dice: ¿Podrás? ¿Serás suficiente? La ansiedad de mis pensamientos me hace sumergirme en ellos mientras me muerdo el labio.

El autobús hace una parada, ya escucho de lejos las carcajadas de Verónica, que se adentra en él junto a Serena. Al verme, grita mi nombre despavorida:

—¡Carol! —sarandea sus brazos mientras Serena se queda colorada porque todos las observan.

La miro y paso mi mano por la frente: estas son mis nuevas amigas. Ya nos conocíamos del bachillerato, pero no estábamos en el mismo salón; y ahora aquí estamos, por el mismo objetivo.

Verónica me da dos besos, la sigue Serena, y se quedan sentadas a mi lado. Verónica sigue eufórica:

—¡Esto será excitante, qué emoción! —dice casi a todo volumen mientras juega con un mechón de su cabello negro.

La miro frunciendo el ceño:

—¿Puedes hablar un poco más bajito, por favor?

—Vamos, Carol, no empieces con formalidades tan temprano —me dice mientras me da una palmadita en el hombro—. Esto será a lo grande, ¿vale? Déjame expresarlo. No te imaginas lo que nos encontraremos, será exitante… todos esos chicos que nos esperan.

—¿En serio, Verónica? ¿En eso es en lo que piensas? —suelta Serena con tono sarcástico.

Yo la sigo mirando incrédula. Verónica continúa sin parar.

—Mi prima estudió aquí y las cosas que me contó… ¡Madre mía! —suspira ilusionada.

Yo no doy crédito. —A ver, Verónica, ¿entonces a eso vienes a la universidad? ¿A liarte con chicos? —la miro fijamente.

—No, para nada —dice con seguridad—. También las fiestas son lo más, las actividades recreativas son muy famosas, además…

—¿Y estudiar? —la interrumpo.

Verónica levanta una ceja y achica los ojos, como restándole importancia:

—A eso también.

Serena sonríe mientras cambia su mirada hacia la ventanilla.

—Ya estamos llegando, chicas —dice, señalando un enorme edificio de cuatro plantas.

La fachada de la entrada principal mostraba pinturas de las dos caras del teatro, una bailarina, un pintor y una guitarra, símbolos de la creatividad y la expresión artística que nos esperaban tras esas puertas.

Nos recibieron y guiaron un par de profesores a una plaza, donde en el piso se dibujaba con mosaicos una enorme guitarra. Allí nos reunieron con los demás estudiantes, y el director nos dio un discurso sobre las normas de la universidad.

Luego nos separaron por grupos. En el mío, por supuesto, estaban Verónica y Serena. Lo seguido fue presentarnos a nuestros profesores.

Había un profesor de matemáticas muy gracioso, bastante mayor, llamado Narjol, con una cara… muy peculiar.

El profesor de Artes Escénicas era carismático, con una manera de analizarte con la mirada que parecía ver más allá de lo evidente. Era alguien que reflejaba inteligencia.

Fueron presentándose todos, uno tras otro, hasta que… apareció él.

Su entrada fue la típica en cámara lenta. Aquel chico entró en escena con una guitarra en su mano derecha; sus ojos verdes esmeralda te incitaban a no parar de verlos. Su pelo rubio se enredaba ligeramente en la frente. La seguridad con la que caminaba imponía, y con un gesto irresistiblemente sexy provocó carcajadas nerviosas y suspiros entrecortados, sobre todo los de mis amigas.

Era muy joven, especialmente en comparación con los demás profesores; no parecía llegar a los 30 años. Nos saludó con gentileza, y su sonrisa… esa sonrisa me cortó la respiración, haciendo que mi estómago se contrajera y me mordiera el labio con ansiedad.

Verónica, que estaba a mi lado, me dio toquecitos con el codo y me acercó, susurrándome al oído:

—¡Joder, el profesor de música está de muerte!

Yo estaba estática, mirándolo fijamente, sin parpadear. Su presencia había creado algo en mí que nunca antes había experimentado; no sabía qué era aquella sensación que recorría mi cuerpo.

Mi mente me sacudía, intentando hacerme reaccionar: ¿Seré tonta? ¿Qué me pasa?

Hasta que finalmente salí del trance y miré a Verónica, que se reía:

—¡Eh, te parece guapo, eh! —me dijo, ofreciéndome una mirada de complicidad.

Serena nos miró incrédula:

—¿Qué dices? ¿En serio no conoces a Carol? —preguntó con sorpresa y diversión.

—Ella no es como tú —añadió, mirando a Verónica con una sonrisa divertida que evaluava su descaro.

Yo esbocé una media sonrisa y disimulé mi extraña reacción. Por un instante, realmente me había sentido fuera de mí misma. Así que trate de ignorar su presencia y seguí conversando con mis nuevas compañeras.


《》《》


El día fue bastante divertido. Verónica no dejaba de mirar a todos los chicos que pasaban por su lado:

—“Oh, los de pintura, oh, los de danza, oh, los de música, ¡oh, es perfecto!”

Mientras tanto, Serena la seguía colorada y se reía de sus ocurrencias.

Yo, por mi parte, me fijé detenidamente en el lugar. La primera planta tenía dos plazas donde se realizaban actos y recreaciones, estaba el comedor, un parque precioso, la dirección, la secretaría… y las aulas de pintura, con caballetes y lienzos que contaban historias silenciosas. Cada rincón parecía invitarme a descubrir algo nuevo.

Subí al segundo piso, era la planta de danza. Los tablones y espejos te incitaban a imaginarte moviéndote entre ellos.

La tercera planta era de música, con salones divididos por instrumentos y salas de canto que parecían susurrar melodías apenas contenidas. El aroma a madera creaba una atmósfera acogedora.

Finalmente, la cuarta planta era de teatro. Todo allí irradiaba emoción para mi. Era un lugar donde cada gesto, cada palabra, podía convertirse en magia. Allí estaba yo… algo en mi interior se removió: una mezcla de nervios, ilusión y curiosidad.


《》《》


Al finalizar las clases antes de ir a coger el autobús quise ir primero al aseo.

Llevaba en la mano el libro de Juana Borrero, "Una adolescente atormentada". En él estaban todas las cartas que ella escribió al hombre que amaba en la distancia, antes de que su enfermedad le llevara la vida. Me gusta leer y suelo siempre llevar un libro conmigo.

Fui a guardarlo en mi mochila, y mientras hacía el gesto y caminaba, sentí un estruendo: me tropecé con alguien y caí al suelo.

Al alzar la mirada, me quedé helada. Ahí estaba él. Recordé el nombre con el que se había presentado en la reunión de profesores: Alejandro. Su nombre empezó a ser eco en mi cabeza.

Mientras lo miraba, con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada, él clavó sus ojos en los míos. Sus ojos verdes esmeralda eran profundos, casi hipnóticos, como si pudieran leer mi mente. Sentí un tirón en el pecho y un calor imposible de ignorar se instaló en mi estómago. Cada parpadeo suyo, cada pequeño gesto, parecía atraerme hacia él con una fuerza irresistible.

Con un gesto gentil extendió su mano para ayudarme a levantar del suelo, y yo tarde unos segundos en darme cuenta. No podía moverme; mi mente repetía sin parar: ¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa? Reacciona ya. Tragué en seco, cogí un poco de aire y finalmente levanté mi mano hacia la suya.

Al tocarlo, el calor que desprendia su piel recorrió todo mi brazo y se propagó hasta cada rincón de mi cuerpo. Solte un pequeño suspiro que intente contener en silencio.

En un movimiento inesperado, me tiró con un impulso sutil pero firme, y yo, como un títere sin control, caí de pie sobre él, sintiendo su cercanía de manera abrumadora.

Para mantener el equilibrio, su mano se posó en mi cintura, y los colores se subieron al rostro, sentía mis orejas arder, permanecí allí, inmóvil, con atrevimiento y vergüenza. Mi corazón latía con fuerza, y la cercanía de su cuerpo me hacía sentir peligrosamente viva. Era como si lo deseara.

—¿Deseo? —me pregunté en voz baja—. No, no puede ser deseo.

Pero… así… ¿es como dicen que se siente?

—No, no, no, para, tonta —me regañé mentalmente—. Deja de pensar tonterías. ¡Y suéltate ya!

¿Qué hago haciendo esta escena con él, y encima en medio del pasillo?

Mi mente corría a mil por hora, atrapada entre la atracción que me provocaba y la confusión que me generaba.

Dos palabras que salieron de sus labios me sacaron del embelesamiento.

—¿Estás bien? —me dijo.

Su voz atrapó mis oídos. Suavemente soltó mi cintura, y yo tardé unos segundos en sentir firme mis pies. Al hacerlo mis nervios salieron a flor de piel. No sabía qué decir. Solo alcancé a balbucear:

—Discúlpame… gracias por ayudarme.

Me ofreció una media sonrisa y preguntó de manera natural:

—¿De qué curso eres?

Mi mirada se desvió un poco de sus ojos antes de responder, intentaba ocultar mi nerviosismo.

—Soy nueva. Soy una de las estudiantes nuevas de teatro.

—Ah, entonces serás mi alumna —dijo, esbozando otra media sonrisa y haciendo un gesto que me dejó confundida.

Volví a tragar en seco.

—Sí… es un gusto conocerlo, profesor.

—No tienes que ser tan formal —me respondió—. Puedes llamarme Alejandro.

Volví a tragar en seco desconcertada:

—No creo que sea apropiado, usted es mi profesor… muchas gracias por su ayuda y perdóneme por mi torpeza. Andaba distraída y por eso ha sucedido todo este inconveniente. Que pase un buen día, profesor.

Me di media vuelta y caminé rápido hacia el aseo, sin decir nada más...