Café Americano
Era una mañana cualquiera en el Cosy Bear Café. Las primeras horas siempre traían una mezcla de calma y trabajo frenético. Los clientes madrugadores llegaban por su café caliente antes de enfrentarse al ajetreo del día, y ella sabía cómo gestionarlo todo con precisión. Se movía entre las mesas con la misma rutina de siempre: una sonrisa amable, un café bien servido y una charla breve, pero genuina, con los clientes regulares.
El aire estaba impregnado de un aroma reconfortante a café recién hecho y el suave murmullo de las conversaciones de fondo le resultaba casi terapéutico. En su pequeño rincón en la barra, se sentía cómoda. Allí, lejos de los focos y el bullicio del mundo exterior, era simplemente una mujer trabajando, con metas grandes, pero bien escondidas detrás de su delantal.
Disfrutaba la rutina, pero aún más, disfrutaba lo que representaba: independencia. Sabía que no se quedaría en ese puesto para siempre, que el Cosy Bear Café era una estación temporal en su recorrido. Pero mientras tanto, era su refugio. Preparaba cafés con la precisión de una experta, asegurándose de que cada pedido fuera perfecto. El lugar no era el más lujoso, pero era acogedor, y eso bastaba.
Entonces, la puerta del café se abrió con el sonido de la campanita colgante. Ella alzó la vista, esperando ver a un cliente regular, algún turista despistado o un vecino malhumorado con prisa. Pero apenas lo vio entrar, supo que no era un día cualquiera.
Alto, con gafas oscuras, chaqueta de cuero y una actitud tan relajada como cargada de presencia. Castiel Veilmont. El compositor de Crowstorm. Una leyenda del rock moderno, y sin embargo, ahí estaba, abriendo la puerta como si fuera uno más.
No era la primera vez que lo veía. De hecho, él ya había venido varias veces al Cosy Bear Café, pero siempre acompañado de Rosalya Meilhan. Recordaba perfectamente la forma en que ella iluminaba el lugar con su estilo brillante y su risa contagiosa. Rosalya era una presencia imponente, pero cálida, y siempre venía de la mano de Leight, su pareja: un diseñador de ropa reconocido en toda la ciudad, famoso por sus diseños excéntricos y su línea minimalista de lujo.
Castiel, en esas visitas, solía quedarse en segundo plano. Se sentaban en la mesa junto a la ventana, y él escuchaba más de lo que hablaba. Pero esa mañana estaba solo. Y eso ya era suficiente para que la atmósfera se sintiera diferente.
— ¿Qué te puedo servir? — preguntó ella, sin alterar su tono. No era una fanática ni una cazadora de autógrafos, y menos aún alguien que perdería la compostura por ver a un rostro famoso. Él era un cliente más. Uno que, sí, sabía que llenaba estadios, pero que ahora solo necesitaba café.
Castiel pareció captar esa neutralidad. En lugar de molestarle, le resultó… refrescante.
— Un café americano con leche — respondió con voz firme, casi como si esperara que su nombre fuera suficiente para causar impacto.
Ella simplemente asintió y comenzó a prepararlo. No necesitaba mirarlo dos veces para saber qué tipo de bebida quería. Se notaba en su postura, en la forma en que sostenía su celular con una mano, como alguien que no toleraba el exceso de dulzura pero sí valoraba un sabor fuerte y claro.
Mientras trabajaba, lo observó brevemente por el rabillo del ojo. No era alguien que encajara con la decoración del Cosy Bear Café, con sus paredes pastel, plantas colgantes y frases motivacionales escritas con tiza en pizarras. Pero encajaba de otra forma. Como una nota distinta en una canción suave.
Le entregó el café sin adornos, tal y como lo había pedido.
— Aquí tienes.
Castiel tomó la taza y no dijo nada por unos segundos. El silencio se alargó un poco más de lo habitual, hasta que finalmente habló:
— Este lugar tiene algo.
Ella arqueó una ceja, limpiando la barra con un trapo.
— ¿Algo como qué? ¿Buen café? ¿Sillas cómodas?
— Silencio. — respondió él, antes de dar un sorbo — Y gente que no actúa diferente cuando me ve.
Ella soltó una risa corta, casi involuntaria.
— Pues lamento decepcionarte, pero ni siquiera escucho tu música.
Castiel sonrió por primera vez desde que entró. No era una sonrisa arrogante, sino genuinamente entretenida. Como si hubiera esperado esa respuesta.
— Entonces probablemente seas la única persona cuerda en este barrio.
Ella encogió los hombros.
— O la única que no tiene tiempo para seguir vidas ajenas.
No hubo más conversación. Él se llevó su café a la misma mesa que ocupaba con Rosalya en el pasado. Ella volvió a sus tareas. Pero entre ambos se estableció un puente invisible. Algo callado, pero firme.
Y aunque no intercambiaron más palabras ese día, ambos lo supieron: ese no sería su último cruce.





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